El día de mañana

Ignacio Martínez de Pisón · Capítulo 9 de 32

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El día de mañana

Habla Toni Coll

—No vuelvas a hacerme esto.

Y yo no dije nada, pero después me preguntaba a mí mismo: ¿Qué es eso tan grave que le he hecho?, ¿qué es lo que no puedo volver a hacerle?, ¿saludarle?, ¿decirle hola, soy yo? Aquel encuentro me puso de un humor de mil demonios, y ya nunca volví a sentir ningún cariño por Justo. ¡Con todo lo que yo había hecho por él y por su madre, no me esperaba que fuera a rechazarme como lo hizo! ¡Qué ingratitud, Dios mío! ¡Qué ingratitud! No volví a encontrármelo en mis siguientes visitas, pero a veces le sonsacaba algo a Rosaura, que me decía que era un joven muy listo, con mucho talento para los negocios, y que las cosas le iban muy bien. ¡Mejor para él!, pensaba yo, ¡con su pan se lo coma! Había sido él el que había acudido a mí para que le ayudara, y yo, como buen cristiano, le había ayudado: los había tenido en casa a él y a su madre, le había recomendado para sus primeros empleos, le había encontrado una vivienda… Ahora las cosas le iban muy bien y, por lo visto, estaba forrado de millones. Pero yo, desde luego, no pensaba pedirle nada. ¡Desde luego que no!

 

