El día de mañana
Habla Hilario Lazcano
Sin poder dejar de reír, metí la ficha y marqué el número de jefatura. Di la orden de que pusieran en la calle a Hilario Lazcano y colgué, y luego me volví hacia Justo.
—¡Estarás contento! ¿Eh, cabrón? ¡Estarás contento! —dije.
Habla Hilario Lazcano
En la garita del aparcamiento siempre tenía un calendario con el día 29 de junio marcado en rojo, dice Hilario Lazcano. El concurso nacional lo gané el 29 de junio del 66; el concurso de mi diócesis lo había ganado justo un año antes, el 29 de junio del 65. He pasado mucho tiempo dándoles vueltas a esos números, sumándolos, multiplicándolos, combinándolos. Porque todo tiene un significado oculto, ¿no cree? Seguro que esos números también lo tienen, pero yo nunca he llegado a encontrárselo… Vivíamos en Baracaldo, pero mis padres eran de Albelda, un pueblo cerca de Logroño. Estudié en el colegio de La Salle. Me dijeron que me aprendiera el catecismo y me lo aprendí. Pregúnteme lo que quiera, pregunte… ¿Qué cosa es gloria? El conjunto de todos los bienes sin mezcla de mal alguno. ¿Qué cosa es infierno? El conjunto de todos los males sin mezcla de bien alguno… Nos preguntaban a unos cuantos chavales, y yo siempre contestaba alto y claro. Y luego nos llevaban a otro sitio, y yo volvía a contestar. ¿Qué cosas nos dañan? Costumbres y ocasiones malas, poca devoción y sobrada confianza. ¿Qué cosa es avaricia? Apetito desordenado de hacienda. ¿Qué cosa es envidia? Tristeza del bien ajeno… Así gané los dos concursos. El de la diócesis no fue gran cosa, pero el otro… Me llevaron en coche a Valencia. Conducía el hermano Arizmendi. Yo no sabía que los frailes pudieran conducir. En lo de Valencia había chavales de toda España, y todos aspiraban a ser reyes, virreyes, príncipes del catecismo… El teatro estaba lleno de gente y aplaudían mucho, pero para mí todo fue tan sencillo como en los primeros concursos, los que hacíamos en el colegio: alguien me preguntaba y yo contestaba alto y claro. Me dieron un diploma en el que me nombraban Rey del Catecismo y la Liturgia. Me dieron también una cámara de fotos y un balón de reglamento. Y al día siguiente hasta salí en un periódico. El hermano Arizmendi me dio el recorte y todavía lo guardo. ¿Pero quiere saber qué era lo que más ilusión me hacía de todo eso? Que el cura del pueblo me mencionara en sus sermones. Cuando digo el pueblo, me refiero a Albelda, el pueblo de mis padres. En verano me mandaban al pueblo con los abuelos, y en los sermones el cura decía a los mayores que tomaran ejemplo de mí. Y hablaba de Jesús, que, siendo niño, se quedó en Jerusalén sin que lo supieran sus padres, y cuando lo encontraron estaba en el templo con los letrados, y éstos le hacían preguntas y sus respuestas estaban llenas de sabiduría… Bonita historia, ¿no cree? A mí me gustaba porque en los concursos yo era como Jesús, y los mayores me hacían preguntas y todos se quedaban maravillados con mis respuestas.
