El día de mañana

Ignacio Martínez de Pisón · Capítulo 29 de 32

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El día de mañana

Habla Manel Pérez

—Ahora sabes por qué Landa lo está buscando; lo que no sabemos es para qué.

Dije:

—Eso sólo quiere decir una cosa.

—¿Qué? —dijo Campos.

No me apeteció contestarle, pero eso quería decir que habían dado cuerda al juguete, y ahora no sabían cómo pararlo. O, mejor dicho, que al juguete ya no había quien lo pudiera parar.

 

Habla Manel Pérez

¡Qué alivio sentí cuando apareció publicado mi reportaje en Primera Plana y me alejé por fin de aquel mundillo de la ultraderecha!, dice Manel Pérez. De la noche a la mañana tuve que inventarme nuevas costumbres para reemplazar las viejas, y los lugares que antes frecuentaba pasaron a estarme vedados, y dejé de tener amigos y compañeros de correrías, y las chicas cachondas de Fuerza Joven desaparecieron de mi vida… De golpe supe lo que era la soledad, pero qué a gusto estaba sintiéndome solo… Paseaba por las calles como supongo que lo hacen quienes acaban de salir de prisión: descubriéndolo todo otra vez, viendo el mundo con una mirada nueva, distinta. Si alguien me hubiera dicho que la ciudad me iba a parecer más bonita y la gente más amable y la vida mejor, no me lo habría creído. Pero así era, hasta tal punto nuestro estado de ánimo modifica lo que nos rodea. Incluso en casa las cosas habían mejorado. Mis padres, tan correctitos, tan decentes, en el fondo tan lastimosos, ya no me repugnaban tanto. Los veía todas las tardes salir del bracete, y sus rutinas hasta me hacían gracia. Por ejemplo, su manera de planificar el paseo, que era siempre la misma. Primero extendían sobre la mesa del comedor las cartas de mi padre para sus clientes. Luego las ordenaban por sus direcciones y formaban con ellas una especie de herradura que representaba un itinerario completo de ida y vuelta. Finalmente hacían un ordenado montoncito con las cartas y ahí estaba ya la ruta que carta a carta seguirían esa tarde, muy dignos los dos, mi padre con sus piernas cortas y su trotecillo saltarín, mi madre con sus pañuelos cursis y sus suspiros, parándose cada tantos metros en un comercio o un portal para entregar en mano la siguiente carta o meterla en el buzón. Lo hacían, claro está, para ahorrarse los sellos, pero sobre todo porque eso dotaba al paseo de un sentido y una finalidad: no era un simple pasear por pasear. Recuerdo que las cartas que no encajaban en el trayecto programado eran apartadas y quedaban a la expectativa de futuros trayectos. Cuando una carta, acaso porque iba destinada a un barrio alejado, tardaba varios días en salir, mi padre acababa poniéndole un sello, y debajo de la dirección escribía en letras bien grandes la palabra CIUDAD, lo que yo siempre interpreté como una manera de recordar a los funcionarios de correos que el franqueo correspondiente tenía tarifa local y no provincial… Ése era el mundo de mis padres, ahorrador, metódico, un mundo que yo siempre había desdeñado y por el que pronto tuve que empezar a preocuparme.

Estaba escrito que la Gran Catástrofe comenzaría manifestándose a través del teléfono, dice Manel Pérez. Y así fue. Sonó el teléfono una noche, la habitual sensación de alarma invadió la casa, y mi padre salió al pasillo pronunciando su ya clásico lo-cojo-yo, lo-cojo-yo. A diferencia de las otras veces, no llegó después el esperado instante de alivio sino una confusa serie de preguntas y protestas: ¿Quién es usted?, ¿qué está usted diciendo?, ¿quién le da derecho a…? Cuando mi padre colgó, los demás le observábamos desde distintos puntos del pasillo. Era evidente que la Gran Catástrofe acababa de hacer acto de presencia. Mi padre me miró y dijo nada más:

—¿Qué has hecho, hijo mío?

