El día de mañana
Habla Mateo Moreno
La recuperación de Justo fue bastante lenta, dice Mateo Moreno. Hasta después de las navidades no estuvo en condiciones de caminar, por supuesto con muletas. Un día de mediados de enero cogí un coche de jefatura y pasé a buscarle. A la altura de Molins tomé el desvío hacia Vallirana. En una de las curvas hizo una seña hacia un terraplén. Era ahí donde había ido a parar cuando el accidente. Detuve el coche y salió a echar un vistazo. Se acercó al terraplén y dijo:
—Puede que fuera aquí pero también puede que no, era de noche…
—Venga, coño, que hace frío —dije, y volvió al coche.
Como no había cogido las muletas, los pocos pasos que dio los dio cojeando.
—Creo que los huesos no han soldado bien, se me ha quedado una pierna más corta que la otra… —dijo.
Lo dijo sin lamentarse, informando nada más. Entramos en el coche y arranqué. Los cristales se habían vuelto a empañar. Dijo:
—¿Te has preguntado cómo será el sitio en el que morirás, las cosas que verás por última vez?
—No, ni quiero —dije, pero él siguió:
—Ahora te compras un piso para casarte. Un piso de tu propiedad, puede que el piso definitivo, un piso para toda la vida… ¿Te das cuenta de que, cuando decidas en qué habitación poner el dormitorio, muy probablemente estarás eligiendo también el sitio en el que acabarás muriendo dentro de, no sé, cuarenta o cincuenta años…?
Le interrumpí, de mal humor:
—¿Te quieres callar, coño?
Se echó a reír. Dijo:
—Cruza todo el pueblo y luego te indico.
La casa era un disparate. Una parte con ventanas y la otra sin, una habitación gigantesca y las demás minúsculas… Y, desde luego, faltaba mucho para que estuviera terminada: no tenía tejado, el suelo era de cemento, algunos tabiques sólo llegaban hasta media altura, en el lugar de las puertas sólo había unos huecos sin marco. Todo seguía tal como había quedado la tarde del accidente: la carretilla con arena, las herramientas tiradas, los sacos apilados. Justo, apoyándose en una muleta, agarró una escoba y apartó el polvo de la entrada.
—No pensarás ponerte a trabajar… —dije.
Él siguió con lo suyo, e incluso se agachó para recoger unos sacos vacíos y tirarlos a un cubo.
—Espera al menos a estar bien, ¿no? —dije, pero Justo no parecía escucharme. Insistí—: Cuando estés bien, haz lo que quieras, pero ahora… ¡Ah, y conmigo no cuentes! ¡Yo no soy como el tarado aquel! ¡No tengo la menor intención de ayudarte!
Su actitud tenía algo, no sabría decir qué, que me desconcertaba y hasta me molestaba. En mis comentarios sólo había reticencia:
—Todo esto es ilegal, ¿verdad? Si no tienes licencia, no tendrás toma de agua ni vertidos ni luz. ¿Cómo piensas solucionarlo? ¿O es que te crees que basta con poner un grifo en la pared y el agua sale sola?
Justo seguía sin prestarme atención. Verdaderamente, daba la sensación de no escuchar nada de lo que le decía. Dije:
—Bueno, yo me meto en el coche, que me estoy quedando pajarito.
A través de los huecos de las ventanas le veía agacharse y barrer. ¿Por qué se empeñaba en limpiar algo que volvería a ensuciarse a la primera ráfaga de aire? Hice sonar varias veces el claxon, y Justo acabó dejándolo todo y entrando en el coche. Recorrimos los primeros kilómetros en silencio. Sólo cuando estábamos ya a punto de entrar en Barcelona le dije:
—Ya sé por qué me has hecho antes esa pregunta.
—¿Cuál?
—La del sitio en el que moriré, la de las cosas que veré por última vez…
Justo me miró con curiosidad, como preguntándose de qué demonios le estaba hablando. Dije:
—Quieres que ésa sea tu casa definitiva, ¿no? Estás construyendo la casa en la que te gustaría pasar el resto de tu vida. La casa en la que te harás viejo y morirás…
Él sonrió y soltó un bufido.
—Qué estupidez —dijo.
