El día de mañana
Habla Pascual Ortega
—¿Para qué se piensa que estamos aquí?
Durante el viaje de vuelta, me pareció que mamá estaba feliz pero de una manera triste. O triste pero de un modo feliz. Con Ramón sentado en el regazo, hablaba como para sí misma:
—Claro, Justo tenía razón. ¡Los milagros les ocurren a los que creen en ellos! Nuestro problema es que no hemos creído con la suficiente intensidad…
Luego intentamos imaginarnos a Justo y a su madre paseando por una playa canaria. ¿Cómo serán las playas allí?, nos preguntamos. Seguro que grandes, muy grandes, bordeadas por palmeras y por casitas blancas, con la arena muy fina y la orilla llena de conchas, con olas transparentes que rompían mansamente en los tobillos de los paseantes… Mamá, de repente, abrazó con fuerza a Ramón y me pareció que se le empañaban los ojos. Y dijo:
—Hijo mío, cuando estés curado, te prometo que iremos a un sitio así para celebrarlo, te lo prometo…
Aún fuimos otras dos o tres veces a Sant Miquel del Fai, dice María Antonia Mir. Aunque nunca fuimos testigos de ninguna, nos llegaron noticias acerca de nuevas curaciones milagrosas, y eso avivaba nuestras esperanzas. Pero Ramón, pobret, no estaba bien. De hecho, estaba tan mal como en los peores momentos. Volvía a despertarse en mitad de la noche con vómitos y dolores, y en una de esas crisis perdió el conocimiento y todos en casa intuimos que ya nunca lo recuperaría. El pequeño estaba en la cama de mis padres, con la boca entreabierta y la cara inexpresiva. Mamá se había sentado a su lado, sobre el embozo de la sábana, y le agarraba una mano y le acariciaba las puntas de los dedos. Alrededor de la cama pero a cierta distancia, como si no quisiéramos importunarla en su despedida, estábamos los demás: el médico, el cura, papá, mis hermanos mayores, yo. Cuando todavía Ramón respiraba, mamá se volvió hacia mí y con una sonrisa llorosa me susurró:
—¿Cómo era la playa esa a la que pensábamos ir con él?
Yo pensé que era una de esas preguntas que se hacen sin esperar respuesta, pero ella insistió:
—¿Cómo era?, ¿cómo era?
—Una playa muy grande. Una playa desierta entre altas palmeras. Una playa con la arena muy fina y conchas en la orilla… —dije, y me pareció que mis palabras la consolaban y la tranquilizaban.
Habla Pascual Ortega
Cuando más lo traté fue cuando las oposiciones, dice Pascual Ortega. Las de notarías no, las de secretario de ayuntamiento. Hasta entonces mi madre siempre había decidido por mí. Si estudié Derecho fue por ella, porque ella decía que era una carrera con muchas salidas. Y si luego empecé a preparar notarías también fue por mi madre, porque decía que la mayor ilusión de su vida era tener un hijo notario. Un hijo notario: o sea, yo, su único hijo. ¡Ojalá hubiera tenido un hermano con el que compartir esa responsabilidad! Nos lo habríamos podido jugar a cara o cruz y al menos habría tenido un cincuenta por ciento de probabilidades de salvarme. ¡Si sale cara, eres libre de elegir tu destino! ¡Si sale cruz, a hacer notarías! Pero, claro, como mi padre murió tan joven… Siempre me he preguntado el porqué de esa obsesión de mi madre. Para ella, el notariado no era sólo sinónimo de posición social o de triunfo profesional o de seguridad económica. Para ella era algo más: algo que daba sentido a mi existencia, y sobre todo a la suya. Después de tantas privaciones y tantas estrecheces, después de tantos años de esforzarse por darme un vida decorosa, aprovechando la ropa vieja de mi padre, dándome la parte tierna del filete que tomábamos a medias, pagándome un colegio que estaba por encima de sus posibilidades, después de todo eso hacía falta algo que la resarciera definitivamente. Algo que borrara de un plumazo todos sus sacrificios. Algo que le certificara que durante esas dos décadas no había estado equivocada y que lo que había hecho estaba bien hecho y había valido la pena. Por eso no le bastaba con pensar que me había dado una carrera y que yo, por mis propios medios, acabaría abriéndome camino en la vida. Lo que ella quería tenía que ser concreto, próximo, inaplazable. Casi diría fulminante: yo telefoneándola una mañana para darle el anuncio del aprobado y ella convirtiéndose de golpe en la madre del notario. Mi hijo es nota-rio, no-ta-rio… Me la imaginaba diciéndoselo a sus amigas con esa vocecilla infantil que ponía cuando estaba de buen humor: Mi hijo es no-ta-rio… Y me imaginaba luego a sus amigas felicitándola y besuqueándola y dándole palmaditas en el hombro, y a ella negando humildemente con la cabeza y diciendo que no tenía ningún mérito, que todo el mérito era mío, cuando en realidad creía que el mérito era suyo y sólo suyo por haberme sabido educar, por haberme dado todo lo que estuvo en su mano, por haberme asistido cuando lo necesité, por haberme alentado en todo momento, por haberme sostenido durante mi época de opositor… Así, sin darme mucha cuenta ni pararme demasiado a reflexionar, me encontré un día firmando unas oposiciones que no había elegido. Y luego suspendiéndolas. Suspendiéndolas la primera vez, suspendiéndolas la segunda… Era como en esas pesadillas típicas de los estudiantes: me presentaba ante el tribunal, decía el título del tema seleccionado e inmediatamente me quedaba en blanco. Totalmente en blanco. Bloqueado. ¡Y lo malo era que ese tema me lo sabía, porque iba muy bien preparado! ¿Qué era entonces lo que me ocurría? ¿Por qué me pasaba eso? Yo creo que era el sentido de la responsabilidad, que me aplastaba, me oprimía, me paralizaba… ¿Cómo no va a sucumbir ante un peso así un chico de veintipocos años que en sólo unos minutos tiene que redimir la vida entera de su madre, redimir ese pasado suyo de viuda venida a menos, de mujer condenada por el destino a la infelicidad?
