El día de mañana
Habla Noel León
El inspector se levantó para marcharse. Supuse que mis evasivas le habían molestado.
—Inspector Moreno.
—¿Qué?
—¿Por qué no me enseña cómo ha sido todo?
Fuimos a Vallirana en un coche prestado por un compañero de la redacción. Conducía yo.
—¿Sabe dónde es? —me preguntó Moreno.
—Estuve varias veces.
Paré el coche en mitad del camino y el inspector señaló la casa más cercana. Dijo:
—Allí dejaron el coche, un Seat 1200 Sport de color rojo. Justo debía de estar en su casa, durmiendo. Era muy temprano. Oyó ruidos o llamaron a la puerta, se despertó, salió a ver…
—¿Iba armado? —le interrumpí.
—Parece que no —dijo Moreno, que se acercó a la casa, señaló tres o cuatro agujeros de bala en la pared y añadió—: Aquí los pistoleros hicieron media docena de disparos. Luego se llevaron a Justo hasta aquellos almendros de allá. Los dos tipos hicieron varios tiros más y al final le dispararon en la sien y, ya en el suelo, le remataron. Allí, pasados esos árboles…
Señalé la única casa que se veía desde ahí.
—¿Lo vio alguien?, ¿algún vecino?
—Un chico. Intentó avisar pero no llegué a tiempo —dijo Moreno, encaminándose ya hacia el coche.
Le seguí, me senté al volante, giré la llave de contacto. En aquel momento estaba convencido de que el caso nunca se resolvería, pero el inspector, como si me estuviera leyendo el pensamiento, agitó la cabeza y comentó:
—Esa gente, si no cae por una cosa, acaba cayendo por otra… Pero a quien hay que coger es al que los mandó aquí.
Le llevé a Vía Layetana. Cuando se disponía a salir, me preguntó:
—¿Tú cómo le llamabas?
—Yo le llamaba Justo…
—¿Pero no le llamabas de ninguna manera especial? —insistió—, ¿no tenía ningún mote en la ultraderecha, ningún alias…?
—No —dije, y él hizo un gesto en dirección al edificio de jefatura y dijo:
—Aquí le llamábamos el Rata.
—¿El Rata?
—El Rata —dijo Moreno, diciéndome adiós con la mano.
Habla Noel León
Siguieron yendo por allí, siguieron yendo a hacer prácticas de tiro, dice Noel León. Dejaban los coches delante de la casa y se iban hasta la vaguada que había al otro lado de los almendros, y allí hablaban entre ellos sentados en círculo y hacían ejercicio físico y disparaban contra unas dianas de cartón. Me prometí a mí mismo no acercarme, pero la curiosidad era demasiado fuerte. Junto a la acequia había un pequeño cañaveral en el que podía esconderme y espiar. Pasaba largos ratos en ese sitio. Desde allí les veía moverse de aquí para allá, correr con las armas, detenerse a disparar. El sonido de los disparos me llegaba amortiguado e inofensivo. A veces les oía cantar himnos. Cuando se ponían a cantar quería decir que estaban ya a punto de irse. Entonces yo volvía a mi casa dando un pequeño rodeo para no ser visto, y por la ventana de la cocina les veía meterse en los coches. En cuanto los coches arrancaban, corría al salón para verlos pasar por el camino. Era lo más cerca que llegaba a estar de esa gente. No siempre eran los mismos, aunque tenían todos la misma pinta de bárbaros y violentos. Mi madre, que debido a sus alergias tomaba frecuentes vahos de eucalipto, asomaba la cara por debajo de la toalla y los miraba distraídamente.
—¿Cazadores? —preguntaba, y yo asentía con la cabeza.
Luego, si todavía había luz, echaba a correr hasta la vaguada y buscaba los casquillos de bala que se habían olvidado de recoger.
