Causas naturales
Capítulo 43
–Chille todo lo que quiera -dijo-. Es terapéutico. No hay nadie en varios cientos de metros a la redonda.
Le retorció la muñeca para someterla y encendió una linternita. Se hallaban ante una segunda puerta de seguridad, casi idéntica a la primera.
–La lona es para proteger del polvo durante el gran estallido -explicó Blankenship, al tiempo que retiraba el llavero del bolsillo de su bata médica-. Lo último que deseo es que haya polvo en nuestro hospital,
¿comprende?
El intenso miedo de Sarah dio paso rápidamente a la cólera. Lanzó un puñetazo a la cara de su opresor y acertó. Pero el médico se limitó a retorcerle la muñeca un poco más y la obligó a hincarse de una rodilla.
–Saben que estoy con usted -dijo Sarah-. Todos lo saben.
–Usted se soltó, se escapó y desapareció -replicó él.
–Eli, esa muchacha está muriendo.
–Todos se mueren.
La arrastró a través de la segunda puerta de seguridad, que cerró igualmente. La mantenía a su merced apretándole la muñeca. El corredor estaba cubierto de escombros: trozos de hormigón, vidrio y cañerías. Apagó la linterna, lo cual le dio a Sarah una sensación de opresiva y total oscuridad. En ese momento, desde alguna parte del pasillo, un altavoz anunció que quedaban noventa minutos para la demolición y que nadie debía estar dentro ni cerca del edificio Chilton.
–Creo que me conviene no perder estas llaves -comentó Blankenship.
Encendió de nuevo la linterna-. Ahora encontraremos ese cuerpo por el que siente tanta curiosidad.
Capítulo 43
–Eli, por favor -rogó Sarah mientras él la arrastraba al segundo subsuelo del edificio Chilton-. Ha sido un profesor y un médico tan maravilloso…
Tiene que terminar con esto antes de que Annalee y muchas otras mueran.
–¿Sabe que nueve días después de que pasaran el primer publirreportaje gané más dinero que en veinte años de profesor y médico maravilloso?
Todos creen que nada más obtener el doctorado saltamos a nuestros Cadillac y clubes de campo. Si quiere enojarse con alguien, enójese con los que nos imponen tales expectativas. Yo ni siquiera tenía unos miserables ahorros para cuando me jubilara. Pues bien, ahora los tengo.
–Eli, por favor, no permita que todas esas mujeres sufran.
–Ah, no sea tan dramática. La ciencia encontrará un modo de superar el problema. Siempre lo hace. Además, ¿sabe cuántos años de vida se han ahorrado ya con todo ese derretimiento de grasa que hemos logrado? Si el comité del Nobel hiciera alguna vez ese cálculo aritmético, me darían el premio a mí. Ahora mire, no tenemos mucho tiempo. ¿Quiere ver esto o no?
Sarah le pateó lo más fuerte que pudo en la canilla.
–¡Basta! – le ordenó el médico aumentando la presión en el brazo-.
Bien… Así está mucho mejor. Ahora hagamos un breve recorrido por el lugar. Después, le prometo que la llevaré junto a ese cuerpo que tanto quiere encontrar.
–¿Quién es? – preguntó Sarah, asustada por el tamaño y la fuerza imponentes del hombre, pero no tanto como por la total falta de sentimientos que reflejaban sus palabras. Tal vez fuera el hombre más inteligente que ella había conocido, pero estaba completamente loco.
–¿Quién es? Bueno, ¿qué cree usted? – preguntó Blanken-ship, medio empujándola, medio arrastrándola por el corredor negro como la noche.
–Oh, Dios. Eli, ¿dónde está?
–Detrás de esta puerta se encuentra nuestro laboratorio de virología. El nervio central del Sistema Ayurvédico de Adelgazamiento con Hierbas.
Abrió la puerta de un puntapié y recorrió con el haz de luz de la linterna un gran laboratorio completamente equipado.
–¿Dónde está él?
–Doctora Baldwin, ¿va a prestar atención? Me llevó casi dos años poner esta operación en funcionamiento. Nadie más que mi virólogo, es decir, mi difunto virólogo y yo hemos visto esta habitación, hasta esta mañana. ¿Se da cuenta de lo difícil que ha sido llevar todo a cabo?