La segunda vez que me quedé en blanco me dije que no podía volverme a ocurrir, dice Pascual Ortega. Estaba destrozado. Mi madre ocultaba su tremenda decepción y trataba de consolarme y de animarme. Me decía: No te preocupes tanto, la próxima vez lo conseguirás, a la tercera va la vencida… Hasta que un día le dije que había descubierto mi verdadera vocación y que no quería ser notario sino secretario de ayuntamiento. Dirás: ¡Qué risa!, ¿cómo puede alguien tener una vocación así? Pero es cierto que en aquel momento era eso lo que sentía. Me parecía que un secretario de ayuntamiento era como un dios pequeño y discreto, alguien que desde la penumbra de un despacho velaba por el buen funcionamiento de una comunidad, alguien que inscribía la vida cotidiana de sus convecinos en el orden superior del Derecho… Sí, ya sé que estoy exagerando, pero reconóceme que el secretario tiene algo de benefactor y el notario mucho de parásito. ¿Y cuándo se ha visto que un joven prefiera ser parásito a ser benefactor? El caso es que ésa fue mi gran rebelión. Ya ves qué birria de rebelión… ¡Pero qué disgusto se llevó mi madre! Cuando se lo dije, abrió mucho la boca, como si le faltara aire, y con una mano se apoyó en el marco de la puerta y con la otra empezó a darse golpecitos en el pecho. Parecía realmente que le estaba dando un síncope. La cogí del brazo y la llevé a su sillón, el sillón de orejas en el que se pasaba las tardes haciendo punto. Me dijo:
—Dime que no es cierto, dime que no has dicho eso. Lo que te ha pasado en estas oposiciones no tiene por qué volverte a pasar. Si han sido los nervios, buscaremos un médico o un psicólogo o lo que sea…
Yo la dejé hablar y luego dije:
—Es mi vocación, tienes que respetarla…
—¡No me puedes hacer esto! —exclamó ella, dándose otra vez golpecitos en el pecho.
Desde aquel momento dejó de mirarme y de hablarme. Nos cruzábamos por el pasillo y mi madre soltaba un suspiro y miraba para otro lado. Nos sentábamos a la mesa y subía el volumen de la radio cada vez que yo trataba de iniciar una conversación. Un domingo, armándome de valor, le dije que no podíamos seguir así y que teníamos que poner un poco de orden en todo eso… Ella, desdeñosa, replicó:
—¿No es eso lo que hacen los secretarios?, ¿ordenar las cosas?
Pronunciaba secretario con el mismo retintín que emplearía para decir peluquero o conserje, y yo me la imaginaba ocultándoles a sus amigas que su hijo nunca iba a pasar de secretario o de peluquero o de conserje. Discutimos durante más de media hora, y al final dije que necesitaba cambiar de ambiente, encerrarme en un lugar aislado y tranquilo a preparar las oposiciones.
—Ah, el examen —dijo ella, siempre resentida, siempre despectiva, pero al menos no puso ninguna objeción a mi idea de instalarme en un piso vacío que la tía Adela, su hermana, tenía en el centro de Matadepera, a pocos kilómetros de Tarrasa.
