El día de mañana

Ignacio Martínez de Pisón · Capítulo 18 de 32

Páginas del PDF

El día de mañana

Capítulo 4

 

Habla Mateo Moreno

Estábamos obsesionados con la propaganda, dice Mateo Moreno. Pillar una multicopista o un ciclostil portátil o aunque sólo fuera una vietnamita tenía tanto valor como pillar a un dirigente, y además siempre que caía una multicopista o un ciclostil caía también algún dirigente. Ellos creían que teníamos una unidad especializada en controlar el papel que salía de las fábricas, la tinta que se vendía en grandes cantidades, las resmas que se guillotinaban sin un objetivo preciso… Nada de nada. Alguna vez, en el pasado, se había intentado llevar un control de las imprentas, pero eso, que era complicadísimo, nunca había dado resultados. ¿Que necesitaban papel para sus boletines y sus octavillas? ¡Pues sólo tenían que comprarlo en pequeñas cantidades en diferentes tiendas y así no dejaban ningún rastro ni levantaban la menor sospecha! No, por ahí no era fácil cogerles. Casi siempre que cazábamos una imprenta clandestina se debía a un soplo, y no necesariamente a un soplo de alguno de nuestros confidentes sino de ellos mismos: entre ellos había con frecuencia rivalidades y ajustes de cuentas, por personalismos, por cuestiones de doctrina, por escisiones de la misma organización, por lo que fuera… Pero eso no quiere decir que de vez en cuando no nos presentáramos en una imprenta e hiciéramos el paripé. Lo hacíamos sobre todo para no ponérselo demasiado fácil a los aparatos de propaganda, que así seguían creyendo que lo teníamos todo vigilado. Además, ya sabíamos que lo más importante venía de fuera. Me refiero por ejemplo a Mundo Obrero y a Treball, que se imprimían aquí pero con clichés traídos de Francia. Sabías dónde se hacía un periódico por su calidad. Si la calidad era buena, es que los clichés estaban hechos en Francia, donde por supuesto se beneficiaban de la legalidad. Si era un periódico pobretón y chapucero, es que lo habían hecho enteramente aquí, y vaya usted a saber en qué condiciones. En jefatura los teníamos todos: Mundo Obrero y Treball pero también Universitat, que existía desde principios de los años sesenta, o Luchas Obreras, que era el boletín de Comisiones Obreras de Cataluña y a veces llegaba a tener hasta dieciocho páginas, o Lluita Obrera, que se llamaba así, en catalán, pero estaba escrito en castellano… Me acuerdo del logotipo de Lluita Obrera: un martillo despachurrando sobre un yunque la palabra CAPITAL. Cuando un inspector investigaba una imprenta, lo hacía por propia iniciativa, no porque algún comisario hubiera planificado ninguna operación especial. Yo me tomaba de vez en cuando esa molestia, sólo por ver si por casualidad caía algo. Visitaba imprentas, husmeaba un poco en los libros de contabilidad, hacía un par de preguntas al buen tuntún, miraba a ver quién se ponía nervioso y quién no… Entre otras imprentas visité una de la calle Tallers. Era más una papelería que una imprenta, y la chica que me atendió se mostró en todo momento inquieta y recelosa. Digo chica pero tendría veintiocho o veintinueve años, dos o tres más que yo. Era delgadita, de rasgos finos, con los ojos castaños claros y el pelo largo y liso como lo llevaban entonces las hippies, bastante guapa pero demasiado moderna para mi gusto. Pregunté por el propietario y me dijo que era su tío y que había sufrido una angina de pecho. Eché un vistazo a mi alrededor y luego señalé la trastienda.

—¿Puedo ver la imprenta?

—Desde que mi tío tuvo la angina de pecho, la usamos muy poco —dijo ella, remisa.

Busqué a tientas el interruptor y entré. Tenían una minerva a motor de unos quince o veinte años. Pasé los dedos por las cajas de los tipos y me pareció que la tinta no estaba del todo seca. Por el suelo había recortes de papel, y del cubo de los desperdicios asomaban arrugadas pruebas de imprenta.

