El día de mañana
Capítulo 2
Habla Elvira Solé
La primera vez que le vi, pensé que era el típico jovencito de la zona alta, dice Elvira Solé. Ya me entiende: un niño de papá, un pollo pera, como entonces se decía. Con ropa cara, con estudios en colegios de pago, con la vida más o menos resuelta… Pero me equivocaba. Estoy hablando del año 68. Yo trabajaba de secretaria en Construcciones Nebot. Bueno, trabajaba de secretaria, de telefonista, de chica de los recados… De lo que hiciera falta: ¡hasta de chófer hacía! Todas las mañanas, antes de ir al trabajo, el señor Nebot asistía a misa de ocho en la iglesia de San Gregorio Taumaturgo, en la calle Ganduxer, muy cerca de su casa. A la salida de misa, un taxi le recogía para llevarle a la oficina, que estaba en la calle Nicaragua, en un bloque construido por la empresa. El taxista era el mismo desde hacía años, un hombrecito que llevaba siempre un mondadientes entre los labios. Se llamaba Ulpiano. Era algo así como el taxista personal del señor Nebot. Le decía: ¡Ulpiano, venga a buscarme a tal hora!, ¡Ulpiano, vaya a casa a recoger tal cosa…! Ulpiano para arriba, Ulpiano para abajo. A mí en la oficina me consideraban una moderna sólo porque me había empeñado en sacarme el carnet de conducir, y hubo mucho pitorreo cuando por primera vez me vieron llegar en mi coche, un Gordini al que yo había bautizado como Hardy, por el gordo del Gordo y el Flaco. En aquella época, los hombres todavía se burlaban de las mujeres que conducían. Nos silbaban, nos tocaban el claxon, nos llamaban desertoras de la cocina… Bueno, la cuestión es que el tal Ulpiano se puso enfermo o se jubiló, no sé muy bien, y que un día el señor Nebot me hizo ir a su despacho y me dijo:
—O sea que usted vive en San Antonio María Claret, o sea que no tendría que desviarse demasiado si pasara por la calle Ganduxer…
El señor Nebot solía empezar las frases así: O sea que, o sea que… Sacudió un poco la cabeza y añadió:
—O sea que mañana a las nueve menos cuarto quiero que esté esperándome con su coche a la salida de misa.
Y, en efecto, a la mañana siguiente estaba esperándole con mi Hardy para llevarle a la oficina. Así fue como me convertí en su chófer, o su choferesa, o como se diga. Al principio no parecía fiarse mucho de mis habilidades como conductora. Me decía: Ojo con el semáforo. O: Tenga cuidado con ese coche. O: No hace falta que corra… Luego ya fue ganando confianza, y se desentendía de la conducción y se interesaba por mi vida:
—O sea que su padre tiene una ebanistería en la calle Sicilia…
Los compañeros de trabajo veían al señor Nebot salir de mi Hardy y no podían ocultar su envidia. Se habían reído de mi coche y de mi carnet, y gracias a mi carnet y a mi coche tenía con el señor Nebot una familiaridad con la que ellos no podían ni soñar.