–Maldita sea, ¿dónde está Matt? ¿Qué ha hecho con él?
–¿Puede creer que Singh y ese payaso de Ettinger creían de veras que las hierbas que yo fragüé eran la causa de que la gente adelgazara? Pasé una semana en la biblioteca y encontré una mezcla ayurvédica de la que debo admitir que el propio Maharishi habría estado orgulloso. En una semana.
Nada más. Yo lo inventé todo. Cada hierba. Le dije a Singh que un amigo había comprado la mezcla en la India y que necesitaba probarla. En cuanto oyó la palabra «ayurvédico», la adoptó como propia. Sin hacer preguntas.
¿No es impresionante? Más tarde, después de que el primer grupo
adelgazara tanto, sugerí que Singh pidiera al ex amante de usted que fuera el portavoz de todo el asunto, a cambio de una modesta participación en los beneficios. Y Ettinger se tragó la carnada, el anzuelo y la red. ¿Y por qué no iba a hacerlo? Era medicina alternativa, y eso a él le encantaba. E iba a hacerlo rico, y eso le encantaba aún más. ¿Conozco o no la naturaleza humana?
Abrió otra puerta de una patada, iluminó la habitación con la linterna y volvió la cabeza de Sarah con un movimiento brusco para que mirara el interior.
–Ésta es la pequeña suite en la que vivió mi difunto virólogo mientras elaboraba nuestro producto -prosiguió-. Un hogar en el hospital, y nadie sabía que estaba aquí. ¿No es maravilloso?
–¿Dónde está Matt?
–Todo a su debido tiempo.
En aquel instante se oyeron los altavoces:
«Atención, atención por favor. Una explosión demolerá este edificio dentro de setenta y cinco minutos. Nadie debe estar ni dentro de la estructura ni dentro de las barreras azules de protección. Repito…»
–Sin demoras -dijo Blankenship-. Ese imbécil de París sabe hacer las cosas.
Muy a su pesar, Sarah empezó a llorar.
–Desgraciado. Loco desgraciado -sollozó.
–Cállese -la cortó él; su voz resonó por el corredor-. Si no tiene la decencia de escuchar y apreciar lo que he logrado hacer, entonces mantenga la boca cerrada. Ya he ayudado a medio millón de personas a adelgazar, vivir más tiempo y sentirse mejor consigo mismas, y he recaudado casi veintiún millones de dólares en apenas ocho meses. Si no está impresionada, es porque no me está escuchando.
–¿Dónde está Matt?
–Ah, estoy harto. Esperaba más de usted. – La arrastró unos metros más por el corredor-. Aquí tiene a su príncipe azul -anunció-. Lamentablemente, en este momento se halla muy desmejorado.
Iluminó con la linterna a Matt, que estaba sentado en el suelo, con una ancha cinta adhesiva a manera de mordaza. Tenía las manos atadas atrás y a una tubería y su rostro mostraba los estragos de una feroz paliza. Pero aún vivía.
–Ha estado esperándola aquí pacientemente por si mi campaña de limpieza fracasaba en el último momento. Pero salvo la infortunada recuperación de su intento de suicidio la otra noche, en realidad no ha sucedido nada de eso.
Blankenship aflojó la presión de la mano. Sarah corrió hacia Matt y con delicadeza le quitó la cinta de la boca. El respiró con ansia el aire rancio y polvoriento. La médica le acarició el rostro y le besó las hinchazones oscuras que circundaban sus ojos.
–Matt, lo lamento. Lo lamento mucho -fue todo lo que pudo decir.
–Te quiero -logró responder él-. Estaba rogando que este loco no te hiciera más daño.
–Nos encontrarán, Eli -dijo Sarah, llena de rabia-. Excavarán este lugar y nos encontrarán, y lo atraparán. En verdad no es tan listo como cree. Hay demasiados cabos sueltos.