Sorprendentemente, su reacción y la de mi madre fueron bastante menos histéricas de lo que habría podido esperar. Era como si la constante y sistemática prefiguración del desastre hubiera acabado restándole gravedad, como si tantos años de temores les hubieran preparado y fortalecido, y ahora casi acogían con alivio el que la eterna amenaza se cumpliera por fin y la prolongada incertidumbre se disipara. Así que era esto, parecían decir, y mi padre sacudía la cabeza y añadía algo así como:

—¿Por qué creéis que nos amenazan estos energúmenos? Porque en esta casa sieeempre hemos sido liberales, sieeempre liberales… ¿No llevo toda la vida diciéndolo?

Al principio fueron llamadas telefónicas: una voz diciendo que las cosas no iban a quedar así, que a partir de entonces ni yo ni mi familia podríamos dormir tranquilos. Después las amenazas venían en forma de notas mal caligrafiadas y fotos Polaroid de nuestro portal, de la oficina de mi padre, de la iglesia en la que mis padres asistían a misa. Más tarde, en varias fachadas de la calle aparecieron unas pintadas con el ¡MANU, TRAIDOR! al lado del tradicional ¡FRANCO, PRESENTE! Y una noche, finalmente, lanzaron desde un coche en marcha un cóctel molotov que se estrelló contra una pared cercana y no causó apenas daños… Después de aquello, me mudé a un piso de estudiantes en el barrio de Gracia, y los fachas me perdieron la pista y poco a poco fueron cesando las pintadas y los ataques a casa de mis padres.

Si me mudé fue para no causar más zozobra a mi familia, pero también para poder seguir escribiendo sin miedo a represalias, dice Manel Pérez. Uno de mis profesores de la facultad me recomendó a varias personas de la profesión, y gracias a eso conseguí que en el periódico Tele/Exprés me encargaran alguna crónica de tribunales y me contrataran un par de reportajes. Eran nuevamente reportajes sobre la ultraderecha catalana, pero con pocos datos novedosos y muchas vaguedades. La actualidad avanzaba muy deprisa. Después del atentado contra El Papus, mi información había quedado envejecida, y lo malo era que no había ninguna manera de recuperar mis antiguas fuentes. Un día me llamaron del periódico para leerme un mensaje que habían dejado para mí. Era de Justo, que quería hablar conmigo y el lunes siguiente acudiría a hacerme una visita a la redacción. Pedí que me volvieran a leer el mensaje. ¿Hablar conmigo? ¿Hacerme una visita? ¿Habían sido exactamente ésas sus palabras? Y si había utilizado exactamente esas palabras, ¿las había pronunciado con un tono que pudiera considerarse amenazador? Yo no sabía qué mensaje era el que de verdad me estaba transmitiendo. ¿Que me tenía localizado? ¿Que podía ajustarme las cuentas cuando y como quisiera? Estábamos en enero del 78 y yo aún no había cumplido los veinte años. ¿Iba a tener que pasarme toda la vida escondiéndome de mis antiguos camaradas? La única manera de averiguar sus intenciones era acudir a la cita. Eso hice. Debido a los recientes atentados contra medios de comunicación, se habían instaurado medidas de control en los accesos, así que precisamente en el periódico era donde menos tenía que temer. Por si acaso, algunos de mis compañeros estaban avisados. Me dejaron una mesa libre, separada por una mampara del resto de la redacción. Justo llegó sólo unos minutos después de la hora convenida. Llevaba el pelo sucio, iba mal afeitado y me pareció que cojeaba más que nunca. Le invité a sentarse y él pensó que yo tenía mi propia mesa de despacho. Señaló unos recortes de periódico clavados con chinchetas al corcho de la mampara y, creyendo que eran artículos míos, dijo:

—Esa mierda que escribes no vale nada…

Lo dijo sin agresividad, constatando nada más.

