El día de mañana
Habla Mateo Moreno
La salida debía producirse a las siete de la tarde, exactamente cuarenta y ocho horas después del comienzo del encierro, dice Marc Jordana. Uno de los potentes reflectores que iluminaban la totalidad de la plaza nos enfocaba directamente mientras formábamos algo parecido a una fila y nos disponíamos a salir. Era una luz cegadora, como las de los patios de las cárceles en las películas americanas. Te daba la impresión de que, si te echabas a correr, te perseguirían los perros y alguien te dispararía por la espalda. Pero nadie pensaba en echarse a correr. Delante de la puerta, tres agentes iban tomando nota de nuestros nombres y domicilios. Una vez mostrado el carnet de identidad, nos metíamos en el hotel que había al otro lado de la plaza y pedíamos cigarrillos, café, algo de comer. El bar del hotel se llenaba por momentos, y al cabo de un rato no había quien pudiera dar un paso. El bullicio era tremendo. Aunque la presencia de los guardias en el exterior nos seguía intimidando, teníamos una inequívoca sensación de triunfo. Cantábamos canciones prohibidas, brindábamos con lo que tuviéramos a mano, nos abrazábamos unos a otros. Luego la gente empezó a distribuirse por los coches, y unos a los que acababa de conocer me dijeron que en el suyo tenían sitio para mí. Mientras seguía al grupito hacia el aparcamiento vi a Chantal de pie junto al Citroën. Estaba sola, y en su desvalimiento había algo enternecedor. De Justo no se había vuelto a saber nada desde el sábado por la noche. Me despedí del grupo y fui hacia ella, que al verme bajó la vista y sonrió con timidez. Estaba guapa, la verdad, con ese aspecto suyo de chica decente de provincias.
—¿Esperas a alguien?, ¿dónde se ha metido tu amiguito?, ¿no se habrá perdido? —pregunté.
Chantal primero se encogió de hombros y luego bajó la mirada. Se había cansado de hacer de niña mala y sabía que, como siempre, tenía asegurado mi perdón.
—Ese tipo no era nadie, un idiota, un paleto… —dijo.
Permanecimos callados unos cuantos segundos más, y al final señalé la puerta del coche.
—Vamos, vamos, que hace frío, ve encendiendo el motor… —dije.
Habla Mateo Moreno
Ahora Justo me pasaba información muy buena, buenísima, dice Mateo Moreno. Lo del encierro de Montserrat, del que siempre se ha dicho que lo supimos por Le Monde, lo avisé con tres días de antelación. Otra cosa es que Revuelta, que siempre intentaba desacreditar a mi confidente, no quisiera darse por enterado. Cuando empezaron a llegar noticias y vi que todo se estaba desarrollando tal como Justo había anunciado, me puse a dar saltos de alegría. Aquello fue para mí un triunfo. Un gran triunfo: ya nadie en jefatura discutiría mi instinto para elegir a mis colaboradores, y el comisario tendría que tragarse sus chistecitos de ¿no te habrás vuelto maricón?, ¿no será que ése y tú…? Para valorar la importancia de mi información hay que tener en cuenta la época. En aquel momento no dábamos abasto: encierros aquí y allá, manifestaciones violentas, movilizaciones en fábricas y universidades, un cónsul alemán secuestrado, etcétera. Hacía falta un éxito policial y lo de Montserrat podía haberlo sido, pero, por la inoperancia de los mandos o por la cerrazón de Revuelta o por lo que fuera, no lo fue. Cuando el comisario me felicitó, lo que equivalía a reconocer su error, yo me quité méritos, y en mi fuero interno pensaba: Este cabrón no me lo perdonará jamás… Intuía que mi acierto, lejos de facilitarme las cosas, me las iba a complicar. No me equivocaba. Pero, para cobrarse la deuda, Revuelta necesitaba encontrar mi punto débil. Y lo encontró. O, mejor dicho, se lo inventó. Un par de meses antes había tenido lugar un suceso lamentable. La cosa fue tal como la voy a contar. A principios de octubre, Nixon viajó a Madrid, y ya sabíamos que habría lío delante del consulado. Lo de siempre: que si Vietnam, que si la CIA, que si las bases… La policía armada estaba preparada para lo que pudiera ocurrir, y algunos de la Brigada nos acercamos a husmear un poco. Nos acercamos quiere decir que nos metimos en el bar de siempre, el de al lado de jefatura, porque de jefatura al consulado no había ni doscientos metros. Yo estaba con varios compañeros, tomándome un carajillo. Luego empezó el barullo: carreras, gritos, ruido de sirenas… Campos y yo salimos del bar, y un tío canijo que corría mirando hacia atrás chocó contra nosotros y cayó literalmente a nuestros pies. Y al caer se le desparramaron todas las octavillas que llevaba escondidas dentro de la chaqueta. Conque sí, ¿eh? Lo cogimos, lo metimos en jefatura y lo esposamos a un radiador. Ni siquiera hablamos con él. Ni siquiera supimos si era español o francés o griego… Lo dejamos esposado al radiador, y ahí seguía cuando volvimos después del follón. Por la tarde fuimos tomando declaración a los detenidos. De él sólo nos acordamos al final, cuando ya era de noche. Fue Campos a buscarle, y volvió enseguida.
