Causas naturales
Capítulo 34
–No entiendo qué… -el cuidador de animales esbozó una amplia sonrisa-. Ah, sí -dijo-. Ya sé a qué se refiere. Su modo de hablar. No le salían bien las palabras, sobre todo cuando estaba alterado y eso. Él… no se me ocurre la palabra exacta, pero, ya sabe…
–Sí que lo sé, Clete -le interrumpió Rosa atentamente-. El hombre tartamudeaba, ¿verdad?
–Sí, eso es -dijo Clete-. Tartamudeaba. Tartamudeaba como un condenado.
Capítulo 34
27 de octubre
–Bueno -dijo Sarah-, ésta es una de las salas de parto de nuestra unidad.
Para las mujeres que así lo desean, y que no presentan riesgos o complicaciones, también tenemos otra, un poco menos formal. Se la enseñaré después.
Los tres estudiantes de medicina de tercer año se movían nerviosos mientras contemplaban el equipo de control, los aparatos de anestesia y la mesa de partos. Antes de que terminaran las prácticas en el departamento de Ginecología y Obstetricia, cada uno llevaría a cabo un parto sin asistencia del principio al final y, de ser posible, varios. La rotación del CMB ofrecía más responsabilidad y oportunidades clínicas que en otros hospitales y por lo tanto tenía mucha demanda. Uno de los deberes de Sarah, como próxima jefa de residentes, era la supervisión de los estudiantes de medicina.
–¿Alguna pregunta?
–¿Usted realiza partos a domicilio? – preguntó un alumno.
–Dos de los residentes realizamos ese tipo de partos, junto con un profesional del personal fijo, por si surgen problemas.
No tenía sentido agregar que el jefe de residentes de Sarah le había pedido que no participara en más partos a domicilio hasta que se hubieran resuelto los cargos contra ella.
–He oído hablar de usted -dijo un segundo estudiante-. Me interesan las terapéuticas alternativas. ¿Enseña acupuntura?
–Lamento no disponer de tiempo para dar clases formales. Pero no tenga reparos en acompañarme en el consultorio de casos dolorosos. Más tarde le daré mi horario. ¿Algo más antes de dirigirnos al departamento de pacientes externos?
–Sí -dijo el tercer estudiante, al tiempo que señalaba el pasillo-. El hombre que acaba de salir de esa habitación, ¿es ese tipo de la televisión, el del Sistema de Adelgazamiento con Hierbas?
Sarah se volvió. Peter Ettinger acababa de salir del cuarto de Annalee y se acercaba con los puños apretados. Tenía la cara púrpura, crispada, fuera de sí. Los estudiantes retrocedieron un paso. Sarah se obligó a permanecer donde estaba.
–¿Por qué no me has llamado? – le espetó Ettinger-. ¿Por qué he tenido que buscar por toda la ciudad antes de encontrar a mi hija?
–Si deseas hablar conmigo, creo que deberíamos ir al despacho -
respondió Sarah.
–No hay nada de qué hablar. Quiero que den inmediatamente de alta a mi hija de este…, de esta mísera imitación de hospital. ¿Qué diablos le estás poniendo en el cuerpo?
–Peter, por favor. Vayamos a un lugar donde podamos sentarnos a hablar como adultos.
Ettinger miró de reojo a los estudiantes, que llevaban todos tarjetas que los identificaban como alumnos de tercer año.
–¿Qué pasa? – dijo-. ¿Te preocupa que estas virginales mentes médicas se ensucien al enterarse de lo que tú les haces a tus pacientes? Diles lo que está sucediendo. Diles exactamente qué es lo que introdujiste en el cuerpo de mi hija. Vamos, díselo. Yo escucharé.
Sarah se mordió el labio superior y trató de pensar en algún modo de salir de la situación. No estaba a la altura de la intensidad, la ira y el carisma de Peter. Con el odio que él sentía por la medicina occidental, había pulido sus argumentos a lo largo de incontables presentaciones y debates organizados. Ahora la tenía acorralada.
A unos metros de distancia, dos enfermeras se detuvieron a observar.
Tal vez, al reconocer a Peter o intuir la incomodidad de la médica, ninguna hizo ademán de intervenir. Sarah respiró hondo, se calmó un poco y se volvió hacia los estudiantes.