El piso no era gran cosa, dice Pascual Ortega. Un dormitorio grande, uno pequeño, un salón-comedor. No tenía radio ni teléfono ni por supuesto televisión, pero yo lo prefería así porque no quería que nada me distrajera. Vivía como un cartujo. Me pasaba doce o trece horas al día estudiando, y sólo salía un rato por las mañanas para comprar comida y que me diera un poco el aire. Cada dos semanas viajaba a Barcelona para repasar los temas con un profesor, y entonces me desahogaba. Bueno, tampoco es que me pusiera a hacer locuras. Ni agotaba todo el alcohol de la ciudad ni me metía en broncas ni me iba de putas. Nada de eso. Me limitaba a no aparecer por casa en todo el día. ¿Para qué? ¿Para enfrentarme a las recriminaciones silenciosas de mi madre, que seguía haciéndome responsable de sus desdichas? Cualquier cosa antes que seguir aguantando sus suspiros profundos y sus miradas lánguidas… A las siete de la tarde, en cuanto concluía el repaso, me iba a tomar unos vinos a una tasca que había junto a la plaza Real. Allí siempre me encontraba con algún conocido, y cualquier excusa era buena para prolongar la juerga hasta que cerraban el último bar. A Justo lo veía casi todas las veces. Iba, como siempre, rodeado de chicas guapas, y yo, claro, me pegaba a él para ver si caía algo. Me acuerdo de una tal Lourdes, que se peinaba como Jean Seberg en Buenos días, tristeza, de otra que se llamaba Angelines y trabajaba en un puesto de flores en las Ramblas, de Cristina, que quería ser cantante y fue la primera persona que me habló de los Rolling Stones… Eran todas guapísimas, auténticas bellezas, pero la más guapa de todas era una rubita que se llamaba Aurora y que, ¿cómo no?, se enamoró perdidamente de Justo. Lo de ese hombre era increíble. ¿Qué veían las chicas en él? ¿Qué tenía Justo para que siempre las más guapas se encapricharan de él? Aurora era una chica de buena familia. Socios del Club de Polo y así. Le gustaba leer revistas de moda, iba todas las semanas a la peluquería y enseguida se frotaba los brazos como si tuviera frío: a lo mejor es que la gente fina siempre tiene frío… A mí, por muy guapa y muy fina que fuera, me parecía una cursi. En cambio, a Justo le gustaba. Le gustaba mucho. Casi diría que se enamoró de ella. Pero con él nunca se sabía, porque siempre que salía con una chica daba la sensación de estar locamente enamorado.
Gracias a Aurora conocí a Mercedes, que era la mejor amiga de una prima suya que veraneaba en Sitges, dice Pascual Ortega. Entre todas aquellas bellezas, al principio no me fijé en ella. Una chica algo grandota, de pecho generoso y rodillas redondas. Podía ser que no fuera la más guapa, pero desde luego era la más simpática y afectuosa. Cuando nos veíamos, siempre me preguntaba por mis oposiciones: si había estudiado mucho esas dos semanas, si no me convendría hacer algo de ejercicio o dormir más… Mercedes solía llevar una pulsera de oro con unas moneditas antiguas que al moverlas tintineaban. Era una pulsera algo pasada de moda, de esas que le gustaban a mi tía Adela, pero a ella le quedaba muy bien, no como a mi tía. Algunas noches, cuando nos cerraban el bar en el que apurábamos los últimos vinos y Justo desaparecía con Aurora, yo acompañaba a Mercedes. ¡Con tal de volver a casa lo más tarde posible, habría ido a cualquier lado…! En su portal ni nos besábamos ni nada. Nuestras despedidas eran de lo más casto. Intercambiábamos una sonrisa y nos decíamos adiós con la mano, y el tintineo de su pulsera sonaba en el silencio de las calles recién regadas. Una tarde, durante uno de esos viajes míos, oí a mi espalda ese mismo sonido y me volví en busca de Mercedes. Pero no era ella. Era otra mujer que llevaba una pulsera parecida. Mi decepción fue enorme, y eso me hizo pensar. Desde entonces, ya nunca volví a mirarla del mismo modo. No había pasado nada entre nosotros, no habíamos llegado a compartir confidencias ni a tener verdadera intimidad, y sin embargo me daba la sensación de que entre nosotros había… algo. Llámalo empatía. O complicidad. Llámalo como quieras. Si estábamos con más gente, nos sentábamos siempre juntos, y un roce casual de nuestra ropa bastaba para mantenerme en un estado constante de exaltación. Sentía tan cerca el calor de su cuerpo que era como si ese calor fuera el mío, como si nuestra piel estuviera en contacto directo a pesar de la tela… Dirás: A ti lo que te pasaba era que te ponía cachondo. ¡Menuda palabra, cachondo! Los toros se ponen cachondos, y los caballos, y los corderos… Pero no creo que el olor de la vaca o de la yegua les haga sentir que todo se transforma alrededor y que el mundo se vuelve por unos momentos bello, luminoso, perfecto. ¿Verdad que no es eso lo que siente un cordero mientras trata de montar a su cordera? Lo que a mí me ocurría era que la belleza de las otras chicas quedaba eclipsada por la de Mercedes, que ahora me parecía inigualable. No sólo eso, sino que las demás (es decir, todas, todas las chicas del mundo) eran guapas en la medida en que me recordaban a ella y rematadamente feas si no me la recordaban en absoluto. Mercedes se había convertido en mi patrón de belleza: unas rodillas sólo eran bonitas si eran redondas como las suyas, y unos labios sólo si eran carnosos, y unos ojos sólo si eran grandes y castaños… ¿Qué te voy a contar que no sepas? ¡Todo el mundo ha estado enamorado alguna vez! A última hora, cuando acompañaba a Mercedes al portal, lo hacía ya con la idea de pedirle que saliera conmigo. Pero nunca encontraba el momento, y al final nos despedíamos como siempre, diciéndonos adiós con la mano. Luego, en la soledad del pequeño piso de Matadepera me costaba quitármela de la cabeza, y todas las sensaciones que su compañía me había inspirado se amplificaban en su ausencia. Esas dos semanas sin verla eran un tormento. Un día descubrí que al cerrar el cajón de los cubiertos se oía un tintineo como el de las moneditas de su pulsera. Y siempre que entraba a la cocina para cualquier cosa abría y cerraba el cajón para oír ese sonido, que me parecía tan dulce y melodioso. Ridículo, ¿verdad? Puede ser, pero es que el amor, visto desde fuera, resulta siempre bastante ridículo. Una de esas noches que bajé a Barcelona no pude más, y con cualquier excusa le pedí que saliera a dar una vuelta conmigo. Cuando llegamos a Santa María del Mar, le pregunté si quería ser mi novia. Ella sonrió y bajó los ojos, y justo en ese instante, como si hubieran estado esperando agazapados, aparecieron de no se sabe dónde unos tunos con sus bandurrias y sus guitarras y sus panderetas. Sí, en aquella época era más corriente que ahora eso de ver a los de la tuna por Barcelona. El caso es que los tunos aquellos nos rodearon y se pusieron a cantar Clavelitos mientras uno bailoteaba a nuestro alrededor golpeando la pandereta con las manos, con el codo, con la coronilla… No era la escenografía que yo había soñado para mi declaración de amor, pero tampoco podía hacer nada para cambiarla.