—¿Qué pasa?, ¿por qué esa cara? —dije.
—¡Hostiaaa! —dijo.
El tipo estaba muerto. Tal como le habíamos dejado, pero muerto. Y nadie le había tocado un pelo. El susto, o la emoción, un infarto, una bajada de azúcar, yo qué sé… Le registramos por todas partes y no encontramos nada. Ni documentación ni una puta carta ni una medalla con unas iniciales…: nada, ¿me explico? Ni siquiera sabíamos si era español o extranjero. ¿Qué teníamos que hacer con él? Vinieron varios superiores, Revuelta entre ellos, y alguien dijo:
—A ver cómo os las arregláis, porque aquí no se va a quedar…
Por suerte, lo habíamos encerrado en un despacho y ninguno de los otros detenidos lo había visto. Aprovechando que se estaban haciendo obras en uno de los patios, lo metimos en un saco, que luego rellenamos con escombros y cargamos en un coche celular. Salimos a la carretera y cogimos las curvas del Garraf. En cuanto llegamos arriba, lo sacamos del coche, lo arrastramos hasta un acantilado y lo tiramos al mar. Si el cuerpo apareció o no, yo no lo sé, pero lo cierto es que nunca volvimos a saber nada. Eso ocurrió a principios de octubre, dos meses y medio antes de lo de Montserrat, y en todo ese tiempo nadie mencionó el asunto. Y cuando digo nadie incluyo también al comisario Revuelta. Después de lo de Montserrat empezó con las indirectas.
—¿Qué sabemos de aquel tipo, el que se te murió en el despacho? Supongo que te habrás ocupado de averiguar si ha aparecido el cadáver… —me decía.
Atención a sus palabras: el que se te murió, te habrás ocupado… ¡Qué cabrón! Como si ese muerto fuera mío o como si yo hubiera hecho algo para que se muriera… ¡A eso es a lo que se le llama cargarle el muerto a alguien! Yo me callaba como un putas, confiando en que la cosa no tuviera consecuencias. Revuelta dejaba pasar un par de días y volvía a la carga. Ponía su cara más inocente y decía:
—Tendremos que investigarlo, tendremos que mirar si se ha denunciado alguna desaparición que coincida. Es nuestra obligación como policías, ¿no te parece, Moreno…?
¡Qué cabrón y qué hijo de puta! ¡Me estaba jodiendo bien jodido y encima fingía que lo hacía por cumplir con su deber! Las cosas siguieron así durante dos o tres semanas, hasta bien entradas las navidades. Me llamaba a su despacho y me decía:
—De la que te estás librando, Moreno…
Pero lo que de verdad quería decir era:
—De la que te estoy librando, Moreno…
Estaba claro que buscaba un intercambio, un trueque: yo te tapo lo tuyo, tú me das algo a cambio. Y era secundario que, por lo que pudiera ocurrir, tampoco a él le conviniera remover demasiado lo del muerto. La cuestión era tenerme bien cogido por las pelotas y, al mismo tiempo, presentarse delante de mí como mi protector. ¿Pero qué era exactamente lo que quería de mí? Si pretendía quedarse con mi confidente, me hacía una putada. ¡Con lo que me había costado formar a Justo, no estaba dispuesto a desprenderme de él cuando por fin su trabajo empezaba a dar fruto! Comprendí que tenía que entregarle algo a Revuelta. Le dije:
—Comisario, sé cómo localizar al que montó lo de Montserrat. Se llama o se hace llamar Juan García Esteban. Si lo quiere, es suyo.
