Causas naturales
Capítulo 9
Truscott sacó un Gaulois de una pitillera de plata que le había regalado una ex amante, lo encendió y luego marcó el número privado de Jeremy Mallon.
–Hola, Mallon, habla Truscott -dijo-. Me alegra ver que has hecho un uso tan rápido de la cinta del Día de Cambio. Pero escucha. He encontrado algo más. Algo muy bueno, en realidad… No, no quiero hablar de ello por teléfono… Bueno, muy bien. Ah, una cosa más. Me prometieron una carta… Sí, precisamente ésa. Llévamela cuando nos encontremos, ¿de acuerdo?… Espléndido. Espléndido.
Colgó, reunió los expedientes fotocopiados y los guardó en el portafolios. De todos los pagos de Mallon, éste sería el mejor. El hecho de que sus revelaciones pudieran causarle problemas a Sarah Baldwin le preocupaba muy poco. Como cirujana, ella era capaz y segura como cualquier mujer que hubiera conocido en medicina. Pero también representaba todo lo que él encontraba desagradable en el Centro Médico de Boston. Y ahora, con ese asunto de Lisa Summer, ya no se podría vivir con ella ni con el resto de los elementos excéntricos del hospital. Tanto ella como sus compinches se complacían en el reciente éxito lo mismo que un rebaño de ovejas sobrealimentadas. La oportunidad era perfecta para sembrar las nubes que ocasionaran un poco de lluvia.
Además, el ego de Sarah había sobrevivido a los otros chismes con que Andrew había alimentado a Mallon. Sobreviviría también a éste. Los verdaderos objetivos que estaban en juego eran Glenn Paris y su hospital-espectáculo. Ya estaban heridos y debilitados, de modo que la supervivencia de ambos no era muy segura.
Mientras se dirigía a cumplir con las obligaciones de su servicio, Andrew Truscott canturreaba para sus adentros: «Oh, el CMB se va desmoronando, mi bella dama…».
Capítulo 9
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5 de julio
A Sarah nunca le había gustado demasiado vestirse de punta en blanco.
Según ella, esa manía se remontaba a los domingos por la mañana en Ryerton, el pueblo al norte de Nueva York donde se había criado. Su madre, tal vez como reacción al estigma de haber tenido una hija fuera del vínculo matrimonial, pasaba por lo menos una hora todos los domingos preparándola para ir a la iglesia. Los vestidos de Sarah estaban planchados y perfectos; los zapatos, impecables. A menudo le hacía las trenzas media docena de veces, hasta que no le quedaba un solo cabello fuera de lugar. Y
siempre -al menos hasta que comenzaron a aparecer en la madre los primeros síntomas de la enfermedad de Alzheimer- el conjunto era rematado con un gran lazo blanco.
Ahora Sarah daba vueltas y cambiaba de posición ante el espejo de su cuarto, tratando de apreciar el tercero -o cuarto- de la serie de conjuntos que se había probado. Eran las ocho de la mañana. En quince minutos pasaría a buscarla un taxi para llevarla al hospital. Dos días antes, sin duda instigados por Glenn París y el departamento de Relaciones Públicas, dos periódicos de Boston habían publicado la noticia de cómo las medicinas occidental y oriental habían unido sus fuerzas en el Centro Médico de Boston para salvar la vida de una joven. No obstante, la publicidad positiva para el CMB duró poco.
Un día después había aparecido en el Herald un artículo breve, sin firma alguna. Fuentes no mencionadas pero fiables habían informado que la extraña y cataclísmica complicación hemorrágica no era la primera sino la tercera similar que ocurría en una paciente del CMB en los últimos ocho meses. Y, al contrario de Lisa Summer -continuaba la fuente-, los dos casos previos habían muerto.
La rápida reacción de Glenn Paris a ese artículo consistió en programar una conferencia de prensa para las nueve de la mañana del 5 de julio. Como en el Día de la Independencia no se habían producido grandes noticias, las declaraciones de Paris, preparadas con esmero, saldrían en todos los medios televisivos y radiofónicos de Boston. Presentes en la conferencia, anunció, estarían los doctores Randall Snyder y Eli Blankenship, jefes de los departamentos de Obstetricia y Medicina Interna del CMB, y la doctora Sarah Baldwin, la residente que había contribuido de modo decisivo a salvar la vida de Lisa Summer.
A las ocho y cuarto, cuando sonó el timbre, Sarah iba vestida con zapatos planos de piel, falda de madras, blusa de algodón crema, cinturón birmano bordado a mano y una holgada chaqueta color turquesa. Su mayor concesión a la formalidad de la ocasión consistía en haberse puesto medias, que no resultaban cómodas en ningún mes, pero en julio mucho menos.