Habla Toni Coll

Algunas tardes, cuando bajábamos andando por Muntaner, mi abuelo me señalaba el lugar en el que había estado Bocaccio, dice Toni Coll. Yo era un crío y me daba la sensación de que mi abuelo me hablaba de la prehistoria, pero en realidad no hacía tanto tiempo que habían cerrado Bocaccio. Mi abuelo nació en enero de 1927, mi madre en enero de 1952 y yo en enero de 1977: veinticinco años justos de diferencia entre ellos dos, veinticinco entre mi madre y yo. Quiero decir que tampoco es que él fuera un anciano cuando pasábamos por delante de lo que había sido Bocaccio. ¿Cuántos años tendría? ¿Cincuenta y seis? ¿Cincuenta y siete? Para entonces gobernaban ya los socialistas, y mi abuelo había salido elegido senador y formaba parte de la comisión de cultura. Pero en el Senado debían de tener largas temporadas de inactividad, y yo aquellos años los recuerdo como si mi abuelo siempre estuviera en Barcelona y nunca en Madrid. Aunque también recuerdo que a veces mi madre y yo íbamos a despedirle o recibirle a la estación. Lo que más gracia me hacía era que, por ser senador, tenía derecho a viajar gratis en tren, y en primera clase. Y me extrañaba que no estuviera todos los días cogiendo trenes de aquí para allá: ya se sabe que a los niños, en cuanto descubren el valor del dinero, les fascina todo lo que es gratis… Pero es curioso que no guarde recuerdos anteriores a mis cinco años. Al menos no de mi abuelo, que en mis primeros recuerdos aparece ya como senador. Mi madre y yo vivíamos con él desde el principio, porque mi abuelo era viudo y mi padre dejó a mi madre cuando estaba embarazada de mí. (¿Cómo se diría eso? ¿Nos dejó o la dejó? En fin, qué más da). Para otros podíamos ser una familia extraña, pero para mí era lo normal. Mi familia: mi abuelo, mi madre y yo. Mi madre había comprado varios de esos álbumes con páginas de cartulina negra y láminas transparentes, y yo me encargaba de recortar las fotografías de los periódicos en las que se veía a mi abuelo. Los álbumes estaban llenos de fotos de mi abuelo con gente importante, gente que salía en los telediarios como Felipe González o el Rey, y para mí también eso era lo normal. No hace falta que diga que siempre fui su nieto favorito. Entonces no es que fuera su favorito. Entonces era su único nieto, porque mis primos Daniel y Erika (hijos de mi tío Antoni, que vivía en Francia) nacieron bastante después, ya en los noventa. Mi abuelo fue senador durante las dos primeras legislaturas de Felipe González, pero en ningún momento abandonó la pintura. A mí me gustaba servirle de modelo, y salgo en muchos de sus cuadros de esa época. Cuando, algo después de su muerte, montamos la retrospectiva del Palau de la Virreina, vi cómo en sus cuadros había querido dejar testimonio de las sucesivas fases de mi crecimiento: del niño ensimismado y feliz que había sido al principio, del chico inseguro y tristón que fui después, del arisco adolescente en el que me acabé convirtiendo. Era como si mi abuelo midiera el paso del tiempo a través de mí, de mis transformaciones, y sus trazos se hacían más borrosos e imprecisos a medida que pasaban los años y yo dejaba de ser ese nieto ideal que siempre había sido para él. Cuanto más me alejaba de ese nieto ideal, más difícil resultaba reconocerme en sus retratos. A mi propio abuelo debía de costarle mucho reconocerme en el adolescente que yo era. Pero unos lazos tan fuertes como los que a nosotros nos unían son difíciles de romper, y entre él y yo hubo siempre, hasta en los peores momentos, una corriente de confianza mutua. De hecho, lo habría preferido como padre a cualquier otro hombre en el mundo. Lo prefería, desde luego, a mi propio padre, al que he visto cuatro o cinco veces en mi vida, y también a todos los que intentaron ocupar su lugar. En el 87 mi madre y yo nos fuimos a vivir a la calle Craywinckel. Ella decía que necesitaba un cambio de aires, pero lo único que cambió fue que ya no vivíamos con el abuelo sino con un fotógrafo de El Mundo Deportivo. Después de Ernest, el fotógrafo, pasaron por el apartamento de Craywinckel un profesor de Derecho Natural, un criador de perros policía, un pianista argentino que tocaba en el bar del Avenida Palace… Cada nuevo novio de mi madre era la negación del anterior. Rompía con uno porque, según ella, no le daba estabilidad, y se enamoraba de otro que era la estabilidad en persona. Pero al poco tiempo se quejaba de que de su vida habían desaparecido el riesgo y la aventura, y enseguida rompía para irse con alguien que le parecía la personificación misma del riesgo y la aventura, hasta que empezaba a echar de menos una pizca de creatividad o de talento y todo volvía a ponerse en marcha… El problema estaba en mi madre, que ha sido siempre una pura contradicción. El hombre que ella andaba buscando no ha existido jamás: un hombre que fuera a la vez tranquilo y nervioso, maduro y juvenil, rico y pobre… Yo, entre tanto, aprendí a no encariñarme de ninguno, porque sabía que todos iban a durarle más o menos lo mismo: tres o cuatro meses, medio año en el mejor de los casos. Lo único firme que había en mi vida era mi relación con mi abuelo. Eso nunca podría cambiar. Él siempre sería mi abuelo y yo siempre sería su nieto, y la verdad es que me alegraba cuando mi madre, con esa vocecita quebradiza que ponía cuando se sentía culpable, me preguntaba si no me importaría pasar el fin de semana con el abuelo porque ella se iba de viaje con el fotógrafo o con el profesor o con el criador de perros. Muy al contrario. ¡Qué más quería yo que librarme por unos días de ella y de sus ronroneos y de los besitos que intercambiaba con el novio de turno cuando creía que no les miraba! Con el tiempo aquello acabó convirtiéndose en la norma, y prácticamente todos los fines de semana dormía en el piso de mi abuelo.

Lo de los informes policiales debió de ser hacia el 89, al final de su etapa como senador, dice Toni Coll. Llegué a su casa un viernes a la hora de cenar y le vi revisando una carpeta que parecía contener sobres con fotos y recortes. Por un momento pensé que me había estado esperando para que le ayudara a ordenarlos en los álbumes y estuve a punto de protestar: yo ya no era un crío y hacía tiempo que había dejado de jugar con las tijeritas… Pero aquello no tenía nada que ver con las noticias de periódico que a mi madre le gustaba coleccionar.

