Causas naturales
Capítulo 7
-¡Hijo de puta! ¡Maldito cabrón! Me lo estropeas todo. ¡Todo!… No me toques… Si me tocas te juro que nunca más volverás a verme…
-Vete a tu habitación.
-Vete al infierno.
-Vuelve aquí. Ahora mismo.
-Vete al infierno… ¡Suéltame! ¡Te he dicho que no me toques!¡Maldita sea, suéltame!… ¡Te odio!… ¡Te odio!…
–Lisa, despierta. Soy la enfermera, Lisa. Estás bien. Tienes que dejar de gritar… Eso es. Ahora está mejor. Mucho mejor.
Los ojos de Lisa Summer se abrieron. Todo estaba borroso. Poco a poco el rostro preocupado de la enfermera fue aclarándose.
–Ha sido una pesadilla -dijo Alma Young-. La anestesia produce ese efecto a algunas personas.
Lisa desvió la mirada y una vez más la clavó en el techo.
–¿Necesitas algo? ¿Algo para comer? ¿Para el dolor?… Bueno, estaré aquí si me necesitas.
Alma Young corrió parcialmente las cortinas a ambos lados de la cama y volvió a la sala de las enfermeras. A sus espaldas, Lisa empezó a llorar quedamente.
–Papá -dijo-. Oh, papá.
Capítulo 7
Sarah compró un bollo pringoso y un café y los llevó a un rincón de la gran cafetería reservada a los médicos. En una mesa de fórmica conversaban dos internos del personal fijo; las otras cuatro estaban vacías; no era de extrañar teniendo en cuenta que aquélla era la hora de más trabajo en el hospital. Andrew ya llevaba cinco minutos de retraso, pero Sarah había aprendido hacía tiempo que la mayoría de los cirujanos llegaban tarde a todo, si es que llegaban.
Había podido ver a tres de sus pacientes y, una de ellas ya se había enterado de la hazaña de Sarah del día anterior. Además, tal como había predicho Alma Young, su eficaz aplicación de la terapia no tradicional parecía ser el tema de conversación de todo el hospital. En los pocos minutos que había pasado en la planta de Ginecología y Obstetricia, había recibido llamadas del director de educación médica y de la secretaria de Glenn París pidiéndole que por la tarde se pasara por la oficina del director.
Las enfermeras le estrechaban la mano o le hacían gestos de victoria cuando la veían pasar, y el jefe de residentes del servicio de Ginecología y Obstetricia la invitó a comer para saber de primera mano los detalles de la
«salvación».
En el mismo instante en que Sarah comenzaba a preguntarse si sería una grosería sentarse en otro lugar y no con los internos, éstos recogieron sus cosas y se levantaron. Uno, un endocrinólogo erudito que se apellidaba Wittenberg, se le acercó y le estrechó la mano.
–George Wittenberg -se presentó.
–Lo sé. Nos conocimos en la recepción de Glenn París, el año pasado.
Metabolismo del calcio y enfermedad paratiroi-dea, ¿no?
–Tiene una excelente memoria.
–Leí algunos de sus artículos para un proyecto de investigación cuando estaba en la Facultad de Medicina. Eran muy interesantes.
–Bueno, gracias. Yo vine a felicitarla a usted, pero aun así aceptaré el cumplido. Por lo que he oído, ayer realizó un milagro.
–Hubo mucha gente que ayudó a Lisa. Lo que yo hice fue apenas una de las razones por las que se salvó.
Sarah se sintió aliviada al sentir sólo un impulso pasajero de señalar los aspectos negativos del «milagro».
–Muy bien dicho -dijo Wittenberg-. Pero si los rumores del hospital son ciertos, usted fue una razón muy significativa. Lo sucedido ya ha llegado al Globe y al Herald. Y quien haya estado filtrando a Axel Devlin esos chismes para desprestigiar el CMB, esta vez le ha salido el tiro por la culata. Hoy Devlin escribió otra de sus columnas críticas sobre el CMB. De modo que en la página tres aparece un brillante artículo sobre el Oriente que se encuentra con el Occidente para salvar una vida en el Centro Médico de Boston, y Devlin ha quedado como un tonto por no reconocer el hecho siquiera. ¿Ha visto el periódico?
–No.
–Tome -dijo Wittenberg, al tiempo que le extendía un ejemplar-. Yo ya lo he leído y acabo de limpiar la jaula de mi cotorra, así que no lo necesito.
–Gracias.
–No hay problema. ¿Sabe? No estoy en la misma onda que Devlin, pero soy uno de los que han visto con escepticismo el estar relacionado con un hospital como éste, que permite ejercer a un médico indio y a un