El día de mañana

Ignacio Martínez de Pisón · Capítulo 4 de 32

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El día de mañana

Habla Carme Román

¿Qué líos se traía entre manos? ¿Por qué tantas llamadas y tanto secreteo? Igual que yo lo descubrí, pudo descubrirlo el señor Manuel, y a lo mejor por eso le despidió, si es que le despidió. En el bar de abajo tenían La Vanguardia (o, como se llamaba entonces, La Vanguardia Española). Yo solía echar un vistazo a los titulares mientras me tomaba el café, y me daba cuenta de que en las páginas de los anuncios por palabras siempre faltaban trozos y había anotaciones y tachaduras… Un día vi a Justo arrancar un buen pedazo de página y guardárselo en el bolsillo. Y al día siguiente le vi hacer algo parecido. ¿Estaría pensando en vender o en comprar algo? No tardé en descubrir que ni una cosa ni la otra. O, mejor dicho, las dos cosas a la vez. ¡Ese hombre era un lince, Déu meu! En la oficina solía estar El Noticiero Universal, que era vespertino. Justo se guardaba el periódico cuando ya lo había leído el señor Manuel, y luego se dedicaba a cotejar las columnas de ventas de La Vanguardia con las de compras de El Noticiero, y viceversa. Buscaba las coincidencias. «Véndese piano», «cómprase piano». «Barbería liquídase», «busco mobiliario peluquería». Cosas así. Ahí entraba él, y se encerraba en el despacho del señor Manuel y se colgaba del teléfono, y ante unos simulaba querer vender y ante otros querer comprar, y regateando un poco y sin arriesgar una sola peseta se llevaba sus buenos duros. ¿Era un lince o no? Sí, claro que lo era. Pero sobre todo era ambicioso, y esa ambición suya le había sido muy útil al señor Manuel durante un tiempo pero de pronto dejó de serlo. En algún momento, ¿cómo decirlo?, el chico dejó de remar a favor de la empresa y ya sólo remaba para sí mismo, y yo no sé si el señor Manuel se dio cuenta y le echó o fue él el que se marchó antes de que el señor Manuel se diera cuenta y le echara… En definitiva, ¿qué diferencia hay? La cuestión es que yo ya nunca le volví a ver, y todo lo que luego supe de él lo supe por terceras personas.

 

Habla Carme Román

Se puede decir que Justo y yo fuimos socios, dice Carme Román. Eso fue en 1964, dos años después de que mis padres y mi hermano murieran en la riada y yo me viniera a Barcelona a vivir con mis tíos. Todavía ahora, tantos años después, las imágenes del desastre se me aparecen en las pesadillas. Fábricas destruidas, casas en ruinas, postes de la luz caídos, bombonas de butano semienterradas en el fango, motos y coches volcados, animales muertos patas arriba, madres desesperadas buscando a sus hijos, hombres gritando… Nuestra casa estaba pegada al río, y debió de ser de las primeras en desaparecer. ¿Quién podía pensar que aquel río por el que nunca bajaba agua fuera capaz de causar tanta desolación? Yo me salvé de casualidad. Era septiembre, acababa de aprobar mi última asignatura de Preu y, por primera vez, mis padres me habían dado permiso para dormir en casa de una amiga. Clara y yo subimos al piso en cuanto cayeron las primeras gotas. Se fue la luz, encendimos unas velas y nos acercamos a una ventana a ver llover. Desde luego, llovía mucho, muchísimo, pero ¿cómo imaginar que aquella lluvia iba a matar a tanta gente como mató, cerca de mil personas? Nosotras mirábamos los coches que pasaban con los faros encendidos y nos reíamos de los conductores que no lograban controlar sus vehículos. Pero es que en esa parte, como estaba en alto, los daños fueron insignificantes. Recuerdo que entre el sonido de la lluvia se distinguían las campanadas de varias iglesias. Los vecinos se reunieron en el descansillo y alguien dijo que el río se había desbordado. La madre de Clara iba de un lado para otro con una palmatoria y no paraba de santiguarse. ¡Quiera Dios que no tengamos ninguna desgracia!, murmuraba. Clara y yo no teníamos sueño. Más que inquietas, estábamos excitadas, y yo pensaba tontamente que a los míos no había podido pasarles nada. A la mañana siguiente teníamos previsto ir a Barcelona a matricularnos en Filosofía y Letras, porque las dos soñábamos con ser profesoras. A primera hora, la madre de Clara entró a decirnos que las líneas de tren estaban cortadas. Pronto supimos que eso era lo menos grave. Se hablaba de decenas, seguramente cientos de desaparecidos, y todos entendíamos que cuando alguien decía desaparecidos quería decir muertos.