–Ya voy -gritó por el interfono.
Tomó los pendientes de cobre que le había hecho un artesano de Akha y se los puso mientras corría escaleras abajo. Aunque admiraba a Glenn Paris, participar en uno de sus espectáculos no era del estilo de Sarah. No obstante, el informe de un tercer caso de CID en una paciente del CMB
exigía una reacción rápida, tranquilizadora pero informativa, por parte del hospital. Y Paris consideraba que ella podía ayudarle a lograrlo. Lo que había sido curiosidad con la primera paciente, preocupación seria con la segunda, de pronto se había tornado en prioridad aterradora.
El taxi la dejó ante el edificio Thayer. Glenn Paris la recibió en su oficina y la saludó afectuosamente. Como siempre, iba muy bien vestido.
Aquel día, el traje color tostado, la camisa celeste y la corbata roja oscura parecían de lo más apropiado para una presentación en televisión. Se le veía algo tenso, pero había en él una energía segura y entusiasta que Sarah encontró cautivadora y atrayente. Era la misma clase de aura que al principio la había atraído hacia Peter Ettinger.
–Sarah, ¿tiene alguna idea de quién podría haber pasado esta información al Herald? -le preguntó Paris.
–No, señor.
–Lo mismo me ha respondido toda la gente con la que he hablado. El médico forense de la ciudad de Nueva York envía a nuestro jefe de Cirugía una carta sobre el caso Hidalgo. Este envía copias a Patología, Obstetricia, Hematología, Medicina Interna, también al Comité de Patología y Mortalidad, y después, casi como si hubiera estado a punto de olvidarse, a mí. Y apenas termino de leer el caso en la copia que me llega, cuando lo veo en el maldito periódico. ¡Es inadmisible! Cada una de las personas con las que hablé pasó una fotocopia de la carta por lo menos a una persona más. La última vez que saqué la cuenta, salían entre veinticinco y treinta los que podían haber pasado la información al periódico. Todos dicen que no tenían idea de que fuera algo tan importante. ¡Que no era importante!…
Pero voy a atraparlo, Sarah. Esta vez, sea quien sea, ha ido muy lejos. Fíjese en lo que le digo: lo voy a atrapar.
–No tengo duda de que lo hará -dijo Sarah en voz baja.
Aunque comprendía la ira de Paris, se sentía incómoda ante tales manifestaciones. Estuvo a punto de recordarle que, independientemente de quién fuera el filtrador de la información, independientemente de la publicidad negativa, algo muy serio y alarmante estaba ocurriendo. Y sin duda el Centro Médico de Boston se hallaba en medio.
Cuando salieron del edificio por el campus, vieron a una gran multitud -
personal del hospital, reporteros y un equipo de televisión, con sus respectivas cámaras- que se dirigía hacia el auditorio.
–Parece que vamos a tener una gran concurrencia -comentó Paris-.
Buena señal. Debemos hacerle saber al público que somos capaces de resolver este asunto. Nuestra solicitud de fondos a la fundación parece ir bien, pero todavía no es segura. La publicidad negativa aún puede perjudicarnos.
–¿Ya se ha reunido con algún miembro del personal médico? – preguntó Sarah, con la esperanza de llevarlo al verdadero tema en cuestión.
–El doctor Blankenship y yo hemos estado reunidos casi ininterrumpidamente desde que salió este artículo. Tengo un viejo amigo que es administrador en el Centro para el Control de Enfermedades en Atlanta. Puse a Eli en contacto con él y dice que están tratando de enviar a alguien aquí a tiempo para…
París se interrumpió de golpe y levantó una mano para que Sarah guardara silencio. Le hizo una seña para que fuera hacia las sombras del edificio de pacientes externos. Delante de ellos, nada más girar la esquina del edificio, un hombre bien vestido, con un portafolios en la mano, se hallaba enfrascado en una conversación con un empleado de mantenimiento del hospital. Dos días antes, la huelga no autorizada del personal de mantenimiento se había desmoronado ante la amenaza de París de despedir a todos los involucrados. Como consecuencia, en todo el hospital se pegaron panfletos que condenaban su acción. Y aunque todos habían vuelto a trabajar, ninguno de los empleados de ese departamento había movido un dedo para despegarlos.
–¿Conoce a ese tipo, el del traje? – susurró París.
Sarah negó con la cabeza. El hombre, de unos cuarenta años, era de complexión delgada, cabellos revueltos y perfil aguileño. El diamante del anillo que lucía en el dedo meñique de la mano izquierda se distinguía con facilidad desde donde estaban, a unos cinco metros de distancia.