En la empresa se trabajaba mucho y bien, dice Elvira Solé. La ciudad crecía sin parar. Seguían llegando emigrantes de muchos sitios de España, y los que habían llegado en los cincuenta habían logrado prosperar y podían ya permitirse una vivienda decente, con electrodomésticos, con calefacción. La ciudad, además, crecía hacia todas partes: hacia la montaña, hacia Badalona, hacia Hospitalet… El señor Nebot sería lo que fuera, pero no se puede negar que para los negocios era un lince. Previendo lo que iba a ocurrir, había ido comprando terrenos aquí y allá. Normalmente eran huertas o simples descampados, y no le habían costado casi nada. Muy pocos años después, aquello valía un Potosí. Claro que el señor Nebot estaba muy bien relacionado. Era amigo del alcalde. De toda la vida. De los años veinte, de la facultad de Derecho. Por eso nunca tenía problemas con las licencias de obras, las recalificaciones y todo eso. Si le faltaba algún papel o un funcionario municipal se ponía tiquismiquis, el señor Nebot descolgaba el teléfono y decía: Oye, José María… Y todo se solucionaba. En aquella época, donde más construíamos era en el Guinardó. Algunas mañanas el señor Nebot se montaba en mi Hardy y, en lugar de a la oficina, me decía que le llevara a ver las obras. Iba sólo para dejarse ver. Sabía que sus hombres rendían más si de vez en cuando le veían por ahí cerca. Y no era porque él fuera a exigir cuentas al jefe de obras o al capataz. Tampoco porque fuera a gritar a ningún obrero si le veía fumarse un pitillo o gandulear junto al botijo. No, el señor Nebot nunca levantaba la voz, y yo creo que su autoridad le venía de ahí: de que todo el mundo sabía que no necesitaba levantar la voz para que sus órdenes se cumplieran al momento. Era como si tuviera algo que nadie más tenía: una fuerza interior, una seguridad que le nacía muy dentro y se manifestaba con naturalidad en su voz, en su mirada, en sus gestos… Si él decía tal, se hacía tal, y si decía cual, pues se hacía cual. Y nadie le discutía nada y a nadie tenía que repetir las cosas. He trabajado en otros sitios, he tenido otros jefes, y todos eran jefes sólo porque eran jefes, no sé si me explico. Lo del señor Nebot era diferente. Su autoridad no tenía que ver con el hecho de que fuera el jefe. Tampoco con el dinero, ni con el éxito profesional, ni con la edad… Yo creo que su autoridad residía en el mismo escondrijo del alma en el que residen las convicciones, los principios morales, las creencias religiosas… El señor Nebot era un hombre muy religioso. Y no lo digo sólo porque fuera a misa todos los días… Algunas mañanas, mientras le llevaba y le traía en el coche, le miraba por el espejo retrovisor y, viéndole con los ojos cerrados, me parecía que aprovechaba para dormitar un poco o descansar. Nada de eso. Pronto descubrí que, muchas de esas veces que parecía ensimismado o ausente, en realidad estaba rezando. Rezando. Luego, de repente, daba un respingo y decía algo así como:
—O sea que han anunciado lluvia para hoy… ¿No le parece admirable la lluvia? ¡Toda esa agua que se evapora del mar y se concentra en las nubes y viaja alrededor del planeta y se reparte en millones y millones de gotas! Imagine todas las gotas que caen cada día en todos los rincones del mundo. E imagine todas las gotas que han caído sobre la tierra desde que el mundo es mundo… Cada una de esas gotas es una creación prodigiosa, perfecta. ¡Multiplique ahora esa perfección por todos esos millones de millones de gotas!
Al señor Nebot le maravillaba la infinita complejidad de los seres y las cosas, y en todo veía la mano del Creador. Recuerdo que en la bandeja trasera de mi Hardy llevaba una piña seca que había cogido en una excursión al monte. El señor Nebot la observaba y la tocaba, y decía:
—¿Se da cuenta del tiempo que tardaría un artesano en tallar una figura como ésta? ¡Y seguro que no le saldría tan hermosa!
Pero también en la obra del hombre veía la mano de Dios. Por entonces, en las cocinas de los pisos de cierta categoría solíamos instalar un desagüe auxiliar con triturador de residuos. El señor Nebot me explicó una vez su funcionamiento, y luego dijo:
—¿No le parece increíble que Dios haya sido capaz de crear al ser humano, que es capaz de idear algo así?
Lo del triturador, por cierto, era cosa de Justo, dice Elvira Solé. Una de las empresas que representaba fabricaba accesorios y equipamientos para cocinas: fregaderos, extractores… Alguien que se dedicaba a vender esas cosas dependía para todo de los constructores, y el señor Nebot era en aquella época uno de los fuertes. Al principio, cuando les veía salir juntos de San Gregorio Taumaturgo, me parecía la cosa más normal del mundo. Daba por sentado que los dos pertenecían al mismo ambiente, el mismo barrio, la misma clase social, y no podía extrañarme que tuvieran también las mismas costumbres, como por ejemplo ir a la misma hora a la misma iglesia. La primera vez que hablé con él no varió la impresión que me había formado antes de conocerle. Supongo que fue por su comentario sobre el nombre de mi Gordini. Mientras se despedían, el señor Nebot tardó un poco en entrar en el coche, y no sé cómo fue pero la cuestión es que dijo algo sobre mi Hardy. Entonces Justo, pronunciándolo a la francesa, preguntó:
—¿Hardy por Françoise Hardy?