—Me voy a mi casa —dije.

—Ni se te ocurra —dijo el padre de Clara.

No me dejaron acercarme hasta que, por la tarde, llegaron mis tíos. Ni mis padres ni mi hermano aparecían en las primeras listas, pero nos bastó con ver en qué estado había quedado la casa para comprender que ninguno de los tres había podido sobrevivir. Sólo una de las cuatro paredes se mantenía en pie, y el resto era un amasijo informe de barro, cascotes, trozos de viga, restos diversos… Yo intentaba fingir entereza, pero aquello era superior a mis fuerzas y me eché a llorar.

—Tú te vienes con nosotros —me dijo mi tía Josefa, abrazándome.

Mis tíos tenían una papelería en la calle Tallers, dice Carme Román. El sitio me encantaba, con aquel olor a madera y a tinta y a goma de borrar, con aquellas vitrinas repletas de artículos de escritorio y aquellos cajones que llegaban casi hasta el techo. Era aquél un pequeño mundo, ordenado y perfecto. Mi tía se ocupaba del mostrador y la caja registradora, y mis tres primas, que se turnaban para ayudarla, se pasaban las horas moviendo la escalerilla con la que se llegaba a los cajones más altos. En la trastienda estaba la imprenta, una minerva a motor en la que el tío Agustí hacía impresos comerciales, tarjetas de visita, cartas con membrete… También hacía invitaciones de boda y recordatorios de primera comunión. A eso el tío Agustí lo llamaba tarjetería fina. En la trastienda no solían entrar ni mi tía ni mis primas, y mi tío lo hacía todo prácticamente solo. A mí me gustaba el trabajo de cajista: mantener limpios los tipos, organizar los cajetines, componer las líneas, introducirlas en las galeras. Algunas veces, cuando se trataba de un encargo de poca importancia, mi tío me dejaba hacerlo a mí, pero eso no ocurría a menudo. Él, que tanto protestaba por lo solo que estaba en la imprenta, únicamente se fiaba de sí mismo, y yo me preguntaba qué habría pasado si, en vez de ser yo una chica, hubiera sido un chico. ¿Se habría esforzado por enseñarme el oficio? ¿Habría ido poco a poco delegando en mí responsabilidades? En algún momento llegué a pensar que, puesto a elegir, habría preferido que hubiera sido mi hermano Ernesto, y no yo, quien se hubiera salvado de la riada. Seguro que lo habría acogido como al hijo que no había llegado a tener. ¿Qué aportaba yo a una familia en la que ya había tres chicas? ¿Qué hueco me correspondía cubrir? Pero que no se me malinterprete. Nunca tuve motivos de queja contra mis tíos. Jamás me sentí discriminada o poco querida. Al contrario: siempre encontré en ellos el apoyo y el afecto que necesitaba para dejar atrás el dolor del pasado y salir adelante en mi nueva vida y, aunque viviera dos mil años, me faltaría tiempo para devolverles todo lo que entonces hicieron por mí. Y lo mismo puedo decir de mis primas Lali, Irene y Enriqueta, que me aceptaron como a una hermana más y me dispensaron tanto cariño y tanta generosidad como sus propios padres. Eso sí, aunque me llamaran hermana o hija, yo tenía muy claro que Lali, Irene y Enriqueta eran mis primas, no mis hermanas, y que el tío Agustí y la tía Josefa no eran mis padres sino mis tíos. Podían decir nuestra hermana o nuestra hija Carmeta, que yo siempre decía: Mis primas, mis tíos… Algunas veces, cuando me oían llamarles así, me lo recriminaban con breves miradas de desaprobación. Pero nunca llegaron a decirme nada. Mis padres y mi hermano, aun estando muertos, seguían siendo eso: mis padres, mi hermano.

