El día de mañana

Ignacio Martínez de Pisón · Capítulo 24 de 32

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El día de mañana

Habla Carme Román

Seguro que habían pegado carteles por Tallers, por Pelayo, por plaza Universidad. Seguro que Carme Román había visto la foto de Justo y le había reconocido. Oímos entonces un sonido de pasos y vimos venir a Noel, que debía de haber oído el ruido desde su casa.

—¡Vete, Noel!, ¡es tarde! —gritó Justo.

El chico se paró, indeciso.

—¿No me estás oyendo?, ¡te digo que te vayas! —volvió a gritar Justo.

Noel, intimidado, se alejó unos metros. Pero no llegó a irse del todo porque en ese momento Justo agarró con rabia el pico y descargó unos fuertes golpes contra la pared de la casa. Estaba fuera de sí y parecía decidido a derribarla.

—¡Ya basta, hombre!, ¡ya basta! —dije, pero él aún dio un nuevo golpe, fortísimo, que abrió en la pared una grieta vertical.

Agarré el mango del pico y traté de arrancárselo de las manos. Estuvimos unos segundos forcejeando. Dije:

—¡Eres un ingenuo! ¿De verdad pensabas que algún día Carme Román querría venirse a vivir contigo en esta casa? ¿De verdad lo pensabas? ¡Qué estupidez, construir esta casa para ella! ¡Qué estupidez y qué ingenuidad!

Justo me miró con odio, y por un momento estuvimos a punto de agredirnos. Si no lo hicimos, creo que fue sólo porque Noel estaba delante. Al final nos apartamos el uno del otro dándonos un empujón. Lancé el pico a la carretilla. Justo, ya sin gritar, dijo:

—Lárgate. Métete en el coche y lárgate.

 

Habla Carme Román

A principios del 76, mi tío consiguió traspasar la papelería, dice Carme Román. El día que nos reunió a todas para decírnoslo, tuve la sensación de que una etapa de mi vida quedaba definitivamente atrás. A punto de cumplir treinta años, sin nada que de verdad me perteneciera, sin una situación laboral estabilizada, sin más afectos que los que me proporcionaban mis esporádicos amoríos, perdía para siempre esa firme referencia que había sido la tienda, y ya sólo me quedaban el apoyo de una familia cada vez más dispersa y, sobre todo, mi vocación de actriz. En el montaje que estábamos preparando de Ubu Rey, una obra con tantos personajes pero tan pocos femeninos, ni siquiera había un papel para mí y, disfrazada de músico húngaro con un abrigo enorme y una espada, hacía de capitán Bordura. Supongo que eso influyó para que el proyecto no me entusiasmara. Pero es que, en realidad, no era ése el teatro que a mí me gustaba. Me aburrían las discusiones de mis compañeros acerca de la búsqueda de nuevas formas de expresión y, cuando todos condenaban con vehemencia los convencionalismos sociales y la cultura establecida, yo me preguntaba si también en su momento Chéjov habría pretendido algo similar. Siendo como eran estrictamente contemporáneos, ¡qué poco revolucionario y qué poco vanguardista parecía Chéjov al lado de Jarry! Pero a mí el que me interesaba era Chéjov, no Jarry, aunque por supuesto, temerosa de que alguien me acusara de defender los valores pequeñoburgueses o algo así, me guardaba mis dudas y reflexiones para mí… Sentía, pues, muy poco apego por aquel Ubu, y a pesar de todo acudía disciplinadamente a los ensayos y, a la espera de otra oportunidad, trataba de dar lo mejor de mí misma.

Precisamente a la salida de uno de los ensayos se produjo aquel extraño encuentro con Justo Gil, dice Carme Román. Seguíamos reuniéndonos en el local de siempre, una sala cedida por el decanato de Letras. Como la facultad se cerraba en cuanto acababan las clases de nocturno, lo normal era que si nos retrasábamos un poco nos encontráramos cerrada la puerta principal. Entonces el vigilante nos hacía salir por la puerta de atrás, la del jardín, que daba a la confluencia de Diputación con Enrique Granados. Allí encendíamos el último cigarrillo y nos despedíamos hasta el día siguiente. Unos se iban por Enrique Granados, otros hacia Muntaner o hacia Balmes. Los tres o cuatro que íbamos hacia Balmes pasábamos junto a los puestos cerrados del mercadillo de libros y nos separábamos al llegar a la esquina: los otros seguían por Diputación, yo bajaba por Balmes. Esa noche, al pasar por el mercadillo de libros, que era la zona más oscura de la calle, sentí que alguien nos vigilaba. Era una sensación extraña, como cuando te vuelves sin motivo y descubres a alguien mirándote con atención. En la esquina con Balmes pregunté a los demás adónde iban y dijeron que adónde iban a ir un lunes a esas horas. Se fueron. Miré a mi alrededor y no había nadie cerca. Eché a andar hacia la Gran Vía, y luego crucé Pelayo para meterme por Jovellanos. Un poco antes de la esquina con Tallers me volví, y unos quince metros por detrás de mí había un hombre con aspecto de mendigo. Poco después noté que algo o alguien me tocaba el brazo. Solté un grito de terror y apreté el paso.

—No te asustes, no te asustes… —imploró una voz a mis espaldas.

La calle Jovellanos estaba a oscuras, y yo me sentía como en una de esas pesadillas en las que avanzas directamente hacia un precipicio y, por mucho que te esfuerzas, no puedes parar ni desviarte.

—¿Qué quiere?, ¡váyase!, ¡no llevo dinero encima!, ¿me ha oído?, ¡no llevo nada…! —dije sin volverme del todo, y la voz dijo:

—No, Carme, por favor, no te asustes…

Entonces sí que me volví.

—¿Por qué sabe mi nombre?, ¿quién es usted? —dije, porque no resultaba fácil reconocer a Justo Gil en aquel hombre desmejorado y renqueante.

Me detuve y me alcanzó. Al darme cuenta de quién era, tuve de verdad la sensación de estar dentro de una pesadilla. Una pesadilla de la que no había manera de salir. Las frases que entonces pronunció Justo me parecieron inconexas. Hablaba de no sé qué carteles que según él yo tenía que haber visto. Insistía mucho en lo de los carteles y me decía que necesitaba hablar conmigo y que había un montón de cosas que tenía que explicarme… Yo le entendía sólo a medias porque estaba a punto de desmayarme. Recuerdo que Justo hizo un gesto hacia Tallers. En la esquina de enfrente estaba, con la persiana ya a medio bajar, el Céntrico.