Lo mejor del verano eran las excursiones al río Iregua, dice Hilario Lazcano. Íbamos casi todos los chavales del pueblo y cogíamos cangrejos, que eran cangrejos de verdad, no como los de ahora. Pero es que en aquella época todo era más de verdad que ahora. Los árboles, los olores, la ropa de la gente, las cosas que se decían…: todo. En una de esas excursiones al Iregua levanté una piedra para buscar cangrejos y vi varias culebras retorciéndose. Era un 29 de julio, ¿se da cuenta? ¡De julio, no de junio! ¿Qué quiere decir eso? ¿Por qué ese cambio de letra? ¡No me dirá que tampoco eso quiere decir nada! Desde aquel día sé que debajo de todas las cosas hay siempre unas culebras escondidas. También fue por entonces cuando empecé a oír voces, voces dentro de mi cabeza, alguien que me decía verdades de las que no se podía dudar. No eran cosas buenas ni malas. Simplemente eran cosas, y siempre eran verdad. Así, por ejemplo, aprendí a conducir. Las voces me decían: Pisa ese pedal, ahora ese otro, luego cambia de marcha… Lo malo era cuando las voces se callaban y quedaba un murmullo como el de las viejas bisbiseando en la iglesia. Entonces sentía angustia, mucha angustia. A veces soñaba que avanzaba por un túnel que se estrechaba y se estrechaba hasta que ya no podía dar un paso y no cabía y me quedaba atrapado… Le conté el sueño a los médicos pero no supieron interpretarlo, y lo único que hicieron fue recetarme unas pastillas que me hacían dormir quince o dieciséis horas al día. Acabé abandonando esas pastillas, y entonces me llevaron a otros médicos, en Bilbao. Los médicos de Bilbao no me comprendieron cuando les dije que, para mí, todo, absolutamente todo, todo en la vida, todo en el mundo, se puede explicar con cuatro palabras, ni una más ni una menos. Muchas veces he tenido esa certeza y muchas veces he estado a punto de encontrar esas cuatro palabras. Pero luego, cuando las he anotado en un papel, la cosa ya no estaba tan clara. ¿Me he confundido de palabras?, ¿las he puesto en un orden equivocado?, ¿o simplemente es que las ideas se han despegado de las palabras en el momento de anotarlas? Pero ellos eran los médicos. Ellos eran los que habían estudiado. Ellos tenían que saber cuáles eran las cuatro palabras, y no lo sabían. Me di cuenta de que no me entendían o no me creían. Desde entonces desconfío de los psiquiatras. En realidad ellos están más enfermos que sus enfermos, y estoy seguro de que me daban una medicación que podía provocarme un infarto cerebral… No digo que lo hagan con todo el mundo, pero conmigo lo hacían. Lo notaba aquí, en las sienes, en el pulso. Lo notaba, sí. Por eso no quiero saber nada de médicos ni de psiquiatras. Un día, de vuelta de Bilbao, pasé por una tienda de animales, vi la tortuga y la compré. La compré porque me di cuenta de que, si la miraba muy fijamente a la cara, se me iba la angustia. La tortuga era mucho más que mi mascota. La tortuga era yo. O yo era ella. O yo quería ser como ella. Quería ser recio, resistente, duradero. Mis padres no querían tener la tortuga en casa. Me decían:
—¿Y qué hacemos con ese bicho si te meten en el hospital?
Yo les decía:
—Si los médicos se me llevan será sólo para matarme, o sea que no lo permitáis.
Mis padres no me creían y yo les leía los prospectos de los medicamentos y les explicaba cómo querían matarme los médicos: con unos coágulos en la sangre que algún día me llegarían al corazón. Pero mis padres seguían sin creerme. Se ponían tan cerriles que un día tuve que amenazarles con un cuchillo. No tenía intención de hacerles daño. Sólo quería que se callaran un momento y me escucharan. Pero no se callaban. Mi madre lloraba en la galería y mi padre se defendía con una de las sillas de la cocina y no paraba de gritar. Tiré el cuchillo al fregadero. Luego llené una bolsa de ropa, cogí dinero y metí la tortuga en el coche, un Morris 1100. Me fui a Barcelona porque allí no me conocía nadie. Dormía dentro del Morris en un descampado del Guinardó y me alimentaba a base de latas de alubias y garbanzos sin calentar. Cuando se me estaba acabando el dinero me enteré de que en un aparcamiento cerca de la Sagrada Familia necesitaban un vigilante nocturno.