—¿Juan García Esteban? —preguntó—, ¿no será un mindundi?
Quedamos en enseñar a Justo algunas fotos. Puse como condición que el encuentro debía celebrarse lejos de Vía Layetana. Ahora era yo el que no quería que a Justo se le viera entrar y salir de jefatura. Revuelta asintió con un bufido, y esa misma tarde él y otros dos inspectores aparecieron por el bar de la calle Marina. Yo a Justo lo tenía ya aleccionado:
—Te mostrarán unas fotos. Si ves la de García Esteban, lo dices. Si reconoces a algún otro, te callas.
Justo fue pasando las fotos una por una sin decir nada. Cuando llegó a la última, volvió atrás y sacó una.
—Éste es —dijo.
—¿Estás seguro, Rata? —dijo Revuelta.
—Estoy seguro.
Revuelta agarró la foto y frunció los labios como si fuera a escupir.
—El Eliseo, no te jode… —dijo luego, sonriendo.
Los comunistas estaban obsesionados con los chivatos, dice Mateo Moreno. Sospechaban de todo el mundo, en todas partes veían infiltrados… De Justo, en cambio, se fiaban bastante. Su paso por los calabozos de Vía Layetana era una especie de salvoconducto, y él, por su parte, había demostrado la habilidad suficiente para ganarse la confianza de unos y otros. Un buen confidente valía su peso en oro, mientras que uno malo sólo servía para provocar errores calamitosos. Mi misión, que primero había consistido en orientarle, ahora consistía en protegerle. Por eso me negué a que el encuentro se celebrara en jefatura, y por eso le dije que de todas aquellas fotos identificara sólo la de García Esteban. Lo que yo no quería era sacrificarle, sacrificar mi fuente de información, cosa que con toda seguridad ocurriría si de la noche a la mañana fueran detenidos varios de sus contactos. Yo al comisario le entregaba una pieza, y Justo no corría demasiados riesgos si el comisario, por su cuenta, hacía bien su trabajo y podía cobrarse unas cuantas piezas más. Pero Revuelta desperdició esa oportunidad. Por lo que luego supe, el tal Eliseu o Eliseo ya había pasado alguna vez por las manos del comisario cuando éste todavía era inspector. Eran viejos conocidos y, como él mismo decía, le tenía ganas. La detención se produjo una fría mañana de invierno. Campos y yo, en una esquina, tapábamos posibles vías de escape. En otra esquina estaban otros dos hombres y delante del portal el coche de Revuelta. La operación fue limpia porque la información era buena. En sólo diez minutos los dos inspectores estaban de nuevo en la calle con el detenido, que sangraba por una oreja. Revuelta, sonriente, salió del coche y le dio unos cachetes de bienvenida.
—Eliseo, cuánto tiempo, no me digas que no te alegras de verme —le dijo.