—¿Qué quieres, Justo?, ¿a qué has venido? —dije, y él se acarició la cadenita de la bala que llevaba colgando del cuello y dijo:

—A ayudarte. Somos amigos, ¿no?, y los amigos se ayudan entre ellos…

Permanecí inmóvil. Prosiguió:

—¿Por qué los periodistas escribís sin saber? ¿Por qué inventáis tanto? No sólo tú. Todos. Sobre la bomba de El Papus he leído auténticos disparates. La cuestión es llenar páginas, ¿no?, y da lo mismo si lo que dices es verdad o mentira. ¿Quieres saber quién está metido en lo de El Papus? Tú los conoces a todos…

—¿El Padrino?

—Claro, hombre. Y a los demás también. Pregúntame, pregúntame: para eso estamos los amigos…

Me retrepé en mi asiento y dije:

—¿Qué buscas, Justo? Porque si lo que buscas es vender información…

Justo hizo el gesto de quien acaba de acordarse de algo importante:

—¡Por cierto, enhorabuena! Me engañaste. Me engañaste de verdad. Sabía que eras distinto de los otros chicos, pero nunca sospeché de ti. Para mí eras un auténtico ultra, no uno que sólo lo finge… Lo hiciste muy bien. El reportaje estaba bien escrito, ¡y qué convincentes resultaban las fotos con el bazooka! Enhorabuena, de verdad…

—¿Qué buscas? —volví a decir—, ¿qué es lo que quieres?

—Nada. Que hagas tu trabajo, y yo haré el mío.

Se levantó y a través de la ventana observó el hormigueo incesante de gente en la calle Tallers.

—Babilonia, Babilonia… —susurró, y sin volverse hacia mí añadió—: Dame tu número de teléfono.

Yo dudé un instante y Justo soltó una risita:

—No te fías, ¿eh?

Se lo anoté en un papel. Lo cogió, hizo un gesto de despedida y se fue.

Empezó a llamarme más o menos una vez por semana, siempre por la noche, dice Manel Pérez. Me llamaba y me decía:

—Escucha, Manu, escucha esto: «Los siete ángeles que tenían las siete trompetas se dispusieron a tocarlas. Y el primer ángel tocó la trompeta, y hubo granizo y fuego mezclados con sangre, y fueron arrojados a la tierra; y la tercera parte de los árboles fue quemada, y se quemó toda la hierba verde…».

Justo me llamaba siempre desde teléfonos públicos, y cada pocos minutos se oía caer una moneda. Entonces interrumpía un instante la lectura como para calcular el tiempo que le quedaba, y proseguía:

—«Y el segundo ángel tocó la trompeta, y algo como un gran monte ardiendo con fuego fue lanzado al mar; y la tercera parte del mar se convirtió en sangre. Y murió la tercera parte de los seres vivientes que estaban en el mar…».

Cuando terminaba de leer, guardaba unos instantes de silencio y después decía:

—Dime qué te parece, Manu, ¿eh?, ¿qué te parece…?

A la semana siguiente me volvía a llamar y me leía otro fragmento:

—«Del humo salieron langostas sobre la tierra; y se les dio poder, como tienen poder los escorpiones de la tierra. Y les fue mandado que no hiciesen daño a la hierba de la tierra, ni a ninguna cosa verde ni a ningún árbol, sino solamente a los hombres que no tuviesen el sello de Dios en sus frentes. Y les fue dado que no los matasen, sino que los atormentasen cinco meses; y su tormento era como tormento de escorpión cuando hiere al hombre. Y en aquellos días buscarán los hombres la muerte, pero no la hallarán; y desearán morir, pero la muerte huirá de ellos…».

Justo terminaba la lectura y hacía una pausa antes de comentar:

—Es impresionante, ¿no, Manu?, ¿no te impresiona…? —Y repetía—: «Buscarán los hombres la muerte, pero no la hallarán…, y la muerte huirá de ellos». ¿Te impresiona o no…?

Otra noche, algunas semanas después, me llamó y volvió a leer:

—«Ellos pelearán contra el Cordero, y el Cordero los vencerá, porque él es Señor de señores y Rey de reyes; y los que están con él son llamados, y elegidos y fieles…».