—¿Quieres o no? —volví a decir, y Mercedes sonrió otra vez y asintió con la cabeza.
Entonces la abracé y la besé, y los tunos cantaron con más fuerza y un vecino gritó desde un balcón porque no le dejaban dormir.
Entre tanto se iba acercando la fecha de las oposiciones, dice Pascual Ortega. Mi madre había acabado resignándose a la idea de que nunca sería madre de un notario y, aunque no estuviera orgullosa de mí, al menos ya no me miraba con su habitual expresión de disgusto. Entonces las oposiciones se hacían en Madrid. Mercedes no había estado nunca en Madrid, así que no me resultó difícil convencerla para que pusiera cualquier pretexto ante su familia y viniera conmigo. Iba a ser nuestro primer viaje juntos, también nuestra primera noche de amor. Fuimos en talgo y nos alojamos en el Wellington. En mis anteriores oposiciones me había alojado en una pensión económica junto a la Puerta del Sol, pero yo no quería que el recuerdo de nuestro primer encuentro amoroso quedara asociado para siempre a paredes desconchadas, olor a sardinas, ruido de cañerías. ¿El Wellington? ¡Pues el Wellington! Como además tuve que reservar dos habitaciones por no estar casados, me salió carísimo. Pero valió la pena. En fin, te ahorraré los detalles. Sólo diré que por la mañana yo era un hombre feliz, satisfecho, seguro de sí mismo. Pasé la prueba escrita sin dificultad, y al día siguiente Mercedes me acompañó a la encerrona. Los otros opositores estaban todos nerviosísimos y yo temía que pudieran contagiarme. Pero no fue así. El bedel pronunció mi nombre. Mercedes me lanzó un beso y yo le guiñé un ojo. Mi aplomo y mi confianza eran tales que yo mismo estaba sorprendido. Y por supuesto, cuando me planté delante del tribunal, ya sabía que no me iba a ocurrir lo que las otras veces. No sólo no me quedé en blanco sino que expuse el tema con fluidez y convicción, y el presidente del tribunal me interrumpió haciendo un gesto de aprobación.
—No hace falta que siga, señor Ortega, puede irse —me dijo.
Y nos volvimos a Barcelona. A mi madre le di al mismo tiempo las dos noticias, la del aprobado y la de la boda, y la pobre mujer se tapó la cara con las manos y se echó a llorar. Dijo que eran lágrimas de alegría, aunque quién sabe.
Yo tenía ya el aprobado, pero entre que se publicaba el nombramiento y me notificaban el destino pasaron casi tres meses, dice Pascual Ortega. Durante ese tiempo salimos casi todos los días con Justo y Aurora. Era más bien una amistad de circunstancias, porque ni yo era muy amigo de Justo ni Mercedes lo era de Aurora. Aún no sabíamos ni en qué pueblo íbamos a vivir cuando estuviéramos casados, y Mercedes se recorría las tiendas de muebles eligiendo modelos y preguntando precios y modalidades de pago. Ella decía que sólo intentaba hacerse una idea, pero se veía que disfrutaba con eso. También solía ir a probarse vestidos de novia a una tienda que había en Puerta del Ángel y a pedir presupuestos para el banquete de boda y a coger folletos para la luna de miel. Muchas veces Aurora la acompañaba, y a mí me parecía que lo hacía más por ella misma que por Mercedes. Realmente, cuando hablaban entre ellas, estaban las dos tan ilusionadas que no se sabía muy bien cuál era la que se iba a casar. Dirás: ¿Y tú qué?, ¿por qué no la acompañabas tú, si se trataba de tu boda y esos días no tenías nada mejor que hacer? Ya sé que ahora puede sonar algo machista, pero siempre he creído que esas cosas le corresponden a la mujer. Además, me sentía, ¿cómo decirlo?, algo confuso… Sí, estaba muy enamorado de Mercedes y tenía claro que era la mujer con la que quería compartir el resto de mi vida. Pero al mismo tiempo me parecía que estaba yendo todo demasiado rápido. En cualquier momento me asignarían destino, y poco después nos casaríamos y no tardarían en llegar los niños… Me daba cuenta de que estaba viviendo el final de la juventud, y a veces, estando a solas, me observaba en el espejo y me decía: Qué breve ha sido todo, Dios mío, qué breve.