—No —dije yo, avergonzada—, Hardy por Oliver Hardy, el gordo del Gordo y el Flaco.
Y me pareció que ese pequeño detalle indicaba lo distintos que eran nuestros mundos: el suyo, un mundo de tocadiscos nuevos, cantantes de moda y palabras francesas, y el mío, un mundo de diversiones ruidosas, cines de barrio y castañas asadas.
El señor Nebot tenía un hijo que era un tarambana, un bala perdida, dice Elvira Solé. Se llamaba Joaquín, como el padre, pero algunos le llamaban Quim, otros Quino, otros Quinito… Nadie le llamaba Joaquín, un nombre demasiado serio para alguien como él. Era como si hubiera nacido para ser un adolescente perpetuo y no llegar nunca a convertirse en adulto. Había empezado cuatro carreras y en ninguna había pasado de primero. Salía todas las noches y sus juergas eran legendarias. En la mili habían estado a punto de formarle consejo de guerra porque, en lugar de volver a su cuartel en Ceuta después de un permiso, decidió quedarse en Algeciras, en un puticlub o algo así… ¡A saber los hilos que tuvo que mover su padre para que no le acusaran de prófugo, o de desertor, o de lo que fuera! Eso sí, lo que no se podía negar es que era muy salao, y hasta los maridos se reían de los chistes que hacía sobre los culos gordos de sus mujeres. La verdad es que tenía gracia. Desde luego, no parecía hijo de su padre. Ni hermano de sus hermanos. ¡Con lo formales que eran todos en su familia, y él siempre de juerga y jijí-jajá y viva la Virgen! Se juntaba con gente de todo pelaje: actores, músicos, marineros, prostitutas, simples borrachos… A veces se metía en peleas y acababa con un ojo morado. Por aquella época hizo una trastada de las grandes. No sé qué pudo ser. Lo único que sé es que el señor Nebot tuvo que ir una mañana a sacarlo de comisaría. Y eso lo sé porque yo misma, a la salida de misa, lo llevé en mi Hardy. La policía debía de haberle avisado algunas horas antes, pero el señor Nebot no parecía tener prisa.
—Aparque en esa esquina y espéreme —me dijo cuando llegamos a comisaría.
Al cabo de media hora los vi aparecer. Quim llevaba la camisa por fuera del pantalón, pero por lo demás no tenía mal aspecto. Anduvieron unos cuantos metros y el señor Nebot le hizo parar. Desde donde yo estaba no podía oírles, pero los gestos de uno y otro resultaban elocuentes: el padre señalándole con el índice, el hijo asintiendo avergonzado. Luego echaron a andar hacia mi Hardy. El señor Nebot se sentó, como siempre, en el asiento trasero y, cuando Quim se disponía a entrar en el coche para ponerse a su lado, el padre le detuvo con un gesto y le dijo:
—Tú delante.
Era su forma de decirle que a partir de ese momento le iba a tratar como a un empleado, y no como a un hijo. Al día siguiente empezó a trabajar en la empresa. El señor Nebot quería tenerlo bien amarrado y trató de imponerle sus propios horarios. Los primeros días iban juntos a la iglesia y luego yo los recogía para ir a la oficina. Pero eso duró poco, y al cabo de una semana Quim ya sólo aparecía cuando la misa estaba a punto de acabar. Se sentaba a mi lado en el morro de mi Hardy y, fumando el primer cigarrillo del día, esperábamos a su padre. Es verdad que me gustaba, no lo puedo negar. Pero es que Quim nos gustaba a todas las chicas de la oficina. Guapo, divertido, hijo del jefe, con fama de canalla: ¿cómo no nos iba a gustar? Que fuera un completo inútil no le restaba ni un ápice de encanto. No sabía manejar la calculadora, era incapaz de escribir a máquina, carecía de aptitudes para las ventas… Y, lo peor de todo, no tenía el menor interés en aprender. Ah, pero era el hijo del jefe, y hubo que ponerle un despachito donde pasara las horas. De la noche a la mañana, se había convertido en nuestro flamante jefe de compras. Pero eso y nada venían a ser lo mismo, porque de las compras, como de tantas otras cosas, se ocupaba personalmente el señor Nebot. Llegaba Quim a su despacho, colgaba la americana en el perchero y se ponía a hablar por teléfono con unos y con otros. Él a eso lo llamaba hacer negocios; los demás lo llamábamos holgazanear. De vez en cuando recibía a algún amigo o conocido que no siempre tenía que ver con el trabajo. Justo empezó pronto a frecuentar el despachito, y desde mi mesa, que estaba en el otro extremo de la oficina, les oía reír y les veía fumar.
