Causas naturales

Michael Palmer · Capítulo 44 de 58

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Causas naturales

Veneno de Crótalo (Serpiente de Cascabel)

metal, junto a la cerradura. En lugar de volver a repetir la combinación, tiró del disco. El pulso le latía en las orejas cuando la puerta se abrió. La caja de caoba laqueada que contenía sus agujas de acupuntura había desaparecido, lo mismo que el electroestimulador que las conectaba a veces. En su lugar había una caja de Federal Express dirigida a ella, en el CMB. Encima de la caja había una bolsita de papel marrón.

Con manos temblorosas, Sarah introdujo la mano dentro de la bolsa y extrajo un frasco de vidrio y un recibo. El frasco se hallaba vacío, pero la etiqueta aclaraba demasiado lo que estaba sucediendo. También respondía a las torturantes dudas sobre el cuadro clínico de Annalee.

VENENO DE CRÓTALO (SERPIENTE

DE CASCABEL)

sólo para fines de investigación

cuidado: altamente venenoso

dispóngase del antídoto y úsese según

indicaciones

El recibo, de una pequeña firma proveedora de unos laboratorios de Houston, estaba dirigido a ella. Sarah guardó el Irasco en el bolsillo de su bata médica y abrió con cuidado el paquete del Federal Express. No tenía ninguna duda de lo que contenía. «Antídoto para veneno de crótalo, polivalente»: veinte frascos en total.

Muy conmocionada, Sarah permaneció junto a su taquilla, sola, en el mal iluminado pasillo del cuarto piso del edificio Thayer. En el bolsillo tenía la causa probable de la diabólica e inminentemente letal afección de Annalee. En sus manos tenía la cura. No era probable que nadie se creyera la historia de que tanto el frasco vacío de veneno como la caja con el antídoto habían sido puestos en su armario por quienquiera que en verdad hubiera administrado el veneno a la muchacha.

Si su relato de la muerte de Andrew había reducido su credibilidad en el CMB, esto terminaría de destruirla.

Tenía mucho más sentido creer que Sarah había infundido el veneno de serpiente de cascabel con el objeto de crear un caso de CID inducido por el proceso de parto que no tuviera relación con su suplemento de hierbas. Que Annalee fuera supuestamente su amiga no impresionaría a nadie… en especial después de que Peter lograra expresar cualquier versión de la

historia que se le ocurriera inventar. ¿Por qué, entonces, Sarah había sacado a relucir el antídoto? Tal vez, razonarían algunas personas, se había propuesto crear una condición dramática pero no letal, pero había errado.

Sólo cuando las cosas iban evidentemente muy mal para Annalee, había recurrido al antídoto… y a la rebuscada explicación de que éste acababa de aparecer en su taquilla. Tal vez, afirmarían otros, al principio a ella no le había importado si el caso era letal o no. Pero al ver el extremo sufrimiento de Annalee había cambiado repentinamente de parecer.

Los dos grupos discutirían por detalles. Pero era evidente que existía una sola explicación lógica para el milagroso hallazgo de Sarah en el último momento, tanto de la causa como de la cura de la CID de Annalee. La propia Sarah debía de haber administrado la toxina, en primer lugar. Nadie que tuviera un poco de seso creería lo contrario.

Por un momento, se le pasó por la cabeza la idea de simplemente tirar a la basura el frasco vacío y el antídoto. Diría que habían forzado la cerradura de la taquilla y robado sus agujas de acupuntura. Nadie, salvo la persona que le había tendido la trampa, sabría nunca la verdad. Con suerte y un tratamiento agresivo, Annalee y la niña -o por lo menos una de las dos- tal vez lograran sobrevivir. Y, como había dicho Randall Snyder, con un caso de CID no relacionado con el suplemento de hierbas de Sarah, ella quedaría al fin libre de sospechas. Pero cuando Sarah tomó conciencia de lo que estaba pensando, ya iba bajando de tres en tres los escalones que la llevaban hacia el túnel, con la preciosa caja del Federal Express bien sujeta bajo el brazo.

En la habitación de Annalee la escena no era diferente de la que había dejado Sarah al salir, salvo que la hematóloga Helen Stoddard consultaba con Eli y Randall Snyder. Sarah soltó un gruñido al verla. Desde el enfrentamiento surgido a causa de Lisa Grayson, no había intercambiado una palabra con ella, aunque se cruzaran en los pasillos y se sentaran cerca en las conferencias.

«Bien, doctora Stoddard -pensó Sarah mientras se aproximaba a los tres médicos-, si antes usted me creía una curandera, ahora pensará que estoy loca de remate. ¡Y, además, una loca homicida!»

–Necesito hablar con ustedes tres -susurró Sarah al tiempo que les indicaba el único rincón desocupado de la habitación-. Es muy importante.

–No, otra vez no -se quejó Helen Stoddard-. Eli, me habías prometido…

–Helen, cállate o márchate -la cortó Eli con impaciencia impropia de él-. Esta chica corre grave peligro. Tenemos que hacer lo que sea para salvarla.

–¿Qué está pasando? – preguntó Snyder-. ¿Van a darle la heparina o no?

–Sí -respondió Helen Stoddard, en tono rápido y contundente.

–Creo que antes deben oír lo que tengo que decirles -intervino Sarah.

Describió brevemente lo que encontró en su taquilla y enseñó a los tres médicos el contenido del paquete del Federal Express-. Me preocupaba la alta temperatura de Annalee, la velocidad con que se desarrollaban sus síntomas y también la debilidad de sus doce pulsos de acupuntura. La intoxicación con veneno de crótalo lo explicaría todo.