–No hay ninguno -replicó el médico-. Por lo menos ninguno que no pueda resolver, en especial ahora que Peter Ettinger va a cargar con la culpa de todo. El idiota caído del cielo. Así es como lo llamo. En la cárcel y sin la más remota idea de lo que ha pasado. Ahora, si es tan amable de juntar las manos a la espalda, todavía me queda un poco de alambre.
Sarah se quedó donde estaba, con los brazos rodeando los hombros de Matt. Blankenship extendía la mano hacia ella cuando Matt lanzó los pies en su dirección. Con un solo movimiento, le sacó la linterna de la mano y dio de pleno en la barbilla del médico.
–¡Corre, Sarah! – gritó mientras el médico retrocedía varios pasos-.
¡Corre!
Matt dejó escapar un grito cuando Blankenship lo golpeó. Pero Sarah había atravesado la puerta. El corredor del segundo subsuelo estaba totalmente a oscuras. Chocó contra la pared, tropezó y fue avanzando lo más rápido que pudo alejándose del túnel y de las puertas de seguridad cerradas. Las ventanas y puertas estaban clausuradas con tablones a partir del primer piso. Si lograba de algún modo llegar a una y soltar las tablas a puntapiés, habría una posibilidad. Detrás de ella, oyó la risa de Blankenship.
–Qué buena linterna -dijo-. En cuanto tenga oportunidad escribiré una carta de aprobación al fabricante. ¡Sarah, dése por vencida!
Sarah continuó avanzando a lo largo de la pared mientras el haz de la potente linterna comenzaba a barrer el corredor, buscándola. En el momento en que la encontró, ella divisó las escaleras, a poca distancia por delante, a la izquierda. Subió corriendo lo más rápido que pudo y avanzó por el nivel del sótano. Detrás de ella veía la luz vacilante y oía los pesados pasos de Blankenship. Los escombros eran un problema. Enormes trozos de hormigón y madera la hacían tropezar una y otra vez mientras se abría paso hacia el primer piso.
–¡Dése por vencida, Sarah! – repitió Blankenship.
Si lograra poner algo de distancia entre ambos, pensó Sarah, encontrar un lugar donde ocultarse hasta que él no tuviera más remedio que abandonar el edificio… tendría una posibilidad. Cada piso significaba más posibilidades que Blankenship debía considerar antes de poder seguir adelante con confianza. Cada giro, que para Sarah eran nuevas opciones, suponía para él nuevos problemas. Volvió a caer y a ponerse de pie, y, lo más silenciosamente que pudo, siguió hacia el segundo piso. Allí se detendría, decidió. Allí se escondería.
Pasó la mano por la pared a medida que avanzaba por los escombros en la opresiva oscuridad, buscando algo semejante a una habitación. Arriba, a través de algo que le pareció al tacto una ventana tapiada, vio un hilo de luz muy tenue. Detrás de ella, los pasos y la agitada respiración de Blankenship se acercaban. De pronto el suelo bajo el pie izquierdo de Sarah se esfumó.
Casi en el mismo instante la mano derecha resbaló de la pared hacia la nada. Se sintió caer. Por puro reflejo, levantó el pie derecho y se echó hacia adelante. Cayó pesadamente al suelo; pedazos de hormigón le lastimaron la barbilla y la rodilla. Después, indefensa, se cayó sobre algo que, no tardó en advertir, era el hueco del ascensor. Comenzaba una caída libre cuando, primero la mano derecha, después la izquierda, encontraron el borde de algo metálico. Sus dedos se cerraron alrededor del objeto. Extendió los brazos por completo, pero se mantuvo agarrada. De pronto Sarah se vio colgando sobre un abismo negro.
Desesperada trató de comprender su situación. Estaba aferrada al marco de metal de lo que en otro tiempo habían sido las puertas del ascensor. El hormigón se había roto y separado del marco, dejando una brecha de varios centímetros entre él y lo que quedaba del suelo. A través de la oscuridad, oyó que Blankenship se alejaba del primer piso, siguiendo el sonido de la
caída de ella al segundo. El metal le cortaba los dedos. Disponía apenas de unos segundos para tomar una decisión. O trataba de auparse… o caía. Tres pisos hasta el segundo subsuelo, calculó. Unos ocho metros, tal vez.