Durante una época realizaban esas prácticas de tiro una o dos veces por semana, dice Noel León. Después empezaron a venir un sábado aislado o un domingo. Al cabo de un tiempo, más o menos hacia el verano, dejaron de aparecer por allí. Mi padre se metió por entonces en el negocio de la estampación de camisetas. Tuvimos que arrinconar los muebles del salón para hacer sitio a la máquina, que tenía un aspecto como de tostadoras de sándwiches en hilera. Las camisetas estaban sujetas a unas guías articuladas que al bajar quedaban encajadas entre las planchas. Entonces las planchas se cerraban y sólo faltaba esperar a que se completara el serigrafiado. Salvo la colocación y retirada de las camisetas, que había que hacer una por una y a mano, el proceso estaba automatizado. El trabajo, por tanto, requería poco esfuerzo pero, eso sí, mucha paciencia, y lo bueno era que el mismo que le alquiló la máquina a mi padre le pasaba los encargos y se los pagaba en un plazo razonablemente breve. O sea que en aquella época teníamos dinero para vivir y todo iba bien, salvo por una cosa: el ruido. Una máquina como ésa no tenía por qué ser ruidosa pero lo era. El motor del generador sonaba como el de un camión en perpetua aceleración, los engranajes chirriaban y crujían, las planchas entrechocaban con demasiada fuerza, el timbre del temporizador avisaba con una insistencia innecesaria… Mi madre, por no aguantarlo, se encerraba en su cuarto con algodones en los oídos. Pero aquel estrépito invadía hasta los últimos rincones de la casa. Yo prefería marcharme, y pronto me acostumbré a pasar las horas muertas en la casa de Justo. La habitación grande era la única que tenía una puerta y un candado. En las otras, como mucho, había algún tablón apoyado en el marco. Las primeras tardes husmeaba un poco: aquí y allá había trapos, latas, botellas vacías que podían haber sido de Justo o de cualquiera. Después ni siquiera me molestaba en entrar. Me sentaba en la parte que no podía verse desde mi casa, y allí me fumaba unos cuantos cigarrillos y tocaba la armónica y fantaseaba con la idea de vivir algún día en una casa normal de una ciudad normal. Por supuesto, me despreocupé por completo de la limpieza y la conservación de la casa: por mí como si le caía un rayo. Pasaron los meses. Hacía por lo menos medio año que ni Justo ni sus amigos aparecían por allí cuando oí el ruido de un coche parándose. Me asomé. Del coche salió un hombre, que echó un vistazo rápido al interior de la casa y soltó un escupitajo. El conductor me vio y me llamó con la mano. Avancé un par de metros. El otro vino hacia mí y volvió a escupir.
—¿Qué hacías, chico? —me dijo, y yo me encogí de hombros.
Las caras de los tipos no me sonaban, pero por el aspecto podían ser de los que se juntaban para hacer prácticas de tiro.
—¿Vienes mucho? —dijo el del coche.
—De vez en cuando.
—¿Suele venir más gente, chico? —dijo el otro, y a mí me molestó que volviera a llamarme chico.
—No —dije—, nunca viene nadie.
Dijo:
—El dueño de la casa, uno cojo… ¿Sabes quién es? ¿Lo has visto alguna vez?
Volví a encogerme de hombros.
—¿Qué hacemos? —preguntó el que conducía.
—¡Bah! —contestó el otro. Se metió en el coche, bajó la ventanilla y escupió otra vez.
¿Cuándo ocurrió eso?, ¿en enero, en febrero del 78? Desde luego, no mucho más tarde. Un par de meses después, un día de abril, fui a la casa y vi que la puerta estaba abierta y el candado en el suelo. Como esa habitación era tan oscura, tuve miedo de que Justo o quien fuera estuviera dentro mirándome. Me deslicé en uno de los cuartos pequeños, cogí el paquete de cigarrillos y el mechero (los guardaba en una caja de galletas danesas escondida entre unos ladrillos) y eché a correr hacia mi casa. Durante los días siguientes no me acerqué por allí, pero me mantuve alerta. Una tarde me pareció verle de lejos en el camino que llevaba al barranco. Otra tarde creí distinguir su figura junto a la parada del autobús. Y una noche, finalmente, llamaron a la puerta y era él.
—Os he traído una botella de vino —dijo, enseñándola.
