El día de mañana
Habla Pere Riera
Aquel sonido ridículo permanecía en su cabeza y le impedía seguir adelante y cumplir en la cama. ¿Qué dirían ahora los psicólogos? ¿Que se trataba de alguna inhibición freudiana o algo así? Entonces no sabíamos nada de Freud ni de psicoanálisis, y lo único que Justo podía hacer era desahogarse contándoselo a los amigos. Él decía que estaba enamoradísimo de Fina, pero que la relación no podía prosperar por culpa de esas inoportunas ventosidades que hacían insoportable su intimidad… Sería la más desdichada y al mismo tiempo la más cómica, la más tonta, la más ridícula historia de amor, si no fuera porque no estoy seguro de que fuera realmente una historia de amor… ¿Qué habría de cierto en eso de los pedos vaginales? Y aunque todo fuera cierto, ¿cómo iba a tener unas consecuencias como aquéllas? ¡Justo decía muchas cosas, y no todas eran verdad! Pero sí era verdad que tenía un éxito enorme entre las mujeres. A Fina la dejó enseguida por otra bailarina, y a ésa la abandonó por otra chica, una criadita o una niñera, y a todas las pedía en matrimonio y les juraba amor eterno. ¿Y por qué no se casó con ninguna? ¿También ellas se tiraban pedos vaginales? No. El problema era otro, creo yo. El problema era que Justo no podría casarse mientras viviera su madre. Por eso todas sus historias de amor fracasaban. Ya sabes que vivía con su madre y que la mujer estaba enferma, minusválida, no sé muy bien… ¡Qué hombre, Justo! ¡Menudo personaje!
Habla Pere Riera
El piso estaba en la calle Valencia, a la altura de Marina o de Lepanto, dice Pere Riera. Había de todo en aquel piso: jaulas para pájaros, armaduras de imitación, grandes rollos de tela, fuentes para jardines… Había tantos trastos que no podías ni dar un paso. Yo no sé de dónde sacaba el señor Manuel todas aquellas cosas. Cuando empecé a ir por allí, era todavía la época del Duralex. El señor Manuel juntaba a media docena de chicos, los tenía una tarde dándoles consejos sobre la venta a domicilio y ¡hala!, ¡a patearte las calles y llamar a los timbres con tu cargamento de vajillas irrompibles! En otros países no sé, pero en España no existían los cursillos sobre técnicas comerciales. En eso el señor Manuel fue un pionero, porque los consejos que te daba esa primera tarde eran como un cursillo acelerado. Te explicaba cómo tenías que saludar según quién abriera, qué debías decir para que no te cerraran la puerta en las narices, cómo tenías que convencerles de las virtudes del producto… Los vasos de Duralex, en realidad, no eran de Duralex auténtico, y nosotros asegurábamos que eran mejores, hechos de un material nuevo, más resistente. Para demostrarlo, les ofrecíamos la posibilidad de tirar un vaso al suelo. Normalmente, las amas de casa se negaban a hacerlo. Pero a veces había alguna que aceptaba, y casi siempre el vaso se rompía. ¡Catacrac! Y lo más curioso era que luego esas mujeres se compadecían de ti y acababan comprándote algo: una jarra, un salero, cualquier cosa. Justo todavía no iba por allí, dice Pere Riera. A Justo lo conocí algo después, cuando lo de las máquinas de escribir. Eran unas máquinas un poco toscas, más grandes que las normales: unos auténticos armatostes. Eso sí: funcionar, funcionaban. Creo que eran de fabricación checoslovaca, o de algún país del Telón de Acero. El señor Manuel nos dijo que las había comprado en una subasta judicial, pero todos sospechábamos algún asunto oscuro. Contrabando o algo así. ¡Cómo pesaban aquellas máquinas, la mare de Déu! Para llevarlas utilizábamos maletas. O, mejor dicho, maletones. En cada uno de esos maletones cabían dos máquinas, pero no recuerdo a nadie que llevara más de una cada vez. Sólo él. Cuando el señor Manuel preguntaba cuántas, todos decíamos una, una, una, menos Justo, que decía dos. Los demás le veíamos acomodar las dos máquinas dentro de la maleta, pasar las correas por las trabillas y levantar todo aquello como si nada. Y le decíamos: ¡Cómo se nota que eres de campo!, ¡la de árboles que habrás cortado en el pueblo! Nos burlábamos de él porque siempre nos dejaba en evidencia ante el señor Manuel. Pero Justo iba a lo suyo, y nuestras bromitas le resbalaban. Unos minutos después salíamos del portal de la calle Valencia. Solíamos ser unos quince, todos con maletas. Era como si dentro de aquel edificio se escondiera una estación de tren o de autobús, y como si nosotros acabáramos de llegar. Teníamos asignados los diferentes sectores de la ciudad, y cada cierto tiempo se modificaba el reparto de las zonas y todos luchábamos por quedarnos con las mejores. Él, en cambio, nunca discutía, y aceptaba sin rechistar la que le daban. ¿Pueblo Seco? Pues Pueblo Seco. En eso de las ventas jamás sabías qué era lo bueno y qué lo malo: a veces te llevabas una sorpresa en un sector considerado malo, y en uno bueno no te comías un rosco. Lo único que sabías era que, si te salía un día tonto, no había manera de arreglarlo. Y la mayoría de los días te salían tontos. ¡La de veces que volvíamos todos al piso de la calle Valencia sin haber vendido nada! Recuerdo una tarde de un calor sofocante, infernal. Los chicos iban llegando con las maletas. Estábamos todos sudorosos y agotados, y nadie había logrado vender una sola máquina. Nos consolaba pensar que tampoco Justo lo habría logrado y que llevaría toda la tarde dando vueltas con el doble de peso. ¡Tantas horas bajo este sol de justicia!, decíamos, ¡y con dos máquinas! Pero pasaron unos minutos y le vimos llegar, tan fresco. Nos dedicó una sonrisa, abrió el maletón y metió otras dos máquinas de escribir.