El tal Eliseo tenía fama de duro y, por lo que sé, no soltó prenda en los interrogatorios. Y aunque teníamos noticias de que solía tomar notas de sus citas con la gente, no se le encontró ningún papel, ningún cuaderno, ninguna agenda que pudiera conducir a otras detenciones, así que el éxito de Revuelta lo fue sólo a medias y, encima, no era de Revuelta sino mío y sólo mío, porque el único pájaro que llevaba en el zurrón se lo había cazado yo…
Estábamos a comienzos de 1971, dice Mateo Moreno. Hasta octubre de 1973, concretamente hasta el 28 de octubre, que fue cuando pillamos a los miembros de la Asamblea de Cataluña en la parroquia de María Medianera, en la calle Entenza, fueron muchos los activistas clandestinos que fuimos deteniendo gracias a los soplos de Justo. Algunos más importantes que otros, algunos más peligrosos que otros, pero en todo caso muchos, quizás más de cuarenta. Y todos pasaban por ser mérito exclusivo de Revuelta, que se llevaba las felicitaciones y las medallas… Al menos, eso mejoró mi posición dentro de jefatura. Por supuesto, el comisario ya no se permitía con respecto a mí ninguna de sus habituales insidias. Cada cierto tiempo me decía:
—Llama al Rata y dile que quiero hablar con él, vamos a ver si tiene algo interesante para mí…
Y yo hablaba con Justo y le poníamos en bandeja alguna detención, y lo que ahora me jodía era su manera de llamarle Rata. Sí, ya sé que entre nosotros era más prudente no usar su verdadero nombre, pero me parecía que en su manera de decir Rata había una repugnancia y un desprecio que el bueno de Justo no se merecía. Al fin y al cabo, muchos de sus éxitos se los debía a él, a Justo. El mayor de esos éxitos fue el de la Asamblea de Cataluña. Llevábamos más de dos años detrás de ellos, y al final los cogimos. Ciento trece, nada menos. Ciento trece dirigentes de la oposición al régimen en Cataluña. Allí había de todo: cristianos de base, independentistas catalanes, socialistas, comunistas… Y si la cosa salió bien fue gracias a Justo, que se había hecho medio amigo del organizador, un tipo del PSUC al que llamaban el Fantasma. De hecho, salió todo tan bien que no tuvimos ni que pegar un tiro, aunque íbamos preparados para lo que hiciera falta. Justo me había anunciado punto por punto cómo iban a ser las cosas. A la hora de la misa entrarían mezclándose con los feligreses, después se reunirían en uno de los locales parroquiales, a la entrada del local habría dos chicos haciendo de semáforo que sostendrían bajo el brazo un libro forrado de blanco para indicar que no había moros en la costa… Todo se cumplió tal como Justo me había dicho. Conocíamos hasta la contraseña. Tenían que decir: Venimos a celebrar el décimo aniversario de Paz en la Tierra. O de Pacem in Terris, ya no me acuerdo si lo decían en latín o en castellano o en catalán… Los muy cándidos creían que no los teníamos controlados porque habían conseguido pinchar nuestra onda de radio. Pero Justo ya nos lo había advertido y nosotros habíamos cambiado de frecuencia. ¡Ya lo creo que los teníamos controlados! Los dejamos entrar y luego, ¡paf!, los cazamos como a ratones. Sería a eso de las diez y media cuando recibimos la orden. Los de la policía armada llevaban metralletas, nosotros íbamos con pistolas. Uno de los que estaban en la mesa nos vio y, como si estuvieran esperándonos, gritó:
—Ja són aquí!
Pero no nos estaban esperando: no tenían ni la más remota idea de que los teníamos pillados. Y menudo follón se armó. Les apuntamos con las armas y les ordenamos que se echaran al suelo. Unos tiraron los papeles que tenían en las manos, otros se los metieron en la boca e intentaron tragárselos, otros trataron de escapar por la iglesia o por los patios interiores… No se nos escapó ninguno porque teníamos toda la manzana vigilada. Los fuimos metiendo en las furgonetas y los llevamos a interrogar a Vía Layetana. Todos decían más o menos lo mismo: que se habían reunido para hablar de la encíclica, que no habían tenido tiempo de tratar ningún otro tema… ¡Qué iban a decir! Fueron todos procesados y multados, y el gobernador civil llamó personalmente para felicitar al comisario, al que poco después condecoraron. ¡Un nuevo éxito de Revuelta, y otra vez gracias a Justo o, como él seguía llamándole, gracias al Rata!