–Yo diría que es vendedor de coches o abogado -comentó Sarah.
–Es pura escoria, eso es lo que es -replicó París-. Pero es abogado. Y
también es médico.
–Qué impresionante.
–No, no lo es. Se llama Mallon. Jeremy Mallon. ¿Ha oído hablar de él?… ¿No? Es un tipo muy influyente y también trabaja, con contrato, para Everwell. Creo que hasta posee algunas acciones. Hace meses que sospecho que es el responsable de una buena parte, si no de la totalidad, de los problemas que tenemos. Este pequeño tête-à-tête que estamos observando contribuye en gran medida a demostrar que tengo razón.
De pronto Mallon los vio. A una palabra suya, el empleado de mantenimiento se escabulló a toda prisa en la dirección opuesta. París se acercó con rapidez; Sarah le seguía a unos pasos de distancia.
–Hijo de puta -le espetó París-. Sabía que era usted.
–No tengo idea de qué me habla -replicó Mallon hipócritamente-. Y le advierto que cuide el modo de dirigirse a cualquier persona en público.
Aunque París no le hubiera hablado mal de él, Sarah supo que de todos modos le habría desagradado nada más conocerle.
–El cortocircuito no fue ningún accidente -le espetó París-. Y tampoco esa huelga fingida. Antes lo creía; ahora lo sé. Espero que le haya pagado bien a ese gusano picapleitos, porque a partir de ahora el tipo se ha quedado sin trabajo.
París había elevado la voz lo suficiente como para que varios de los que se encaminaban hacia el auditorio se detuvieran a mirar. Dos administradores del CMB, a uno de los cuales Sarah reconoció como Colin Smith, la principal autoridad financiera del hospital, se precipitaron hacia ellos.
–Paris, se está extralimitando -dijo Mallon-. No necesito causarle ningún problema: usted sólito lo hace estupendamente.
–Vayase ahora mismo de aquí.
–Qué disparate. Hay una conferencia de prensa a la que pienso asistir.
Será fascinante ver cómo se las ingenia para eludir el hecho de que este
lugar se está transformando en un pabellón de la muerte.
–Cállese, escoria…
Los dos administradores se pusieron delante de Paris antes de que éste se abalanzara sobre el abogado.
–Tranquilo, Glenn -dijo Colin Smith-. Este tipo no vale la pena.
–¡Quiero que se vaya de mi hospital! – gritó Paris.
–Cada vez se parece más a un hombre ahogándose, Paris-dijo Mallon, que de pronto le pareció a Sarah una especie de serpiente-. Y en cuanto a que sea su hospital, disfrútelo mientras pueda, porque no creo que lo siga siendo por mucho tiempo.
–¡Largo de aquí!
Esta vez Colin Smith tuvo que contener a su jefe por la fuerza.
–Realmente tengo cosas más importantes que hacer que observar cómo se hunde, París. Ya me lo imagino en los informativos de la noche.
Mallon se dio media vuelta sin esperar respuesta y se marchó por el edificio de consultas externas.
–Miserable… -murmuró París.
–Tranquilo -le aconsejó Smith.
–No se van a salir con la suya, Colin. El día que Everwell y esa sabandija se apoderen del CMB será el día en que tengan que enterrarme.
–No sucederá nunca, Glenn -lo calmó Smith-. Tenemos el as en la manga. Usted lo sabe, y yo también.
Sus palabras surtieron un efecto notablemente sedante en París. Sarah vio que los músculos de la cara se le relajaban. Aflojó los puños. Y al fin sonrió.
–Tiene razón, Colin -dijo-. Tiene razón. Es usted un buen hombre.
Se disculpó con Sarah por su falta de compostura y la presentó a Smith y al otro hombre, cuyo cargo tenía algo que ver con la supervisión de la planta de Fisioterapia del hospital. Después les indicó que siguieran su camino.
–Sarah, por si no lo había adivinado -le dijo-, el as de que hablaba Colin es la subvención que procede de la Fundación McGrath y que hace ya tres años que hemos solicitado. Pero, por favor, ni una palabra a nadie. Como le dije antes, todavía no se ha firmado nada. Y no tengo ninguna duda de que, si conociera la magnitud de esa subvención y de dónde proviene, ese desgraciado de Mallon haría cualquier cosa para impedir que nos la dieran.
–Nos la darán -afirmó Sarah.
–Bueno, al menos ya está en marcha. Si obtenemos el dinero, ganamos; si no, ganarán Mallon y Everwell. Es así de simple.