«¿Esto querías, Peter? Pues bien, lo tendrás.»
–La hija del señor Ettinger, Annalee, es una mujer grávida, de veintitrés años, primer embarazo, ninguno anterior -expuso con tranquilidad-. La fecha de su último período menstrual es incierta. Pero, por ultrasonido y otros estudios, parece estar en su trigesimocuarta semana. El feto es
femenino, de aproximadamente dos kilos cuatrocientos gramos. Annalee fue admitida en nuestra unidad antes de ayer, en fase de parto prematuro, con contracciones que varían entre quince y siete minutos de diferencia entre sí. Tiene las membranas intactas, el cuello del útero cerrado, y la paciente es no tóxica, es decir, que no presenta evidencias de infección. Una amniocentesis realizada ayer ha revelado que los pulmones del feto se hallarán en buenas condiciones si ella alumbra ahora. Pero cada día que podamos mantener al niño in útero significa muchas más probabilidades para la madre.
Se volvió hacia Peter, aliviada de que él la hubiera dejado proseguir hasta ese punto sin interrumpirla.
–El doctor Snyder, el médico que atiende a la paciente, es el jefe de O/G
-continuó-. Intenta detener el proceso de parto con terbutalina, un agonista betaadrenérgico. Hasta el momento la paciente responde bastante bien al tratamiento, aunque continúa con algunas contracciones uterinas regulares.
Ahora, señor Ettinger, si nos disculpa, debemos hacer una visita al departamento de pacientes externas. El doctor Snyder está en el hospital. Si tiene más preguntas que hacer, le sugiero que se ponga en contacto con él.
–He llamado una ambulancia -dijo Ettinger-. He hablado de la situación con mi hija. Desea dejar el hospital de inmediato. He dispuesto que la examinen en el White Memorial antes de llevarla de vuelta a casa conmigo.
Sarah estaba perpleja.
–No creo que ella lo acepte.
–Pregúntale tú misma si lo deseas -dijo Ettinger en tono sarcástico-.
Agonistas betaadrenérgicos… -Miró con desdén a los tres estudiantes de medicina-. Las respuestas no están en sus libros ni en sus análisis caprichosos ni en sus agonistas betaadrenérgicos -dijo-. Están en la mente y el espíritu de sus pacientes. Mantengan la mente abierta a eso, y, a medida que progresen en su carrera, llegarán a comprender lo que quiero decir. Y
algún día, cuando uno de sus superiores les diga que le den a un paciente una u otra droga que un médico visitante les ha convencido de usar, lo mirarán y le preguntarán: «¿Por qué?».
–Señor Ettinger, estoy segura de que a estos estudiantes les interesa conocer su opinión sobre la profesión -dijo Sarah, luchando con su exasperación-. Ahora, por favor, discúlpeme. Voy a hablar con Annalee. A solas. Como usted no me lo permita, llamaré a seguridad.
–Adelante -dijo Ettinger con aire burlón-. Dudo de que vuelvas a lavarle el cerebro. Después de que compruebes sus deseos de abandonar este lugar, quiero que redacten la orden de alta.
Los alumnos intercambiaron miradas azoradas e incómodas. A la propia Sarah le sorprendió que Ettinger exudara tanta confianza. Se preguntó qué le habría dicho a Annalee -qué le habría prometido- para lograr que aceptara marcharse del CMB. Tenía que haber sido mucho. De lo contrario, no había modo de que…
En ese momento Annalee Ettinger comenzó a gritar.
–¡Oh, Dios mío! ¡Socorro! ¡Oh, Dios, ayúdenme, por favor!
¡Ayúdenme!
Las dos enfermeras, Sarah y Ettinger corrieron juntos hacia la habitación; los tres estudiantes de medicina los siguieron de cerca. Los penetrantes alaridos de Annalee llenaban el pasillo.
Sarah fue la primera en entrar. Annalee estaba de costado, pateando y quejándose dolorosamente. Se había arrancado el catéter intravenoso. La sangre, que manaba con fuerza del lugar del pinchazo, saturaba la sábana en un creciente círculo carmesí.
–¡Mis manos! – gritó-. ¡Las manos me están matando! ¡Las dos!
–Llamen al doctor Snyder -ordenó Sarah de inmediato.