Mis padres le invitaron a pasar. Se sentaron en el arrinconado tresillo, con tan poco espacio que casi se tocaban sus rodillas, y se sirvieron el vino. Mi padre hablaba de la suerte que había tenido con lo de la estampación. Justo miraba la máquina y asentía con la cabeza y, si le preguntaban por su vida, decía:
—Vamos tirando, vamos tirando…
Yo todavía estaba dolido con él. No le perdonaba sus gritos de la última vez y evitaba mirarle a los ojos. En cuanto se terminaron el vino se levantó. Dijo:
—Tengo que hacer un par de arreglos. Necesito que me ayudes, Noel. ¿Vienes el sábado?
Para él era como si nunca hubiera sucedido nada, como si jamás me hubiera gritado que su casa era una propiedad privada y que no quería volverme a ver por allí.
—Está bien… —dije.
El sábado por la mañana me asomé a la ventana de la cocina y le vi trabajando delante de su casa. Me acerqué. Estaba poniendo la puerta de la entrada.
—Sujétame esto mientras pongo estos clavos… —dijo, subiéndose a una escalera de mano, y yo hice lo que me decía.
Y así fue como reanudamos nuestra amistad. Iba cuando no tenía clase y le ayudaba a acondicionar la casa. El verbo acondicionar no resulta muy apropiado, porque aquello nunca reuniría unas condiciones mínimas de habitabilidad. No tenía agua corriente ni por tanto instalaciones sanitarias, y Justo estaba siempre llenando cubos en la acequia. En cambio, sí tenía electricidad, tomada supongo que irregularmente de algún poste cercano, y a la luz de las bombillas la habitación grande no parecía tan desolada. Los reyes antiguos no vivían mucho mejor, solía decir Justo. Le ayudé a limpiar aquello de basura y a tapar las grietas con cemento. Le ayudé a poner contraventanas y puertas, a pintar de blanco las paredes, a construir un tendedero en la parte de atrás. Le ayudé a hacer con unas tablas unos estantes y una mesa, que junto a tres sillas viejas constituían todo el mobiliario. Aunque algo avejentado, Justo seguía siendo el de siempre. Tan pronto me contaba alguna anécdota de su infancia como se quedaba abstraído o me leía algún fragmento de Vintila Horia.
—Escucha esto, Noel —decía, y con el dedo índice seguía el subrayado de la página—: «El tiempo y el espacio se nos aparecen como cosas distintas, pero no es así. En realidad, pasado, presente y futuro no existen, sino sólo el presente, que se identifica con Dios. Dios es perfecto, sin fronteras; nosotros somos limitados y nos resulta imposible hablar de él. Conceptos como pasado, presente y futuro nos ayudan a vivir dentro de nuestra dimensión humana, pero nos impiden la contemplación de una realidad mucho más compleja, a la que sólo unos pocos, los clarividentes, tienen acceso».
Entonces se volvía hacia mí y me preguntaba:
—¿Qué te parece, Noel? «Dios es perfecto, sin fronteras». ¿No crees que son unas palabras muy hermosas, unas palabras muy hermosas y muy sabias?
Esa rara religiosidad suya y ese afán de trascendencia se avenían muy bien con su forma de vida, tan austera, tan ascética. Los días de lluvia salía a recoger caracoles al lado de la riera, y luego se los vendía a un restaurante de la carretera. Era ése todo el dinero que manejaba, pero tampoco parecía necesitar más. Tenía muy poca ropa, cada vez más remendada, y se alimentaba sobre todo de fruta y hortalizas que no sé si compraba o cogía por el campo. Bebía agua de la acequia, previamente hervida en un hornillo de cámping-gas, y el único capricho que se concedía era la radio. Tenía a todas horas encendido un transistor en el que le gustaba escuchar programas de ciencia y medicina, y a veces replicaba en voz alta a los comentarios del presentador como si éste pudiera escucharle.