En cuanto empezó a sentirse con fuerzas, volvió a trabajar en la construcción de la casa, dice Mateo Moreno. Nunca le pregunté cómo iba hasta allí, pero supongo que en autobús de línea. Cojo, maltrecho, tiernas aún las cicatrices de la cara, con ese aspecto que tenía como de perro apaleado, seguramente cargado con un fardo de material o herramientas, me lo imagino esperando primero el autobús de Molins de Rei y después el de Vallirana, y no sé por qué me lo imagino sentado en un banco, solo, silencioso, con las solapas subidas y una nube de aliento saliéndole de la boca… En aquella época ya no quedábamos en el Sapporo. Si sabía que Justo iba a estar trabajando en la casa, me acercaba por allí a la caída de la tarde y le ahorraba el autobús de vuelta. La obra avanzaba despacio, muy despacio. Los tabiques iban poco a poco alcanzando la que debía ser su altura definitiva, pero el conjunto seguía transmitiendo la misma impresión de abandono y chapuza.
—¡No te quedes ahí!, ¡ayuda un poco! —me gritaba Justo cuando me veía llegar y permanecer dentro del coche.
Yo le hacía con la mano un gesto que quería decir: Que te lo has creído, a mí no me líes.
Una tarde vi a unos hombres descargar de una camioneta una docena de grandes vigas de madera de pino, lo que sin duda significaba que había llegado el momento de construir el techo. Ayudando a los hombres estaba Noel, el chico que me había llamado el día del accidente. Para mover cada una de esas vigas hacían falta tres hombres. O lo que es lo mismo: dos hombres, un tullido y un crío, ja ja. Luego los dos hombres se fueron en la camioneta, y las vigas quedaron alineadas a la entrada de la casa.
—Ya veremos cómo te las arreglas para colocarlas… —dije, y él asintió con la cabeza:
—Nos las arreglaremos, nos las arreglaremos.
Yo utilizaba el singular y él un plural que incluía al chico pero desde luego no a mí. La siguiente tarde que aparecí por allí, estaban tratando de colocar la jácena, la viga más grande y pesada, la que dividía las dos aguas del techo. Noel y Justo, encaramados al mismo lado del muro, intentaban con unas cuerdas tirar de un extremo de la jácena hacia arriba. Debían de haber tardado un buen rato sólo en llevarla hasta allí, y por su manera de respirar resultaba evidente que el esfuerzo los había agotado.
—¡Joder, cómo sois! —exclamé.
Les hice bajar. Les expliqué dónde tenía que ponerse cada uno y cuál era el movimiento que debíamos hacer entre los tres. En unos pocos minutos habíamos apoyado uno de los extremos en el lugar correspondiente. El chico volvió a subirse al muro. Su misión ahora era encajar ese extremo en su hueco mientras Justo y yo levantábamos el otro ayudándonos con unas cuerdas.
—¡Una, dos y tres!, ¡arriba! —grité, y la viga maestra quedó colocada en su sitio —. ¡Ahora sí!, ¡ahora sí que empieza a parecer una casa! —dije, aunque el aspecto general no era muy distinto.
A partir de esa tarde me acostumbré a echarles una mano. Les ayudé a colocar los listones del techo y a instalar la malla y a cubrirla con el estuco. Para terminar la cubierta sólo faltaba poner las tejas. Pero las tejas no llegaban porque a Justo se le había acabado el dinero.
—No pensarás que lo voy a pagar yo —dije.
—No te estoy pidiendo nada —dijo.
Al final le di dinero para las tejas, claro. Eso sí, no le ayudé a poner ni una, ja ja. Era como decirle: O pago o ayudo, pero las dos cosas no, ¡faltaría más! Y, cada vez que iba por la casa, allí estaban Justo y el chico, subidos al tejado, colocando las tejas con la misma concentración con que montarían un puzzle. De vez en cuando, Justo, que en presencia del chico era mucho más hablador de lo habitual, contaba alguna historia de su infancia en el pueblo. Me acuerdo de una que contó sobre una mula moribunda. Por lo visto, en su pueblo arrojaban siempre los cadáveres de las bestias en el mismo sitio, una especie de cementerio de animales. Pero aquella mula aún no había muerto. Los críos del pueblo siguieron a la mula y al dueño de la mula y, cuando llegaron al lugar, vieron cómo el hombre le golpeaba con un hierro las patas hasta rompérselas. De lo que se trataba era de que se quedara allí tumbada, entre los restos de osamentas, y nunca volviera a levantarse. Luego el hombre y los críos se marcharon. Pero Justo volvió. Los buitres estaban ya sobrevolando la zona, y Justo había decidido hacer compañía al animal mientras agonizaba.