Se puso rápidamente los guantes, tomó una toalla e hizo presión en el punto de la intravenosa, mientras se esforzaba por mantener a Annalee de costado, de modo que el útero, pesado y lleno de líquido, no comprimiera las arterias y las venas principales del abdomen.
–Susie, vaya a buscar otra intravenosa, por favor -indicó Sarah con forzada calma-. Lactato de Kinger. Una cánula grande.
–¿Qué está pasando? – preguntó Peter-. ¿Qué les sucede a sus manos?
–Mis manos…, mis manos -seguía quejándose Annalee.
Sarah vio que debajo de las uñas de Annalee -las matrices de las uñas-la carne estaba negruzca. Los dedos aún tenían movimiento, pero ella los cerraba en una posición protectora, de garras. Sarah verificó los pulsos radiales arteriales y los palpó, aunque débilmente, en cada muñeca.
–Acaba de llamar el doctor Snyder -informó la enfermera, sin aliento-.
Viene para acá. Está en el laboratorio. Aquí tiene cincuenta de Demerol y cincuenta de Vistaril. Dijo que se lo diéramos intramuscular si la chica no
sangra mucho. Treinta y cinco de Demerol intravenoso si la hemorragia es importante. Ya traen el monitor fetal.
Un fino hilo de sangre comenzó a salir de una fosa nasal.
–Póngale la línea intravenosa ya -ordenó Sarah con aire sombrío-. Me parece que está febril. Muy febril.
–Exijo que se me diga qué pasa -intervino Peter.
Sarah lo miró.
–Está enferma; hasta tú puedes verlo. Peter, no hace mucho que has estado con ella. ¿No te dijo si le pasaba algo malo?
–Yo…, eh…, ella… dijo que le dolía la cabeza y que sentía los brazos pesados.
–Ah, ¿eso es todo? – replicó Sarah, irritada-. Peter, por favor, espera en el vestíbulo y permítenos hacer nuestro trabajo.
–Quiero que venga el médico de ella.
–Susie, por favor, ¿puede llamar a seguridad y…?
–Está bien, está bien. Me voy. Pero me quedaré aquí afuera. Y estaré escuchando.
–Lamento ser una llorona -sollozó Annalee-. Pero duele… Duele mucho.
En los minutos que siguieron, la tensión continuó subiendo. Primero llegaron el monitor fetal y una tercera enfermera; luego la supervisora de las enfermeras y, finalmente, el angiólogo. Una de las enfermeras informó que la temperatura rectal era elevada. Los quejidos de Annalee eran exasperantes, como cien tizas rayando cien pizarras a un tiempo. El ambiente en la habitación era muy tenso. No sólo se daban cuenta de que algo terrible estaba sucediéndole a la mujer y muy probablemente también al niño sin nacer, sino que aún persistía el recuerdo fresco de los otros casos prácticamente idénticos.
Sarah y las enfermeras no lograban evitar que Annalee se retorciera, pero con calma, trabajo de equipo y destreza pudieron deslizar en su lugar una cánula gruesa. Antes de conectar la infusión de lactato de Ringer, Sarah usó la cánula para extraer una gran jeringa de sangre para el laboratorio. Un lugar menos de venapuntura de que preocuparse…, un punto menos de hemorragia. Acababan de administrar la inyección de Demerol, sedante y calmante del dolor, cuando Randall Snyder entró casi corriendo en la habitación. Enseguida evaluó el cuadro.
–Oh, no -susurró, aunque no lo bastante bajo como para que no lo oyeran.
–La vi hace cuarenta y cinco minutos y estaba bien -dijo Sarah-. El padre está aquí. Ahora espera en el vestíbulo.
–Lo sé. Lo he visto.
–Estuvo con Annalee hace quince minutos. Ella se quejaba de dolor de cabeza y pesadez en los brazos. Después, de pronto, empezó a gritar. Ya he enviado muestras al laboratorio. He ordenado cuatro unidades de sangre.
–Que sean ocho. Por Dios, está ardiendo de fiebre -en su voz había un pánico evidente, impropio de él.
–La temperatura rectal es muy elevada -informó Sarah-. Acabamos de tomársela.
–He llamado al doctor Blankenship. Llegará enseguida.
–Bien. Annalee, escucha. Aguanta un poco más. Acabamos de darte algo para calmar el dolor. En un momento te sentirás mejor.