—¿No le importa? —dije, agachándome, y ella negó con la cabeza.

Pero no, ni en el suelo ni en el cubo parecía haber nada que indicara que en aquella imprenta se hubieran tirado octavillas o pasquines ilegales.

—¿De qué es esto? —dije, mostrando un folio con unos versos.

—De un colegio, creo —dijo.

—¿De qué colegio?

—De Escolapios. En la ronda de San Pablo. A veces nos hacen algún encargo…

—Muy bien, ahora enséñeme los cuadernos de contabilidad —dije, devolviendo el papel al cubo y encaminándome hacia la papelería.

Ella se apresuró a apagar la luz de la trastienda y dijo:

—Para eso tendrá que hablar con mi tío. Ya le he dicho que tuvo una angina de pecho y, aunque está medio retirado…

Era la tercera vez que mencionaba la angina de pecho. La interrumpí:

—Pues, si está tan mal, mejor que no le molestemos, ¿no? Ande, sea buena y enséñeme esos cuadernos…

Era muy remota la probabilidad de que un simple vistazo a las cuentas de un negocio revelara algo, pero el grado de colaboración de la gente indicaba muchas cosas, y aquella chica no parecía tener ningunas ganas de colaborar. Abrió un armarito y luego otro y otro más, sacó algunos cuadernos y algunas carpetas con albaranes y lo fue amontonando todo sobre el mostrador. Esperé a que terminara y dije:

—Es suficiente, dígale a su tío que he venido.

Estoy hablando de la primavera de 1974, dice Mateo Moreno. Por entonces Justo todavía no había abandonado Derecho, pero mostraba ya muy poco interés por la carrera. Me hablaba de algunos profesores y compañeros particularmente significados, me alertaba sobre convocatorias de encierros o asambleas, me informaba sobre las organizaciones estudiantiles más activas… De lo que nunca hablaba era de si le gustaba esta o aquella asignatura o de si encontraba o no alguna satisfacción en el estudio. Llegué a pensar que me había equivocado con respecto a él. Llegué a pensar que lo de matricularse en la universidad se lo había tomado no como la última oportunidad de rehacer su vida sino como un nuevo encargo, una misión concreta que le hubiera sido encomendada por Mateo Moreno el policía y no por Mateo Moreno el amigo. Aunque la información que me pasaba no solía ser muy valiosa, es verdad que se desenvolvía con esa rara profesionalidad suya, sin entretenerse en consideraciones de ningún tipo, como un practicante poniendo vacunas en un colegio. Pero yo siempre tenía la sensación de que sabía bastantes más cosas de las que aparentaba saber. Si alguna vez le preguntaba por algo o por alguien, nunca le cogía de nuevas, y lo que no sabía se las arreglaba para averiguarlo enseguida. Un día le dije:

—Quiero datos sobre una chica.

—¿Sobre quién?

—Se llama Carmen Román o Carme Román, estudia cuarto de Filosofía y Letras, mira a ver qué se comenta sobre ella por la universidad.

Justo no dijo nada ni hizo ningún gesto.

—¿Te acordarás? Carme Román, cuarto de Filosofía… —dije, y él asintió con la cabeza.

—¿En qué está metida?

—Creo que tiene que ver con la API —dije—, pero no estoy seguro…

—La API, la Agencia Popular Informativa.

—Correcto.

A nuestro siguiente encuentro acudí habiendo hecho mis propias averiguaciones. Para entonces sabía muchas cosas. Sabía que la imprenta de la calle Tallers había comprado recientemente unas cantidades inusuales de papel y que, aun descontando el utilizado en el boletín de Escolapios, las entradas superaban en mucho a las salidas. Sabía también que, aunque no nos constaban antecedentes de Carme Román por actividades políticas o sindicales, se relacionaba con gente de la oposición al régimen. Y sobre todo sabía que había sido ella la que, siete años atrás, había denunciado a Justo por estafa…