Cuando llegaban al edificio en que se hallaba el auditorio, oyeron, y luego divisaron, un flamante helicóptero, que sobrevoló el recinto universitario y aterrizó en el helipuerto que Paris había insistido en construir en la azotea del edificio de cirugía.
–¿La persona del CCE? – preguntó Sarah.
–Lo dudo. Ni siquiera sé si van a mandar a alguien. Lo más probable es que sea algún personaje importante de una cadena de noticias que viene a la conferencia de prensa.
–O alguno de nuestros pacientes tiene algún amigo o familiar adinerado.
–Lo dudo también. Pedí a nuestro personal de Relaciones Públicas que revisara las fichas de ingreso de todos nuestros pacientes. Si alguien a quien vale la pena tener en cuenta se hallara internado aquí, le aseguro que yo lo sabría. Bueno, ahora entremos y hagamos nuestro papel.
–Haré lo que pueda -prometió Sarah.
Con el cinturón ajustado al asiento de copiloto de su helicóptero reactor Sikorsky S76, Willis Grayson observaba el Centro Médico de Boston que se extendía a sus pies. El entusiasmo que pudiera haber sentido ante la perspectiva de ver a su única hija por primera vez en cinco años estaba prácticamente consumido por el odio contra aquellos que la habían llevado a semejante lugar y en semejante estado.
A su retorno de Silicon Valley, donde había ido a reestructurar una empresa, había encontrado a un detective llamado Pulasky en el portón de su mansión de Long Island. El detective tenía las primeras fotos que Grayson había visto de su hija mucho antes de que ella desapareciera. El hombre también tenía copias de los dos periódicos de Boston. Y aunque las notas aparecidas en éstos no contenían fotos de Lisa Summer, Pulasky le aseguró que la paciente internada en el Centro Médico de Boston y su hija eran la misma persona.
Una visita realizada por agentes de Grayson en Boston a la dirección de Lisa en Jamaica Plains confirmó la declaración de Pulasky. Después de pagar al hombre, Grayson hizo dos llamadas telefónicas. La primera fue para convocar a su piloto; la segunda, para ordenar a Ben Harris, su médico personal, que cancelara las visitas con sus pacientes y despejara sus
actividades para volar de inmediato. A las dos horas habían aterrizado en el helipuerto del Centro Médico de Boston.
–Mantenga caliente el aparato, Tim -dijo Grayson antes de bajar a la pista-. Si Lisa se encuentra en condiciones de viajar, la sacaremos de aquí y la llevaremos a nuestro hospital -explicó mientras ayudaba al médico a bajar-. Ahora, no me ocultes nada, Ben -ordenó-. Recuerda que tu compromiso es conmigo, no con esa fraternidad médica endogámica sobre la que leo todo el tiempo. Si alguien cometió un error en la atención a Lisa, quiero saberlo.
Durante casi todos sus cincuenta y cuatro años, la fuerza impulsora de la vida de Willis Grayson había sido la ira. De niño, había sacado fortaleza de la ira para afrontar la impotencia de permanecer inmóvil en camas de hospital mientras los médicos luchaban con los ataques de asma que amenazaban su vida. En la adolescencia, la furia por las prolongadas ausencias de su padre, un industrial, y la inaccesibilidad emocional de su madre, de la alta sociedad, se manifestaron en repetidos actos agresivos que llevaron a su expulsión de varias escuelas privadas.
Y años más tarde, cuando al fin le permitieron ingresar en el santuario que representaba la empresa paterna, fue su desesperada y desenfrenada necesidad de retribución lo que lo empujó a realizar maniobras que quitaron todo poder al padre, con el fin de conseguir cambiar el rumbo de los negocios. En apenas poco más de dos décadas, su fortuna personal había crecido a casi quinientos millones de dólares. Pero en su interior casi nada había cambiado.
La habitación de Lisa se hallaba en la quinta planta del edificio en el que había aterrizado el helicóptero. Mientras que el helipuerto estaba en perfectas condiciones, la quinta planta necesitaba una restauración. En menos de un minuto, Grayson había tomado notas mentales de una papelera sin vaciar, paredes con la pintura en mal estado, un paciente de edad atado a una silla en el vestíbulo y un olor penetrante que sospechaba era una mezcla de mugre, sudor y excrementos.
–Este lugar es una pocilga, Ben -dijo-. No lo entiendo. Mi hija podría comprarse su propio hospital, maldita sea, y termina en un sitio como éste.
Le habían informado que la habitación de Lisa era la 515. Con el médico siguiéndole a unos pasos de distancia, Grayson pasó a toda prisa por
delante de la sala de enfermería, sin prestar atención a la mujer que había allí, escribiendo notas.
