El día de mañana

Ignacio Martínez de Pisón · Capítulo 26 de 32

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El día de mañana

Capítulo 5

 

Habla Noel León

Mi abuelo y mi padre se llamaban Eugenio León, yo me llamo Noel León, dice Noel León. Me habría gustado tener un apellido más corriente, como Fernández o Rodríguez, y que mis padres no hubieran tenido tan fácil lo de convertirme en un palíndromo. Pero, siendo hijo de palindromistas y con un apellido así, estaba escrito que sólo podía llamarme como me llamo. Y en realidad nunca lo percibí como algo pintoresco o extravagante. Al fin y al cabo, en mi entorno no faltaban personas con nombre palindrómico (como mi propia madrina, Irene Neri, presidenta honorífica de la Asociación, o como dos de las mejores amigas de mi madre, Ana Susana y Ada Bada, miembros también de la Asociación), así que un nombre como el mío entraba dentro del orden natural de las cosas. Podría decirse que mi destino estaba en alguna medida marcado desde el bautismo. O incluso desde antes, porque la historia de amor de mis padres se desarrolló entre dos de los congresos anuales de la Asociación. Se conocieron en el congreso de Polop de 1961 y se comprometieron en el de Ibi del año siguiente. Obsérvense los nombres de los lugares: Polop, Ibi. El año de mi nacimiento, el congreso se celebró en Sos del Rey Católico. Mi madre estaba por esas fechas en el octavo mes de gestación, pero no por eso mis padres dejaron de asistir, de modo que muy bien podría haber ocurrido que me hubieran tenido allí. Estoy seguro de que eso habría redondeado su felicidad. Noel León, natural de Sos: ¿caben más palíndromos en la vida de un recién nacido?

Mis padres no sólo no faltaban a ningún congreso sino que formaban parte del comité organizador, dice Noel León. La Asociación estaba dividida en secciones territoriales, y mis padres se ocupaban de Cataluña y Aragón. El congreso más antiguo del que conservo recuerdos es uno que organizaron precisamente ellos en Sagás. En realidad, Sagás fue sólo la sede oficial del congreso. Allí tuvo lugar el acto de inauguración, pero el resto del congreso se desarrolló en Berga, porque Sagás era tan pequeño que ni siquiera tenía un hostal en el que pudieran hospedarse los veinticinco o treinta congresistas. Los congresos se celebraban siempre en fin de semana. Para las reuniones servía cualquier saloncito con tal de que hubiera una mesa, unas sillas de tijera, una pizarra grande y un trípode en el que colocar un panel con el escudo de la Asociación (que incluía la inevitable leyenda: «Sé verla al revés»). El sábado por la mañana había ponencias, coloquios y presentación de publicaciones. El acto central, el de la propuesta y autentificación de nuevos palíndromos, ocupaba buena parte de la tarde. A lo largo de esas dos o tres horas, los congresistas iban, uno detrás de otro, sometiendo a la consideración del comité (comúnmente llamado la Mesa) los palíndromos creados durante la temporada. Se levantaba un señor y escribía en la pizarra unas cuantas frases del tipo: «Óigole ese elogio», «Amo la pacífica paloma», «Yo dono rosas, oro no doy», etcétera. Entonces los miembros de la Mesa consultaban listados y repertorios y, una vez comprobada la originalidad de los palíndromos, certificaban oficialmente su autoría, lo que garantizaba su inclusión en la futura Gran Enciclopedia Palindrómica, el mayor proyecto de la Asociación. Después de ese señor hacía lo mismo otro señor o señora, y luego otro u otra, y al final de la tarde, entre los cuarenta o cincuenta palíndromos admitidos, se elegía por votación el llamado Palíndromo del Año. Su autor era premiado con un largo y cálido aplauso y con la promesa de una anotación especial en la Gran Enciclopedia. Mi padre consiguió el Palíndromo del Año del congreso que se celebró en el 71 en el pueblo navarro de Unanu. Su palíndromo (que, según mi madrina, Irene Neri, estaba llamado a convertirse en un clásico) fue: «Adán no cede con Eva, y Yavé no cede con nada».