Para entonces ya me había dado cuenta de que Justo no pertenecía a la misma clase que los Nebot, dice Elvira Solé. Esas cosas se notan: un gesto inadecuado, una sonrisita servil, una pequeña vacilación… Durante un tiempo, viéndole hablar con el señor Nebot a la salida de la iglesia, me había parecido un joven extremadamente atento. Ahora comprendía que lo suyo no era atención. Lo suyo era un constante estar alerta, al acecho de la oportunidad. Como los perros cazadores. Y eso de ir todos los días a misa, a esa misa en particular, empezó a parecerme sospechoso… ¿De verdad era tan religioso como aparentaba? San Gregorio Taumaturgo no era una parroquia cualquiera. Al lado del campo de fútbol del Español, en uno de los mejores barrios de la ciudad, el barrio en el que vivían los funcionarios franquistas y los hombres de negocios…: si en aquella época algún trepa se hubiera propuesto frecuentar una iglesia sólo para codearse con los ricos y los poderosos, ¿cuál habría escogido que no fuera ésa? Se me ha escapado la palabra. He dicho trepa. Pero es que pronto empecé a ver a Justo como un simple trepa. Sus aproximaciones al señor Nebot no habían ido mucho más allá del mero intercambio de impresiones a la salida de misa. Que yo recuerde, había conseguido colocarle una partida de trituradores, otra de extractores para los garajes y creo que nada más: muy poca cosa para las molestias que se estaba tomando. Cuando Quim empezó a aparecer por la iglesia, Justo debió de ver el cielo abierto. Si el viejo Nebot era duro de pelar, el joven se le presentó enseguida como una presa fácil. Inexperto, atolondrado, manejable, hijo del dueño y, al menos en teoría, jefe de compras de la empresa. Ganarse su confianza no le resultó complicado. Justo era de los primeros en salir de misa. Venía directamente hacia mi Hardy y, antes de que llegara el señor Nebot, le daba tiempo de sostener con Quim una breve conversación. ¡Qué astuto era! Parecía cualquier cosa menos un embaucador: hacía siempre comentarios simpáticos, se interesaba por los asuntos de los demás, fingía prestar la misma atención a lo que decía la secretaria que a lo que decía el hijo del jefe… Y, lo más importante, lograba que su humildad pareciera sincera cuando alguien le preguntaba por su vida o su trabajo. Ni siquiera le incomodaban las indirectas que yo le lanzaba de vez en cuando. Porque yo ya sabía de qué pie cojeaba: ¡al bueno de Quim se la podía dar con queso, pero a mí te aseguro que no! Sus visitas a la oficina comenzaron pocas semanas después. Aparecía con cualquier excusa (dejarle unas revistas, enseñarle unas fotos o unos catálogos) y pasaba directamente al despachito. Yo les veía darse un apretón de manos y encenderse los cigarrillos, y me sonreía para mis adentros porque estaba segura de que el tiro le iba a salir por la culata: los negocios con Quim difícilmente podían llegar a buen puerto. ¿Estaba celosa de Justo? Posiblemente. Pero no porque estuviera enamorada de Quim, sino porque Justo y yo pertenecíamos a la misma clase social y, mientras yo seguía siendo una simple empleada, él había conquistado sin mayores problemas la camaradería de uno de los Nebot. ¡Qué irritante me resultaba esa relación!
