Causas naturales

Michael Palmer · Capítulo 41 de 58

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Causas naturales

Capítulo 32

VRC113 – Bio-Vir Corporation, 4526 New Park, Cambridge, MA

02141; (617) 445-1500; patente

U.S. RVD 332.210 (1984).

Adenovirus empalmado con genes

productores de trombina-tromboplastina;

aplicación potencial: rápida

cicatrización de heridas, hemostasis.

No hay más información disponible.

Rosa se volvió hacia Sarah. La expresión de la epidemióloga era a un tiempo triunfal y sombría.

–Trombina -dijo-. A menos que esté equivocada, es también el factor dos en la cascada biológica de la coagulación de la sangre.

–Y también la tromboplastina es un factor de coagulación -agregó Sarah, excitada-. Rosa, es esto. Sé que es esto.

Rosa ya estaba marcando el número de BlO-Vir.

–Bueno, ha sido bastante fácil -dijo tras una breve conversación-. Tengo una cita para mañana a las diez de la mañana con el doctor Dimitri Athanoulos, presidente de la Corporación BlO-Vir.

–Ojalá pudiera ir contigo -dijo Sarah-. Pero tengo un caso y estoy de guardia.

–Afortunadamente yo no tengo esas obligaciones -intervino MulhoUand-. A mi esposa y mis hijos les vendrán bien unas vacaciones sin mí. Y no me lo perdería por nada del mundo. ¿Esa casera tuya tendrá alguna habitación disponible?

–Si no la tiene -dijo Rosa con un guiño-, yo tengo una cama doble.

Capítulo 32

El Gato Negro Daniels caminaba sobre hielo quebradizo en el terreno profesional, y lo sabía. Sarah había rechazado la decisión del regulador de demandas de la OPMM, Roger Phelps, de llegar a un acuerdo en el caso. O

se retiraban todos los cargos contra ella, insistió Sarah, y no se pagaba ninguna indemnización, o ella iría a juicio a sus propias expensas. Y pese a la relación amorosa entre él y su cliente, que iba intensificándose a diario, Matt había elegido continuar representándola.

Lo cierto era, admitía ahora, que le gustaría que el asunto terminara. En su interior deseaba que ella hubiera dicho simplemente: «Páguenle a ese hombre. Páguenle los doscientos mil y volvamos la página. Quiero dedicar algún tiempo a conocer a mi amante sin que este juicio penda sobre nuestras cabezas».

La bola de la fortuna de plástico negro que había sobre su escritorio hacía las veces de pisapapeles. Era un regalo de Harry, varios Días del Padre atrás. Matt sabía, en las zonas más sensatas y prácticas de su intelecto, que era un juguete: plástico moldeado, lleno de agua, que encerraba un octaedro flotante o lo que fuera. La habían fabricado y vendido hacía ya décadas… a millones. Y ésa en particular no poseía más capacidad predictiva que cualquiera de las otras.

–¿Vamos a ganar este asunto? – preguntó, sopesando la bola en la mano.

Si alguien llegaba a enterarse de la cantidad de importantes decisiones de la vida que él había tomado tras consultar la estera de plástico, probablemente lo echarían del Colegio de Abogados, pensó.

«Vuelve a preguntar más tarde», respondió la bola.

Como era de esperar, Roger Phelps estaba furioso porque, a pesar de su oferta, Sarah había elegido continuar el juicio de mala praxis contra ella. Su obstinación, pensó Matt, despertaba dudas en la OPMM sobre los 200.000

dólares que Phelps les había aconsejado ofrecer. Esa duda persistiría durante todos los meses -o años- que la causa tardara en ir a juicio.

Entonces, si Sarah perdía ante un gran jurado, Phelps seria el Héroe del Día.

Pero si ella ganaba, Phelps quedaría muy mal parado. Incluso para alguien carente de la arrogancia de Phelps, no era una perspectiva agradable.

Pero Matt sabía también que él no tenía menos en juego que Phelps.