A Justo lo conocía vagamente, dice Carme Román. Alguna vez lo había visto entrar en la papelería, preguntar por mi tío y encerrarse con él en la trastienda a hablar de negocios. De pequeños negocios, en todo caso. Partidas no muy grandes de estuches, de plumieres, de compases: cosas así. Justo se las dejaba en depósito y al cabo de unas semanas volvía para arreglar cuentas y ofrecer nuevos artículos. A mí él no me gustaba demasiado. No sé. A lo mejor era sólo su manera de preguntar por mi tío.

—Buenas tardes, quiero hablar con don Agustín —decía, ahuecando la voz, y en su sonrisa de galán de película antigua me parecía percibir algo de desdén o, peor aún, de indiferencia.

Como si mi tía, mis primas o yo, por el simple hecho de ser mujeres, no contáramos para él. Como si creyera que las mujeres sólo estábamos capacitadas para ser dependientas. Ya entonces, sin saberlo, era yo bastante feminista, y me molestaba que los hombres se deshicieran en halagos y sonrisas pero se negaran a tratar conmigo de cosas serias. Cuando Justo venía por la papelería y preguntaba por don Agustín, yo adoptaba una actitud muy ceremoniosa y decía:

—Tenga la bondad de esperar, voy a ver si don Agustín está en condiciones de atenderle.

Y mi tía y mis primas percibían el retintín y les costaba contener la risa. Luego asomaba mi tío con la bata azul y las manos negras de tinta, y Justo pasaba con él a la trastienda. Yo le hacía una pequeña reverencia, y entonces mi tía y mis primas sí que reían. Volvía a hacer la misma reverencia cuando, al cabo de un rato, se marchaba y nos dedicaba a las mujeres otra de esas sonrisas suyas, tan trasnochadas. Durante varios meses, ésa fue la única relación que tuve con él. Por entonces ocurrió lo del accidente de Germán, el novio de mi prima Lali. Era bajito, rechoncho, no muy guapo, pero tenía una voz grave y hermosa que no se correspondía con su apariencia. Daba la sensación de que no era su voz, de que Dios o quien fuera se había equivocado en el reparto de voces. ¿Por dónde andaría el apuesto hombretón al que por error habían adjudicado la vocecilla de Germán? La cuestión es que la belleza de su profunda voz masculina no había pasado inadvertida y, tras unos años de colaborar en una emisora de radio, se ganaba la vida como actor de doblaje en La Voz de España. Una mañana, saliendo precisamente del estudio, lo atropelló un tranvía y lo mató. Lali tardó mucho en recuperarse del golpe, y en realidad nunca llegó a recuperarse del todo. Desaparecía sin decir nada y no volvía hasta la noche, y mis tíos temían que pudiera cometer cualquier locura. Un día descubrí qué era lo que hacía durante esas ausencias. Me metí en el cine Alexandra y allí estaba Lali, en una de las filas del fondo, siguiendo la película con los ojos cerrados, sonriendo cada vez que reconocía entre las voces de los protagonistas la voz de su novio. Me senté a su lado y cerré también yo los ojos, y el Germán que me mostró mi imaginación, sin dejar de ser Germán, era bastante más esbelto, más viril y más guapo que el que yo recordaba. Si estrenaban una película en la que Germán había trabajado, Lali era capaz de ir a verla todas las tardes, y luego la perseguía por las diferentes salas de reestreno y de dobles sesiones. Yo iba con frecuencia a buscarla a la salida. Iba primero a los cines del centro y luego a los de barrio y finalmente a los del extrarradio, porque ésa era la ruta que solían seguir las películas antes de desaparecer de la cartelera, y gracias a eso conocí partes de la ciudad que de otro modo nunca habría visitado. Una de esas veces, estando por la zona de Sagrada Familia, alguien se paró a mi lado y me llamó por mi nombre. Era él, era Justo, y a mí me sorprendió que se acordara de mí y que supiera cómo me llamaba. No sé si fue eso o fue el hecho de estar en un lugar extraño, pero lo cierto es que, si lo hubiera intentado, no habría podido dedicarle ninguna ironía ni hablarle con retintín.

—¿Qué haces aquí? —me preguntó, dejando en el suelo la maleta que llevaba.

—Estoy esperando a alguien —dije.

—Pues mejor esperar dentro del bar, que se está más caliente.

Con una mano agarró la maleta y con la otra me cogió del codo y me condujo a la cafetería del cine.

—¿Y tú? —dije—, ¿te vas de viaje?

Justo abrió la maleta y me mostró el contenido: diez o doce relojes de cocina idénticos.