—¿Cuántos años tienes? —me preguntaron.
—Dieciocho —mentí.
Me tuvieron una tarde a prueba, metiendo y sacando coches, y al final me dieron el puesto. Como ahora podía permitírmelo, alquilé una habitación en casa de una viuda de un guardia civil, en Badalona. A la viuda le dije que mis padres habían muerto en un accidente de circulación, y en realidad era como si fuera verdad. A esas alturas me había olvidado ya de ellos, y seguramente ellos también de mí. La viuda me trataba como una verdadera madre: me lavaba y planchaba la ropa, me guardaba la fruta pocha para la tortuga, cuando volvía del aparcamiento tenía siempre un plato de comida en la cocina. Yo pagaba con puntualidad y, si tenía un rato libre, le barnizaba puertas y ventanas.
Todo iba bien, dice Hilario Lazcano. Un día, cuando llevaba unos seis meses en Barcelona, salí a pasear con la caja de la tortuga. En aquella época había entre Badalona y Santa Coloma una zona que era todo desmontes y parcelas en construcción. Debido a la crisis económica algunas obras habían quedado a medias, y a mí me gustaba pasear entre esas casas que eran sólo esqueletos de casas, estructuras de hierro y hormigón por las que el viento pasaba haciendo un ruido suave y agradable, como el del río Iregua en agosto, cuando bajaba casi sin agua. Ese día me quedé dormido en una zanja, y al despertarme la caja estaba volcada y la tortuga no aparecía por ningún lado. La busqué por los alrededores pero no la encontré. Seguí dando vueltas hasta que se hizo de noche y tuve que irme a trabajar. Esa misma noche, dormitando en la garita, volví a oír voces y a soñar con túneles que se estrechaban, y la tortuga no estaba a mi lado para calmar mi angustia. Regresé al día siguiente y seguí buscando. Me acerqué a las primeras casas habitadas y pregunté. Hablé con mucha, muchísima gente. Y qué raro me pareció que las caras fueran todas tan distintas, ¿no lo ha pensado nunca? Si todos tenemos dos ojos, una nariz, una boca, ¿por qué hay tantas caras distintas? En definitiva, ¿por qué no nos parecemos más? A Justo me lo encontré no sé si entrando o saliendo de un portal. Le pregunté si había visto una tortuga suelta por el barrio y me fijé en sus ojos, su nariz, su boca. ¿Por qué tampoco él se parecía a nadie? Estuvimos un rato hablando, no recuerdo de qué, y luego me dijo que le acompañara. Fuimos a una tienda de animales que había en la calle Mayor, cerca del ayuntamiento. Señaló desde la puerta las peceras y las jaulas.
—¿No querías una tortuga? Aquí encontrarás de todo, tortugas, peces, pájaros — dijo, y se marchó.
—¡Pero yo quiero mi tortuga! —le grité.
Justo ni siquiera se volvió a mirarme. Entré en la tienda, me acerqué a la sección de reptiles y enseguida vi que una de las tortugas era la mía. ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Y cómo sabía Justo que estaba allí? Sin pensármelo dos veces, la agarré y me fui. La tarde siguiente cogí el Morris y aparqué delante de su casa. Cuando le vi llegar, me acerqué a él con la caja de la tortuga.
—Tenías razón, estaba en la tienda —le dije, y él me miró unos instantes sin reconocerme—. ¡La tortuga! —insistí, abriendo la caja—, ¡la habían encontrado los de la tienda!
Él hizo un gesto raro con la cabeza y se metió en el portal. Llegué a la puerta cuando ya se había cerrado y golpeé el cristal con los nudillos. Justo abrió, bloqueando la entrada con el cuerpo.
—¿Qué cojones quieres? —dijo.
—Sólo darte las gracias —dije.
—Pues ya me las has dado —dijo, y volvió a cerrar.