—Es increíble —le oí murmurar—, ¡es verdaderamente increíble!

Me senté a su lado, cogí varias de esas fotos y les eché un vistazo. No eran buenas fotografías. Movidas, borrosas, a menudo mal encuadradas, algunas habían salido demasiado oscuras y otras, por el efecto del flash, demasiado claras.

—¿Bocaccio? —pregunté.

—Ajá —asintió mi abuelo, meditabundo.

Toda mi vida oyendo hablar de Bocaccio y aquélla era la primera vez que podía verlo por dentro. Ver las paredes forradas en lo que acaso fuera terciopelo rojo, y el mobiliario de inspiración modernista, y las lámparas de estilo más o menos Liberty. Ver también a la gente que frecuentaba Bocaccio. Porque, además de la escasa calidad y de que estaban todas hechas en el mismo local, aquellas fotos tenían en común que eran siempre fotos de gente, fotos de hombres y mujeres en actitud festiva: riendo, abrazándose, fumando, bebiendo, brindando… Entre aquellas personas reconocí, con veinte años menos, a mi abuelo y a varios de sus mejores amigos. Algunos habían cambiado tanto que sólo los identifiqué por los nombres que figuraban en el dorso. Quienquiera que hubiera hecho esas fotos se había tomado la molestia de señalar a cada una de aquellas personas con un numerito y de anotar luego sus nombres en la parte de atrás. Mi abuelo, con las gafas apoyadas en la punta de la nariz, seguía examinando aquel material y hablaba como para sí:

—Tú has nacido ya en la democracia y no lo puedes entender… Entonces desconfiábamos de casi todo el mundo. Si alguien se presentaba como funcionario, funcionario a secas, tenía por fuerza que ser de la policía. Si no, se habría presentado como funcionario de Correos o de Agricultura o de lo que fuera. Pero, claro, esto no lo hizo un policía, sino un confidente, un chivato. Y chivato podía serlo cualquiera…

Le interrumpí:

—¿Me vas a decir de dónde ha salido todo esto?

—Qué importa ya, son cosas del pasado —dijo él, y comenzó a guardar aquellos papeles y aquellas fotos en un gran sobre con membrete del Ministerio del Interior.

Antes de que llegara a hacerlo, agarré un par de cuartillas. Tenían los bordes doblados y amarillentos y estaban escritas a mano, con una caligrafía pequeña y apretada, casi sin márgenes. Leí:

—«Miguel Pons (3 en foto 17), conocido como Miquel, periodista o escritor, comunistoide aunque no consta que milite en ninguna organización. Viajes frecuentes a Francia, de donde vuelve con libros de tema político que luego hace circular entre sus amistades. Soltero, mantiene relaciones con Margarita Hernández (2 en la misma foto), conocida como Marga, dueña de una boutique, según todos los testimonios casada aunque nunca se la ve con el marido, conocida por su promiscuidad y…».

Mi abuelo me arrancó aquellos papeles de la mano.

—Déjalo, ya te he dicho que son cosas del pasado —dijo, súbitamente irritado.

—¿Pero me vas a decir de dónde ha salido esto? —dije.

No me lo dijo entonces pero sí algo más tarde, dice Toni Coll. Un amigo suyo, creo que un socialista que ocupaba un alto cargo en Interior, había encontrado aquellas fotos y aquellas cuartillas mientras curioseaba en los archivos de la Brigada Político-Social y se las había dado a mi abuelo por si le podían interesar. No se trataba en realidad de fichas policiales (mi abuelo nunca había llegado a ser detenido) sino de informaciones diversas acerca de las cosas que hacía o decía y de la gente con la que entonces se relacionaba: fotografías de Bocaccio e informes sobre amigos o conocidos suyos, pero también transcripciones de conversaciones, relatos de fiestas y borracheras, breves testimonios de terceras personas… Algunas de esas notas eran lo suficientemente detalladas como para refrescar en mi abuelo el recuerdo de alguna noche lejana, y de vez en cuando me decía cosas como:

—He ido a ver a Jaime Gil. El pobre está bastante jodido, los médicos no saben muy bien qué hacer con él… Sólo por distraerle un poco, le he llevado algunos de estos papeles. Y qué raros son los mecanismos de la memoria…: ¿por qué uno se acuerda perfectamente de una conversación que el otro ha olvidado, y al revés? Curiosamente, de mi memoria se ha borrado lo que decíamos sobre arte y sobre pintores pero no lo que él, un poeta, comentaba sobre Rilke o Eliot o Saint-John Perse, es decir, sobre poesía. Y a él le ocurre lo contrario: que recuerda bien nuestras conversaciones sobre Kandinsky o Paul Klee… Pero todo está en estas cuartillas, así que sin duda hablábamos de las dos cosas: de poesía y de pintura. ¡Y de muchas otras cosas, naturalmente! ¿Sabes qué es lo que más le ha llamado la atención a Jaime? Que los nombres de esos pintores y esos poetas están siempre bien puestos. Que, cuando pone Kandinsky, pone Kandinsky. Si esto lo hubiera escrito un policía, vete a saber cómo lo habría puesto. Pero es que esto no lo escribió un policía sino un confidente. Jaime está intrigado. Me ha dicho que quiere saber quién era y que intente averiguarlo. ¡Ah, también a mí me gustaría saberlo, pero ya me dirás cómo! Mi amigo del ministerio me ha dicho que no conservan ningún registro de los confidentes. Lo único que conocemos es su apodo: el Rata. Los policías le llamaban el Rata. ¡El Rata! Nosotros estábamos en la barra de Bocaccio, hablando, bebiendo, discutiendo, y por ahí estaba el Rata tomando buena nota de todo para informar al día siguiente a la Social… Tiene razón Jaime: ¿quién coño sería ese Rata? Podría ser cualquier amigo, cualquiera de éstos, cualquiera de los que salen en las fotos…

—No —dije—, seguro que no sale en ninguna de las fotos. Él era el que las hacía, ¿no? Y tampoco aparecerá en ninguno de los informes, ¿qué sentido tendría? En realidad, no puede ser tan difícil: sólo se trata de ir eliminando…

Mi abuelo se echó a reír.

—¿Pretendes que me acuerde de toda la gente con la que hablé en Bocaccio? — dijo, moviendo teatralmente las manos.