De su anterior vida, fuera la que fuese, no había quedado nada, dice Noel León. O ésa es la sensación que tuve durante un tiempo, digamos durante dos o tres meses, hasta que vi por primera vez aquel coche rojo, aquel Seat 1200 Sport. Era un sábado. Al mediodía había caído un buen chaparrón, y Justo venía por el camino con el saco de los caracoles al hombro. Yo le esperaba a la entrada de su casa practicando con la armónica. Como el saco no estaba lleno, de vez en cuando le veía agacharse y coger un par de caracoles más. Cuando estaba ya a punto de llegar, pasada mi casa, apareció el 1200 Sport. Avanzaba despacio a espaldas de Justo y, en cuanto lo alcanzó, aminoró aún más la velocidad para mantenerse a su altura. Acabaron parándose, y Justo se agachó un poco para hablar con los del coche. Yo dejé la armónica y agucé el oído. Pero no estaban lo bastante cerca. Ni siquiera podía percibir si el tono de la conversación era tenso o amigable. Fue, de todos modos, una conversación muy corta. El coche dejó atrás a Justo y aprovechó la explanada de la casa para dar la vuelta en dirección a la carretera y el pueblo. Antes de completar el giro, se detuvo un instante. El que conducía me hizo una señal con el pulgar hacia arriba y dijo:
—Salve!
Eran dos hombres, con un aspecto como los de la vez anterior, acaso algo mayores. Los seguí con la mirada mientras pasaban de nuevo al lado de Justo y hacían sonar el claxon. Esta vez él ni los miró. Entró en la casa y de un manotazo se apartó un caracol que le subía por el hombro.
—¿Quiénes eran? —dije.
—Este saco tiene un descosido…
—¿Quiénes eran?
—Nadie.
—¿Italianos?
—Ni idea —dijo, y con un cordel se puso a remendar el agujero de la arpillera por el que escapaban los caracoles.
Yo entonces no concedí a ese encuentro la importancia que tenía. Sólo algunos años después, cuando vi por televisión una película titulada Los asesinos, comprendí muchas cosas que en aquel momento ni siquiera podía intuir. En la película, unos pistoleros llegan a un pueblo buscando a un hombre al que tienen que matar. El hombre, interpretado por Burt Lancaster, tiene la posibilidad de escapar pero, cansado de esconderse, se queda a esperar la muerte. En realidad, desde su llegada al pueblo no ha hecho otra cosa que eso: esperar la muerte, esperar que aparezcan unos asesinos a pegarle un tiro… Ahora sé que la historia de Justo era muy parecida: se había retirado a Vallirana sabiendo que algún día aparecerían para matarle. Y esas personas ya habían aparecido. Desde aquel sábado, el 1200 Sport se dejaba ver muy a menudo. Cuando la tierra estaba seca, se veía desde lejos la polvareda que levantaba por el camino. Al pasar junto a nosotros, los italianos hacían algún gesto de salutación al que Justo jamás respondía. Luego el coche se paraba en la curva, a la sombra de una higuera. Se quedaba ahí un rato, hasta que daba la vuelta y lentamente volvía a pasar cerca de nosotros. Era así un día tras otro, siempre igual aunque no siempre a la misma hora.
—¿Quiénes son? —preguntaba yo, y Justo no contestaba nada o contestaba:
—Nadie, sólo gente…
Si en aquella época hubiera conocido la película de Burt Lancaster, tal vez habría adivinado lo que estaba a punto de ocurrir. Desde luego, Justo lo sabía. Y seguramente también sabía que los dos italianos sólo estaban esperando la ocasión propicia. Ese verano yo tenía quince años recién cumplidos. El último fin de semana de julio era el del congreso anual de la Asociación, que ese año se iba a celebrar en un pueblo cántabro (y por supuesto palindrómico) llamado Aja. Hacía semanas que yo había anunciado a mis padres mi intención de no acompañarles. No me apetecía pasarme las horas leyendo palíndromos en una pizarra, no me apetecía aplaudir al ganador del Palíndromo del Año, no me apetecía hacerme la clásica foto de grupo junto al letrero del pueblo… Mi decisión no había gustado a mis padres, y hasta el final no estuvo claro que fuera a conseguir su permiso. Durante la comida del viernes, con los equipajes ya preparados junto a la puerta, hicieron el último intento de convencerme.