—Me llevo sólo lo indispensable —bromeó.

Mientras nos tomábamos los cafés, me habló de su trabajo. Unos meses antes era un simple vendedor a comisión y ahora era ya un intermediario por cuenta propia, una especie de representante de comercio. Y no se conformaba con eso. Su idea era montar una empresa de venta por correo, como las que según él estaban ya triunfando en América y pronto triunfarían en todo el mundo. Pero para eso necesitaba socios: ¿me animaría yo a asociarme con él? A mí me parecía que Justo hablaba un poco por hablar y que en realidad lo único que quería era cortejarme, y le seguía el juego: claro, cómo no, ¿quién no estaría dispuesto a asociarse con él, un hombre tan activo y emprendedor…? No me lo tomaba muy en serio, porque para mí Justo seguía siendo ese joven repelente que cuando venía por la papelería sólo aceptaba tratar con mi tío, con don Agustín. Mientras él hablaba, empezó a salir gente del cine. Vi a Lali encaminarse hacia la calle con esos andares suyos de sonámbula y me apresuré a despedirme de Justo.

—Te lo pensarás, ¿verdad? —me dijo, y yo asentí distraídamente y corrí hacia mi prima.

Por supuesto, tardé bastante en volver a acordarme de él, dice Carme Román. El estado de Lali nos tenía a todos muy preocupados. Cuando parecía que empezaba a recuperarse, sufría una de sus habituales recaídas: lloraba sin parar, hablaba poquísimo, se negaba a comer. Mis tíos, mis primas y yo nos turnábamos para hacerle compañía, y eso hacía que pasáramos en la tienda menos tiempo del habitual. Una de las pocas tardes que sí me encontraba en la papelería vi a Justo asomar la cabeza por la puerta y hacer algo parecido a un gesto de alivio.

—Lo siento pero don Agustín no está —dije, recuperando el tonillo de siempre.

—Vengo a hablar contigo —replicó él con un mohín de contrariedad.

Tras intercambiar una mirada con Irene, que estaba atendiendo a unas señoras, hice una seña a Justo para que me siguiera. Entramos en la trastienda. Justo me hizo sentar en el asiento del impresor y se acercó un taburete. Luego me miró a los ojos y dijo:

—Ahora escúchame bien. Lo que te comenté la otra tarde iba en serio. He decidido lanzarme y montar mi propia empresa. Me voy a dedicar a la venta por correo: artículos para el hogar, juguetería, algo de ropa… Hay un par de fabricantes que confían en mí. Me falta un socio que se ocupe de los catálogos y he pensado en ti. ¿Qué te parece? Di algo. ¡Ocasiones como ésta se presentan muy pocas veces en la vida!

Yo sacudí la cabeza y pedí tiempo con las manos: ¿socios?, ¿catálogo?, ¿fabricantes? Justo tenía facilidad para contagiar su entusiasmo. Se notaba que creía en lo que decía, y era difícil no darle la razón cuando afirmaba que nada podía fallar. Los riesgos eran mínimos y las posibilidades de éxito enormes, y nada me impediría compaginar mis nuevas responsabilidades con mis ocupaciones de entonces: según él, si no entraba en el negocio, me pasaría toda la vida arrepintiéndome.

—¿Qué?, ¿a qué estás esperando?, ¿qué es lo que no ves claro? —me decía, sonriendo, y yo volvía a sacudir la cabeza y a pedir tiempo.