En aquella época no era como ahora, que hay tantos bares para la gente joven, dice Elvira Solé. Había, es verdad, muchos bares de barrio, pero bares para los que entonces teníamos veintipocos años había poquísimos. Y, claro, siempre estabas encontrándote con unos y con otros. Por esa zona, la zona bien de la ciudad, estaban el Sándor, que era más bien para señorones, y el Peppermint y el Tejada… Pero el que estaba más de moda era el Taita. Un local estrecho, oscuro, con un cuartito al fondo en el que se fumaba hachís… ¡Hachís! Aquello era todavía novedoso en Barcelona, y no debía de haber muchos otros sitios en los que los hijos de la burguesía se reunieran para fumar drogas a escondidas. Yo, por supuesto, no fumaba: hasta para eso había que formar parte del cogollito. Pero saber que alguien estaba fumando ahí al lado bastaba para hacerme sentir más moderna, más europea… Muchos de los habituales del Taita se conocían de los veraneos en Cadaqués. Era casi una pequeña sociedad, un grupo cerrado que se veía diariamente, en Barcelona durante el año y en Cadaqués durante las vacaciones. El dueño del bar los conocía a todos por sus nombres y conocía a sus familias. Les fiaba las consumiciones porque sabía que siempre podría reclamárselo a sus padres, y los papeles con las cuentas que iban acumulando colgaban de unos hilos encima de la barra. A mí ese detalle me parecía bonito y original: esos papeles que se agitaban suavemente cuando alguien abría la puerta y entraba algo de corriente. Los que tenían derecho a un papel de ésos eran los escogidos, la gente del Taita. Yo, desde luego, jamás me habría atrevido a pedir nada a cuenta. ¿La razón? La misma por la que no se me habría ocurrido meterme en el cuartito del fondo y pedir una calada de hachís. Sencillamente, no formaba parte del club. Entonces salía todavía con mis amigas de siempre. Éramos amigas desde el colegio: Araceli, María Jesús, Cristina… Los padres de Araceli tenían un puesto de encurtidos en el mercado de la Concepción, el de María Jesús un taller de reparación de bicicletas, el de Cristina trabajaba de carpintero en la Monumental… Éramos del mismo barrio y de la misma clase social y, cuando íbamos a bares como aquéllos, estar juntas nos hacía sentir más seguras de nosotras mismas. De los del Taita solíamos decir que, aunque no lo parecieran, eran tan pijos como los del Peppermint o el Tejada. Si hablábamos de ellos, lo hacíamos con desdén, como si estuviéramos acostumbradas a tratar con gente así y no los encontráramos ni interesantes ni atractivos. Pero luego, si alguno nos hacía un poco de caso, nos emocionábamos y nos poníamos coloradas. En el fondo, nada nos habría gustado más que formar parte de ese grupito de asiduos… ¿Por qué, si no, seguíamos yendo casi todas las semanas? El que no tardó en convertirse en uno de ellos fue Justo. Supongo que la amistad con Quim pesaba mucho. Comenzó a dejarse ver por el Taita en la época de las visitas a la oficina, y al cabo de un mes parecía que llevaba toda la vida yendo. Yo pensaba: Sí, le hacen caso y hasta le ríen las gracias, pero todos se dan cuenta de que no es más que un advenedizo, un impostor… Sólo había que ver cómo iba vestido: unas chaquetas más bien ostentosas, unos pantalones y unos zapatos a los que nada más les faltaba la etiqueta con el precio. Al lado de los otros, que no daban la sensación de preocuparse demasiado por la ropa, saltaba a la vista que era un nuevo rico. Pero una tarde, mirando de reojo los papelitos con las cuentas, vi su nombre en uno de ellos: Justo Gil Tello. ¡Sí que iba rápido ese hombre, que ya hasta en el Taita le fiaban! La cuestión es que yo le prestaba una atención de la que él no podía ser consciente, y me fijaba en cada detalle, cada cambio, cada novedad. Me fijaba, por ejemplo, en su ropa. En muy poco tiempo dejó de llevar esos trajes suyos de nuevo rico y adoptó el estilo de Quim y los demás. María Jesús decía que iban disfrazados de existencialistas franceses: siempre de negro, con pantalones estrechos, con jerséis de cuello de cisne. Eran en general prendas baratas, compradas en cualquier sitio, porque allí todos se conocían y no tenían que demostrar nada a nadie. Pues bien, Justo empezó a vestir como ellos. Pero si ellos, vistiendo ropa de pobres, parecían ricos disfrazados de pobres, él, con esas ropas, parecía un pobre disfrazado de rico disfrazado de pobre. O sea, pobre sin más, no sé si me explico.