Mi abuelo siempre fingía restar importancia a las cosas que de verdad le importaban, dice Toni Coll. Y aquel asunto había empezado a importarle. No era una cuestión de nostalgia, de recuperar los viejos tiempos, la época en que él y sus amigos habían sido jóvenes y felices. Era más bien una cuestión de coherencia narrativa. Como si de golpe te abandona tu mujer y comprendes que llevaba varios meses preparando el momento, y todo lo que ha pasado entre ella y tú durante esos meses va poco a poco cobrando un significado distinto: los comentarios y los silencios, los cambios de planes, las ausencias… Digamos que buscaba reinterpretar aquella época a la luz de la nueva información. La certeza de la existencia de aquel chivato lo cambiaba todo retrospectivamente: nada de lo que entonces había ocurrido era tal como él creía que había sido. En primer lugar, ¿por qué vigilarles de una manera tan estrecha a él y a sus amigos, que, por muy antifranquistas que fueran, no podían ser vistos por el régimen como elementos particularmente peligrosos? Y luego, ¿quién entre los habituales de Bocaccio habría sido capaz de colaborar en una vileza así? Seguramente no fuera más que un conocido, una de esas amistades ocasionales surgidas al calor de la noche y las copas, pero ¿quién le aseguraba que no había sido alguien con quien hubiera seguido relacionándose a lo largo del tiempo? ¿Y por qué no una persona más próxima? ¿Por qué no un amigo? Todos, todos sus amigos y conocidos de aquellos años quedaban expuestos al roce de la sospecha, que parecía capaz de contaminarlo todo: la gente, el sitio, la época misma. La curiosidad de mi abuelo acerca de aquel chivato desconocido acabó convirtiéndose en necesidad, casi diría en obsesión. Le dio entonces por recuperar amistades del pasado, y enseguida la conversación se orientaba hacia Bocaccio y sus asiduos, y mi abuelo llegaba por fin al punto que de verdad le interesaba: ¿quién podía ser ese Rata que por la noche les hacía fotos y tomaba notas de todo y que luego corría a informar a la policía? Yo le acompañé a bastantes de esas citas con viejos amigos: con el periodista Joan de Sagarra, con el director de cine Jaime Camino, con la fotógrafa Colita, con el escritor Enrique Vila-Matas, con algunos otros que ya ni recuerdo… Para mi abuelo, en algunos casos, era de verdad como volver al pasado, porque a varios de ellos no los había vuelto a ver en esos veinte años. Pero también para mí, adolescente perpetuamente enfurruñado, fue como retroceder en el tiempo, volver a la infancia, a la época en que él y yo paseábamos juntos casi todas las tardes. De hecho, aquélla fue la última temporada en que estuvimos verdaderamente unidos, porque mi madre y yo nos fuimos pronto a vivir a Madrid y, cuando, a finales del 96, volvimos a instalarnos en Barcelona, mi abuelo acababa de morir. En fin, la cosa es que entre unos y otros iban rescatando recuerdos que podrían ayudar a mi abuelo a identificar al Rata, y salían rostros a los que nadie acertaba a poner nombre y nombres a los que nadie sabía poner rostro, en general rostros y nombres olvidados que no tardaban en ser descartados. Una tarde alguien lanzaba una hipótesis (¡eso seguro que sería alguno de los camareros!), y a la tarde siguiente otro la desbarataba: ¡Los camareros ni pensarlo!, ¡eran todos de confianza! Así pues, las pesquisas no llevaban a ningún sitio.

En diciembre del 89 murió Carlos Barral, el poeta y editor, uno de los intelectuales más activos de su generación, dice Toni Coll. Mi abuelo lo había tratado bastante en los años sesenta, y a mediados de los ochenta habían coincidido en la comisión de cultura del Senado. Yo mismo lo conocía de los veraneos de Calafell, de cuando jugaba al balón con el grupo que llamábamos de los mayores, entre los que estaba su nieto Malcolm. Fuimos al funeral en el coche de mi madre. Íbamos mi abuelo, mi madre, el pianista del Avenida Palace y yo. Mi madre y Juancho, el pianista, estaban a punto de romper, y no paraban de discutir. Lo de siempre: que si métete por esta calle para acortar, que si la que conduce soy yo, que si adelante, equivócate y ve por donde te apetezca… Mi madre no se equivocó al escoger la ruta para llegar al tanatorio de Les Corts. Al contrario: llegamos muy deprisa por el camino más directo y encontramos aparcamiento a la primera. Su único error fue confundir los tanatorios: el funeral no era en Les Corts sino en Sancho de Ávila, en el otro extremo de la ciudad.

—¡Pues sí!, ¡me he equivocado! —gritaba mientras corríamos de vuelta al coche —. ¡Pero también vosotros podíais haberos dado cuenta!

Y en el trayecto entre ambos tanatorios cogimos atascos, semáforos en rojo, calles cortadas por obras… Juancho no hacía ya ningún comentario, pero ahora hasta sus silencios ofendían a mi madre.