Mientras ellas dos hacían recados, yo solía quedar con Justo, y después nos acercábamos a recogerlas, dice Pascual Ortega. Y nos íbamos a bañar a la playa. Justo estaba algo acomplejado porque no sabía nadar, y yo me había comprometido a enseñarle. Aunque estábamos en primavera y el agua estaba todavía muy fría, nos íbamos hasta la Barceloneta y nos pasábamos un buen rato dando brazadas entre las olas. ¡Había que ver lo mal que se movía el pobre! Agitaba los brazos y las piernas sin ningún compás, y hacía tales esfuerzos para mantenerse a flote que acababa siempre agotado. Yo le decía: ¡Así no, así no!, ¡el brazo derecho con la pierna izquierda y el brazo izquierdo con la pierna derecha! Pero él como si no escuchara. ¡Plas!, ¡plas!, ¡plas! Mucho manotazo y mucho salpicar, pero no avanzaba ni un metro. Uno de esos días, mientras íbamos a la playa a bañarnos, nos encontramos con una manifestación de sacerdotes. Era el 11 de mayo de 1966. Me acuerdo de la fecha porque era el cumpleaños de mi madre y a la vuelta tenía previsto comprarle algo en una floristería de Urquinaona. El caso es que Justo y yo bajábamos hacia la Barceloneta y vimos a un montón de curas que salían de la avenida de la catedral, subían por Vía Layetana y se detenían ante las puertas de comisaría. Serían unos doscientos, si no más, todos con sus sotanas negras. Aquello llamaba la atención: la circulación quedó interrumpida, los transeúntes se paraban a mirar, los vecinos se asomaban a los balcones… Luego supe que querían protestar contra los malos tratos de la policía a unos trabajadores y unos estudiantes detenidos. Fue llegar todos los curas a la comisaría y empezar los agentes a darles porrazos y patadas. Los curas no intentaban resistirse. Algunos caían al suelo, otros sangraban por la ceja, otros levantaban las manos o se protegían la cabeza… Los conductores hacían sonar las bocinas y en la otra acera la gente abucheaba a los policías, pero éstos seguían despachándose a gusto. Se oían exclamaciones de dolor. Después alguien gritó anem als jesuïtes!, y toda aquella masa negra echó a andar hacia la calle Caspe, unos por la misma Vía Layetana, otros metiéndose por Jonqueres. Más tarde me contaron que en los jesuitas de Caspe había más policías esperando y que iban zurrando a los curas a medida que entraban a refugiarse en la iglesia. Pero eso ya no lo vimos ni Justo ni yo, que nos fuimos para el otro lado, para la Barceloneta. Muchas veces, sabiendo lo que después hizo Justo, he pensado en este episodio, y nunca he conseguido recordar su reacción. ¿Dijo algo? ¿Hizo algún gesto del que pudieran deducirse sus simpatías por unos o por otros? No, no lo creo, o al menos yo no lo recuerdo. Y luego, ya en la playa, tampoco comentamos nada.
Bueno, el caso es que por entonces Justo estaba intentando aprender a nadar, dice Pascual Ortega. Más o menos sabía ya mantenerse a flote y coordinar los movimientos de brazos y piernas, y él decía que con eso bastaba. Una tarde, Aurora apareció con unas invitaciones para el Club de Polo. Optamos por ir el domingo siguiente. Fuimos juntos Mercedes, Justo y yo, porque Aurora, que vivía cerca, había quedado en esperarnos dentro. El portero, muy estirado, cogió nuestras invitaciones y, en lugar de abrirnos la puerta, nos preguntó cómo las habíamos conseguido. Atención al matiz: no preguntó qué socio nos había invitado sino cómo habíamos conseguido las invitaciones. Como si las hubiéramos robado o falsificado. Dimos el nombre y el apellido de Aurora, y el hombre, antes de indicarnos que podíamos pasar, nos dedicó una mirada lenta y desdeñosa. Entramos. Mercedes y yo intercambiamos una mirada avergonzada. Acabábamos de ser objeto de una humillación. Justo, tan contento, no parecía haberse dado cuenta, y lo observaba todo con una curiosidad alegre e infantil, preguntando en voz alta dónde estaría Aurora. La encontramos en la cafetería y nos llevó a ver las instalaciones: los salones, la pista de polo, las caballerizas. De vez en cuando se detenía a saludar a alguien, generalmente un pariente lejano o un vecino, y nos lo presentaba. Esa gente nos trataba con una gentileza distante y hasta altiva, pero nunca con un desprecio como el del portero. Hazme caso: no hay peor clasismo que el de los lacayos. Sin dejar de ser unos muertos de hambre, llegan a creer que forman parte de la casta de sus señores: de ahí que se sientan a la vez inferiores y superiores al resto del mundo. Fuimos después a la piscina. Estoy hablando de finales de mayo o principios de junio, o sea que había gente tomando el sol pero no había nadie en el agua. A Justo le daba lo mismo. Dijo:
—Hemos venido a bañarnos, ¿no?