El día siguiente, el domingo, se reservaba para hacer excursiones, dice Noel León. El año en que el congreso fue organizado por los gallegos nos pasamos el día entero dando vueltas por angostas carreteras comarcales. La sede estaba en Orro, junto a La Coruña, que era donde teníamos el hotel, y desde allí, en un autobús alquilado, viajamos a una aldea llamada también Orro que estaba cerca de Noja, y a Sas, en la ría de Betanzos, y a Serres, y a Adá, y a Arra, y a Sedes, y a Añá… No es que me acuerde de todos esos pueblos; es que tengo fotos de cada uno de ellos. Viajábamos siempre a pueblos con nombres palindrómicos, que siempre o casi siempre eran pueblos minúsculos, con frecuencia simples aldeas sin otro atractivo que el topónimo y en las que lo único que podíamos hacer era dar un paseo por la calle principal (si la había) y fotografiarnos luego junto al cartel con el nombre de la localidad. Tengo fotos de grupo hechas en todas esas aldeas gallegas, y también en Aceca (Toledo), en Salas (Asturias), en Asa (Álava, pero muy cerca de Logroño), en Oco (Navarra, junto a Estella), en Ollo (también en Navarra), en Lel (junto a Elda), en Osso (Huesca, cerca de Zaidín), en Oto (Huesca también, pero cerca de Broto), en Ossó (Lérida, junto a Agramunt), en Sas (junto a El Pont de Suert)… No creo que haya en España muchos pueblos palindrómicos en los que no haya estado con mis padres y de los que no conserve una foto de recuerdo. Mis padres y los demás fingían que todo era una especie de juego, y hacían como si en el fondo no acabaran de tomárselo en serio. Pero en realidad nada había más serio para ellos. Me acuerdo de una cosa que me dijo Irene Neri en una de esas excursiones:

—¿Te das cuenta, Noel, de la suerte que tiene tu generación, que es una de las pocas en la historia de la humanidad que va a vivir dos años capicúas?

Se refería al 1991 y el 2002, y los demás trataron de bromear, pero no porque su observación les pareciera disparatada sino porque, según ellos, también Irene, que entonces tenía cerca de setenta años, podía llegar a vivir hasta el 2002.

—¡Si estás como un roble, Irene!, ¡tú nos enterrarás a todos! —le decían, y lo que nadie discutía era su derecho a sentirse desgraciada porque había nacido después del último año capicúa, el 1881, y no era fácil que llegara viva al siguiente, el 1991.

A diferencia de ella, quienes habíamos nacido a tiempo de vivir esos dos años capicúas tan seguidos debíamos considerarnos unos privilegiados, unos elegidos de los dioses. Y en realidad todo tenía un sentido. Lo que a las personas normales podían parecer meras coincidencias, simples productos del azar, para Irene Neri y los miembros de la Asociación eran manifestaciones de un orden superior, algo que respondía a una lógica profunda y que escapaba al entendimiento de la mayoría. Para la gente como ellos, las palabras y los números expresan muchas más cosas de las que estamos habituados a percibir, y basta con descartar la noción de casualidad para empezar a creer en la existencia de un sentido oculto. ¿Por qué no creer que la realidad intenta enviarnos mensajes cifrados a través de las palabras, es decir, a través de esos millones de signos creados a lo largo del tiempo por millones y millones de seres humanos? Los buenos palíndromos no son una mera acrobacia verbal. Los buenos palíndromos desvelan una verdad escondida y nos hablan de nuestra vida y nuestra realidad para iluminarlas. Hasta la situación política de aquellos años parecía querer revelársenos a través de unos pocos palíndromos. Algunos alertaban sobre la corrupción del régimen franquista (como «La moral, claro, mal» y «Son robos, no sólo son sobornos») o sobre la brutalidad con la que media España se había impuesto sobre la otra media («Sometamos o matemos»). Otros reflejaban la represión de las culturas minoritarias («Català, a l’atac!») o los cambios que se estaban operando en la sociedad («Yo social y laico soy») o la efervescencia de los movimientos revolucionarios («Salta Lenin el Atlas»). Alguno incluso advertía ya de la naciente amenaza del terrorismo («Oído, ETA: ya te odio»). La cuestión era creer o no creer en la verdad implícita de las palabras. Y mis padres creían. En eso, en el fondo, se comportaban como unos niños, y yo, que sí que era un niño, parecía a su lado más maduro y sensato. A mí todo eso de los palíndromos y los años capicúas me hacía gracia, y para de contar. Pero es posible que esa relación mágica con el mundo de las palabras me hubiera marcado de algún modo… Tal vez fuera verdad que existían palabras que sólo decían lo que decían y palabras que decían mucho más… Por ejemplo, los nombres, los nombres de pila. De una forma más bien instintiva, en aquella época yo creía que los nombres no sólo representaban a las personas sino que formaban parte de ellas. Que los nombres eran las personas. No es lo mismo llamarse Dulce que llamarse Bárbara: seguro que llamarse así o asá influye para que seas más así que asá o más asá que así… Desde el primer momento confié plenamente en Justo. ¿Qué tiene de extraño? Lo raro sería lo otro: que alguien como yo desconfiara de un hombre con un nombre que proclamaba su apego a la justicia, acaso el más noble de los ideales en la historia de la humanidad.