Para comenzar, tendría que cobrarle a Sarah para mantener las apariencias en caso de que se cuestionaran sus propios motivos y ética. Si perdía en el juicio, lo acusarían de convencer a Sarah de continuar el caso con el objeto de lucrarse; si ganaba, lo mejor que podía esperar personalmente era obtener algo de publicidad positiva. En todos los aspectos, con el caso

«Grayson contra Baldwin» no ganaría un dólar.

Y además, Matt sabía que, perdiera o ganara, ése era su último caso de mala praxis para la OPMM. Gracias a la insistencia de Phelps en llegar a una conciliación, lo que había comenzado para él como una gran oportunidad, con un potencial ilimitado, ahora estaba destinado al fracaso.

Tomó el guante y la pelota y empezó a ir de un lado a otro. Con sus tarjetas de crédito sobreexcedidas y gran parte de su tiempo dedicado al caso de Sarah, pagarle el pasaje de avión a Harry para el día de Acción de Gracias o Navidad iba a ser un esfuerzo financiero aún mayor. Solo, podría tal vez haber ganado el caso de Sarah mientras seguía obteniendo un ingreso decente con su trabajo. «¿Por qué diablos Phelps no ha podido dejar las cosas como estaban?» Sus honorarios para defender a Sarah habrían estado muy por debajo de los 200.000. Y paulatinamente, el caso de Mallon comenzaba a desmoronarse. ¿Por qué Phelps no lo había entendido?

En todo ese asunto había algo que no andaba bien, comenzó a pensar; algo que él ya sabía pero que no lograba distinguir. «¿Cómo pudo Phelps creer que las familias de Alethea Worthington y Constanza Hidalgo no buscarían arreglos similares?» Era evidente que lo harían. El coste de esa jugada no eran 200.000 dólares, sino 600.000. Con el caso que Matt comenzaba a construir, y con las posibilidades surgidas de los hallazgos de Rosa Suárez, 600.000 dólares era un maldito voto de no confianza.

Algo no andaba bien.

Durante cinco minutos fue de un lado a otro del despacho, pirueteando con la vieja bola y el guante de béisbol. La fuente de su preocupación continuaba siendo vaga: una bruma que giraba en su mente. Pensó en la declaración de Peter Ettinger. Había pasado gran parte del día -de la semana anterior, de hecho- leyendo y releyendo el documento de cinco centímetros de grosor. Gran parte lo sabía de memoria. Tal vez lo que lo perturbaba no era Roger Phelps, sino algo que había dicho Ettinger. Algo…

El ruido de la pelota contra el cuero parecía ahora disparos de rifle.

Debajo del delgado bolsillo del guante, a Matt comenzaba a picarle la palma. Pero parar no era una opción. El Gato Negro Daniels nunca renunciaba a un ritual a menos que lo decepcionara por completo… ¿Qué era lo que tanto le molestaba? ¿Alguna palabra extraña en una de las respuestas de Ettinger? ¿Alguna referencia insólita? Algo Sonó el intercomunicador de la sala de espera.

–Señor Daniels -dijo Ruth-. Yo ya me voy. ¿Recuerda que le dije que debía retirarme antes?

–No lo recuerdo, Ruth, pero está bien. Seguro que me lo dijo. Que lo pase bien.

Ruth era otro problema al que tendría que hacer frente, pensó. Llevaba con él desde el primer día y sentía lealtad por ella. Pero la mujer no hacía ningún esfuerzo por reducir sus charlas con los clientes sobre cualquier cosa. La reacción de algunos de ellos resultaba francamente embarazosa.

Además, tal como marchaban las cosas, la situación podría llegar a obligarlo a elegir entre pagarle el sueldo a ella o el viaje en avión a Harry.

«¡Maldito seas, Phelps!»

–Señor Daniels, ¿qué quiere decir con «que lo pase bien»? Le dije que tenía que ir al dentista. Nadie lo pasa bien en…

–¡Eso es, Ruth!

–¿Cómo?

–El dentista. ¡Eso es! Eso era lo que me andaba carcomiendo. Anótese para un aumento… No, mejor tómese un día libre extra.

La mujer murmuró unas perplejas palabras de agradecimiento, pero Matt no la oyó. Había dejado el guante y la pelota en una silla y revisaba una vez más la declaración. Pero esta vez no era una respuesta de Peter Ettinger lo que buscaba. Era algo que había dicho Jeremy Mallon. Le llevó unos veinte minutos, pero la encontró. Sabía que así sería.