Se metió en el vestuario, pero no le seguí. Cuando salió, llevaba puesto un traje de baño de cuadritos que yo no le había visto. Era como si se hubiera estado preparando para aquel momento: las clases de natación, el traje de baño nuevo… Mercedes y yo, algo envarados, estábamos al borde de la piscina hablando con una señora que Aurora nos acababa de presentar. Justo pasó por nuestro lado tan campante, nos dio el reloj para que se lo guardáramos y directamente se tiró al agua. La gente de las hamacas se volvió a mirar y alguien comentó con retintín: ¡Qué valiente! La cabeza de Justo reapareció enseguida por encima de la superficie, y todos le vimos chapotear un poco y caer hasta el fondo de la piscina. Las chicas, que ignoraban que no sabía nadar, lo miraban como si tal cosa. Yo estaba cada vez más inquieto. Pasó medio minuto. Pasó un minuto. Y Justo seguía en el fondo. ¡Se estaba ahogando! Me quité la chaqueta y los zapatos, me desabroché la camisa… Unos segundos después estaba en el agua tratando de sostener a Justo por los sobacos. La gente se arremolinó junto a la escalerilla y me ayudó a sacarlo. Fue todo un poco ridículo, porque no me había dado tiempo de desabotonarme más que un puño, y la camisa me colgaba de una manga y se me enredaba con todo. Cuando conseguí salir, los curiosos formaron un corro a nuestro alrededor. Yo estaba sin resuello. En cuanto me recuperé un poco, miré a Justo. Tenía todavía el susto en la cara, pero hacía gestos de: Estoy bien, estoy bien. Y poco después, cuando se dio cuenta del numerito que había montado, sus gestos fueron de: No ha sido nada, y en todo caso ha tenido gracia, ¿no? Como si hubiera sido una broma. O como si el salvador fuera él y el salvado yo, que estaba empapado y a medio vestir y no dejaba de jadear. Eso me molestó. Acababa de salvarle la vida y, en vez de agradecérmelo, se diría que le quitaba importancia. Algunas personas, al ver en qué había acabado todo, volvieron a sus hamacas y comentaron lo sucedido con risitas despectivas. Y lo curioso es que también yo sentía la necesidad de despreciar a ese hortera que me había puesto en una situación embarazosa. No me había avergonzado de él cuando el portero nos había tratado con desdén, pero sí ahora que todos nos observaban de reojo y sonreían. Me pregunté qué hacía yo con un paleto como aquél… Puede ser que también lo mío fuera clasismo, pero qué a gusto me quedé cuando le dije:
—No se te puede llevar a ningún sitio.
No digo que ahí se terminara nuestra amistad pero casi, dice Pascual Ortega. Hasta entonces habíamos ido ganando confianza el uno en el otro, y a partir de ese momento empezamos a distanciarnos. Se acabaron, por ejemplo, las confidencias, que eran unas confidencias por partida doble, porque Mercedes y Aurora intercambiaban las suyas y Justo y yo las nuestras… No sé si luego ellos hablarían de nosotros, pero por supuesto nosotros sí que hablábamos de ellos. Digamos que juntábamos las piezas y que así nos formábamos una idea de la clase de gente que eran. Los veíamos más o menos como a nosotros mismos, una pareja de enamorados que soñaban con casarse y que, si no anunciaban sus planes de boda, era porque se interponía algún obstáculo: tal vez la diferencia de clases o los escasos ingresos de él o la voluntad de la familia de ella… Un día, en la Barceloneta, poco antes del incidente en el Club de Polo, hablé con claridad a Justo.
—¿Pero lo vuestro va en serio o no? —le dije.
—Yo la quiero mucho, muchísimo —dijo él.
—Entonces es que sí vais en serio.
—Pues sí…
—No lo dices muy convencido. Tú siempre has tenido muchas novias…
Sonrió entonces de un modo en que jamás le había visto sonreír.
—¿Ha habido alguna a la que haya querido más que a Aurora? —dijo, como leyéndome el pensamiento. Era una pregunta, pero en el aire quedaba aleteando la sombra de una afirmación. Dije:
—¿La conozco yo?
Negó con la cabeza.
—¿Y qué pasó? —dije.
—Pasó que andábamos metidos en negocios y que los negocios no fueron bien. Tuvimos que dejar de vernos.
Estuvimos un rato en silencio y volví a decir:
—Así que con Aurora no vas tan en serio…
—¡Claro que vamos en serio! ¿No te he dicho que la quiero mucho, muchísimo?