—No os preocupéis por mí, ya soy mayor —les dije, y poco después les ayudé a cargar el coche.
Era la primera vez que me dejaban solo. Mientras me despedía de ellos, vi que Justo nos miraba desde el camino. ¿Intuía lo que aquella despedida podía significar? ¿Sabía ya que era eso lo que los italianos estaban esperando y que, por decirlo de algún modo, le había llegado el momento? Fue ésa la primera noche de mi vida que pasé sin mis padres. Hacía mucho calor y dormí con la ventana abierta. El sábado, al punto de la mañana, me despertó el ruido de un motor. Me asomé. Era el 1200 Sport, que se había parado delante de casa, más o menos en el sitio en el que mi padre solía dejar su coche. Nunca antes los dos italianos se habían dejado ver a una hora tan temprana. Empecé a comprender muchas cosas: precisamente porque no estaba el coche de mi padre estaba el suyo allí. Esos hombres creían, por tanto, que también yo me había marchado y no quedaba ningún posible testigo. De repente no estuve seguro de que la puerta principal estuviera cerrada por dentro. Fui al salón y sigilosamente di otra vuelta a la cerradura. Me agaché para mirar por la ventana. Los italianos fumaban apoyados en el capó. Algo muy grave estaba a punto de ocurrir. A gatas y dando un rodeo por detrás de la máquina estampadora llegué hasta la mesita del teléfono, que estaba al lado de la otra ventana. ¿A quién llamar? Sólo se me ocurrió Mateo, el policía. Mis padres solían anotar los números de teléfono en trozos sueltos de papel que luego metían entre las páginas del listín. Encontré el número de jefatura y me dijeron que no estaba. Pregunté por su número particular pero se negaron a dármelo. Pedí por favor que le llamaran y le dieran un recado.
—¿Qué recado?
—Que me llame. Que me llame enseguida. Es muy urgente. Soy Noel, el hijo de los palindromistas.
—¿De los qué?
—De los palindromistas. El inspector ya sabe…
Colgué y volví a mirar por la ventana. Uno de los italianos tiró el cigarrillo al suelo y se acercó a la casa. Se inclinó primero sobre una ventana y luego sobre la otra, la mía. No sabría decir si estaba cerciorándose de que no hubiera nadie en la casa o si la insólita presencia de la estampadora había despertado su curiosidad. Nos separaban unos pocos centímetros de muro y cristal. Yo, pegado a la pared, percibía su proximidad como algo oscuro, amenazador, igual que cuando te metes en un pantano de aguas turbias y notas junto a tus pies peces tan grandes como tú mismo. Contuve la respiración. Que se vaya, que se vaya…, me decía para mis adentros, paralizado por el miedo.
—Nessuno, non c’è nessuno! —oí que le decía a su compañero, alejándose.
De repente sonó el teléfono y el hombre, al oírlo, se detuvo y retrocedió. Pegó otra vez la cara al cristal. ¿Creía tal vez que se abriría alguna puerta y alguien saldría a contestar? Desde donde él estaba, veía perfectamente el teléfono, así que la posibilidad de descolgar estaba descartada. ¡Vete!, ¡vete!, murmuraba yo. Sonaron cuatro o cinco timbrazos más y el hombre seguía ahí. Se oyó por fin un chasquido final, y al cabo de unos segundos el italiano se apartó y repitió:
—Nessuno!