Ahora Justo y yo quedábamos en un bar de la calle Londres que se llamaba Sapporo, como la ciudad japonesa de los juegos olímpicos de invierno, dice Mateo Moreno. Era una de esas cafeterías modernas, con lámparas naranja y camareros con chalecos milrayas y pajaritas burdeos. Tenía los taburetes atornillados al suelo y una barra alargada en la que los clientes rebañaban silenciosos sus platos combinados. Esperé a Justo al final de la barra, hojeando un periódico en el que hablaban de Patricia Hearst. Él se sentó a mi lado y yo, sin saludarle, señalé la foto del periódico:

—La gente está loca. Una chica de una familia buenísima, una rica heredera. La secuestran unos chalados, y ella va y se pone de su lado. ¡Lo tienen todo en la vida! ¿Y de qué les sirve? Mírala aquí, con una metralleta, asaltando un banco, ¿qué te parece?

Justo hizo una seña al camarero y dijo:

—Un café.

Le entregué su sobre con el dinero. Él hizo lo de siempre: echar un vistazo rápido al contenido y guardárselo en el bolsillo.

—Los precios suben, algún día habría que… —empezó a decir.

—No te quejes. Los precios suben pero tus servicios cada vez valen menos. Lo mejor que te puede ocurrir es que en jefatura nadie se acuerde mucho de ti.

Justo se tomó el café en silencio. Luego empecé con las preguntas habituales: qué se estaba cociendo en el mundillo universitario, qué podía decirme de éste o aquél… Omití deliberadamente el nombre de Carme Román porque sabía que sería él quien acabaría mencionándola. Y en efecto, cuando yo había hecho ya el gesto de pedir la cuenta, dijo:

—Por cierto, la chica esa de la que me hablaste…

—¿Quién? —dije, haciéndome el despistado.

—Carme Román, la estudiante de cuarto de Filosofía. He hecho algunas indagaciones y he comprobado que está limpia.

—¿Limpia? —dije en el tono más neutro posible.

—Limpia —dijo—, olvídala, no pierdas el tiempo con ella.

Lo primero que pensé fue que ya nunca podría fiarme de él. Qué cabrón. ¿Sería capaz de ocultarme que si su vida se había ido al carajo había sido precisamente por culpa de la denuncia de esa chica? Pero no era sólo que me estuviera ocultando algo importante. Había algo más. Los indicios que yo tenía sobre Carme Román hablaban de una relación más que probable con gente de la API. ¿Por qué, entonces, intentaba Justo protegerla? Las piezas no encajaban, no tratándose de Justo. De alguien como él habría podido esperarme que aprovechara las circunstancias para vengarse de Carme Román, del mismo modo que se había vengado de otros que en el pasado le habían hecho daño o humillado o, simplemente, no le habían ayudado a realizar sus sueños de prosperidad. Aquella Loreto que se hacía llamar Chantal, su querida Elenita Castellnou, el mariquita de Quim Nebot… Sobre todos ésos (y seguramente sobre unos cuantos más) había falseado información. ¿Por qué en este caso que existían pistas reales se esforzaba por borrarlas? Podía ser que para ella, que al fin y al cabo era la que había precipitado su ruina, tuviera previsto otro tipo de venganza, una venganza que no consistiera en hacerla pasar por los calabozos de jefatura… Pero no parecía probable. Lo más lógico era al mismo tiempo lo más inquietante: lo más lógico era pensar que Justo estaba haciendo un doble juego. Esas cosas ocurrían. Los confidentes tendían siempre a sobrevalorar su información y creían que, si había alguien que quería pagar por algo, seguro que habría otro dispuesto a pagar más. Eran chantajistas, eso eran. Chantajistas que a veces no se cobraban sus servicios en dinero sino, no sé, en protección, o en información… Si ellos te han prometido que no te va a pasar nada, yo también te lo prometo. O yo te paso este dato y tú se lo pasas a ellos, y tú a cambio entérate de tal cosa y me lo dices… ¿Arriesgado? ¡Cuando alguien vive metido en ese mundo, todo es arriesgado! En 1974 Justo llevaba ya cinco años pasándome información, y cinco años son muchos cuando te ganas la vida como confidente. Era un veterano. Estaba, ¿cómo se dice?, encallecido. Sí, estaba encallecido. Encallecido y quemado, ja ja.