Bueno, la cuestión es que con Justo nunca sabías a qué carta quedarte. Hablando con él, tenías la sensación de que no todo lo que te decía era verdad. O de que te ocultaba cosas. Al final llegué a la conclusión de que el problema no era que hubiera otra mujer o que él ganara poco dinero o que la familia de Aurora no le aceptara. Nada de eso. El problema era la enfermedad de la madre. Mientras la madre de Justo estuviera como estaba, ninguno de sus noviazgos prosperaría. Era una esclavitud a la que se había sometido voluntariamente: primero su madre, después todo lo demás. ¡Menudo papelón el de Aurora! Para conquistar el corazón de Justo, la pobre tenía que combatir contra el fantasma de la madre, que nunca se iba a recuperar de su enfermedad y tampoco parecía que fuera a morirse…
Hacía tiempo que yo le prestaba de vez en cuando dinero para el tratamiento médico, dice Pascual Ortega. Por aquella época empezó a pedirme con regularidad. Las cosas no debían de irle muy bien en esos negocios suyos de representaciones comerciales. Y aunque a mí no me cogía en el mejor momento, a pocos meses para la boda y sin haber cobrado todavía mi primer sueldo, las cantidades que me pedía no eran excesivas y el motivo me parecía más que justificado, así que le daba un poco una semana, otro poco a la semana siguiente… Por una de esas casualidades de la vida me enteré de que hacía más de un año que ni él ni su madre pisaban la clínica. Lo supe por Margarita, una prima segunda mía que precisamente trabajaba de administrativa en la clínica. También supe por Margarita que Justo había acabado poniéndose en manos de curanderos y gente así. ¡De todo eso no nos decía ni una palabra! ¿Cómo puedes fiarte de alguien que te miente y te oculta cosas y no para de sacarte dinero? Yo a su madre no llegué a verla nunca, pero a veces Aurora hablaba de ella a Mercedes. Cada vez que iban a su casa, que creo que era un bajo que estaba por el Barrio Chino, Justo la hacía esperar unos minutos en la calle. Por nada del mundo quería que viera a su madre. En una ocasión, Aurora se asomó sigilosamente y vio a Justo llevarla en brazos y acostarla con el mismo cuidado con que se acuesta a un bebé. Y, mientras tanto, le oía que le decía:
—He venido con unos amigos… Vamos a charlar un poco… Para no molestar cierro la puerta…
Fue ésa la única vez que la vio. ¿Qué pensó en ese instante? ¿Pensó en toda la felicidad aplazada o echada a perder por culpa de aquel cuerpo inerte? Volvió a la calle y disimuló, y enseguida Justo reapareció susurrando:
—Ya podemos entrar, ya está dormida.
¿Dormida? ¡Pero si ella misma había visto con sus propios ojos que la pobre mujer estaba como muerta y no se enteraba de nada! La madre estaba mal, muy mal, pero Justo se comportaba como si no fuera así, y Aurora tampoco se atrevía a decirle nada. Yo seguí pasándole pequeñas cantidades de dinero hasta que por fin me asignaron destino en Agramunt, en la provincia de Lérida. Cogí un autobús, tomé posesión de mi plaza y me instalé en una pensión. Mercedes llegó al cabo de unos días y nos pusimos a buscar piso. Encontramos uno grande y luminoso pero necesitado de reformas. Entre unas cosas y otras, no estaría listo hasta noviembre o diciembre, así que fijamos la fecha de la boda para un poco antes de las navidades. Durante todo ese tiempo prácticamente no volví por Barcelona, y lo poco que sabía de Justo y Aurora lo sabía por Mercedes. Que habían discutido. Que se habían reconciliado. Que habían vuelto a discutir y no parecía que esta vez fueran a reconciliarse… Mercedes se encargó de todos los detalles de la boda y, por si acaso, los invitó a los dos. Nos casamos en la parroquia de Sant Josep Oriol, la de la familia de Mercedes. Mi madre, que era la madrina, se pasó toda la ceremonia llorando. A la salida de la iglesia vi un momento a Aurora pero, entre los saludos y los abrazos y las felicitaciones de unos y otros, no pensé en Justo. Había un montón de gente. El banquete lo hicimos en el hotel Colón, enfrente de la catedral. La mesa principal la compartíamos los novios, el cura, los padres de Mercedes, su abuela materna, mi madre y la tía Adela. Los padres de Mercedes me elogiaron mucho y dijeron a mi madre que tenía que estar orgullosa de su hijo, y ella, con una sonrisa que me pareció sincera, asintió:
—Sí, estoy muy orgullosa de él.
En una mesa cercana estaban los primos y los amigos de Mercedes, y con ellos Aurora, que tenía un aspecto algo desmejorado. Como suele ocurrir en las bodas, al acabar la comida todo el mundo estaba un poco achispado o, como se decía entonces, piripi. A nosotros nos correspondió abrir el baile. Mercedes estaba deslumbrante. Tenía esa belleza especial que tienen las mujeres cuando son felices. Se lo dije y nos dimos un beso, y todos se pusieron a aplaudir y a gritar ¡vivan los novios! Enseguida los más jóvenes se animaron a saltar a la pista. Me fijé en que Aurora bailaba mucho con un primo de Mercedes. Parecía muy contenta. Pregunté a Mercedes por Justo y me dijo que no sabía nada de él: ni había acusado recibo de la invitación ni había dado ningún tipo de explicaciones. Cuando nos cansamos de bailar, volvimos a la mesa. En algún momento, Mercedes se levantó para ir al cuarto de baño, y al cabo de unos minutos, coincidiendo con una pausa de los músicos, empezamos a oír aquellos gritos.
—¡No me menciones a ese tipejo!, ¡no me vuelvas a hablar de él!, ¡me ha hecho mucho daño y no quiero ni oír su nombre! —Oímos, y los invitados se volvieron a mirar a una alteradísima Aurora, que venía trastabillando por el pasillo de los lavabos y se detuvo para gritar otra vez—: ¡No quiero verle ni en pintura!