—¿Vas a dejar de mirarme así?, ¿eh?, ¿vas a dejar de mirarme así de una puta vez? —le decía, agarrándose con fuerza al volante, y Juancho volvía hacia mi abuelo y hacia mí una mirada de falsa perplejidad, como diciendo: Vosotros lo estáis viendo, sois testigos de que yo no he dicho ni mu y ella se ha puesto como una fiera…

El cadáver de Barral estaba siendo velado en el salón principal, que se había quedado pequeño para tanta gente. Cuando llegamos, había todavía bastantes personas en la cola del pésame. Nos pusimos los cuatro en la fila y poco a poco fuimos avanzando hasta llegar ante la viuda y los hijos, a los que mi abuelo saludó afectuosamente uno por uno. Yo, cogido de su brazo, me limitaba a asentir seriamente con la cabeza. Luego se nos acercó alguien y nos ofreció asiento junto a las autoridades. Mi madre y Juancho, odiándose con los ojos, desaparecieron. Mi abuelo y yo nos sentamos. Estaban el alcalde, varios concejales, otros senadores y diputados… Permanecimos en silencio quince o veinte minutos, y luego nos levantamos y cedimos nuestro sitio a otros recién llegados. En el exterior se habían formado distintos corrillos. La gente se abrazaba con esa conmovida efusión que sólo se ve en los funerales. Mi abuelo saludaba a unos y a otros, y yo, a su lado, me preguntaba quiénes serían aquellas personas. Más tarde sí que vi algunas caras conocidas. Mi abuelo había acabado alejándose de los grupitos de los políticos y juntándose a los de la gente de la cultura. Se hablaba de quién estaba y quién no, y algunos comentaban la ausencia de Gil de Biedma, tan amigo de Barral. Cuando se mencionaba su nombre, se hacía en voz baja y ladeando levemente la cabeza, porque todos sabían que le quedaba muy poco tiempo de vida (murió al mes siguiente). Yo aproveché para salir en busca de Juancho y de mi madre. No los encontré por ningún lado, y tampoco el coche estaba donde lo habíamos dejado. Volví junto a mi abuelo. Alguien, no recuerdo quién, se ofreció a acercarnos a casa, pero mi abuelo prefirió coger un taxi. Prácticamente no habló durante todo el trayecto. Estaba como ausente, ensimismado. Yo opté por no decirle nada: todavía lo ignoraba todo sobre el mundo de los adultos, y pensaba que esa actitud debía de ser la normal cuando se sale del funeral de un amigo.

Tardé algún tiempo en descubrir que ese ensimismamiento respondía a otros motivos, dice Toni Coll. Porque fue sin duda entonces cuando alguien le dio la pista que le llevó a averiguar quién había sido el chivato, un individuo sin embargo del que nadie supo decir el nombre… Y enseguida mi abuelo se obsesionó por recordar, por rescatar de su memoria algún gesto o facción peculiar que le ayudara a representarse a ese hombre. Lo hacía como él sabía: tratando de atrapar con el lápiz alguno de aquellos rasgos movedizos, cambiantes, persiguiendo sobre el papel el hilo finísimo del recuerdo. Aquel invierno dedicó mañanas y tardes a hacer dibujos del chivato, de ese chivato vislumbrado o entrevisto o simplemente imaginado, y el resultado fue una vasta serie de bosquejos en los que el retratado, sin parecerse nunca, era siempre el mismo. Los observabas uno por uno y te dabas cuenta de que en uno tenía los ojos juntos y en otro separados, aquí el pelo largo, los labios finos, los pómulos marcados, allí el pelo corto, la boca carnosa, la cara sin sombras… Los rasgos podían coincidir o no, y sin embargo saltaba a la vista que todos esos rostros eran siempre el mismo rostro, como en esos sueños en los que se te aparece un familiar o un amigo con un aspecto que no es el suyo: sabemos que es él aunque no sea él, aunque no se le parezca en absoluto. A lo mejor el arte del retrato consiste en eso: no en captar el alma de una persona a través de sus rasgos, sino a pesar de sus rasgos. Y, desde luego, lo de mi abuelo tenía poco que ver con esos retratos-robot que la policía suele publicar de los delincuentes más buscados… Él no buscaba tanto ilustrar como conocer, averiguar. O tal vez comprender. Comprender al enemigo, al traidor, a la persona que se había acercado a él y a los suyos para delatarles.