Pero una cosa es que tu confidente esté quemado y otra muy distinta que trabaje para el enemigo, dice Mateo Moreno. Si me esmeré tanto investigando a Carme Román fue sobre todo porque necesitaba saber de qué pie cojeaba ahora Justo. Cuantas más cosas supiera sobre ella, más sabría también sobre él. Averigüé que había nacido en Tarrasa en 1946, que su familia había muerto en las inundaciones famosas del 62, que desde entonces vivía con sus tíos, que formaba parte de una compañía de teatro aficionado… Averigüé asimismo que su relación con la API le venía a través de una amiga de infancia llamada Clara Olivé o, mejor dicho, a través del marido de la tal Clara Olivé, un aparejador con antecedentes por reunión ilegal y pertenencia al Sindicato Democrático de Estudiantes. Eso y muy poco más era lo que sabía de Carme Román, y ninguno de esos datos me abría ninguna puerta ni me indicaba ningún camino. Indagué un poco sobre el marido de Clara Olivé y sobre otra gente de la API que teníamos fichada, y enseguida comprobé que no existía la menor relación entre ninguno de ellos y Justo. Mis sospechas acerca de una posible traición se sostenían únicamente en su actitud hacia Carme Román. ¿La estaba encubriendo o no? Y si la estaba encubriendo, ¿por qué lo hacía? Opté por estrechar el cerco en torno a ella. Vigilaba discretamente la papelería, anotaba sus entradas y salidas, la seguía durante sus trayectos a la facultad, me fijaba en la gente con la que se relacionaba… Pero nunca percibía nada anormal. ¿Podía ser que se supiera vigilada y que esa normalidad fuera sólo simulada? En verano cambiaron sus horarios y recorridos, y hacia la segunda quincena de julio empezó a frecuentar por las tardes un localito anexo a la iglesia de San Agustín, muy cerca del teatro Romea. A la misma hora que ella, entraban en el local unos jóvenes bastante desarrapados. Por el tablón de anuncios supe que se reunían para seguir un cursillo de algo llamado expresión corporal. ¿Qué coño sería eso? Pensé que podía ser una tapadera y que tal vez había dado con la pista buena y, cuando no tenía nada más importante que hacer, me dejaba caer para ver si entre los que entraban o salían identificaba a algún político o sindicalista destacado. Pero siempre veía llegar e irse a los mismos, a los desarrapados. Una tarde, mientras hacía tiempo en un banco de la plaza, me fijé en un chico que sostenía en las manos una caja de zapatos agujereada. Era un tipo extraño, con cara de viejo y un hombro más alto que otro, y su aspecto me sonaba. Claro que sí: lo había visto rondando la papelería de la calle Tallers. Me acerqué y le pedí la documentación. Se llamaba Hilario Lazcano y había nacido en Baracaldo, Vizcaya.

—Enséñame lo que llevas ahí —dije, señalando la caja y agarrándolo de un brazo.

—¿Por qué?

—Porque lo digo yo.

Hizo amago de resistirse y le quité la caja. Levanté la tapa. En su interior había una tortuga, una de esas tortugas asquerosas con la cara arrugada y las patas medio escondidas dentro del caparazón. Volví a agarrar al chico del brazo. Dije:

—¿Por qué no querías enseñármela? ¿Eh? ¿Por qué? Ahora tendrás que acompañarme a jefatura.

—Justo Gil…

—¿Qué?

—Justo Gil —repitió—, soy amigo de Justo Gil…

—Esto tenemos que aclararlo. ¡Andando!

A Hilario Lazcano, el de la tortuga, lo encerré en un despacho de jefatura, dice Mateo Moreno. Luego localicé a Justo por teléfono.

—¿Quién es el crío ese que dice ser amigo tuyo? —dije.

—Suéltalo y te explico.

—Primero me explicas y luego veré si lo suelto o no.

Quedamos en el Sapporo. Cuando llegué, Justo estaba ya esperándome en el lugar de siempre, al final de la barra.

—Bueno, ¿qué? —dije, sin entretenerme en saludar.

—Es inofensivo, no haría daño a una mosca.