La primera vez que le vi fue hacia la primavera de 1975, dice Noel León. Yo volvía del colegio en bicicleta y, al pasar por un campo de almendros que estaba cerca de casa, oí a alguien cantando canciones de iglesia. En un pueblo como aquél, en el que nunca pasaba nada, cualquier cosa se convertía en un acontecimiento: por ejemplo, que dos extraños salidos de no se sabía dónde arrancaran árboles mientras cantaban canciones de iglesia. Dejé aquel día la bicicleta en cualquier sitio y me escondí a espiarles. Los días siguientes ya no me escondía. Les miraba, y ellos sabían que les estaba mirando y no parecía preocuparles. Ahora no cantaban, y casi ni hablaban entre ellos. Pese a lo poco que hablaban, me enteré de sus nombres. Justo me caía bien, el otro no. Mi padre me había dicho que Hilario en griego significaba risueño, y alguien como yo tenía por fuerza que desconfiar de ese Hilario al que nunca se le veía reír. Mi padre trabajaba entonces de representante de una marca de frutos secos, y las cosas en la empresa no marchaban demasiado bien. Cuando le enseñé las propinas que Justo había empezado a darme por ayudarles con la carretilla, se quedó un poco avergonzado.

—Fill meu, si només tens dotze anys…! —protestó débilmente, pero tampoco se atrevió a prohibírmelo.

Me pasé la mayor parte del verano trayendo y llevando cubos de agua y ladrillos, y recuerdo la satisfacción que me daba sentirme tratado por primera vez como un adulto. Al final de las vacaciones, mi padre me asignó una pequeña paga semanal y me dijo que ya no necesitaba els calers de aquells homes. A pesar de todo, cuando mi padre estaba de viaje, yo seguía acercándome a la obra y echándoles una mano. Me había acostumbrado. Me había acostumbrado a esos dos tipos extraños, con su tortuga, con su coche destartalado, con sus silencios interminables. La empresa de mi padre dejó de pagarle el sueldo, y mi padre llegaba todos los días a casa con sacos llenos de cacahuetes, pipas de girasol, altramuces, maíz tostado. Yo me consolaba pensando que al menos no nos moriríamos de hambre. El día del accidente había tantos sacos dentro del coche que no quedaba sitio para los heridos. De ahí que, en lugar de intentar llevarlos nosotros, llamáramos rápidamente a la Cruz Roja. Por si acaso, como Justo se estaba desangrando y no sabíamos cuánto podía tardar la ambulancia, nos apresuramos a sacar los sacos del coche. Acabamos de vaciarlo en el mismo momento en que llegaron los de la Cruz Roja, que rápidamente cargaron a los heridos y se los llevaron. Mi padre y yo los seguimos en nuestro coche. Yo, preocupado, le pregunté si creía que Justo iba a morir. Mi padre divagó un poco sobre la fragilidad del ser humano y la vanidad de la existencia y, palindromista al fin y al cabo, concluyó su monólogo con un grave y teatral «Somos o no somos». Seguramente ése sería un buen epitafio para la gente como mi padre.