Lo más contradictorio es que el gran éxito de Justo fue también el comienzo de su fracaso, dice Mateo Moreno. Después de aquello, ¿qué sindicalista o qué político seguiría fiándose de él? Que le desenmascararan era cuestión de tiempo. Justo empezaba ya a no tener ningún valor como confidente. Estaba quemado, ¿me explico?, y tarde o temprano tendría que abandonar la colaboración con nosotros. Pero eso yo se lo había avisado mucho tiempo antes, porque no soy de los que dejan tirados a los suyos cuando ya no les sirven. Se lo había avisado, y además me había preocupado por buscarle alguna salida. Desde que empezamos a tenernos cierta confianza le decía que lo que debía hacer era estudiar.
—¿Estudiar?, ¿a estas alturas?, ¿no te parece que soy un poco mayor para ponerme a estudiar? —protestaba él, pero estaba claro que la idea no le disgustaba.
Yo me armaba de paciencia y le decía:
—Te sacas el bachiller para adultos, y luego vas a la universidad y te matriculas en lo que te apetezca…
Él se reía:
—¡Sí, hombre!, ¡y al año siguiente catedrático, no me jodas!
Se reía pero en realidad sabía que yo tenía razón. Sabía que algún día dejaría de sernos útil y que con las cuatro letras que había aprendido en el pueblo nunca encontraría un trabajo decente. Yo fingía enfadarme:
—¿No viniste a esta ciudad en busca de una vida mejor? ¡Pues eso es lo que te estoy diciendo!, ¡que, si estudias algo, tu vida acabará mejorando!
Justo negaba con la cabeza pero, en el fondo, su forma de negar se parecía mucho a un asentimiento. Los dos estábamos de acuerdo, aunque nunca lo declaráramos explícitamente, en que aquélla podía ser su última oportunidad de enderezar su vida, de convertirse en una persona digna, en alguien que no se odiara a sí mismo. En 1971, después de la detención de Eliseo, empezamos con el papeleo: la matriculación, las convalidaciones, todo eso. Primero tenía que aprobar un examen, y yo a veces me quedaba hasta las tantas con él para repasar las materias: ¿Quién escribió La Regenta?, ¿cuál es el símbolo del sodio?, ¿quién era el cardenal Cisneros…? Justo resultó ser bastante más avispado de lo que yo mismo pensaba. Sentía una curiosidad natural hacia todas las cosas, y no abandonaba una lección hasta estar seguro de haberla comprendido por completo.
—¿Tú tienes alguna idea de lo que es eso de la fenomenología? —me dijo una vez, y casi me cabreé.
—¿Cómo cojones quieres que lo sepa? —le dije—, ¡soy un policía, coño!, ¡no un premio Nobel de física!
Por aquella época empezó a aficionarse a la lectura, y yo, siempre que le veía con libros que no eran del temario, le tomaba un poco el pelo. Se los cogía y hacía como que los lanzaba lejos. Le decía:
—¿Qué libro es éste? Colección particular, de Jaime Gil de Biedma… ¡Ah, ahora al señorito le ha dado por leer poesías! ¿Y este tipo con cara de maricón es el Gil de Biedma ese? ¡A ver ese otro! Les dones i els dies, Gabriel Ferrater. ¡Pero si está en catalán…!
Justo se defendía:
—¿No te acuerdas? Te he pasado información sobre ellos un montón de veces. Me apetecía saber algo más sobre esa gente…
—¿Y por eso te los lees? ¡No hace falta que seas tan perfeccionista, hombre! ¡No pierdas el tiempo en estas cosas…!
Justo sentía curiosidad por la gente a la que investigaba pero es que, además, le gustaba leer. Yo le decía que, si tanto le gustaba, por qué no estudiaba Filosofía y Letras o Magisterio, y él se echaba a reír:
—¿Magisterio?, ¿tú me ves a mí de maestro?, ¿me imaginas rodeado de niños leyendo en voz alta Platero y yo?
