El día de mañana

Ignacio Martínez de Pisón · Capítulo 2 de 32

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El día de mañana

Habla Pascual Ortega

—Mire esa fuente, madre, qué bonita, y esas casas de allá, madre, mire qué altas…

Yo le dije que, siempre que la sacara a pasear, pasara un momento por la parroquia. Lo importante era que el padre Benet les viera, que se fijara en ellos. El mozo siguió mis instrucciones, y entonces yo empecé con las insinuaciones y las indirectas. Que si qué se ha hecho, padre, del localito ese de la herencia. Que si no estaría bien, padre, que desaprovecháramos los bienes que Dios Nuestro Señor ha puesto a nuestra disposición. Que si no me importaría, padre, cumplir con mi deber de buen cristiano y ayudarle a encontrar el mejor uso posible para el localito… Y así fue como les conseguí su primera vivienda. No está mal, ¿no? En la vida hay que tener mano izquierda. Y yo tengo, siempre he tenido. ¿Cómo, si no, habría podido llegar hasta donde he llegado?

 

Habla Pascual Ortega

Era ver unas faldas y volverse loco, dice Pascual Ortega. ¡Qué hombre! En presencia de una mujer bonita se transformaba. Ahuecaba la voz, achinaba un poco los ojos, ponía esa media sonrisa que él creía irresistible… Hasta parecía más alto. ¡Porque mira que era bajito! Ahora me acuerdo de la Juju. Se llamaba Juana, pero como era tartamuda… Que yo sepa, no tenía otro defecto. Morena, guapetona, con un trasero que le rebosaba la falda. Y alta, muy alta, más que la mayoría de los hombres. Verles pasear juntos era todo un poema: ella tan bien plantada, y él un canijo que se empeñaba en llevarla cogida del hombro. Iba siempre como colgado de ella. Parecía un mono, uno de esos chimpancés de las películas. Es que no la soltaba ni un segundo, y de vez en cuando le saltaba al cuello y ¡venga a besuquearla y a besuquearla! Ella fingía resistirse: ¡Ju-ju-justo!, ¡que hay ge-ge-gente!, ¡que nos está viendo todo el mu-mu-mundo! Ay, la Juju…, ¡cómo me gustaba esa mujer! Estudiaba en una academia de corte y confección de la Ronda Universidad. Yo iba mucho por allá porque mi madre era amiga de la dueña, la señora Eulalia, y a veces me mandaba a recoger algún paquete: unos visillos, unas servilletas de hilo… Recuerdo que en verano tenían las ventanas abiertas y se oía el tiqui-tiqui de las máquinas de coser. Yo mataba el tiempo hasta que salían las chicas, a la una y media. Ahí estaban siempre los novietes esperándolas. Entre ellos, claro, estaba él. Con su traje barato, con sus ojines de seductor, con ese peinado que se hacía para parecer más alto… Yo tendría entonces diecinueve años y él unos veintidós. Empezaban a salir las chicas. Las feas se iban en grupitos porque nadie las esperaba, y las guapas corrían a reunirse con sus novios. De ellas, sin duda la más guapa era la Juju, y todos, hasta los que estaban con las otras chicas, la seguían con la mirada desde que aparecía por el portal hasta que se lanzaba a los brazos de Justo. Parecía que no estaban allí para recoger a sus novias sino para presenciar ese momento, el momento de verla salir. Y se la comían con la mirada y las novias se enfurruñaban. Pero ella, la Juju, como si nada. Ella ni se enteraba de la admiración que despertaba en los demás, porque sólo tenía ojos para él… A mí, desde luego, nunca llegaba a mirarme. Yo era invisible para ella, como lo eran todos los hombres del mundo. Todos menos Justo. ¿Qué vería en él? ¿Qué era lo que le hacía tan atractivo para la Juju?

El caso es que la chica, para pagarse la academia, trabajaba de taquillera en el Arnau, en el Paralelo, dice Pascual Ortega. Te puedes imaginar la clase de hombres que todas las noches pasaban por delante de ella: crápulas, golfos, vividores. Siempre había alguno que le hacía proposiciones o trataba de citarse con ella a la salida del trabajo. Pero la Juju ni caso. Les decía:

—A la salida vendrá a buscarme mi novio, así que no se te ocurra aparecer por aquí.

Luego, en efecto, aparecía Justo, y los otros le miraban con desprecio: ¿cómo podía ser que una mujer como ésa bebiera los vientos por un hombrecillo así? Uno de esos tipos acabó encaprichándose de ella y recurrió al truco más viejo… ¿Que cuál? El de los ramos de flores. Prueba a mandar todos los días un ramo de flores a una mujer, y ya verás como acabará cayendo rendida a tus pies. Te lo garantizo: eso funciona siempre. Siempre. Con todas las mujeres. Casadas o solteras, ricas o pobres, anticuadas o modernas, extranjeras o españolas… Piensa en la que quieras: la que te parezca menos accesible, la más virtuosa, la que ni por asomo ha pensado en ser infiel a su marido. Yo te aseguro que el truco de las flores funciona siempre y con todas. Pero, eso sí, las cosas hay que hacerlas bien, y aquel tipo debía de ser un viejo zorro. Los primeros ramos le llegaron anónimamente, y a ella le hacía gracia la idea de tener un admirador secreto. Colocaba las flores en unas cubiteras que le prestaban los del bar y las ponía en la repisita que tenía en la parte de atrás de la taquilla. Cuando aparecía Justo y veía un ramo nuevo, ella se hacía la interesante. Y, curiosamente, entonces no tartamudeaba. Decía:

—No tengo ni la menor sospecha de quién es el que me las envía.