A mi amiga Araceli le gustaba Justo, dice Elvira Solé. Mejor dicho, le encantaba. Decía:
—No es muy alto, tampoco muy guapo, pero qué simpático parece…
Yo no sabía qué hacer para quitárselo de la cabeza. No podía decirle lo que pensaba de él porque seguramente habría sido peor. Y ellos intercambiaban sonrisas en el bar, y Araceli, nerviosa, me susurraba:
—Tú que lo conoces dile algo o preséntamelo o queda con él para más tarde, ¡haz algo!
No hizo falta que hiciera nada porque la propia Araceli espabiló y, poco después, cada vez que íbamos al Taita, pasaba más tiempo con Justo que con nosotras, sus amigas. Y la verdad es que no hacían mala pareja: ella con veintipocos años, él cerca de los treinta… Yo en esos momentos odiaba a Araceli, y ella, que me notaba rabiosa, me decía luego:
—¿Qué pasa?, ¿que te gusta Justo? Pues, si no te gusta, ¿por qué estás así? ¡Qué mal carácter se te está poniendo, Elvira!
Y en el fondo tenía razón, porque yo misma era incapaz de explicar los motivos de mi rechazo. ¡El que se pica, ajos come! La relación entre ellos no llegó a nada, al menos no entonces, pero bastó para que Araceli se hiciera un poco amiga de Quim y los otros. Y, claro, también María Jesús, Cristina y yo los tratamos en esa época un poco más. Recuerdo que una vez, mientras charlaba con alguien del grupo, me descubrí a mí misma ocultando mi origen social. Hablaba con una ambigüedad calculada, insinuaba una relación de amistad con los Nebot que, por supuesto, estaba lejos de existir… En un momento dado, miré a María Jesús y a Cristina, que me estaban escuchando, y me sentí ridícula. Ellas, tan arregladas, tan vulgares, eran mi mundo, y no Quim ni su padre ni sus amigos. Así era y así tenía que aceptarlo. Después de aquello estuve una temporada sin aparecer por el Taita. Araceli, en cambio, seguía yendo por su cuenta y se metía con el grupito en el cuarto del fondo. Un día, como quien revela un secreto importantísimo, me dijo:
—¿Sabes una cosa?, ¡me he enterado de que son comunistas!
Yo repliqué con sequedad:
—¡No seas ingenua!, ¡ésos tienen de comunistas lo que yo de obispo!
Araceli, confundida, dijo:
—Si no son comunistas, anarquistas. No sé. Son… algo.
Entonces, lo de fumar hachís y hacerse comunista o anarquista (o, como decía Araceli, algo) era un poco lo mismo. Como escuchar discos de grupos extraños o prestarnos los libros del marqués de Sade o ver películas polacas. La cuestión era estar en contra, hacer lo que nuestros padres no querían que hiciéramos.
A Justo y a Quim los seguía viendo en la oficina, dice Elvira Solé. Y seguía pensando que el trepa de Justo había ido a llamar a la puerta equivocada. ¿Conseguir cerrar algún trato gracias a Quim? ¡Ja! ¡Hasta ganándose la confianza del conserje tendría más posibilidades de lograr algo! Eso pensaba yo, pero me llevé una sorpresa. Una mañana, pasando por delante del despachito, me llegaron retazos de su conversación. Justo parecía tenso, o irritado. Decía:
—No me puedes hacer esto. Tú me dijiste que la cosa iba en serio y yo ya he formalizado el pedido. Si ahora me dices que no, me dejas con el culo al aire…
Y Quim, acobardado, replicaba:
—Pero ¿te fías de mí o no te fías de mí? Dime, Justo. ¿Te fías de mí o no?