¿Tendría alguna probabilidad de salir ilesa aterrizando sobre un suelo de hormigón? La respuesta era clara.
Plantó la suela de la zapatilla en la pared del hueco del ascensor y, tirando con una fuerza que jamás habría creído poseer, dio una patada hacia arriba con un solo pie, en dirección a la entrada y por encima del marco de metal. La brecha del otro lado del marco era bastante grande…, veinte o más centímetros. Con el talón sujeto en aquel espacio, apenas si tenía impulso para auparse.
«Atención. Atención, por favor -resonó la advertencia en los altavoces exteriores-. Una explosión demolerá este edificio dentro de sesenta minutos…»
Amparada por el ruido del aviso emitido por los altavoces, Sarah avanzó a gatas por el corredor. Se hallaba apretada contra la pared, en un pequeño nicho frente al hueco del ascensor, cuando la luz de Blankenship atravesó la oscuridad desde el rellano de las escaleras.
–Vamos, Sarah -gritó el médico, siempre avanzando centímetro a centímetro-. Hablaremos… Tal vez hagamos un trato… No me iré hasta que queden sólo uno o dos minutos… No se librará de mí… Ni tampoco Daniels. Está herido, ya lo sabe… Muy malherido. Usted puede ayudarlo…
Había una posibilidad, se dio cuenta Sarah a medida que él se aproximaba. Sólo una. Se apretó contra la pared. Si él la divisaba antes de llegar al hueco abierto, todo habría terminado. Pero si no-Tres metros…
Dos… Todavía el haz de luz no la había encontrado. Uno… «Un paso más -
le instó Sarah mentalmente-. Sólo uno, y…»
En el momento en que la luz la localizó, Sarah saltó hacia delante, impulsando su cuerpo contra el pecho de Blankenship con todas sus fuerzas. Fue como si hubiera saltado contra un pedazo de granito. Antes de siquiera darse cuenta de lo mal que le había salido, tenía los brazos del hombre alrededor, estrujándola.
–Ni una posibilidad -dijo el médico, riendo fuerte e intensificando el apretón-. Ni una…
Sarah sintió que de pronto el enorme cuerpo del médico se desplazaba y el abrazo cedía. Había dado un simple paso hacia atrás. Ella lo sabía. Pero
entonces algo había pasado. Blankenship perdió el equilibrio y cayó hacia atrás y a la izquierda… en el hueco del ascensor. Aún agarraba a Sarah demasiado fuerte como para que ella lograra soltarse; el médico empezó a gritar.
–¡La pierna!… ¡La pierna!…
Soltaba alaridos a todo pulmón mientras caía hacia atrás, como si lo hiciera a cámara lenta, según la percepción de Sarah. Ella trataba desesperadamente de imaginarse lo que estaba pasando, de decidir qué debía hacer, cuando los dos huesos de la pantorrilla de Blankenship hicieron un chasquido. En el momento en que oyó el ruido y el espantoso quejido del médico, Sarah comprendió. El hombre había caído en el espacio que había entre el marco de metal y el suelo de hormigón. La poca fuerza que ella había aplicado contra el pecho del médico había sido suficiente para impedirle recuperar el equilibrio. Blankenship osciló hacia atrás con rapidez, con la pierna doblada en una articulación recién creada, varios centímetros por encima del tobillo.
Aún consciente y aullando de dolor, colgaba boca abajo en el hueco oscuro, aferrado a la muñeca derecha de Sarah, haciéndola balancear debajo de él. Entonces, con un quejido horrendo, la soltó.
Sarah sintió un levísimo movimiento de advertencia antes de que Blankenship le soltara la muñeca. En ese segundo le atravesaron la mente incontables pensamientos y consejos sobre cómo caer y aterrizar.
«Rueda…, relájate…, aterriza con los pies…, aterriza con las nalgas…, aterriza de costado…, rebota cuando llegues al suelo…, enderézate…» Tan desesperada estaba por hacer algo para evitar pensar, que el verdadero impacto la pilló desprevenida: en cuestión de segundos recorrió menos de dos metros en picado. Aterrizó pesadamente en la escarpada cuesta de una montaña de escombros que ascendía dentro del hueco del ascensor y casi dos pisos desde el segundo subsuelo.