Pasó el examen con buena nota. Para obtener el título de bachiller tenía que estudiar dos cursos, así que, si todo iba bien, podría entrar en la universidad dos años después, cuando tuviera treinta y cuatro. Estoy hablando de septiembre de 1973. Aunque las calificaciones no eran brillantes, consiguió aprobar todas las asignaturas, y tras muchas vacilaciones se matriculó en Derecho. Un mes después dimos el golpe a la Asamblea de Cataluña. Si no me importó correr el riesgo de sacrificarle, de sacrificar a mi confidente, fue porque lo tenía todo perfectamente organizado. Justo, apartado de la circulación, podría dedicarse a estudiar, y jefatura le seguiría pasando su asignación mensual a cambio de que nos tuviera al corriente de lo que ocurría en la facultad, en la que nadie le conocía. Tómatelo como una beca, le decía yo cada vez que le entregaba el sobre con las cuatro mil pesetas, y así pretendía darle a entender que no hacía falta que se esmerara demasiado: algún que otro chivatazo menor para cubrir el expediente, y basta. No es que Justo fuera un gran tipo, ni mucho menos, pero había acabado cogiéndole afecto y deseaba que algún día pudiera vivir como las personas normales, fuera de las cloacas en las que la vida le había metido. La información que ahora me pasaba valía muy poco: publicaciones universitarias de escasa circulación, líderes estudiantiles a los que ya teníamos fichados, profesores que aprovechaban la seguridad de las aulas para soltar mítines, asambleas en las que se había dicho esto o aquello… Era información de segundo orden, la clásica información que casi nunca conducía a nada: deteníamos de vez en cuando a alguno, que cantaba lo poco que sabía, pasaba la noche en el calabozo y por la mañana se iba a su casa tan contento. Pero estaba bien así. Yo no le pedía más, y los réditos del golpe a la Asamblea habían sido lo bastante importantes para que, al menos de momento, ni Revuelta ni los otros comisarios le exigieran nada.
Un día interrogamos a una loquita, una chalada (eso sí, muy guapa), que ni siquiera estudiaba Derecho, dice Mateo Moreno. Que no tuviera nada que ver con la facultad tal vez tendría que haberme escamado, pero no lo hizo. Según la información que Justo me había pasado, formaba parte de una de las células universitarias más activas y a través de ella podíamos llegar a algún pez gordo. Sin embargo, cuando le hice las primeras preguntas tuve la certidumbre de que no sabía ni lo que era una célula. Por supuesto, lo normal era que negaran toda actividad política. También lo era que dijeran no conocer a ninguna de las personas con las que se les relacionaba. Pero por lo general lo decían porque creían que debían decirlo, y no porque fuera cierto. Aquella chica decía no saber nada de nada ni de nadie, y Campos y yo teníamos la impresión de que estaba siendo totalmente sincera. O era una gran actriz interpretando el mejor papel de su vida o realmente es que estaba limpia. Pero algo, por poco que fuera, tenía que haber: si no, Justo no nos habría puesto sobre su pista. Campos echó un nuevo vistazo a su ficha, se la enseñó de lejos y dijo:
—A ver, Loreto…
Cuando Campos llamaba al detenido por su nombre de pila quería decir que no lo consideraba ni peligroso ni importante. Dijo Campos:
—A ver, Loreto, ahora no me vengas con que tampoco estuviste en el encierro de Montserrat…
La chica nos miró a los ojos y contestó sin dudar:
—Ahí sí que estuve. Fui con mi novio. Bueno, con mi novio de entonces…
—¿Y a qué fuiste?
La chica se encogió de hombros y no contestó, y Campos dijo:
—Tu alias es Chantal, ¿no?
Ella se llevó la mano a la boca, como conteniendo una carcajada.
—¿Mi alias? —dijo.
—¿A qué fuiste a Montserrat? —volví a preguntar, algo impaciente—. ¡Y no me digas que estabas haciendo turismo, Loreto o Chantal o como te llames…!
La chica suspiró y con un gesto pidió permiso para fumar. Campos asintió con la cabeza. Ella echó la primera bocanada de humo y dijo:
—A nada especial, a pasar el fin de semana, a conocer gente…
La suya no era la actitud entre medrosa y desafiante de quien tiene cosas que esconder.
—¿Qué gente? —dije.
—Gente —dijo.
—¿Con cuál de esa gente has seguido teniendo contacto? —dije, y ella volvió a encogerse de hombros:
—Con nadie. Ni siquiera con mi novio, porque rompimos poco después…
Dije:
—¿Seguro?