Aquí le interrumpí:

—Ya está bien, Justo. No sé qué pretendes ni qué me quieres decir, ni si vas en serio o me estás tomando el pelo. ¿Cuál era esa información tan valiosa que estabas dispuesto a pasarme? ¿Que te entretienes llamando a la gente para leerles trozos del Apocalipsis? ¿Eso es lo que quieres que publique? Seamos serios, hombre…

Justo se echó a reír.

—Si no te gusta, podías haberlo dicho antes. Ahora escucha. ¿Sabes algo de unos atracos a unos salones con máquinas tragaperras en Sitges, en Barcelona, en Sabadell…?

Dije:

—¿Me estás diciendo que investigue quién los cometió?

Dijo:

—No, idiota. Los atracos los cometí yo. Te estoy diciendo que investigues a los propietarios de esos salones. ¿Hace falta que te dé el titular? Aquí tienes uno: «Así se financia el terrorismo ultra». Suena bien, ¿eh?

Lo de los salones de juego era un auténtico tinglado, dice Manel Pérez. La propiedad de cada salón estaba repartida entre varias sociedades, que casi nunca eran las mismas y que a su vez podían estar participadas unas por otras a través de empresas interpuestas. Para complicar más las cosas, a la cabeza de algunas de esas empresas y sociedades figuraban simples testaferros. Aquí y allá, sin embargo, aparecían algunos nombres que me resultaban familiares: Miguel Gómez Benet, Carlos Sanfeliu… El atraco de enero contra el salón de Sitges no había pasado de causar destrozos en el mobiliario, y algo similar puede decirse de los atracos del mes de febrero, uno en el barrio de Les Corts en Barcelona, el otro en la Rambla de Sabadell a la altura de Ferrocarriles. En los tres casos, si rebuscaba entre las empresas propietarias, por un sitio u otro me acababan saliendo los nombres de Gómez Benet y Sanfeliu. Lo difícil era averiguar de qué otras sociedades eran accionistas y qué otros salones de juego pertenecían a esa red de sociedades. Yo no podía saberlo. Justo, al parecer, lo sabía, y con cada uno de sus nuevos atracos ampliaba mis conocimientos sobre la red. Ahora Justo me llamaba cada vez menos por teléfono, y yo tenía la sensación de que los atracos eran su manera de comunicarse conmigo. A primeros de marzo fue atracado un salón del paseo marítimo de Blanes, y un par de semanas después otro del centro de Tarragona. Al igual que en los otros casos, el botín fue mínimo y los destrozos grandes. Investigué la propiedad de ambos negocios y en uno de ellos me apareció el nombre de un tal Landa, que resultó ser hijo de un conocido comisario de Vía Layetana… Con ese material fui construyendo mi reportaje, que, sin dar demasiados nombres, se centraba en la financiación de la ultraderecha catalana y acababa sugiriendo algún grado de connivencia por parte de la policía. En la mesa de redacción de Tele/Exprés hubo quien, por miedo a demandas y represalias, desaconsejó la publicación del reportaje, que pese a todo acabó saliendo a doble página el primer domingo de abril. Esa misma noche, Justo me llamó para leerme nuevos versículos del Apocalipsis:

—«Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie delante de Dios; y los libros fueron abiertos; y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida. Y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras».

—¿Por qué lo haces? —dije.

—¿Por qué hago qué?

—Lo de los salones de juego, atacar los negocios de esos tipos…

—Porque se lo merecen —dijo—. ¿No crees que se lo merecen?