Sarah le enjugó una vez más la frente y un hilo de sangre de la cara.
Enseguida empezó a manar otra vez.
–Lamento ser tan quejica -volvió a sollozar Annalee-. Pero las manos me están matando. Ahora empiezan a doler-me los pies. ¿Qué me está pasando?
–Todavía no lo sé -respondió Sarah-. Y deja de disculparte. Eres muy valiente. Ya viene de camino un internista para ayudarnos.
–Sarah -preguntó Snyder-, ¿la paciente tomó alguna vitamina prenatal?
Sarah negó con la cabeza.
–Pero sí tomó lo que anoté en su historial clínico al ingresarla -
respondió en voz baja-. Hace cuatro años.
Annalee había empezado a respirar con más tranquilidad. Se puso de espaldas. Sus pupilas contraídas indicaban que el Demerol comenzaba a hacer efecto.
–Esto es lo que les pasó a esas mujeres que murieron, ¿no? – dijo la muchacha-. Las que murieron.
–No lo sabemos -respondió Sarah-. Annalee, estamos haciendo todo lo que podemos para detener lo que te ocurre. También estamos vigilando al niño. Si se presentara algún problema, estamos preparados para sacarlo por cesárea. – Le echó un vistazo al monitor fetal-. Por favor, que alguien vuelva a llamar al doctor Blankenship.
No tardó en entrar Eli Blankenship en la habitación.
–¿Qué está haciendo Ettinger aquí? – preguntó.
–Annalee es hija suya -respondió Sarah-. Annalee, éste es el doctor Blankenship, el jefe de medicina.
–Ya nos conocemos -dijo el médico-. De hecho, la vi hace un rato.
Annalee forma parte del estudio que hemos instituido para extraer sangre diariamente a todas las pacientes admitidas en obstetricia. ¿Su apellido de casada es Barnes?
Annalee negó con la cabeza.
–Adoptó ese nombre porque su padre no aprueba los hospitales -explicó Sarah-. En especial el nuestro. Annalee no quería que él la encontrara. Pero de algún modo lo hizo.
–Y estoy prestando mucha atención a lo que pasa aquí -gritó Peter desde el pasillo.
–Bueno, pero no moleste -replicó Blankenship mientras comenzaba su examen.
–Peter, por favor -rogó Annalee-. Haz lo que él dice. El medicamento está empezando a surtir efecto. Ya siento las manos un poco mejor.
–Gracias por decirle eso -dijo Blankenship-. Le prometo que saldré a hablar con él tan pronto como averigüe lo que está ocurriendo.
Ya la sangre había comenzado a manar de ambas fosas nasales.
–Maldita sea -susurró Snyder-. ¿Eli?
–Tylenol rectal, abran la intravenosa, pidan al laboratorio que haga todo con urgencia -ordenó Blankenship-. Comprueben la presión y el pulso radial a cada minuto, consigan dos unidades lo antes posible y diez unidades de plaquetas. No quiero quedarme corto. También averigüen quién está en hematología.
Le indicó a una enfermera que tomara el lugar de Sarah junto a la cama, y luego condujo a Sarah y a Snyder a un lado de la habitación. A poca distancia, los tres estudiantes de medicina, con los ojos muy abiertos, eran como estatuas adosadas a la pared. Sarah no hizo intento alguno de involucrarlos ni de pedirles que se marcharan.
–No está en proceso de parto tan activo como las otras -dijo Blankenship-, pero progresa más rápido que cualquiera de ellas.
–No recuerdo que ninguna de las otras tuviera fiebre -señaló Sarah.
–No tenían.
–Aun así, parece CID.
–De acuerdo.
–¿Sabes, Sarah? – dijo Snyder-. Suponiendo que el laboratorio lo confirme, tenemos el caso de que hablaba Rosa Suárez. El caso que al fin te libera de todo esto.
Sarah se contuvo de criticar a su jefe por el momento inapropiado para hacer semejante comentario. Pero recordó que Annalee no era amiga de él y que las acusaciones contra la próxima jefa de residentes del departamento dirigido por Snyder habían causado serios trastornos.