Dijo:
—Bueno, sí, hubo uno. Un palurdo. Me lié con él el primer día, el sábado, y el domingo se largó, no sé muy bien cómo, porque la guardia civil lo tenía ya todo rodeado. Pensé que no lo volvería a ver pero después no paraba de llamarme. Hay muchos así…
Campos soltó dos breves bufidos por la nariz y se puso sarcástico:
—¿Se acuestan una vez contigo y ya se creen con derecho a acostarse siempre?
Luego me miró como diciendo: Estamos perdiendo el tiempo, ya se puede ir, ¿no? Pero fue precisamente en ese instante cuando tuve la intuición.
—¿Quién es el tipo? —dije, y ella, apagando el cigarrillo, dijo:
—Un palurdo, ya le he dicho.
—Sí, un palurdo, pero ¿cómo se llama?
—Ya casi ni me acuerdo de él…
—Justo, se llama Justo, ¿verdad?
La chica receló por primera vez:
—¿Y usted cómo…?
Su actitud cambió de golpe. Ahora sí parecía tener cosas que ocultar, y sus respuestas eran esquivas e incompletas. Yo, tenso, trataba de atar cabos, y una y otra vez repetía las mismas preguntas: qué habían hecho en Montserrat, cuántas veces se habían visto después, cuándo fue la última vez que se vieron, si follaban o no siempre que se veían… Ella añadía algún que otro detalle a su versión inicial: Justo la había llamado unas cuantas veces, cuatro o cinco, y al final ella se había hartado de él y se lo había quitado de encima, lo había despachado… Pero yo necesitaba saber más, y mi insistencia podía parecer anómala, perversa: ¿Cómo lo despachaste?, ¿dónde estabais?, ¿estabais solos, estabais en la cama, había más gente…? La chica, de repente, se quedó en silencio. Hice una pregunta más, no recuerdo cuál, y ella me dedicó una mueca de desprecio.
—¿Así es como disfrutas? ¿Detienes a las mujeres para que te cuenten cómo follan? ¿Qué más quieres saber?, ¿si le comí la polla o me dio por el culo? —dijo, y yo perdí el control de mí mismo y le di una bofetada.
—¡Cállate, zorra! —grité, y Campos se apresuró a interponerse entre los dos.
La chica, asustada, soltaba unos gemidos que recordaban los maullidos de un gato. Campos la acompañó al cuarto de baño para que se arreglara un poco y luego la dejó marchar. Volvió al despacho y cerró dando un portazo.
—¿Qué te pasa? —me gritó—, ¿estás mal de la cabeza?
Después del pisito en la calle Berlinés esquina con General Mitre, Justo había vivido en dos sitios más, dice Mateo Moreno. Durante unos meses había vivido en un apartamento en Roger de Flor, y luego, durante casi un año, en un entresuelo del pasaje de San Antonio, cerca del mercado. La gente como él acaba acostumbrándose a cambiar constantemente de guarida y a borrar siempre las huellas. Ahora, desde hacía unas semanas, vivía en Santa Coloma, en unos bloques que habían construido junto al psiquiátrico. Localicé la casa, subí y llamé al timbre.
—¿Quién es? —preguntó él desde dentro.
—¡Abre! —grité.
En cuanto me vio se dio cuenta de lo rabioso que estaba.
—Qué sorpresa —dijo, e hizo un gesto algo paródico hacia el interior del apartamento, como invitándome a valorar el mobiliario vulgar y las reproducciones baratas de Dalí y Van Gogh.
—¿Qué te ha hecho esa chica?
—Pasa y siéntate, hombre —dijo.
Me senté en el sofá de escay y volví a decir:
—¿Qué te ha hecho esa chica?
—¿Quién? —dijo él, sentándose también.
—No te hagas el tonto, sabes muy bien de quién te estoy hablando.
—¿Desde cuándo te preocupas por esa gente? —dijo, y yo insistí:
—¿Qué te ha hecho para que quieras vengarte de ella?
Justo adoptó un tono sarcástico:
—¿Tú qué eres?, ¿un caballero andante que va rescatando damiselas? ¿O es que te la has follado y ahora estáis enamorados?
Yo guardé silencio y él me guiñó un ojo.