Agarrándose a los terrones de hormigón y otros escombros, evitó caer más abajo. Durante medio minuto permaneció allí, jadeando, tratando de recuperar el aliento. Le dolían mucho algunas partes del cuerpo, pero ninguna de las heridas la incapacitaba. Encima de ella, envuelto en la inmensa oscuridad, Blankenship seguía quejándose. Sarah observó que éste no se había desmayado, porque estaba suspendido boca abajo. No había dilatación refleja de los vasos sanguíneos, ni caída del flujo sanguíneo hacia
la cabeza. Escrutó en la penumbra. Ya adaptada su visión al entorno, pudo ver los ligeros cambios producidos en el hueco, encima y debajo de ella, en lo que debieron de ser los portales, cuando de pronto recordó las llaves.
Blankenship se las había guardado en su bata médica. De eso estaba casi segura. Sin ellas no tenía otra opción que encontrar una ventana y tratar de romper las tablas.
«Quedan cincuenta minutos. Tal vez menos.» Con Blankenship suspendido como estaba, ¿podría alcanzar el bolsillo? Se volvió y comenzó a subir por la montaña de escombros. Trataría por todos los medios de conseguir la llave hasta que quedara media hora para la explosión. Y luego intentaría romper las ventanas del primer piso.
–Eli -llamó-. Eli, escúcheme. Estoy debajo de usted. Necesito las llaves.
¿Puede quitarse la bata y dejarla caer?
El quejido suave y sollozante que venía de arriba no había cesado. Sarah subió unos centímetros más por los escombros. Estaba frente a la parte superior de la abertura del primer piso. Pero la cuesta había terminado. Se hallaba lo más alto que podía llegar. Blankenship estaba cerca. Apenas a unos centímetros por encima de ella. Trató de imaginar los brazos estirados del médico y pensó que la bata colgaría también. Si saltaba, ¿podría alcanzarla? ¿Podría aguantar lo suficiente para quitársela? ¿Y si las llaves habían caído? Se quedó en lo alto del montículo, con la espalda contra la pared del fondo del hueco del ascensor. La pesada respiración de Blankenship se oía como si estuviera a dos palmos de Sarah. Aun así, no podía ver nada.
«Un intento. Con un intento tendría que bastar.»
Esperando no encontrar sino aire, apoyó el pie contra la pared a sus espaldas y se dio un impulso hacia arriba. Blankenship soltó un alarido cuando los brazos estirados de Sarah, agitándose en busca de la bata, chocaron con él. Manoteó en la oscuridad, aterrizó pesadamente en la pendiente inamovible y avanzó a trompicones hacia la entrada del sótano. A los pies de la pendiente se salió de la caja del ascensor y cayó al suelo del sótano, a unos centímetros de distancia. Debido al impacto, el aire le salió de los pulmones como una explosión. Se quedó tumbada, lastimada y llorosa, mientras se esforzaba por recuperar el aliento; intentó sosegarse y se obligó a moverse. De pronto se dio cuenta de que tenía en la mano la bata de Blankenship.
El llavero estaba en el bolsillo derecho.
Dolorosamente se dirigió cojeando hacia la escalera y avanzó hasta el segundo subsuelo. Llamó a Matt y siguió la voz de éste hasta la habitación que casi se había convertido en la tumba de ambos. La oscuridad era sofocante.
–Todo ha terminado -susurró Sarah mientras acariciaba la cara de Matt con las yemas de los dedos-. Tengo las llaves de Blankenship. Ahora saldremos de aquí. Tengo que ir a ver a Annalee.
Lo besó y llevó las manos hasta la tubería, donde estaban atadas las de Matt.
–Es alambre -dijo el abogado-. Me está desgarrando las muñecas. No creo que puedas hacer nada sin unos alicates y, en esta oscuridad…
–Déjame intentarlo.
–Sarah, Blankenship es un monstruo. Ordenó que asesinaran a Rosa y Warren Fezler. Colocó explosivos en la llave de contacto del barco de Colin Smith y dispuso las cosas para que arrestaran a Ettinger por ello. Lo ha orquestado todo…, todo… También Singh está muerto. Blankenship le disparó y también hizo quedar a Ettinger como culpable. Tú eras el último cabo suelto y… ¡ay!… Con cuidado, duele mucho.