—Para mañana —dijo.
¡Las había vendido!, ¡había vendido sus dos máquinas!
He oído decir que luego su vida se torció, dice Pere Riera. Yo de eso no sé nada. Lo que sé es que entonces era un chico listo y trabajador. Era el típico que parecía que llegaría lejos. Aprendía con facilidad, no escatimaba esfuerzos y, sobre todo, tenía muy claras sus metas. Mientras los demás soñábamos con el gordo de la lotería o con un braguetazo que nos arreglara la vida, él sabía que nadie le regalaría nada y que debía luchar para ser el mejor en lo suyo. Y lo suyo era vender, se veía a la legua. Tenía las dosis precisas de simpatía y discreción que hacen falta para ser un buen vendedor, y nunca se le olvidaban una cara o un nombre. A mí me llamaba Rierita. Me decía: ¿Qué tal tu chavala, Rierita?, ¿se cansa mucho haciendo las guardias? Porque en esa época yo tenía una novia que trabajaba en una farmacia y, cuando le tocaba una noche de guardia, solía hacerle alguna visita para que no se aburriera demasiado. También a los otros chicos les preguntaba por los empleos de sus novias o los estudios de sus hermanos o las enfermedades de sus padres. Ese interés suyo hacía que te sintieras a gusto a su lado. Pero luego cada uno se iba a su casa y te dabas cuenta de que él sabía bastantes cosas de tu vida y tú no sabías nada de la suya. Por eso no tenía amigos, amigos de verdad. ¿Cómo va a tener amigos alguien que no suelta prenda sobre su manera de vivir o de pensar? No sabíamos nada de él: de dónde había salido, si tenía familia o no, si le gustaba el fútbol o la música… Y lo poco que averiguábamos solía estar equivocado. Dijeron que se le había visto por el Paralelo y que podía ser que fuera un boy, uno de esos chicos que bailaban con las vedettes. También dijeron que se dedicaba a hacer obras de caridad, como pasear ancianos en sillas de ruedas, y que seguramente era una persona muy religiosa, tal vez un novicio que estuviera cumpliendo algún tipo de penitencia. Y hasta hubo quien dijo que era un hijo secreto del señor Manuel… Era una estupidez pero, si los veías juntos, te daba la sensación de que tenían cierto aire de familia o, como decimos aquí, una retirada: esos ojos pequeños, esa nariz recta y grande… Bueno, supongo que, si alguien dijera de mí que soy hijo del Papa, también nos encontrarían algún parecido, ¿no? Es verdad que el señor Manuel le tenía cariño y le trataba un poco mejor que a los demás. Pero ¿cómo no le iba a tener cariño, si era el mejor de sus vendedores? Lo demostró con las máquinas de escribir, con los flexos, con los ventiladores de mesa, con los juegos de cuchillos de cocina, con una cosa que llamábamos Lavadora Económica Sigma, que era un barreño de plástico con unas aspas dentro que dejaba la ropa tan sucia como al principio pero mucho más arrugada… Si cualquiera de nosotros lograba vender diez flexos o diez lavadoras económicas, él vendía veinte o veinticinco en el mismo tiempo. Estaba claro que lo suyo era vender.
De un día para otro desapareció sin decir nada, dice Pere Riera. Nadie sabía si había dejado el trabajo o si el señor Manuel le había echado. Los malpensados decían que el jefe se había hartado de él, y es verdad que en los últimos tiempos se tomaba demasiadas confianzas. Por ejemplo, con el teléfono. Aprovechaba que el señor Manuel estaba ocupado con algo y se colaba en el despacho y se hinchaba a hacer llamadas. El señor Manuel nos dejaba llamar para avisar de que llegaríamos tarde a casa y cosas así. Pero lo de Justo no era una llamada de vez en cuando. Lo de Justo era coger el teléfono y no parar. Llamaba, colgaba, volvía a llamar… Si el jefe entraba en el despacho, él ponía cara de buen chico y decía:
—Muchas gracias por dejarme llamar. Era una pequeña emergencia, pero ya está solucionada.