—Es buena en la cama, ¿a que sí? —dijo, y sentí unos deseos incontenibles de partirle la cara.
—¡Cállate, Rata! —grité.
Oírme llamarle otra vez así al cabo de tanto tiempo le convenció de que la cosa iba en serio. Saqué un sobre que llevaba doblado en el bolsillo de la gabardina y se lo lancé. Justo, sin mirarlo, lo dejó sobre la mesita, junto a un par de libros, algunas revistas y restos de comida.
—Ábrelo.
Después del interrogatorio a la chica esa, me había pasado un buen rato revisando los chivatazos de Justo. La mayoría de las veces, sus informaciones nos habían permitido detener buenas piezas, pero entre ellas había de vez en cuando alguna que no conducía a nada. Eran siempre informaciones poco concretas, y se espaciaban en el tiempo de forma que no parecían estar relacionadas. Pero lo estaban. Justo, indolente, abrió el sobre y echó un vistazo a su contenido. Eran fichas que él mismo había redactado, con esa caligrafía suya, apretada, mezquina. Señalé la primera de las fichas. Dije:
—Esa tal Elena, Elena Castellnou, es Nita, ¿no? La Nita esa de la que tanto me hablabas. La Nita de la que estabas tan enamorado. La que tenía un padre influyente con el que querías hacer negocios, la que te ponía los cuernos con todo quisque. Y esos otros ¿quiénes son? ¿Los que se la tiraban? ¿Los que te ponían los cuernos con ella?
Señalé luego otra de las fichas. Dije:
—Aunque supongo que no todos se la follaban. Ese de ahí seguro que no. Quim Nebot, el mariquita más conocido de la ciudad. ¿Qué ha podido hacerte un tipo como él para que nunca le hayas perdonado…?
Él, risueño, casi altanero, dijo:
—No te pongas así, Mateo. Ya has visto qué clase de gente es. Zánganos, drogadictos, maricas, degenerados…: parásitos. Gente a la que tú y yo siempre hemos despreciado, ¿no, Mateo? No me digas que ahora te preocupas por gente así. Además, tampoco les ha pasado nada. Los habéis tenido unas cuantas horas encerrados, los habéis interrogado y luego los habéis soltado. ¿Tan grave es? Merecían un pequeño susto y se lo han llevado. Eso es todo. Créeme, Mateo…
Sacudí la cabeza. A él no podía decírselo, pero con algunos de esos tipos, creyendo que se resistían a colaborar, habíamos sido más persuasivos de lo habitual: algún toquecito con la porra, algún tirón de pelo, algún bofetón. Noté que mi silencio le incomodaba. Volvió a hablar:
—En cuanto a esa chica, Loreto, es verdad que nos vimos algunas veces y que al final discutimos. Pero eso es lo de menos. Si pensé que podía serte útil fue porque se ha follado a medio PSUC y no me pareció difícil que, tirándole de la lengua…
—Eres un cabrón, Rata —dije.
Dijo:
—Ya sé que soy un cabrón, Mateo.
Dije:
—Eres un cabrón.
Dijo:
—Si no lo fuera, no trabajaría contigo.
Dije:
—Tú no eres como los otros confidentes. Eres peor. Tú esto no lo haces por dinero o por desesperación. Lo haces por venganza. ¿De quién te estás vengando? ¿De tus antiguos amigos y tus antiguas novias, que te volvieron la espalda cuando las cosas empezaron a irte mal? ¿De la gente que te humilló? ¿De la gente que simplemente ha tenido mejor suerte que tú? No se lo perdonas, ¿verdad? No les perdonas que ellos sigan tan ricamente, con sus juergas, con sus drogas, mientras tú tienes que revolverte en la mierda y vives de la limosna que te da un puto policía como yo. Eres un cabrón, Rata. Me has estado utilizando, me has estado engañando…
Justo bajó la cabeza.
—¿Falta alguno? ¿Hay más gente a la que hayamos interrogado sin motivo?
Echó un nuevo vistazo a las fichas.
—No, no hay más, están todos —dijo, y después de un largo silencio añadió—: Perdóname, Mateo.