Yo maldije mi suerte: el que había llamado no podía ser otro que Mateo, y ahora seguro que no volvería a llamar…
Ninguna de las ventanas ofrecía una visión completa de la casa de Justo y el camino, dice Noel León. Desde el salón les vi echar a andar por el camino, pero para verles llegar a la casa tuve que desplazarme hasta la cocina. Uno de ellos aporreó la puerta y gritó unas cuantas veces el nombre de Justo. Lo gritó con un tono cantarín, como el lobo feroz en los dibujos animados. Justo abrió la puerta y apoyó la espalda contra el marco. Yo no oía ya lo que decían, pero en principio la escena no transmitía una sensación especial de amenaza. Si alguien en ese momento hubiera pasado por allí habría pensado que era una pequeña reunión de vecinos hablando de cualquier cosa, y no un encuentro entre una víctima y sus verdugos. Ni siquiera habría percibido la inminencia del peligro cuando uno de los italianos sacó una pistola y apuntó como en broma a una urraca. Muy poco después, el otro sacó su arma y se sumó al juego, también sin llegar a disparar. Lo van a matar, pensé, le van a pegar dos tiros en la cabeza y va a caer redondo delante de su casa. Justo seguía apoyado en el marco de la puerta, aparentemente tranquilo, con los brazos cruzados, como si aquello no fuera con él. Los pistoleros no parecían tener prisa. De vez en cuando uno de ellos daba a Justo un par de palmadas en el hombro. Como viejos amigos, como camaradas. Luego Justo y el otro italiano desaparecieron unos minutos en el interior de la casa. Cuando salieron llevaban unas bolsas de plástico. El que se había quedado fuera empezó de repente a disparar contra la pared de la casa. Disparó tres, cuatro, cinco veces. Era como si estuviera probando la puntería contra una araña o una lagartija que intentara escapar o esconderse entre los ladrillos. El otro, enfadado, le gritó algo en italiano. Estuvieron varios minutos discutiendo a gritos. A su lado, Justo sostenía una bolsa y se limitaba a esperar. Luego echaron los tres a andar hacia la parte de atrás de la casa, hacia los almendros. Pensé: Claro, no lo van a matar delante de su casa, buscarán un sitio más discreto… Los perdí de vista y me senté en un taburete. Me parecía que eso era todo lo que podía hacer: permanecer sentado mientras ocurría lo que tenía que ocurrir. Al cabo de unos minutos oí un disparo. Abrí la ventana y me llegó con claridad el sonido de un nuevo disparo. Ya estaba, lo habían matado, primero le habían pegado un tiro y luego lo habían rematado… Pero pasaron unos segundos más y se oyeron otros dos tiros, y luego otros dos, algo espaciados. Salí de casa en dirección a la acequia y me oculté detrás del cañaveral. Estaban en la vaguada, en la zona de las prácticas de tiro. Justo se ocupaba de colocar en una fila unas cuantas botellas, y los dos italianos se alternaban para disparar. ¿Podía ser que finalmente sólo hubieran ido para eso, para probar su puntería, y no para matar a Justo? Entre disparo y disparo, los pistoleros hacían grandes aspavientos y soltaban fuertes risotadas. Uno de ellos se puso a andar a pasitos cortos y con los brazos pegados al cuerpo. Estaba imitando o parodiando la manera de andar de alguien. ¿De quién? Lo supe cuando le oí gritar:
—¿Cómo están ustedeees?
Estaba imitando a Miliki, uno de los payasos de la tele. El otro contestó:
—¡Bieeen! ¿Verdad que sí, Justo? ¡Bieeen!
Para ellos, aquello era como un juego. Levantaban una pierna y disparaban por debajo del muslo, o se ponían de espaldas y en un mismo movimiento se volvían y disparaban, o apuntaban con cuidado pero luego desviaban la mirada y disparaban a ciegas…, y entre tanto repetían a gritos el saludo de los payasos y celebraban los aciertos con carcajadas y discutían entre ellos cuando fallaban. No siempre esperaban a que Justo terminara de colocar las botellas. A veces disparaban cuando todavía estaba agachado, y la bala levantaba una nubecilla de polvo a quince o veinte centímetros de su mano. Cuando se dirigían a Justo, sí que me llegaban sus voces.
—¡No tengas miedo, que no te vamos a dar!, ¡sabes que nosotros no fallamos! — le gritaba uno de ellos entre risas, y el otro decía:
—¿Cómo están ustedeees?