Después del accidente, Hilario no volvió a aparecer por allí, dice Noel León. Pasado algún tiempo, volvió Justo, al que mi padre y yo habíamos visitado un par de veces en el hospital. Ahora mi padre no me prohibía que trabajara en la obra. Algunas veces venía Mateo, el policía, pero la mayor parte del tiempo estábamos solos Justo y yo. Fue entonces cuando de verdad nos hicimos amigos. Justo me preguntaba por el trabajo de mi padre, que se había metido en el negocio de los abonos y los fertilizantes, y por la salud de mi madre, casi siempre aquejada de alergias que le dificultaban la respiración y le provocaban largas temporadas de insomnio. Yo le hablaba de mi vida y Justo me hablaba de la suya. O, mejor dicho, Justo me hablaba de la vida en general, de cómo la veía él, de lo que opinaba sobre esto y sobre aquello. Era un hombre complejo, profundo, con algo de iluminado y de santón. En mitad de una conversación sobre cualquier cosa, no era raro que de repente se pusiera trascendente y clamara contra la vida moderna, que a su juicio se había vuelto completamente materialista. La sociedad estaba enferma, y para curarse debía regresar a lo que Justo llamaba los valores del espíritu… Impresionaba que un hombre cojo y flaco y lleno de cicatrices mencionara esos valores del espíritu, sobre todo si lo hacía con ese tono grave y perentorio que Justo se había acostumbrado a adoptar después de la convalecencia. Era como oír en persona a Gandhi o a cualquiera de esos santos y profetas de los que hablaban en el colegio. En los ratos de descanso, sacaba alguno de sus libros y recitaba alguna frase subrayada.

—«Es imposible desterrar la religión porque el inconsciente colectivo es siempre religioso…» —decía, y luego me mostraba la página y señalaba la línea con el dedo, como si eso diera más autoridad a sus palabras.

Sus libros estaban infestados de signos y rayas y anotaciones al margen, dice Noel León. Justo leía mucho, pero siempre los mismos libros, y siempre de Vintila Horia. Yo al principio creía que Vintila Horia era una mujer. Luego, oyendo hablar a Justo, me enteré de que era un hombre, un escritor rumano. Con el tiempo (y aunque ya casi nadie se acuerda de él) he ido sabiendo más cosas sobre Vintila Horia: su admiración por Mussolini, su alejamiento de su país en cuanto éste se integró en la órbita soviética, su paso por Italia y Argentina antes de instalarse definitivamente en España… Horia, que escribía en varios idiomas, incluido el francés, llegó a ganar el premio Goncourt, que le fue retirado tras hacerse públicas sus viejas simpatías por el fascismo. Algunos años después, su obsesión por la parapsicología fue ganando terreno a su actividad estrictamente literaria, y a principios de los setenta, al tiempo que redactaba sus libros sobre esoterismo y ciencias ocultas, dirigía la revista de futurología Futuro presente. Las primeras cartas que Justo escribió a Vintila Horia las envió a la dirección de la revista, y nunca obtuvieron respuesta. Más tarde averiguó que el escritor rumano daba clases de Literatura Universal en la Complutense y probó a escribirle a esas señas. Apenas una semana después recibió una tarjeta de puño y letra de Vintila Horia en la que éste le agradecía las agudas observaciones que Justo había hecho a propósito de su libro más reciente. Era sólo una nota de cortesía, poco más que unas frases de circunstancias, pero para Justo era importante porque aquella tarjeta inauguraba su correspondencia con el maestro. Justo admiraba a Vintila Horia y yo admiraba a Justo, y pronto mitifiqué esa relación epistolar, que para mí era un fecundo y apasionante debate entre expertos. A veces Justo me leía párrafos de las cartas que escribía a Vintila Horia. En ellas consultaba pormenores o exponía sus propias teorías sobre algunos casos célebres, como el de las caras de Bélmez o el del periquito de Hamburgo. Sobre ambos casos había escrito Vintila Horia: sobre los misteriosos rostros que se habían hecho visibles en la pared de una casa y sobre cierto periquito que desde el más allá transmitía mensajes tranquilizadores a los padres de su propietaria, una niña alemana que había muerto repentinamente. En un párrafo que me leyó, preguntaba Justo a Vintila Horia si no podía ser que la clave tanto del caso de las caras como de el del periquito estuviera en la antimateria…

—¿La antimateria? —pregunté.