Pero lo decía con un tono que daba a entender que en realidad sabía un poquito más de lo que decía… Te lo puedes imaginar: el clásico coqueteo, el típico jueguecito para provocarle celos y poner algo de pimienta en la relación… Y Justo le seguía la corriente y le decía que le robaría alguno de esos ramos para regalárselo a una bailarina que parecía que no le miraba con malos ojos. Y ella hacía como que se enfadaba y entonces volvía a tartamudear: ¡Co-co-como te vea yo con una de ésas…! Bueno, la cosa es que siguieron llegando ramos de flores. Llegaban todos los días y siempre de forma anónima, y la Juju los ponía en la repisita y cada vez sentía más curiosidad por la figura de su admirador. ¿Quién sería ese hombre que parecía haber desarrollado una pasión tan intensa? ¿Acaso uno de esos a los que todos los días veía fugazmente desde su ventanilla? ¿Y por qué se empeñaba en mantener el anonimato? ¡Tenía que ser sin duda un hombre muy especial, uno de esos hombres que aman sin pedir nada a cambio, que no necesitan ser amados para seguir amando! Pero, a la vez que crecía su interés por su enamorado, crecía también su sensación de culpa. Dirás: ¿Culpa por qué, si no había hecho nada reprobable? No hace falta ser culpable para sentirse culpable, y la Juju se sentía culpable por pensar demasiado en ese hombre, quienquiera que fuese…

Entonces empezó a ocultar los ramos, dice Pascual Ortega. Los dejaba donde nadie pudiera verlos: en los rincones de la taquilla, en el cuartito que tenía para cambiarse… Pero eso casi era peor. Era como admitir que tenía motivos para sentirse culpable. Estaba empezando a comportarse como si de verdad hubiera engañado a Justo con otro hombre, y un día decidió cortar por lo sano. Le dijo al mozo de la floristería que se llevara el ramo y que no quería volver a verle por allí. El mozo, por supuesto, regresó al día siguiente: él iba donde le mandaban, y el cliente había dado instrucciones para que siguiera yendo todas las noches con flores al teatro. La Juju, alterada, le amenazó con llamar a la policía:

—¡Co-co-como vuelva a verte por aquí, te juro que acabas en co-comisaría!

El chico se marchó, intimidado. Pasados unos minutos, apareció, llevando el mismo ramo, un caballero de unos cuarenta y tantos años, bien vestido, repeinado, un poco barrigón, que se limitó a dejar las flores en la taquilla y a decir:

—Le prometo, señorita, que no volveré a molestarla.

Dijo eso, hizo una inclinación de cabeza y se fue. Ni siquiera dijo cómo se llamaba. Hizo una inclinación, se fue, y al día siguiente nadie llegó con flores para la Juju. Dirás: ¡O sea que el truco no funcionó! Naturalmente que funcionó. Si he dicho que nunca falla, es que nunca falla. Pasó una semana y luego otra, y ya no llegaban ramos de flores y al caballero no se le había vuelto a ver por allí. La historia parecía haber terminado, y todo daba la impresión de ser otra vez como antes. Pero había algo nuevo en la Juju. ¿Cómo decirlo? Había aflorado una veta de melancolía, una tristeza desconocida, suave, casi placentera… Así somos los seres humanos, que sólo queremos lo que tenemos cuando ya no lo tenemos. Ahora echaba de menos las flores, pero sobre todo echaba de menos la sensación de saberse amada y admirada por un desconocido. ¿Viene a ser lo mismo? Ya he dicho que el admirador debía de ser un zorro. Hizo que se sintiera primero abrumada y después abandonada. Ahora sólo faltaba esperar el punto exacto de cocción: como la paella. Al cabo de dos o tres semanas, reapareció el caballero. Por supuesto, no llevaba ningún ramo. Y no hizo nada que no hicieran los demás: aguardar en la cola, comprar la entrada, pasar a ver la función. Volvió al día siguiente, y al otro, y al otro. Siempre solo, siempre silencioso. La Juju esperaba que cualquiera de esas veces le dirigiera la palabra, pero él nada. Como si lo de los ramos de flores no hubiera ocurrido. Como si todo hubiera sido un sueño. Así que ella se decidió a tomar la iniciativa, y una noche le dijo:

—Sólo quería decirle que las flores eran muy bonitas…

La fruta ya estaba madura y cayó por su propio peso. Lo siguiente casi te lo puedes imaginar. El hombre intentó invitarla a cenar esa misma noche, pero, como Justo estaba a punto de llegar, ella lo arregló todo para la noche siguiente. Inventaría una indisposición, pediría a una amiga que la sustituyera en la taquilla… Esta parte de la historia es muy vulgar: el restaurante de lujo, los halagos del caballero, la conversación sobre asuntos íntimos, las confidencias acerca de sus desdichas conyugales, los lamentos sobre una existencia que carece de auténtico sentido… En fin, lo de siempre. ¿Dónde acabaron? En la Casita Blanca o algún sitio así. Al día siguiente, la Juju se levantó con dolor de cabeza y sentimiento de culpa. Un sentimiento tan intenso que no lo podía aguantar. Fue a las clases de la academia, y durante toda la mañana estuvo armándose de valor. Tenía que decírselo. Tenía que confesar a Justo su infidelidad. Cuando llegó la hora, fue la última en salir. Ese día estaba yo porque había ido a recoger un traje de mi padre que la señora Eulalia había arreglado para mí, y recuerdo su palidez y sus ojeras. Pero a mí me parecía que, pálida y ojerosa, seguía siendo la mujer más guapa del mundo… Yo no tenía ni idea de que aquel día iba a ser distinto de los anteriores. Lo supe después. Lo supe cuando ya todo había pasado y la Juju dejó de asistir a la academia. El caso es que se saludaron como siempre, con muchos abrazos y mucho besuqueo, y Justo se le colgó del hombro y se fueron juntos a los jardines de la Universidad. Se sentaron en un banco. La Juju estaba muy compungida, pero ni siquiera tuvo tiempo de confesar. Antes de que llegara a hacerlo, Justo le dijo que la seguía queriendo, pero ahora la quería como a una hermana o una amiga, bla-bla-bla…:

—Me he enamorado de otra…

Ella saltó:

—¿Qué estás di-di-diciendo?, ¿que me dejas por otra?, ¿y quién es la gu-gu-guarra esa?

Era junio, hacía calor y las clases se daban con las ventanas abiertas. Al cabo de un minuto estaban todos los alumnos y los profesores asomados a las ventanas para ver qué era ese griterío.

—¡Con la Fi-fi-fina! —gritaba la Juju—, ¡te has liado con la pu-pu-puta esa! ¿Cómo has podido hacerme esto?

Le tenía medio acorralado contra el banco, y el bueno de Justo parecía todavía más pequeño de lo que era. Ella lloraba y le insultaba, le llamaba enano, cerdo, cabrón, y los estudiantes les lanzaban burlas y les silbaban… ¡Tan concentrada había estado en los galanteos de su admirador que ni se había dado cuenta de lo que estaba ocurriendo delante de sus narices! ¡Justo llevaba semanas coqueteando con la bailarina esa, Fina, la que se suponía que no le miraba con malos ojos, y había aprovechado la falsa indisposición de la Juju para rematar la faena y liarse con ella! Una mujer impresionante, Fina, creo que cubana, medio negra, que luego estuvo en El Molino… ¡Otra mujer de bandera! Ese hombre era un fenómeno… ¿Tan buen amante sería? ¿Qué veían en él? Está claro que para conquistar a una mujer guapa no hay nada como rodearse de mujeres guapas. Pero lo que ocurría con Justo era que se enamoraba. Que se enamoraba de verdad, y al segundo día ya estaba hablando de que el suyo era un amor eterno, para toda la vida, y de que quería casarse y tener hijos… Eso a muchas mujeres las desarma. Tiene gracia que fuera así: él, que, hasta donde alcanzan mis noticias, nunca se casó ni tuvo ningún hijo…

¿Qué fue de la chica?, dice Pascual Ortega. Podría decirte que se hizo amante del repeinado ese. Que éste no tardó en cansarse de ella y que la Juju se buscó otro que la mantuviera. Que al cabo de unos años trabajaba de puta en un burdel… Pero lo cierto es que no lo sé. Le perdí la pista cuando me fui a la mili. Luego, a mi vuelta, nadie se acordaba de ella en el teatro ni en la academia de corte y confección… A Justo sí que lo seguí viendo. Duró muy poco con Fina, y un día supe por qué. No sé si lo supe por entonces o algo más tarde, en la época en que nos hicimos más amigos, cuando él quería aprender a nadar y yo le acompañaba a la Barceloneta y trataba de enseñarle. Lo de Fina era, no te lo pierdas, una cuestión de pedos vaginales. Sí, has oído bien. ¿No sabes lo que son los pedos vaginales? Pues, si no lo sabes, te lo puedes imaginar. Por lo visto, la chica tenía una pequeña malformación, o ni siquiera eso, digamos una particularidad en la vagina, que hacía que se le llenara de aire con facilidad, y en cuanto se metían en la cama y Justo la penetraba, el aire salía expulsado y sonaba igual que un pedo. Un pedo estruendoso, tremendo. Y él, vete a saber por qué, se quedaba como paralizado al oír aquello y ya no podía consumar el acto. Me decía Justo:

—Lo intenté de todas las maneras, fingiendo no haberlo oído, bromeando para quitarle importancia, aguardando unos minutos para ver si así me sobreponía, pero nada, que no había forma…