Su tono resultaba muy poco tranquilizador. Se comportaban como si estuvieran borrachos, aunque seguramente no lo estaban: era la ebriedad de la violencia, de la sangre que estaban a punto de derramar. A mí ya no me cabían dudas acerca de lo que iba a suceder. Aquellos dos tipos se comportaban como los gatos que acaban de atrapar a un ratón: al principio les entretiene jugar con él, pero enseguida se cansan y lo revientan de un mordisco. Justo, con gesto derrotado, se limitaba a callar y obedecer. Puso unas cuantas botellas más, y los otros las destrozaron a tiros. Yo intuía que su tiempo se estaba acabando, pero de hecho ya se había acabado. Justo gritó:
—¡Eran las últimas!, ¡ya no quedan botellas!
Los otros expresaron contrariedad, como si no hubieran contado con que las botellas pudieran terminarse.
—Porca miseria! —exclamó uno, y el otro dio unos pasos hacia Justo y gritó:
—¿Y ahora qué hacemos? ¿Contra qué disparamos? ¡Porque balas sí que nos quedan…!
Entonces se agachó, agarró un culo de botella que se conservaba entero y, como en una ceremonia de coronación, se lo puso a Justo en la cabeza.
—No te muevas, non ti muovere —dijo.
Se volvió hacia su amigo y gritó:
—Guarda! Sembra un re!
Y el otro asintió:
—Il re dei traditori!, ¡el rey de los traidores!
Luego acercó su cara a la de Justo, que era como un Cristo con su corona de espinas, resignado, dispuesto para el sacrificio, y al tiempo que le apoyaba el cañón del arma en el estómago le decía cosas que yo no alcanzaba a oír. Justo humilló la cabeza, y el trozo de cristal cayó al suelo.
Ése sí que era el momento, dice Noel León. Los dos tipos ya no tenían que fingir nada. Sólo les faltaba disparar, y el único que lo estaba viendo todo era yo… ¿Pero qué podía hacer para impedirlo? Fantaseé por un instante con la posibilidad de dejarme ver. Pensé que descubrir la presencia de un testigo podría hacerles desistir. Pero eso, que tal vez habría surtido efecto al principio, ahora seguro que no funcionaría. Lo más probable sería que nos mataran a los dos: primero a él por el motivo que fuera y después a mí por meter las narices donde no debía. Y aunque hubiera decidido intervenir de algún modo, sé que difícilmente habría llegado a hacerlo, tan atenazado estaba por el miedo… ¿Me había preguntado alguna vez si era un valiente o un cobarde? Ya no hacía falta. Ya lo sabía. Sabía que era un cobarde, y la desazón del descubrimiento se añadía a mi desconsuelo. Miré de nuevo a Justo, sabiendo que podía ser la última vez que lo viera con vida. Permanecía completamente inmóvil, la cabeza gacha, los ojos tal vez cerrados. Los italianos, mientras tanto, apuntaban hacia el suelo y se miraban entre ellos como consultándose quién debía disparar primero. ¿Le habrían dado permiso para rezar? Seguro que sí: ningún verdugo niega nunca unos segundos para una oración última. Luego Justo dio como un respingo, y supuse que era una señal para sus asesinos. Ya estaba: si había estado rezando, había acabado. Me tapé la cara con las manos y…, y eso es lo último que recuerdo, porque en mi memoria hay después un vacío que igual pudo durar dos minutos que dos horas. Lo siguiente que recuerdo es que yo estaba en la vaguada, sentado a pleno sol, achicharrándome, y que alguien me daba cachetes en la cara. Abrí los ojos. Era Mateo, el policía.
—¡Noel, Noel…! ¿Estás bien? ¡Dime! ¿Me oyes? ¿Entiendes lo que te digo? ¡Noel! ¿Estás bien?
—Sí —dije.
—¿Qué ha pasado? He visto que no me cogías el teléfono y… ¿Qué ha pasado, Noel?
Eché un vistazo a mi alrededor. A mi lado estaba el cadáver de Justo, desmadejado, sucio, con sangre seca en las comisuras de los labios y una parte del cráneo hundida por el disparo. La mayor aventura de mi vida acababa de terminar, y había terminado mal.