Luego volvió a leer algunos de los versículos sobre el Juicio Final y colgó. Ya está, el juego ha terminado, pensé, porque aquello sonaba a despedida. Pero no, el juego aún no había terminado. A la mañana siguiente, mientras me preparaba para ir a la facultad, oí por la radio que esa madrugada un incendio había destruido el salón Manila, situado en plenas Ramblas, al lado del hotel Oriente. Llamé al Tele/Exprés para que me ampliaran la información: había sido un incendio provocado, alguien se las había arreglado para colarse después del horario de cierre y arrojar dos cócteles molotov… Me acerqué a las Ramblas. Unos guardias impedían pasar más allá del perímetro de seguridad pero a través de las puertas abiertas se veía el local reducido a cenizas. Todo encajaba: la ira bíblica de Justo, los fragmentos del Apocalipsis, el gran fuego purificador, una sed de venganza que iba dirigida, sí, contra Gómez Benet y sus socios, pero sobre todo contra el mundo, contra el mundo en general. Ahora sí que Justo había completado su venganza, y no tardé en intuir que, después de aquel último golpe, desaparecería para siempre y nunca más volvería a atacar salones de juego.

No me equivocaba, dice Manel Pérez. Pero eso no quiere decir que aquella historia estuviera cerrada del todo. Una noche, cuando volvía a casa, un hombre se me cruzó a la altura del portal. Era un tipo corpulento, con grandes bigotes. Yo pensaba que era un vecino que se disponía a entrar, pero enseguida vi cómo me bloqueaba el paso con el cuerpo.

—¿Sabes quién soy? —dijo.

Negué con la cabeza.

—Soy Landa. Puede que Justo te haya hablado de mí. Creo que sois buenos amigos. Qué bien lo pasasteis aquellos días en Cubells, ¿eh?

Su tono de voz no pretendía ser afable, pero tampoco hostil. Yo contesté cualquier cosa, y Landa dijo:

—Ahora dime dónde está.

—¿Quién? ¿Justo Gil? No lo sé.

—¿Y qué más cosas no sabes? Porque en tus reportajes das a entender que sabes muchas cosas…

Lo que en realidad me estaba diciendo era que me tenían controlado. Que sabían que el Manel Pérez de Tele/ Exprés era el Manu Pérez de Fuerza Joven. Que sabían dónde trabajaba y dónde vivía. Que la policía no era tonta. Dijo:

—¿Piensas seguir sacando trapos sucios? Porque Justo puede haberte contado cosas que no son verdad, y no estaría bien que fueras por ahí publicando cosas falsas acerca de gente decente, ¿no te parece?

—Hace tiempo que no sé nada de él. Me llamó algunas veces pero no he vuelto a tener noticias suyas…

Me interrumpió, impaciente:

—¡Ya sé que te llamaba!

Luego hubo un momento de silencio, y Landa, esbozando una sonrisa, añadió una frase que sugería exactamente lo contrario de lo que pretendía expresar:

—A mí me gusta ir por las buenas…

Asentí con la cabeza, como diciendo que a mí también. Se apartó para dejarme pasar y dijo:

—Si te llega información nueva, tendrás que comprobar si es buena. No tienes más que llamarme a jefatura. ¿Me prometes que lo harás?

Volví a asentir con la cabeza.

—Buen chico —dijo Landa, y yo entré en el portal.