–Lo lamento, Matt. No puedo hacerlo. El alambre está muy apretado…
–Bien, nos quedan unos cuarenta minutos. Ve a buscar a París. Pídele que pare la cuenta atrás y envíe gente. ¿Blankenship está muerto?
–Quizá. No sé. Escucha, hay un teléfono ahí fuera, junto al portón exterior, en el túnel. Vuelvo enseguida.
–Mejor será -dijo él-. No me gusta mucho este sitio. Trae mala suerte.
Sarah le besó en la frente, avanzó lo más rápido que pudo por el corredor y atravesó las puertas de seguridad. Hasta que tomó el auricular del teléfono no pensó que el aparato podía estar desconectado. Oír el tono fue glorioso.
–Necesito comunicarme con el señor Paris -dijo a la telefonista-. Habla la doctora Baldwin. Es una emergencia.
–Está en la oficina -dijo la mujer-. Enseguida le paso la llamada.
Aunque, en realidad, está hablando.
–Interrúmpalo -ordenó Sarah.
Al cabo de unos segundos Glenn Paris se puso al aparato. Al oír su voz, Sarah supo que la pesadilla había terminado. El último problema, la cuenta
atrás para la demolición del edificio Chilton, estaba bajo control. Le hizo un breve resumen de lo que había ocurrido y le pidió que mandara a alguien al segundo subsuelo del Chilton, con linternas y una herramienta para cortar alambre.
–También necesitamos una camilla para el doctor Blankenship -agregó-.
Y tal vez también una para Matt. No estoy segura de que pueda caminar. Y
creo que necesitaremos un ortopeda. No sé cómo vamos a sacar a Eli de donde está.
–No se preocupe -la tranquilizó Paris-. Me ocuparé de todo. Quédese ahí donde está, junto a la puerta de seguridad. Detendré la cuenta atrás y estaré ahí dentro de un minuto, con ayuda.
–Gracias.
–Sarah…
–¿Sí?
–Ha hecho un magnífico trabajo.
–Gracias, señor. Por favor, apresúrese. Hay otro problema en este mismo momento, con Annalee Ettinger. Y para superarlo tal vez necesite su ayuda junto a la del doctor Snyder.
–Enseguida vamos para allá.
Sarah suspiró y se desplomó en el suelo. Tenía los pantalones y la camisa desgarrados. La cara, los brazos y las piernas le sangraban en docenas de raspones y cortes. Pero más doloroso para ella que cualquiera de sus heridas era la noticia que le había dado Matt acerca de Rosa Suárez.
Rosa había deseado tanto que todo saliera bien…
Al cabo de unos minutos oyó pasos apresurados que se acercaban por el túnel de conexión. Momentos después, Glenn París entró en el Chilton.
Sonrió y agitó las linternas que llevaba.
–Arriba todo se ha detenido -dijo sin aliento-. Gracias al cielo que pudiste comunicarte conmigo. Estaba a punto de iniciar la demolición.
–Bueno, yo misma estaba dispuesta a correr hasta la tribuna si hubiera sido necesario.
París la llevó de vuelta a la oscuridad infernal del segundo subsuelo del Chilton.
–Supongo que se habrá enterado de la muerte de Colin Smith, ayer -dijo el director, al tiempo que iluminaba el lugar con la linterna-. Estaba sentado en mi despacho pensando en él.
–Matt acaba de decírmelo. Me contó que lo mató Blankenship e incriminó a Peter Ettinger.
–Qué hijo de puta.
–Matt está arriba, a la izquierda -indicó Sarah-. Matt, amor mío, ya llegamos.
–Te oigo.
Paris se detuvo en la puerta de la habitación y alumbró desde allí.
–Ya vienen los de mantenimiento con herramientas para cortar el alambre, Matt -informó-. Llegarán dentro de nada. Mientras tanto, si puede aguantar, quisiera que Sarah me llevara adonde está Blankenship.
Sarah vaciló.