Quedé en contestarle esa misma semana. Pero en mi fuero interno la decisión ya estaba tomada. Aunque mi sueño seguía siendo estudiar Filosofía y Letras y ganarme la vida dando clases, acabar acaso trabajando en el mismo colegio que mi amiga Clara, la realidad se obstinaba en enseñarme que hasta los sueños más modestos resultan siempre difíciles de realizar. A esas alturas, Clara estaba ya terminando segundo, y yo, que me había matriculado por libre con la idea de ir poco a poco aprobando asignaturas, nunca había llegado a presentarme a ningún examen. Cada paso que Clara avanzaba era un nuevo paso que me alejaba de mí misma, y cada día que pasaba renunciaba un poco más a mi sueño. Pero en la vida hay puertas que se cierran y también puertas que se abren. Si no podía ser la persona que quería ser, intentaría al menos querer ser la persona que podía ser. ¿Por qué no iba a sentirme a gusto ejerciendo de socia de una nueva firma comercial, responsable de su catálogo y estrecha colaboradora del propietario de la empresa? ¿Por qué no creer que esa actividad podía reportarme las mismas o incluso más satisfacciones que la docencia? Tenía entonces dieciocho años y muchas cosas que demostrar. Tenía que demostrar a mi tío que no quería ser una carga para nadie y, sobre todo, tenía que demostrarme a mí misma que era capaz de abrirme camino en la vida. Cuando lo dije en casa, todos se llevaron las manos a la cabeza. En aquellos años no estaba bien visto que una mujer quisiera ocupar un puesto reservado a un hombre, y ése lo era o al menos lo parecía. Que una mocosa como yo decidiera montar una empresa con alguien se consideraba casi un acto de rebeldía. Mis tíos no llegaron a decirlo, pero estoy segura de que pensaban: ¿Por qué no se limitará a buscarse un novio, como hacen todas?, ¡qué ganas tienen algunas de complicarse la vida! La tía Josefa no hacía más que negar con la cabeza, pero todo dependía de lo que dijera el tío Agustí. En primer lugar, porque era mi tutor legal. En segundo, porque la imprenta era suya y para encargarme de los catálogos me hacía falta su colaboración.

—¿Quién es ese hombre?, ¿de dónde ha salido? —me preguntaba, y yo le decía:

—¡Pero si lo conoces! Se llama Justo Gil Tello. Tiene mucha experiencia en ventas y, sobre todo, me fío de él.

Era verdad: me fiaba tanto de él como podía fiarme de mis propios tíos o de mí misma. Me inspiraba Justo toda la confianza del mundo porque era como mis padres y como la gente entre la que yo había crecido, emigrantes casi todos, personas honradas y trabajadoras, educadas en el esfuerzo y el sacrificio, dispuestas a luchar con todas sus energías con tal de conseguir una vida mejor… El tío Agustí me oía hablar y yo notaba que le estaba convenciendo, y al final hizo un gesto que podía interpretarse de mil maneras y que yo interpreté como un asentimiento.

—¡Muchas gracias! —exclamé, dándole un abrazo.

El trabajo era bonito, dice Carme Román. En la misma calle de la papelería estaba el bar Céntrico. Justo y yo nos reuníamos allí a preparar el catálogo. Lo llamábamos El Catálogo Sorpresa y estaba dividido en tres secciones: Novedades Fantasía, Productos Sorpresa y Ofertas. Que un artículo fuera a parar a una u otra sección dependía de las existencias. Si éstas eran escasas, lo poníamos en Novedades Fantasía. Si suficientes, en Productos Sorpresa. Si demasiadas, en Ofertas. Justo llevaba la lista de los artículos, hacía una breve descripción de sus características y entre los dos redactábamos las frases promocionales. Me acuerdo, por ejemplo, del peine cortapelo, un ridículo peinecillo de plástico que entre las púas tenía incorporada una cuchilla graduable. Lo metimos en Productos Sorpresa y escribimos: «¡Señora! ¿Ha pensado en el dinero que su familia gasta anualmente en la peluquería? ¡Ya puede ahorrarse esa fortuna con el nuevo PEINE CORTAPELO, el sistema más cómodo y eficaz para lucir siempre el MEJOR PEINADO!». Con los termómetros para el agua o los botiquines familiares o las bañeritas infantiles era más o menos lo mismo. De dónde sacaba Justo aquellos objetos, yo ni lo sabía ni me importaba. Eso era cosa suya, y sólo me preocupaba que los catálogos estuvieran listos para ser enviados el día 25 de cada mes. Una estudiante de Bellas Artes a la que conocía de la papelería se encargaba de hacer los dibujos, en los que invariablemente el peine cortapelo y el termómetro para el agua y el botiquín familiar se mostraban más atractivos de lo que en realidad eran, y yo luego me encerraba en la imprenta y en tres o cuatro noches concluía el trabajo. Los primeros dos meses me ayudó mi tío. Después le dije que no se tomara más molestias: bastante hacía dejándome usar la minerva. Me gustaba la soledad de la imprenta a esas horas de la madrugada. Y me gustaba trabajar. Me daba la sensación de estar contribuyendo a algo importante. Al fin y al cabo, dado que yo no había tenido que invertir ni un duro, ésa era toda mi aportación a la empresa. Justo se ocupaba de contactar con los proveedores, atender los pedidos y llevar las cuentas. Los gastos en concepto de material los pagaba religiosamente, y el tío Agustí agradecía con un movimiento de cabeza el pequeño ingreso mensual que yo le proporcionaba. Lo de mi sueldo, en cambio, era otra historia. Aunque lo habíamos fijado en mil doscientas pesetas, Justo me había advertido de que durante los primeros meses no lo cobraría. Esas cantidades servirían, según él, para capitalizar la empresa, y de todos modos ambos confiábamos en que en menos de un año habría un primer reparto de beneficios. Las cosas marchaban bien. En nuestras citas en el Céntrico, Justo me mostraba los libros de contabilidad, en los que la columna de ingresos superaba con claridad a la de gastos, y me decía en qué tenía previsto invertir los beneficios: en adquirir una partida de básculas de baño o de farolitos de jardín o de muñecas andaluzas. La confianza de Justo en nuestro catálogo era total. Yo le decía:

—¿Pero quién va a comprar esas cosas?

Y él decía:

—Cualquiera, cualquiera que tenga unas perrillas y no sepa en qué gastarlas.

Y es verdad que las cosas iban saliendo. Unas más deprisa, otras más despacio, pero todas iban saliendo.

Por entonces se produjo el primer intento de suicidio de Lali, dice Carme Román. Una mañana, mientras todos dormíamos, se abrió las venas con un cuchillo de cocina. Mi tía, por suerte, se despertó muy poco después y llegamos a tiempo de salvarla. Pero la vida familiar quedó ya marcada, y el ambiente en la casa y en la papelería se enrareció. Lo que respirábamos no era aire. Lo que respirábamos era tristeza, sensación de culpa, de fracaso. Ya sé que parecerá muy egoísta por mi parte, pero yo entonces sólo pensaba en irme de casa. Era poco lo que podía hacer por Lali y poco también lo que podía aportar a la felicidad de mis tíos, y estableciéndome por mi cuenta al menos dejaría de ser una carga para ellos. Por eso me alarmé tanto cuando empecé a notar a Justo desanimado e inquieto.

—¿Qué ocurre?, ¿qué es lo que no funciona? —le preguntaba, y él sacudía la cabeza y trataba de tranquilizarme:

—Nada, nada, todo va bien…

Pero yo sabía que algo fallaba. Un día, medio en broma, medio en serio, me preguntó si no me interesaría seguir llevando el negocio a solas: él me vendería a buen precio su parte, me facilitaría los contactos, me aconsejaría…

—O sea que las cosas no van tan bien —dije.

—No es eso —dijo—. Es sólo que yo aspiraba a algo, no sé, algo más grande, más potente, y creo que con la estructura actual ya hemos tocado techo. Ya ves: tú todavía no has cobrado ningún mes, y a pesar de eso no tenemos liquidez suficiente para, ¿cómo llamarlo?, para dar el salto y proponernos objetivos más ambiciosos…

—¿No te parece que estás yendo demasiado rápido? —protesté—. ¡Sólo hace un año que empezamos!

Justo puso un ejemplo: le habían ofrecido una partida de transistores, que entonces eran una novedad, pero había tenido que desistir porque pedían mucho dinero y por adelantado… ¿Cómo íbamos a prosperar si cuando se nos presentaba una ocasión así nos veíamos obligados a dejarla escapar? Justo permaneció un instante en silencio, y luego sonrió y pareció recuperar el buen humor.

—Probablemente tienes razón —dijo—. Estoy siendo demasiado impaciente. Todo llegará cuando tenga que llegar. ¿Te apetece otro café?

Aquella tarde, de vuelta del Céntrico, estuve jugando al parchís con Lali. Ninguna de las dos prestaba demasiada atención, ella porque seguía sumida en su abatimiento habitual, yo porque no paraba de darle vueltas a una idea. Tres días después volví a encontrarme con Justo y se lo solté a bocajarro. Le dije:

—¿Todavía estamos a tiempo de comprar los transistores esos? ¿Cuánto piden por ellos? Tengo unos ahorrillos. De la herencia de mis padres. No es mucho, pero quién sabe…

—¡Ni pensarlo!, ¡ese dinero es tuyo y no lo pienso tocar! —dijo él, negando con la cabeza.

—¿Por qué?