La robusta y joven enfermera, cuyo distintivo la identificaba como Janine Curtís, enfermera diplomada de cirugía, los llamó.
–Discúlpenme. ¿Puedo ayudarles?
–No -gruñó Grayson por encima del hombro-. Vamos a la habitación quinientos quince.
–Por favor, deténgase -ordenó ella.
Grayson se puso rígido. Después, mientras abría y cerraba lentamente las manos, hizo lo que la enfermera le pedía. Detrás, el doctor Ben Harris exhaló un audible suspiro de alivio.
–El verdadero nombre de Lisa Summer es Lisa Grayson -dijo el millonario con exagerada paciencia-. Yo soy el padre, Willis Grayson, y éste es nuestro médico particular, el doctor Benjamín Harris. ¿Ahora podemos proseguir?
La confusión oscureció el rostro de la enfermera, pero enseguida desapareció.
–Nuestras horas de visita no comienzan hasta las dos -dijo-. Pero si Lisa lo aprueba, haré una excepción por esta vez.
Las manos de Grayson volvieron a cerrarse en un puño. Pero en esta ocasión no se volvieron a abrir.
–¿Usted sabe quién soy? – preguntó.
–Sé quién dice que es. Mire, señor Grayson, no quiero ser…
–Ben, no tengo tiempo para esto -la interrumpió Grayson-. Tú quédate aquí y explícale a esta mujer quién soy y por qué estamos aquí. Si te causa algún problema, llama al maldito director de esta filfa de hospital y dile que venga. Yo voy a ver a Lisa.
Se marchó sin esperar respuesta.
Uno de los cartelitos intercambiables que había en la puerta de la habitación 515 decía «L. Summer». El otro estaba en blanco. Willis Grayson vaciló. ¿Había hecho lo correcto al no enviar flores o llamar antes de ir? Si, como él sospechaba, otros habían envenenado a su hija contra él, no había modo de saber lo que ella pensaba. No, decidió, era mejor visitarla sin anunciarse.
Después de que Charlie o Chuck, fuera cual fuese su nombre, hubiera instigado a Lisa a dejar el hogar paterno, Grayson había gastado miles de
dólares tratando de encontrarla. La pista se enfrió en Miami. Entonces, de repente, el joven apareció en la casa sin ella y sin la menor idea de adonde había ido. Después, durante meses Grayson hizo seguir al joven y ordenó que le vigilaran la correspondencia. Pero no obtuvo nada. Al final el joven se esfumó, sin llegar ni siquiera a sospechar lo cerca que había estado de que le rompieran las dos piernas… o algo peor.
«No -pensó Grayson, airado-, hará falta algo más que unas cuantas flores.»
Llamó ligeramente a la puerta, esperó y volvió a llamar. Al final la abrió. La mezcla de olor a talco y loción, almidón y antiséptico le resultaba a la vez familiar y desagradable. No entraba en una habitación de hospital desde la noche, casi ocho años atrás, en que, junto con Lisa, permaneció sentado sosteniendo la mano de su esposa, mientras ésta se rendía a la enfermedad maligna con la que pugnaba desde hacía más de un año.
Ahora su hija se hallaba sentada, inmóvil, en un sillón acolchado de respaldo alto, mirando por la ventana. Al ver las vendas que le cubrían lo que quedaba del brazo derecho le subió bilis a la garganta. Dio unos pasos y se sentó en el alféizar de mármol. Lisa lo miró un momento; luego cerró los ojos y giró la cara.
–Hola, querida -dijo Grayson-. ¡Cómo me alegro de haberte encontrado!
Te he echado tanto de menos…
Esperó una reacción, pero, por la expresión de Lisa y la posición de sus hombros, supo que no la habría.
«Malditos sean» -pensó, incluyendo a los amigos, las compañeras de piso, los amantes y los médicos de su hija, reales e imaginarios, en un indefinido objeto de odio-. «Malditos sean, y que se revuelquen todos en el infierno por hacerte esto.»
–Lamento mucho lo que has sufrido -insistió-. Por favor, Lisa. Por favor, hablame… Quiero sacarte de aquí. El doctor Harris ha venido conmigo. Lo recuerdas, ¿no? Está afuera. Sus asistentes te esperan en el centro médico de nuestra ciudad. El te examinará y, si opina que no corres riesgos, estarás allí dentro de noventa minutos. Tim está en la azotea con el helicóptero. Él también te ha añorado mucho, querida. Todos te hemos echado mucho de menos, Lisa.
Lisa seguía sin mirarlo. Grayson se puso de pie y caminó por la habitación, buscando palabras que consiguieran abrir el corazón de su hija.