–Ve con él -dijo Matt-. Llevo aquí horas. No me pasará nada.
Sarah tomó una linterna y condujo a París hasta la abertura del hueco del ascensor, en el nivel de sótano.
–Está colgado de la puerta, en el segundo…
Sarah se interrumpió a mitad de la frase, dirigió la luz hacia su antebrazo y contuvo el aliento. La habían salpicado varias gotas de sangre.
Se inclinó dentro del hueco del ascensor y dirigió el haz de luz al segundo piso. El tercio inferior de la pierna de Blankenship permanecía atrapado, como antes. Pero el jefe médico había desaparecido.
–No está…
Bramando de dolor y furia, Blankenship surgió tambaleante de la oscuridad bajando por la pendiente de escombros. Dio contra Sarah, a quien envió de un empujón fuera del hueco y hacia el hormigón. Sarah gritó cuando Blankenship le agarró el tobillo. París dio un rápido paso adelante y le apoyó un pie en la muñeca. Lo mantuvo ahí hasta que ella se liberó.
Luego dirigió la luz de la linterna directo a la cara de Blankenship. El jefe médico era como una aparición, sucio de sangre y sin embargo fantasmagóricamente pálido; era evidente que estaba más muerto que vivo.
–¿Viene en camino un equipo médico? – preguntó Sarah.
París no respondió. En cambio, pateó con perversidad a Blankenship en la boca.
–Me has arruinado, hijo de puta -exclamó-. Invertí en esa dieta de mierda tuya hasta el último centavo que mi hospital pudo mendigar o pedir prestado, porque me juraste que no habría problemas con el polvo. Nunca me dijiste nada sobre ese maldito virus, bastardo. ¡Nada!
–¿Usted lo sabía? – preguntó Sarah, perpleja.
–Sí, lo sabía. No soy estúpido. Pero para cuando me di cuenta de lo que ese polvo les estaba haciendo a las mujeres, era demasiado tarde.
Estábamos muy metidos. También sé todo sobre el dinero, Eli. Colin te estuvo investigando, a ti y a tu falsa fundación, desde el primer día. Y ese maldito laboratorio que tenías aquí… lo descubrí hace meses. Ya hemos intervenido dos de tus cuentas. En cuanto vuelva a la oficina, las limpiaré.
Después decidiré si necesito irme de aquí o no. Estaba resuelto a marcharme, a causa de todo esto que me estabas haciendo. Mi carrera y mi reputación parecían estar arruinadas; todos me echaban la culpa de lo sucedido a esas mujeres. Pero ahora, por lo que me dice Sarah, parece que todos los que podrían conectarme contigo y ese maldito polvo están muertos. Eso es lo que dijo, ¿no, Sarah?
Lanzó otra patada, corta, violenta, esta vez al pecho de Blankenship.
Antes de que Sarah pudiera reaccionar, se dio la vuelta y la agarró de los cabellos.
–Lamento todo esto -dijo, sin hacer caso de los gritos de dolor de la médica-. De veras lo lamento. – Metió la mano en el bolsillo y sacó las llaves de Blankenship-. También lamento no haber detenido la cuenta atrás -
añadió-. Por lo general no miento en cosas tan importantes.
Sacó una cuerda del bolsillo de la bata, obligó a Sarah a echarse boca abajo y le ató las manos a la espalda. Luego la arrastró de vuelta hacia las escaleras que iban al segundo subsuelo.
–He cambiado de parecer respecto a hacer un edificio de investigaciones en este lugar -dijo-. Creo que voy a rellenarlo todo y construir un aparcamiento… o tal vez unas canchas de tenis. Supongo que preferirá usted estar abajo, con su abogado, que aquí arriba con ese monstruo.
–Por favor, Glenn -suplicó Sarah mientras él la obligaba a bajar las escalera-. Por favor, no lo haga. Se lo ruego. Sé que usted no le hizo mal a nadie. Puedo decirlo a todos.
–Lo lamento. De veras que no tengo opción. Y le prometo que no sentirá nada.
La empujó hacia el espacio que, una vez más, se convertía en una tumba. Pasando por alto los ruegos de Matt y los intentos de Sarah por