Las primas de Mercedes rodearon a Aurora e intentaron calmarla. La situación era algo embarazosa, con toda la gente mirando y cuchicheando. Corrí junto a Mercedes, que permanecía en el pasillo.
—No lo entiendo —me dijo, apurada—. Le he preguntado inocentemente por Justo, y ella ha empezado a contarme algo sobre unos curanderos y una estafa, y de repente se ha puesto a gritar como una loca. Te juro que no lo entiendo…
Las primas de Mercedes acabaron llevándose a Aurora, y nosotros volvimos al salón, hicimos una señal a la orquesta y comenzamos a bailar como si no hubiera pasado nada. Era nuestra boda y no queríamos que nada ni nadie nos la estropeara. Recuerdo que la primera canción fue la de Salud, dinero y amor, que entonces estaba de moda, y las parejas volvieron a la pista y corearon a gritos aquello de ¡tres cosas hay en la vidaaa!, ¡salud, dinero y amooor…! Mercedes era feliz, y yo era feliz, y todos a nuestro alrededor eran felices…
Unos días después, estando ya nosotros en Agramunt, Aurora llamó para disculparse, dice Pascual Ortega. Por ella supimos que la madre de Justo había sufrido un nuevo ataque y había muerto, y que él había desaparecido sin dejar rastro. Aurora se sentía vejada, y con razón. Al parecer, no era yo el único que daba dinero a Justo para lo de su madre. También Aurora le daba, y en cantidades muy superiores a las mías. Ese dinero había ido a parar a unas curanderas, unas desaprensivas que le habían prometido la curación de su madre a cambio de unos cuantos sacrificios. Unos sacrificios espirituales pero sobre todo económicos, porque aquello era sencillamente una estafa. Y Aurora, que había estado dispuesta a perdonárselo todo, se encontraba de golpe con que Justo primero le había sacado el dinero y luego, cuando ya no la necesitaba, la había abandonado: ¿era para sentirse herida o no? Mientras hablaban por teléfono, Aurora se echó a llorar y Mercedes, temiendo que tuviera otra crisis de histeria, se apresuró a consolarla. Quedaron otra vez como amigas y prometieron verse y seguir en contacto, pero yo pensé que nunca más volverían a llamarse por teléfono y que, siempre que nos la encontráramos en algún sitio, nos limitaríamos a saludarnos, hola y adiós. Tenía razón pero sólo a medias, porque esa misma semana Aurora volvió a llamar. Esa vez no llamó a casa sino a mi despacho del ayuntamiento, cosa que me sorprendió.
—Dime, Aurora —le dije.
Ella, después de muchos preámbulos, acabó pidiéndome ayuda: necesitaba hablar con Justo y estaba segura de que yo sabía dónde encontrarlo. Me insistió tanto que al final le prometí que lo intentaría y, hurgando en el recuerdo de nuestras conversaciones en la Barceloneta, rescaté algunas referencias a empresas o personas con las que decía tener alguna relación profesional. Pero las referencias eran tan vagas… La única un poco más concreta era la de la imprenta: en algún momento le había oído decir que los catálogos los mandaba hacer en una empresa de artes gráficas de la calle Tallers. En mi siguiente viaje a Barcelona busqué la imprenta, que resultó ser una papelería no muy grande. Detrás del mostrador había tres mujeres, dos de ellas jovencísimas. Me presenté y expuse el motivo de mi visita, y fue mencionar el nombre de Justo y percibir una inmediata desconfianza por parte de las tres. Una de las chicas, la más joven, empezó a interrogarme: ¿de qué conocía a Justo?, ¿cuándo le había visto por última vez? Mientras trataba de dar explicaciones, apareció un hombre con una bata azul que me apuntó con el dedo.
—Si es uno de sus acreedores, sepa que aquí no tenemos nada que ver con él — dijo.
—No me he expresado bien… —intenté decir, pero él me interrumpió:
—¡Y no piense que va a sacarle nada a mi sobrina!, ¡bastante le sacó ya ese canalla!
La jovencita se tapó entonces la cara con las manos y las otras dos acudieron a animarla. Yo, sin entender muy bien lo que ocurría, farfullé unas disculpas y salí de allí. El hombre me gritó desde la puerta:
—¡Si le ve, dígale que acabará pagando por lo que ha hecho!
Me acordé entonces de la rara confidencia que Justo me había hecho un día en la Barceloneta. ¿Podía ser que hubiera estado enamorado de alguna de esas chicas? ¿Tal vez de la más jovencita, la que se había echado a llorar? Pero a mí qué más me daba… Esa misma tarde llamé a Aurora. Le dije nada más que no había conseguido averiguar el paradero de Justo. Luego le di recuerdos de Mercedes y colgué, y después de eso no volvimos a tener noticias suyas salvo, claro está, algún hola o adiós cuando nos la hemos encontrado por casualidad. Y de Justo ni eso. A Justo jamás lo hemos vuelto a ver, aunque con el tiempo algo hemos ido sabiendo de él y de las cosas que hizo desde entonces.