—¿Por qué no deja ni a sol ni a sombra a la chica de la imprenta?

—Trabaja para mí —dijo muy serio, y yo me reí:

—¿Trabaja para ti? ¿Qué tontería es ésa? ¿Te has montado una empresa? ¿Soplos y Chivatazos Sociedad Anónima?

Eché un vistazo al teléfono de la pared, que era de los que funcionaban con fichas. Pedí una al camarero y la sostuve entre el pulgar y el índice. Dije:

—Tienes un minuto. Dentro de un minuto llamaré para decir que suelten a tu socio o lo bajen a incomunicados. De ti depende.

Justo puso las manos en posición de oración y asintió con la cabeza.

—A Carme Román no puedo vigilarla personalmente porque me conoce… — empezó a decir, y yo exploté:

—¡Ya sé que te conoce! ¡Ella fue la que te llevó a juicio! ¿Te creías que no me iba a enterar? Y ahora ¿me vas a contar algo que yo no sepa?

—¿Qué quieres saber?

—¡Todo!

—Está bien… —dijo, y por fin se decidió a hablar—: Estás siguiendo pistas equivocadas. El cursillo ese de no sé qué no es la tapadera de nada. Y la papelería de Carme Román nunca ha suministrado papel a la API. ¿Me crees?

—No —dije.

—Pues es cierto —dijo.

—¿Qué más?

—También es cierto que colabora con ellos desde el principio.

—Ahora sí que te empiezo a creer…

Al parecer, el boletín de la API se distribuía principalmente por correo. Para que los envíos no levantaran sospechas se utilizaban sobres de distintos tamaños, formas y colores, y se hacían siempre en pequeñas cantidades y echándolos a buzones desperdigados, de modo que fuera imposible rastrear su origen. De esas tareas menores se encargaban unos cuantos voluntarios, que nada tenían que ver con la redacción del boletín, y entre esos voluntarios estaba Carme. ¿Valía la pena que un inspector perdiera el tiempo con alguien tan poco relevante? Dije:

—No vale la pena, tienes razón.

Dijo:

—Claro que no.

Dije:

—Así que dame nombres.

Dijo:

—¿Qué?

Dije:

—Que me des nombres. Nombres de gente relevante, como tú dices.

Justo permaneció en silencio. Hice girar la ficha entre los dedos. Dije:

—Voy a llamar. Seguro que tu socio tiene cosas que contarme…

—Prueba mejor con la tortuga. ¿No te has dado cuenta de que Hilario no es más que un tarado?

Me eché a reír porque la cosa había tenido gracia, y Justo se rió también. Bromeé:

—¿No será que estás encoñado? ¡A ver si va a ser que te la has tirado unas cuantas veces y te has acabado encoñando, ja ja!

Volvimos a reír.

—¿Pero te la follas o no? —dije—. Y si no te la follas tú, ¿quién? ¿El de la tortuga? ¿Se la folla el tarado de la tortuga y luego te lo cuenta? ¿O se la folla la tortuga y luego os lo cuenta a los dos?

Estábamos así, bromeando, riéndonos sin más, y de repente lo entendí todo. Fue una intuición súbita, un fogonazo de lucidez, como cuando te viene a la cabeza un nombre o un número de teléfono que no lograbas recordar, y ni siquiera tuve tiempo de sorprenderme. Dije:

—Quieres que los deje en paz, ¿verdad?, quieres que deje en paz a esa chica y a sus amigos. Y todo porque sabes que si cae alguno de sus amigos acabará también cayendo ella… Los proteges a todos para protegerla a ella. Eres un canelo. Un canelo y un cabrón. ¿Me lo vas a decir o te lo tengo que decir yo?

Justo se había puesto a la defensiva. Dijo:

—Siento que todavía estoy en deuda con ella y no me gustaría que…

—¡En deuda, ja ja! Eres un canelo y un cabrón, pero más un canelo que un cabrón. ¿Qué coño de deuda? ¿Te parece poca deuda la que estás pagando? Mírate. Eres un mierda. Los mierdas como tú no estáis en deuda con nadie, ja ja.