–Usted está absolutamente loca -le espetó Helen Stoddard-. ¿Que alguien le puso a propósito eso en su taquilla? ¿Cómo demonios puede esperar que nos creamos…?

–Maldita sea, Helen -la cortó Eli-. ¿Puedes escuchar, por una vez?

La mujer le miró primero a él y luego a Sarah, furiosa. Acto seguido, se dio media vuelta y salió de la habitación. Un momento más tarde entró Peter Ettinger.

–¿Qué diablos está ocurriendo aquí? ¿Por qué la hematóloga se ha ido así? – quiso saber.

Eli hizo ademán de enfrentársele, pero Sarah lo detuvo con un gesto de la mano.

–Espere, doctor Blankenship -dijo-. Por favor. Sé lo importante que es Annalee para Peter y lo preocupado que se siente por lo que está sucediendo. Permítame hablar con ella un segundo. – Susurró unas palabras al oído de Annalee y regresó al grupo-. Annalee dice que no le molesta que él se quede.

–Está bien -gruñó Blankenship-. Pero una sola palabra fuera de lugar, Ettinger, y se retira.

–Peter, Annalee ha sido envenenada -dijo Sarah-. Alguien le ha inyectado veneno de crótalo en la intravenosa o en la bolsa de suero. No conozco bastante este veneno para saber cuál es o desde cuándo está actuando. Pero tengo la absoluta certeza de lo que digo. Es esencial que le demos el antídoto lo antes posible.

–Esto es una locura -murmuró Ettinger.

–¿Cómo sabemos que es antídoto lo que hay en esos frascos? –

preguntó Randall Snyder.

–Bueno, por un lado, están sellados. Por otro, si esto no fuera antídoto, no tendría sentido que alguien lo hubiera puesto entre mis cosas.

–Suponiendo que alguien lo haya hecho -dudó Peter.

–Doctor Blankenship -preguntó Sarah, pasando por alto a Ettinger-,

¿sabe si el antídoto tiene algún efecto secundario?

–Una reacción alérgica al suero de caballo con el que se hace, diría yo -

respondió Blankenship-. No se me ocurre nada más.

–Eso podemos controlarlo.

–A ver, déjeme ver el prospecto.

Randall Snyder volvió a mirar el monitor fetal.

–Eli, el pulso del feto ha decaído un poco. Tienes que decidirte.

–Intoxicación con veneno de crótalo -dijo Peter-. Sarah, de veras estás loca.

–Ettinger, el tema está decidido -advirtió Eli, mirándolo con severidad-.

O se queda callado al otro lado de la cama, o se va ahora mismo de aquí.

Peter vaciló y luego, con bastante docilidad, hizo lo que se le ordenaba.

Eli echó un rápido vistaz;o a las instrucciones y extrajo el contenido de diez de los frascos con una gran jeringa. Sarah explicó la situación a Annalee.

Reinaba completo silencio en la habitación mientras Eli deslizaba la aguja en el tubo de goma de la línea intravenosa y descargaba lentamente el turbio líquido en el flujo sanguíneo de la paciente.

La reacción al antídoto fue instantánea.

En menos de cinco minutos, Annalee dijo que el intenso dolor que sentía en las extremidades había comenzado a ceder. Veintiséis minutos después de la inyección, la hemorragia de la nariz y de los puntos donde la habían pinchado paró por completo. Para las primeras horas de la tarde, la fiebre había desaparecido y casi todos los estudios de coagulación y otros análisis de laboratorio eran normales.

Seis horas después de la administración del antídoto, Glenn Paris convocó una reunión de urgencia de los comités ejecutivos de la junta directiva del hospital y del personal fijo. Después de escuchar las declaraciones de Randall Snyder, Eli Blankenship, Helen Stoddard y las enfermeras de Obstetricia, los participantes votaron por unanimidad la supresión inmediata de empleo y sueldo de Sarah Baldwin hasta que se

conocieran con certeza los detalles de su intervención en el caso de Annalee.

El cadáver estuvo durante tres días en el depósito de la oficina del médico forense del estado antes de que se realizara una identificación positiva. En realidad, «cuerpo» no se adecuaba tanto a la descripción de los restos como «esqueleto». Una semana antes, la tripulación de un barco rastreador, que pescaba a ciento veinte kilómetros de la costa de Massachusetts, lo había arrastrado a bordo con cientos de kilos de abadejo.

El esqueleto no tenía encima ni un jirón de ropa o tejido, salvo algún cartílago en las costillas y algunas articulaciones. Aun así, el forense pudo determinar el momento de la muerte dentro de los seis meses anteriores.

También le costó clasificar la muerte como homicidio. Había fracturas/dislocaciones de dos vértebras cervicales. La naturaleza de los fragmentos óseos sugería la aplicación de la fuerza bruta. Las cuerdas y los pesos que todavía se hallaban atados alrededor de las extremidades y de lo que alguna vez había sido la región abdominal del esqueleto despejaron las dudas que pudieran quedar.

Ahora el forense inspeccionaba las radiografías dentales facilitadas por la policía de Boston. El experto forense en odontología acababa de encontrar un parecido indudable con las películas tomadas al esqueleto.

Dictó sus hallazgos ante una grabadora portátil y llamó al detective del departamento de policía de Boston que había enviado las placas.

–Creo que ya puede ponerse en contacto con la familia del desaparecido y comunicarles que ya lo hemos encontrado -dijo el forense-.

Lamentablemente, parece ser que el doctor Truscott ya no hará más operaciones.

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