Por las frases sueltas que padre e hijo intercambiaban algunas mañanas en mi Hardy fui enterándome de cuál era el asunto que Justo y Quim se traían entre manos. Una promoción de más de cien viviendas, una partida de campanas para hornos, unos precios que escapaban ligeramente al presupuesto pero unas calidades que según Quim no tenían competencia… Era sólo cuestión de atar cabos: Justo, campanas para hornos, Quim, dinero… Yo sabía que se trataba de una promoción más bien económica, en la que no estaba previsto ningún acabado de lujo, y me molestaba ver cómo el señor Nebot iba poco a poco cayendo en la trampa. El señor Nebot, con su fama de negociador astuto e irreductible, estaba sucumbiendo a los ardides de Justo sólo porque éste había acertado a atacarle por su flanco más vulnerable: su hijo. ¡Qué falso me parecía Quim con su repentino entusiasmo por las cosas de la empresa! Pero nada podía halagar tanto al señor Nebot como los propósitos de enmienda de su hijo tarambana. Haremos tal cosa y tal otra, y la haremos así y asá, decía. Yo me encargaré de que todo salga bien, fíate de mí, papá, esta vez no te fallaré… Y el señor Nebot se aferraba a la ilusión de que el inconsciente de Quim aún podía convertirse en el hijo serio, trabajador y responsable por el que siempre había suspirado. Yo, al volante de mi Hardy, tenía que morderme la lengua para no decir: ¡No le haga caso, señor Nebot! ¡No se deje engañar! ¿No se da cuenta de que éste y su amigo sólo buscan sacarle dinero? A qué arreglo habían podido llegar ellos dos, yo ni lo sabía ni me interesaba. Y a lo mejor ni siquiera habían llegado a ningún arreglo. A lo mejor Quim estaba favoreciendo a Justo sólo porque lo consideraba su amigo, o porque le pagaba las copas en el Taita, o vete a saber. La cuestión es que con operaciones como aquélla todos parecían salir ganando: Justo porque se llenaba los bolsillos, el señor Nebot porque creía estar enderezando a su hijo, éste porque por fin podía dejar de comportarse como un gandul… ¡Había que ver qué humos gastaba Quim de repente! Viéndole, cualquiera pensaría que era el presidente de una multinacional o algo así: ¡Señorita, tráigame inmediatamente tal expediente!, ¡diga a no sé quién que estoy reunido!, ¿pero es que no me ha oído cuando le he dicho que quería ver esos albaranes? Y siempre era yo, yo, yo: ¡Yo he hecho tal cosa, yo he ordenado tal otra, yo he dicho…! Parecía haber descubierto el placer de tomar decisiones y dar instrucciones y comportarse como alguien seguro de su poder, y probablemente eso era lo que el señor Nebot quería. Por supuesto, vinieron más operaciones como la de las campanas para hornos, y el señor Nebot no sólo no desconfiaba de Justo sino que le trataba cada vez mejor. Estaba claro: lo veía como una influencia positiva para su hijo, el artífice de su transformación, y eso lo justificaba todo.
—O sea que nos harás un buen precio por esos ventiladores, o sea que los tendremos para primeros de mes… —le decía, palmeándole la espalda.
Yo cada vez tenía más rencor pero menos argumentos contra Justo y contra Quim, y de vez en cuando, viéndoles exhibir su imagen de prósperos hombres de negocios, murmuraba para mí: ¡Menudos comunistas estáis hechos! No volví por el Taita hasta poco antes de la redada. Para entonces ellos habían empezado ya a frecuentar Bocaccio, pero nosotras todavía no. Nosotras íbamos siempre un par de pasos por detrás, y el mundo de Bocaccio nos parecía inalcanzable. ¿Qué pintábamos allí unas chicas como nosotras, que no éramos modelos ni actrices ni escritoras y que no pertenecíamos a ninguna de las familias ilustres de la ciudad? Pero que Quim y su grupo frecuentaran Bocaccio no quiere decir que hubieran desertado del Taita. Seguían yendo más o menos como siempre, sólo que ahora nada más hablaban de las cosas que les pasaban en Bocaccio. Sus conversaciones estaban plagadas de sobreentendidos. Ni siquiera decían la palabra Bocaccio porque no hacía falta. Decían lo que habían visto u oído, y se daba por supuesto que lo habían visto u oído en Bocaccio. Y decían nombres pero no apellidos, y todos teníamos que saber quiénes eran ese Oriol o esa Serena o ese Joan que no necesitaban apellidos, o por lo menos teníamos que simular que lo sabíamos. Esos fingimientos hacían que mis amigas y yo nos sintiéramos expulsadas de sus conversaciones y de sus vidas. Araceli, María Jesús, Cristina, yo…: cuatro buenas chicas, cuatro chicas de barrio. Habíamos creído acercarnos al centro de algo, no sabíamos muy bien de qué, y de repente ese centro se había desplazado y volvíamos a estar en la periferia. Qué triste era ver que el centro nunca estaba donde nosotras estábamos… De todos modos, aún pasaban algunas cosas fuera de Bocaccio. Por ejemplo, la redada. Era un sábado. Yo no estaba aquella tarde en el Taita pero María Jesús y Araceli sí, y por lo que me contaron todo fue muy rápido. Entraron ocho o diez policías, fueron directamente al cuartito del fondo y se llevaron en un furgón a todos los que en ese momento estaban fumando hachís. Eran seis: Justo, Quim, dos hermanos que se llamaban Alberto y Miguel, y dos chicas francesas delgadísimas que parecían modelos de Mary Quant. A las chicas las soltaron enseguida, y Araceli me dijo que salieron de comisaría temblorosas y asustadas, con el rímel corrido a causa de las lágrimas. Araceli, María Jesús y otros del bar habían ido a esperarles a la salida. Yo llegué algo más tarde, y las dos francesas, aún nerviosas, decían que los policías les habían preguntado por las personas que les vendían el hachís pero también por sus ideas políticas.