D.: ¿También las instalaciones de envíos? E.: En un edificio separado, pero sí. Los envíos se hacen también desde Xanadú.

D.: Señor Ettinger, ¿cuánto dinero se están embolsando ustedes dos con ese polvo?

M.: ¡Protesto! Peter, no responda. Señor Daniels, la forma y el contenido de esa pregunta son propios de un aficionado. Hasta ahora he sido bastante indulgente teniendo en cuenta que, aparte de un pleito por un molar desplazado o lo que fuera, éste es su primer caso de mala praxis…

Matt cogió un rotulador amarillo fosforescente de su escritorio y destacó las palabras de Mallon. ¿Cómo podía haber sabido su rival sobre su único otro caso de mala praxis? Había una sola respuesta que tenía sentido…, sólo una.

Matt cogió el teléfono y marcó el número de la Organización Protectora de la Mutua Médica.

–El señor Phelps, por favor. Habla el abogado Matt Daniels… Phelps, escuche. He hablado con Sarah Baldwin y creo que ella está dispuesta a revertir su posición acerca del arreglo. ¿Qué le parece si usted y yo nos encontramos para conversar los detalles mañana a primera hora? ¿A las

ocho, en mi despacho?… Perfecto, Roger. Fantástico. Será un alivio aclarar al fin algo de este asunto. – Volvió a dejar el auricular en su lugar y luego agregó para sí-: Comenzaremos por saber por qué demonios me contrataste, en primer lugar.

Matt sopesó la bola de plástico una vez más.

–¿Soy el imbécil de la década por no ver lo que me estaban haciendo? –

preguntó en voz alta.

«La respuesta es definitivamente: sí.»

«VRC113 en el flujo sanguíneo de Lisa Grayson en el momento de la CID y tres meses y medio después.» Sentada en la sala de enfermeras de la planta de Obstetricia, Sarah garabateó los caracteres «VRC113» en un anotador. VRC113, un virus inventado por el ser humano, elaborado tres años antes por un laboratorio de Cambridge.» Tenía rondas que hacer y algunas notas que redactar, pero el extraordinario descubrimiento del virus le hacía casi imposible concentrarse.

Todavía, y durante meses, la mayoría de las enfermeras mantenía una distancia física y emocional con ella. Sarah era muy consciente del distanciamiento. Siempre lo había sido. Pero esa tarde no la afectaba tanto como de costumbre. Por fin las piezas iban encajando. El final de la pesadilla se acercaba. «VRC113, creado para acelerar la coagulación de la sangre.» ¿Cómo podía una infección con semejante microbio no ser de algún modo responsable de la CID de Lisa?

–Doctora Baldwin.

La enfermera que le hablaba, Joanne Delbanco, tenía más o menos la edad de Sarah. En un tiempo se habían llevado bastante bien e incluso habían salido una vez a cenar. Ahora nunca había entre ambas ninguna conversación que no fuera estrictamente profesional. Otra víctima del VRC113.

–Ah, hola, Joanne -dijo Sarah con exagerada jovialidad.

–Doctora Baldwin, tiene una visita. Una mujer. Está muy ansiosa por verla, y muy alterada. Le indiqué que esperara en la sala de guardia. No quiere decirme cuál es el problema.

–Gracias… -La enfermera ya se había marchado.

La sala de guardia de Obstetricia se hallaba al otro extremo del pasillo.

Mientras se dirigía apresurada hacia allí, Sarah recorrió una lista mental de

las mujeres que podrían estar esperándola. La lista no incluía a Annalee Ettinger.

–Oh, Dios, me alegra tanto que estés aquí… -exclamó Annalee.

Estaba echada de espaldas en la estrecha cama, vestida con un camisón y una bata acolchada. Tenía las rodillas recogidas. Huellas de lágrimas relucían en sus mejillas. Sarah se sentó a su lado y en un gesto instintivo apoyó una mano en el abdomen grávido de la muchacha. Incluso a través de la bata pudo sentir la masa sólida e irregular de contracción uterina.