Pero a mí me parecía que ésa no era la manera de expresar agradecimiento, dice Hilario Lazcano. Así que volví por la mañana y, en cuanto le vi salir, hice sonar el claxon y fui hacia él.
—¡Te he traído un regalo! —dije, enseñándoselo.
—¿Una piedra?
—Una piedra de la suerte.
Era una piedra blanca y redonda, muy pulida, que había encontrado donde las obras. Yo sabía que esas piedras daban suerte. Justo la cogió, le echó un vistazo y la lanzó a un solar que se usaba como vertedero.
—¿Por qué la tiras? —protesté—, ¡es una piedra de la suerte!
Se detuvo junto al Morris y dijo:
—¿Este trasto funciona?
—¡Claro que funciona!
—Me vas a hacer un favor.
Montó en el Morris y me indicó por dónde teníamos que ir. Luego miró el asiento trasero y las alfombrillas, y dijo:
—Esto está lleno de mierda…
—La tortuga.
—Mierda de tortuga pero mierda.
Fuimos a dar una vuelta por la Zona Franca. Estaba buscando una casa de la que ni él mismo conocía la dirección exacta. Dimos varias vueltas a la misma manzana, y cada vez que pasábamos por delante de una puerta me decía que redujera la velocidad. No debió de encontrar lo que buscaba, porque luego volvimos bastantes tardes por allí, y unas veces me pedía que redujera la velocidad delante de una casa y otras me lo pedía delante de otra. Le llevé también a otros lugares, no sólo de Barcelona, también de los alrededores, y lo normal era que me hiciera esperarle en el Morris hasta que volvía. Un día me dijo que me fijara en las personas que entraban o salían de cierto portal, en el aspecto que tenían, en si llevaban cajas o bolsas o algo así. Cuando volvió, le conté todo lo que había visto, y él dijo:
—Buen chico.
Yo no sabía muy bien lo que buscábamos, pero sí sabía que lo que buscábamos era importante. Importante y secreto. En el fondo tampoco me preocupaba demasiado porque me gustaba colaborar con él, cualquiera que fuera el asunto que se traía entre manos. Con Justo me pasaba como con la tortuga. Si estaba a su lado, no oía voces ni me acordaba de sueños extraños ni sentía angustia. Por eso me gustaba estar a su lado. Por eso me gustaba Justo. Él tenía una misión y yo, simplemente, le ayudaba.
Unos meses después, a finales de octubre, apareció por el aparcamiento y me dijo que pasara a recogerle por la mañana, dice Hilario Lazcano. Así lo hice. Recorrimos toda la calle Aragón hasta llegar a Entenza, que estaba cortada a la altura de la Cárcel Modelo. Unos guardias me obligaron a desviarme por Rosellón. Justo me hizo parar en un chaflán.
—Vuelvo enseguida —dijo.
Pasaron varias furgonetas de la policía. Un hombre que bajaba por Rocafort comentó que en una iglesia cercana estaban deteniendo a un montón de gente. Justo tardó casi una hora en volver.
—Puto comisario… —refunfuñó, nada más entrar.
Pero se le veía contento.
—Te invito a comer —dijo—. ¿Cuál es el sitio más caro de la ciudad?
Fuimos al restaurante del Majestic. Si no era el más caro, poco le faltaba. ¡Qué sitio tan elegante, con aquellos techos tan altos y aquellos cuadros antiguos y aquellos fruteros hermosísimos! Nos dieron una mesa algo esquinada, y un camarero muy estirado quiso llevarse la tortuga. Yo agarré la caja con los brazos y negué con la cabeza.
—Tráigame la carta de vinos —le ordenó Justo.
¡Qué bien comimos! No me acuerdo de los nombres de los platos pero sí de los sabores. Eran sabores que yo no había probado nunca, todos buenísimos. De las cosas que más me gustaban apartaba un cachito y lo echaba a la caja de la tortuga: menudo festín se estaba dando el animal. Justo me miraba comer y me decía:
—¿Te gusta?, ¿quieres repetir?