Desde aquel momento viví con una sensación no de miedo pero sí de inseguridad e indefensión. ¿De las palabras de Landa se deducía que habían intervenido mi teléfono? De ser así, ¿a quién acudir? Porque uno no puede ir a la policía a denunciar que precisamente la policía le ha pinchado el teléfono… Esa inseguridad y esa indefensión aumentaron cuando mis compañeros de piso descubrieron que alguien había entrado en el piso y lo había revuelto todo. Aunque habían registrado todos los cuartos, el desbarajuste mayor estaba en el mío. ¿Qué andaban buscando? No se habían llevado nada, pero es que tampoco había nada que pudieran llevarse: ni fotografías comprometedoras ni cassettes con revelaciones escandalosas ni borradores de reportajes acusatorios. Entre unas cosas y otras, mis compañeros empezaban a tratarme con algún recelo, y no podía reprochárselo. ¿Cómo reclamarles una entereza que ni a mí mismo podía exigirme? Si de verdad habían pinchado nuestro teléfono y registrado nuestras pertenencias, ¿qué garantías podía darles de que eso (o algo peor) no volvería a ocurrir? Pensé en cambiar de piso, pero eso no serviría para ponerme a salvo de la gente como Landa y tal vez sí para cortar mi vía de comunicación con Justo. Ése, en el fondo, era el problema: ¿qué hacer si Justo me llamaba para pasarme nueva información? ¿Tendría el coraje de publicar otro reportaje como el anterior, enfrentándome a Landa y a quién sabe cuánta gente más y poniendo en peligro no sólo mi seguridad sino también la de mis compañeros de piso? Se puede ser valiente cuando sólo se tiene que negociar con los propios temores, pero ¿qué grandeza hay en jugar con los temores ajenos? Al mismo tiempo que me hacía estos razonamientos, me acusaba a mí mismo de estar buscando subterfugios para rehuir mis responsabilidades. ¿Cuándo se había visto que un periodista renunciara a sus fuentes de información por unas amenazas que ni siquiera acababan de concretarse? En fin, todo en mí eran dudas y contradicciones y, si por un lado estaba esperando una nueva llamada de Justo, por otro deseaba que esa llamada nunca llegara a producirse. La consecuencia directa de todo esto fue que, a partir de cierta hora de la tarde, el sonido del teléfono empezó a transmitirme algo parecido a la angustia… Es ridículo, ¿verdad? Toda la vida burlándome de mi familia y de su miedo a la Gran Catástrofe y del lo-cojo-yo de mi padre, y de repente me descubría idéntico a ellos. Yo atenazado por los mismos temores atávicos de mi madre, yo remedando sin querer la ridícula solemnidad de mi padre, yo reconociendo en mí mismo algunos de esos rasgos lamentables contra los que creía estar inmunizado…

El dilema no llegó a plantearse porque Justo nunca volvió a llamarme por teléfono, dice Manel Pérez. Sin fuentes de información, difícilmente podía escribir nuevos reportajes sobre la ultraderecha, así que en mis siguientes colaboraciones para Tele/Exprés regresé a la plácida rutina de la crónica de tribunales. ¿Qué había sido de Justo? ¿Por qué desde la noche del ataque al salón Manila no había vuelto a dar señales de vida? Con el paso de los meses, su figura iba siendo desplazada por otros asuntos de la actualidad, y puede decirse que para el verano formaba ya parte del pasado. Ese verano me tocó cubrir las vacaciones de varios compañeros, y solía estar en la redacción desde las dos o las tres hasta la hora de cierre. Una tarde vino a verme un inspector de policía llamado Mateo Moreno. Era un hombre no muy alto pero fornido, de unos treinta años, que cuando hablaba daba vueltas a la alianza que llevaba en el dedo anular.

—¿Qué desea? —pregunté.

Dejó de jugar con el anillo para llevarse una mano al bolsillo.

—Teníamos un amigo común… —dijo, y me entregó una cadenita con una bala de plata—: Le suena, ¿verdad?

Observé la bala con atención: las iniciales JGT, el año 1939, el hueco para el año de la muerte. Ahora sí que podría grabarse ese año, el 1978, pero qué importaba ya…

—¿Qué le ha pasado? —dije—, ¿cómo ha sido?

—En Vallirana, en una casa que se estaba construyendo desde hacía años. Fueron a buscarle dos tipos y le pegaron unos tiros. Un ajuste de cuentas, seguramente. Creemos que los asesinos son neofascistas italianos. Ésos ya estarán fuera de España…

Volví a mirar la bala de plata. Dijo:

—Quédesela. Como recuerdo. Justo no tenía ni familia ni amigos…

—Gracias —dije, apretando con fuerza el puño.

—Ahora cuénteme lo que sepa de Justo.

Resumí mi relación con Justo desde mis escarceos con la ultraderecha hasta mi reportaje de abril, pasando por el campamento en la provincia de Lérida.

—Enséñeme lo que tenga, papeles, fotos, etcétera… —dijo.

—No tengo nada.

—Puede que ahí encontremos alguna pista.

—Ya le he dicho que no tengo nada —dije, y después de una pausa añadí—: Todo lo que sé está escrito y publicado. Si quiere, le hago fotocopias…