—¿No te dije que eran comunistas o algo? —me susurró Araceli al oído.
Enfrente de la comisaría había una cafetería que daba platos combinados. Alguien dijo que cenáramos algo mientras esperábamos, y me quedé. El simple hecho de estar allí, al lado de los habituales del Taita, me hacía sentir que también yo formaba parte del grupo. Que ésa era mi gente, aunque sabía muy bien que no lo era. Las francesas, convertidas en el centro de atención, repetían incansables su versión de los hechos, y un chico que estudiaba Derecho hacía conjeturas sobre el tiempo que podríamos pasarnos esperando a que les soltaran.
—¡Con la ley en la mano pueden tenerlos hasta setenta y dos horas detenidos antes de mandarlos al juez! —decía y, con ese extraño entusiasmo con que se dan las malas noticias, añadía—: ¡Pero como decidan pasarse la ley por el forro…!
Setenta y dos horas eran muchas horas, y ninguno de nosotros deseaba esperar tanto tiempo. Algunos pusieron cualquier pretexto y se marcharon. Yo misma no sabía por qué seguía esperando. Al cabo de un rato, cuando ya los camareros apilaban las sillas y pasaban la fregona, notamos movimiento a la salida de la comisaría. Vimos a Quim y a Alberto y a Miguel, y salimos para que nos vieran.
—¿Y Justo?, ¿por qué a Justo no le han soltado? —preguntó Araceli, que ya he dicho que estaba un poco enamorada de él.
Buscamos un bar abierto, y Quim dijo:
—Nos han tenido unas cuantas horas esperando y luego nos han interrogado. En realidad, lo del hachís no les importa tanto. Más bien no les importa nada. Esta gente anda detrás de algo más grande.
Dijimos:
—¿Más grande? ¿Qué quieres decir? ¿Y por qué a vosotros os han soltado y a Justo no?
Quim había adoptado el aire furtivo de los conspiradores y utilizaba expresiones como resistencia antifranquista, revolución popular o lucha clandestina. ¿Qué estaba pasando? ¿Podía ser que me hubiera equivocado y que de verdad Quim y Justo y los demás fueran comunistas o anarquistas o algo? De repente pensé que los revolucionarios eran una especie de agentes secretos y que muchas de las cosas que hacían las hacían para no levantar sospechas: los negocios, por ejemplo. Miré a Quim y me pareció más atractivo que nunca, enaltecido por virtudes que nunca antes le habría atribuido: la firmeza de convicciones, la fe en una misión superior, el arrojo ante el peligro, la aptitud para el sacrificio. Y pensé en Justo, y su imagen empezaba ya a transformarse en mi interior. ¿Por qué a los demás los habían soltado y a él lo habían retenido? ¿Tal vez porque las mismas virtudes que los otros tenían en mayor o menor medida él las tenía en grado sumo? Quim seguía hablando de las preguntas sobre política que le habían hecho en el interrogatorio, y nada nos parecía más presente que la ausencia de Justo. Las especulaciones sobre sus antecedentes por actividades políticas se multiplicaban, y su prestigio crecía en la misma medida que nuestra preocupación.