Justo me explicó que, según algunos científicos, existe un antiuniverso en el que el tiempo corre al revés que en nuestro universo visible y que no puede entrar en contacto con éste porque de ese contacto resultaría una catástrofe apocalíptica. Dijo Justo:

—La antimateria es la materia de la que está hecho el antiuniverso. Está claro, ¿no? Y el antiuniverso, que está al lado de nuestro propio universo, es ese mundo desconocido al que pasamos cuando morimos, ¿lo entiendes ya?

—Sí, sí… —dije, algo intimidado.

En las cartas de uno y otro, o por lo menos en las de Justo, abundaban las alusiones a la telepatía, la sofrología, la precognición, etcétera. Y sobre todo a la psicofonía. Según supe después, la teoría de la antimateria era también una de las que podían explicar el origen de las psicofonías. Pero ni Vintila Horia ni Justo descartaban otras teorías, como por ejemplo que las psicofonías fueran emisiones inconscientemente producidas por los propios receptores…

—¿Qué quiere decir eso? —pregunté.

—Puede ser que las psicofonías sean voces que estén desde siempre en nosotros mismos. Voces que tratan de comunicarnos algo que nosotros, carentes de los órganos apropiados, no hemos sido capaces de captar hasta la aparición del magnetófono y de la radio, instrumentos de una humanidad más evolucionada…

—Pero entonces no serían mensajes del más allá.

—Evidentemente.

Le pregunté si alguna vez había intentado captar psicofonías y contestó que esas cosas le interesaban sólo desde el punto de vista teórico. Una tarde aparecí con el radio-cassette de casa, y Justo protestó:

—¡Pero si ya te dije que a mí esas cosas…!

Insistí tanto que finalmente acabó accediendo.

—A ver… —dijo—, ¿con quién quieres hablar?

—¿Tiene que estar muerto? —dije, y pensé en mi abuelo paterno, al que casi ni llegué a conocer.

—¿No tienes otro muerto mejor?

—No —dije—, ¿y tú?

Justo hizo un gesto de olvidémoslo, pero cogió el radio-cassette y comprobó su funcionamiento. Dijo:

—Lo ideal no es sólo captar las psicofonías sino llegar a entablar un diálogo. Pero eso ocurre pocas veces. Y casi nunca a la primera. ¡Así que no te hagas muchas ilusiones…!

Entramos en la casa y buscamos un sitio en el que colocar el aparato. Lo acabamos poniendo en un rincón de la habitación grande, la que no tenía ventanas. Hasta ese rincón no llegaba la luz de fuera, o llegaba muy débil y como a retazos.

—Dale —dijo.

Pulsé el botón y la cinta empezó a girar. En la penumbra envié a Justo una mirada que quería decir ¿y ahora qué? Permanecimos inmóviles y en silencio durante varios minutos. Si yo no me movía ni decía nada era porque Justo tampoco lo hacía. Luego él dijo:

—¡Madre, madre…!

Dejó pasar unos minutos más y volvió a decir:

—¿Está usted cerca, madre?, ¿me está oyendo?, ¿está usted aquí…?

En su voz había algo que te sobrecogía, como si en realidad no estuviera hablando un adulto sino un niño, un niño asustado y desvalido, seguramente el niño que Justo había sido alguna vez, y en esa semioscuridad el efecto que la voz producía era desgarrador. Siguió diciendo:

—Dígame algo si me está oyendo, madre, dígame que está bien allá donde esté…

Aquella media hora se me hizo cortísima. Cuando el botón saltó y salimos de la casa, tenía la sensación de que había pasado mucho menos tiempo. Rebobinamos la cinta y, mientras nos disponíamos a escuchar, Justo parecía contento y excitado. Escuchamos entonces su voz llamando a su madre, preguntándole si estaba cerca, si se encontraba bien… Aparte de eso no se oía más que silencio, y Justo, disgustado, comentaba para sí:

—¿Cómo iba a venir hasta este sitio para hablar conmigo? ¡Qué estupidez la mía! ¡Si al menos lo hubiera intentado en el barrio en el que vivíamos o en nuestra vieja casa…!