–Mentiría si dijera que no se me había ocurrido pensarlo -respondió en cambio-. Pero ahora lo que más me preocupa es Annalee. Creo que debemos operarla de inmediato. ¿Recuerda lo rápidamente que Lisa empezó a recobrarse después de haber alumbrado?
–¿Qué piensas, Randall? – preguntó Blankenship.
–Tal como están las cosas, la paciente se encuentra demasiado inestable para operarla. Por ahora el monitor fetal aguanta. Creo que, con un primer hijo al que faltan todavía seis semanas y media, y con un proceso de parto en disminución, deberíamos tratar de controlar la hemorragia y el problema de coagulación.
–Estoy de acuerdo -dijo Blankenship.
Sarah sabía que en una discusión médica con sus profesores su opinión importaba, pero sólo mientras concordara con la de ellos. En ese caso, ciertamente no era así. La cesárea, por la razón que fuera, había curado a Lisa Summer. Se disculpó y regresó junto a la cama de la enferma.
La inyección de Demerol había calmado de forma considerable a Annalee, pero la muchacha estaba empapada en sudor y la hemorragia de la nariz y del punto original de la intravenosa aumentaba. Las matrices de las uñas de los pies y las manos estaban por lo menos tan oscuras como habían estado las de Lisa. Aun así, mientras Sarah llevaba a cabo su examen, no podía quitarse de encima la sensación de que los dos casos eran diferentes en algún aspecto básico. En primer lugar, por la fiebre. Ni Lisa ni el otro caso experimentaron un aumento de temperatura, aunque ciertamente ese síntoma podía acompañar a la CID. Después, la alarmante velocidad con la que se desarrollaban los síntomas de Annalee. Y por último, la inquietante debilidad de los pulsos de acupuntura. Sarah trató de atribuir esos extraños síntomas a la alteración del flujo sanguíneo. Pero su instinto le decía que
estaba en la pista de algo significativo. Fuera lo que fuese -tal vez una especie de toxina sistémica-, parecía afectar a todos los órganos del cuerpo de la mujer.
Volvió a los dos jefes de departamento y se encogió de hombros.
–¿Puedes hacer algo por ella? – preguntó Snyder.
–No sé. Puedo intentar algunas de las cosas que hice con Lisa. Pero sin ninguna garantía.
Snyder miró de reojo el monitor fetal.
–Eli, tengo esperando al anestesista y al pediatra. Pero quiero agotar todas las posibilidades antes de realizar una cesárea.
Entró de prisa un auxiliar y le entregó a Eli una hoja impresa del ordenador.
–Estos estudios de coagulación se parecen mucho a los de Lisa Summer
-dijo-. Según esto, es casi seguro CID. Tenemos que administrarle heparina.
Sarah, si lo desea, le daré diez minutos…, quince, si ella no empeora.
–No prometo nada, pero haré lo que pueda -dijo Sarah-. Por favor, que alguien hable con el padre y le diga lo que está pasando.
Aturdida por una vorágine de pensamientos, pasó deprisa junto a Peter, en dirección a la planta de partos. Durante cuatro meses había esperado que Rosa estuviera equivocada en lo de haber descubierto la punta del iceberg; había rogado que no hubiera más tragedias debidas a la macabra y maligna complicación de un parto. Ahora la vida de Annalee Ettinger y la de su hija corrían peligro. Pero, habiendo estudiado tan intensamente los casos anteriores, Sarah se planteaba algunas preguntas. «¿Por qué la fiebre alta?
¿Por qué el esquema desacostumbrado en los doce pulsos de acupuntura?
¿Por qué la rápida evolución de los síntomas?»
Tomó el túnel hacia el edificio Thayer, pasó junto al ascensor y subió corriendo los cinco pisos hasta su taquilla.
–Dos vueltas a la derecha, parar en tres…, a la izquierda cuarenta…
Como siempre, murmuraba la combinación para sus adentros mientras la marcaba. A mitad de camino hacia el cuarenta, el disco se detuvo un instante. Al soltarlo, Sarah pasó demasiado rápido el número. Maldijo en voz alta. Aun en las situaciones más angustiosas en el quirófano, sus manos siempre habían sido unas aliadas ágiles y fiables. Ahora que Annalee se hallaba en semejante apuro, las tenía rígidas y duras. Estaba a punto de volver a comenzar la combinación cuando notó los rayones en la puerta de