–Aprieta mis manos hasta que haya pasado -dijo Sarah-. No te asustes, Annalee. Todo va a salir bien.

Pasó casi un minuto antes de que la tirantez del útero de Annalee comenzara a ceder. Durante ese tiempo Sarah calculó, por la conversación de ambas después de la conferencia de prensa del 5 de julio, tratando de determinar cuánto había avanzado el embarazo. Treinta y tres semanas, quizá treinta y cuatro, estimó.

–¿Con qué frecuencia te vienen las contracciones?

–Cada ocho o nueve minutos -respondió Annalee-. Las tengo desde hace semanas. Pero están como ahora desde hace unas doce horas seguidas.

–¿Has roto aguas?

–No.

–¿Fiebre, escalofríos?

–No.

–¿Hemorragia de alguna clase?

–No.

–¿Dónde está Taylor?

–Lo creas o no, está en el este de África. El grupo hace una gira durante dos semanas más. No tengo idea exactamente de dónde andan ahora. Él quería cancelar la gira para quedarse en casa porque de cuando en cuando me daban estas contracciones. Pero le dije que fuera. Qué estúpida.

–Bueno, tranquila, Annalee. No seas tan dura contigo misma. Hiciste lo correcto. ¿Y Peter?

–Él… no sabe dónde estoy. Se negó a llevarme a un hospital, aunque le dije que era demasiado pronto para dar a luz. Terminé llamando a una amiga y escapando por la ventana de mi cuarto. Ella pasó a buscarme y me trajo aquí. Sarah, Peter está loco -se le llenaron los ojos de lágrimas-. Tiene en la casa a las dos comadronas que hizo venir de Mali. Me da una especie

de té que dicen que detendrá el parto. Mencioné tu nombre una vez, sólo una vez, y él explotó. Dijo que si yo te veía por algún motivo, que no me molestara en volver a casa.

Sarah tomó en sus brazos a la muchacha llorosa y asustada.

–Annalee, no pienses ni en Peter ni en nada más. Pensemos sólo en tu hijo. Estás definitivamente de parto y todavía te faltan seis o siete semanas.

Alumbrar ahora es una preocupación, pero no una crisis. Nos gustaría que el niño se quedara donde está por un par de semanas más.

–¿Qué puedo hacer? ¿Puedes detener el proceso de parto? Yo… no tengo seguro médico. Peter ha estado pagando… Sarah, creo que viene otra.

–Bueno, tranquila, Annalee -volvió a susurrar Sarah, mientras le acariciaba la frente-. Cada contracción y cada pregunta a su tiempo.

Echó un vistazo al reloj. Seis minutos y medio desde la ultima contracción. Esta vez, respondiendo quizás a la actitud tranquilizadora de Sarah, Annalee cerró los ojos y respiró tranquila hasta que el dolor pasó.

–Annalee, no te preocupes por el seguro médico -dijo Sarah-. No te preocupes por nada. Yo voy a hacer que te admitan aquí y voy a pedirle a uno de los tocólogos del hospital que te asista. De hecho, creo que puedo lograr que te atienda el jefe del servicio. El doctor Snyder.

–¿Qué hará él?

–Bueno, supongo que te pondrá suero y te dará medicación para parar estas contracciones y prolongar tu embarazo. Pero eso depende. Tenemos modos de averiguar no sólo cuánto te falta sino cuánto le falta al niño en función del desarrollo de sus pulmones. Esta es la clave de cuándo debe permitírsele alumbrar a una mujer en proceso de parto prematuro.

–¿Se pueden medir los pulmones del niño antes de que nazca?

–Claro -repuso Sarah-. Y la verdad es que lo hacemos muy bien.

Annalee se enderezó un poco y echó los brazos al cuello de Sarah.

–Sabía que hacía lo correcto al venir a verte -dijo-. Lo sabía.

Sarah llamó a la centralita del hospital y pidió que localizaran al doctor Randall Snyder. Luego llamó a admisiones y pidió que enviaran a alguien a la unidad de Obstetricia. Por último tomó un fetoscopio de un gancho que había en la puerta y auscultó el vientre de Annalee.

–El niño va muy bien -dijo al cabo de más o menos un minuto-. Muy bien.