—¿Por qué le cuentas esas cosas al chico? —le interrumpí, pero él siguió hablando:
—Mientras yo estuviera delante, los buitres no se acercarían. No quería que se la comieran viva, ¿entiendes, Noel? Miraba los ojos abiertos, casi humanos, de la mula, que parecía que me daban las gracias por estar allí, y tenía claro que no era decente abandonarla así…
—¡Que no le cuentes esas cosas! —volví a decir, y él terminó su historia:
—Luego la mula dio un respingo, un respingo largo, como cuando te desperezas, y su mirada dejó de ser humana para ser la mirada de un animal muerto. Y entonces sí. Entonces sí que me marché y dejé que los buitres bajaran a comérsela…
Uno de esos días propuse a Justo que se fuera a pasar una temporada al extranjero, dice Mateo Moreno. Yo me encargaría de conseguirle el pasaporte y hablaría con el comisario para que, al menos durante un tiempo, no le retirara la asignación. Él me observó con incredulidad y dijo:
—¿Por qué tendría que irme?, ¿tú crees que estoy construyendo esta casa para irme a vivir al extranjero?
Dije:
—No te hablo de la casa. Te hablo de ti. Están cambiando muchas cosas, y tal vez te convendría alejarte una temporada…
Era verdad que, tras la muerte de Franco, estaban cambiando muchas cosas. También en jefatura, a la que había llegado un comisario nuevo, Landa. Si en Vía Layetana había gente especializada en comunismo, anarquismo, separatismo, etcétera, Landa se estaba especializando en la ultraderecha, pero no para reprimirla sino para organizarla. Landa era un navarro de huesos grandes y voz poderosa, con un bigote a la mexicana y el pelo demasiado largo para ser policía. Venía de Valencia y tenía fama de duro, lo que entre nosotros quería decir que era una mala bestia. Durante unas semanas colaboré un poco con él, pero cuando me ofreció formar parte de su equipo preferí seguir con Revuelta. Si de éste me fiaba poco, de aquél aún menos. No puedo asegurar cuál de los dos estaba detrás del asunto de los carteles, pero muy bien podría ser que estuvieran los dos. La cosa es que un día aparecieron por toda la ciudad los carteles esos que acusaban a Justo de chivato. ¿Quién había puesto aquellos carteles? Sin duda, cualquiera de las muchas organizaciones clandestinas que se estaban preparando para pasar a la legalidad. Pero lo importante no era quién había pegado los carteles sino quién los había inspirado, quién estaba detrás. En cuanto los vi pensé que la información había salido de Revuelta. Era una de sus jugadas típicas: ofrecer una pieza menor para asegurar su posición y ponerse a buenas con quien fuera, descargarse de responsabilidad entregando como cabeza de turco a un confidente que a esas alturas le servía ya de muy poco… ¡Qué gran cabrón! ¡Ese hombre era capaz de vender a su propia madre con tal de salvar el pellejo!
La siguiente vez que fui por Vallirana la obra volvía a estar parada, dice Mateo Moreno. Pero ahora parecía parada de verdad. Justo estaba apoyado en la carretilla. Con unos restos de tablas y cartones había encendido un pequeño fuego, en el que asaba unos chorizos. Me hizo un gesto seco de bienvenida. Busqué un sitio donde sentarme y agarré la barra de pan para preparar dos bocadillos. Hice algún comentario acerca del tejado, que estaba ya terminado, pero él no dijo nada. Nos comimos los bocadillos en silencio. Estaba claro que había visto los carteles. Eso significaba, por decirlo de algún modo, el final de su colaboración con la Brigada.
—Los dos sabíamos que esto tenía que ocurrir —dijo sin venir a cuento.
Se levantó y pisoteó las últimas brasas. Yo seguía sentado.
—Cuando quieras nos vamos —dijo.
Parecía tranquilo, pero de repente agarró un ladrillo y lo estrelló con fuerza contra la fachada de la casa. Luego hizo lo mismo con varios ladrillos más, sin parar en ningún momento de blasfemar.
—¿A ti qué te pasa?, ¿te has vuelto loco? —le grité.
Justo lanzó un último ladrillo, que entró por el hueco de la puerta y fue a chocar contra una de las paredes interiores.
—¡Tanto esfuerzo para qué! —exclamó, rabioso.
Fui hacia él e intenté calmarle. Dije:
—Hablaré con el comisario. Puede que aún te dé algo de dinero. Vete de España y empieza una nueva vida. En el fondo, lo que ha ocurrido tal vez sea lo mejor para ti. ¿Que no quieres salir de España? Pues acaba esta casa y vente a vivir aquí. En el pueblo nadie te conoce…
Justo se me encaró, agresivo.
—¡No has entendido nada! —gritó.
—¿Qué es lo que tengo que entender? —dije y, mientras lo decía, comprendí que se refería a Carme Román.