Volvimos a oír su voz en la grabación y luego nuevamente el silencio, un silencio cada vez más espeso. Justo, de mal humor, presionó el stop y dijo:

—Vamos. A trabajar. Ya hemos perdido demasiado tiempo por hoy.

Eso fue poco antes de la discusión entre Mateo y él, dice Noel León. Estuvieron a punto de pegarse. Mateo mencionó a una mujer, una tal Carme Román, y Justo se puso como loco. Empezó a pegar gritos y a lanzar ladrillos y a golpear las paredes con el pico. Con lo que le había costado levantar esa casa (que por fuera estaba ya casi acabada), ahora parecía que lo único que quería era destruirla, reducirla a escombros… Y, aparentemente, todo por una mujer. Mateo cogió el coche y se marchó. Justo ni siquiera se volvió a mirarle. Volcó las piedras de la carretilla sobre las últimas ascuas de la hoguera y echó a andar cojeando hacia la carretera. Corrí a alcanzarle.

—¿Le digo a mi padre que te acerque a la estación de autobuses? —dije.

—Vete a casa y haz los deberes —dijo.

—¿Vendrás mañana?

—Seguro que sí, Noel, seguro que sí…

Estoy hablando de finales de abril o principios de mayo del 76. Justo no volvió por allí al día siguiente. Tampoco la semana siguiente ni el mes siguiente. Llegó el verano, y Justo seguía sin dar señales de vida. Con las primeras tormentas se formaron grandes charcos que parecía que no fueran a secarse nunca, y en varias esquinas nacieron unas pequeñas zarzas con hojas en forma de sierra y minúsculas flores amarillas. Una noche oí ruido de motos, y por la mañana encontré restos de comida y botellas rotas. A la vuelta del congreso de la Asociación (que ese año se celebró en Senés, provincia de Almería) descubrí que alguien había pintado un ojo gigantesco en la pared del pasillo, y desde entonces cada vez que entraba una pareja en busca de intimidad aparecían grabados en algún lado unos nombres, un corazón, una fecha. En septiembre, durante las fiestas, una peña adoptó la casa como cuartel general, y allí se reunían a todas horas para poner música, beber vino y comer caracoles. Más tarde, ya en el otoño, al menos dos vagabundos usaron brevemente la casa como vivienda, y por las mañanas me despertaban los ladridos de sus perros… Y sin embargo la construcción aguantaba. Las paredes y el tejado eran sólidos, consistentes, hechos para durar. Yo me acercaba de vez en cuando a arrancar hierbajos y limpiar la porquería dejada por los intrusos. No sabía si Justo iba a reaparecer alguna vez pero, si tal cosa ocurría, quería que se lo encontrara todo en el mejor estado posible de conservación.

Y, en efecto, Justo acabó reapareciendo, dice Noel León. Eso fue no sé si a finales de noviembre o principios de diciembre. De lo que estoy seguro es de que fue un domingo por la mañana, porque mi madre acababa de irse a misa cuando oí pasar el primer coche. Me asomé a una de las ventanas de atrás, la de la cocina, y vi cómo se detenía en la pequeña explanada y salían sus cuatro ocupantes. Me pareció que uno de ellos, por la manera de andar, sólo podía ser Justo. Luego llegaron dos coches más, casi seguidos. Me puse la chaqueta y eché a correr. Cuando llegué, no vi a nadie. Uno de los coches, un Seat 850, tenía las puertas abiertas, y de su interior salía, aunque a escaso volumen, música de aires militares. Me asomé al interior de la casa y comprobé que estaba vacía. Me dirigí entonces a la parte de atrás. Justo y los otros, nueve o diez hombres en total, formaban un corrillo irregular en la zona de los almendros. Grité el nombre de Justo, y todos se volvieron a mirarme. Reparé por primera vez en sus botas militares, sus guerreras con muchos bolsillos, sus chalecos de cazador… En su aspecto y su manera de observarme había una hostilidad esencial, profunda, como si fuera ése su estado natural.

—¡Hola, Justo! —dije, y él avanzó unos pasos, me señaló con el dedo y dijo:

—¿Quién te ha dado permiso para venir?, ¡esto es una propiedad privada!, ¡lárgate!