Acabé tan lleno que tuve que eructar. El camarero estirado puso cara de espanto, y Justo se echó a reír y dijo:
—¡Tráiganos los puros!
A la hora de pagar, sacó un sobre que llevaba en el bolsillo interior y fue poniendo un billete tras otro ante la atenta mirada del camarero. El último billete, que era de propina, lo dejó caer con suavidad, y el camarero nos hizo una pequeña reverencia con la cabeza. De nuevo en el Morris, le pregunté de dónde había sacado tanto dinero, y Justo dijo:
—El buen trabajo hay que pagarlo bien, ¿no?
Luego, como hablando para sí, añadió:
—Puto comisario…
Ésos eran los negocios de Justo, dice Hilario Lazcano. Él vigilaba a gente para la policía, y yo vigilaba a gente para él. Después vino cuando tuve que vigilarla a Ella. No es que no supiéramos su nombre. Es que la llamábamos así. Justo decía Ella y yo decía Ella, y los dos sabíamos que Ella sólo podía ser Ella. La primera vez que la vi fue en una obra de teatro a la que me llevó Justo. Aquello era un disparate, o al menos yo no entendí nada. De repente los tres personajes se ponían a cantar canciones, canciones viejas, como de película en blanco y negro, y luego seguían hablando como si tal cosa, pero las respuestas pocas veces tenían que ver con las preguntas. Yo le daba un codazo a Justo y le decía:
—¿Por qué cantan? ¿Por qué cantan en vez de hablar? ¿Y por qué dicen cosas tan raras? ¿Qué quiere decir eso de que hay cosas que se recuerdan aunque no hayan ocurrido y que sólo porque se recuerdan ya han ocurrido…?
Justo casi nunca me contestaba y, si lo hacía, era para decirme que me callara, y me llamaba idiota. Luego, mientras le llevaba en el Morris, se esforzaba por explicarme el sentido de la historia:
—Lo que pasa es que en el fondo no se conocen. Ni el marido conoce a la mujer, ni la mujer conoce a la amiga… Es una fábula sobre la incomunicación. ¿Lo entiendes ahora?
—Ah, es eso.
—Sí, es eso.
—Así que es una fábula sobre la incomunicación.
—Sí.
—Una historia con un mensaje oculto —dije.
—Efectivamente —dijo.
—Una fábula con un mensaje oculto sobre la incomunicación… —volví a decir.
La obra se representaba los viernes y sábados por la noche y los domingos por la tarde. Justo iba a todas las sesiones, yo sólo a la de los domingos. Nos sentábamos siempre al fondo de todo. El tercer domingo, mientras le llevaba en coche, le dije:
—Ya he entendido el mensaje.
—Conduce y calla —me dijo, pero yo insistí:
—Ya lo he entendido. La mujer se queja de que hablan de ella como si estuviera muerta, ¿te acuerdas? Pues eso es lo que ocurre. Que están muertos. Muertos los tres. Por eso a veces mienten y a veces dicen la verdad. Porque qué más da lo que digas si tienes toda la eternidad para seguir hablando. ¿Cómo te imaginas tú el más allá, Justo? Para mí que es un poco como esto, con semáforos y escaparates y casas con gente, pero la gente está siempre seria y dice cosas que no hace falta que se entiendan. ¿Tú también lo imaginas así? ¿Eh? ¿También tú te imaginas así el más allá?
Justo soltó un suspiro y miró por la ventanilla.
—Anda, déjame aquí mismo, que vas a llegar tarde al trabajo —dijo.
Yo entonces todavía no sabía que Ella era Ella. Lo supe uno o dos meses después, cuando Justo me dijo que teníamos que asegurarnos de que no le pasara nada malo. Me llevó una tarde a la plaza de Castilla y me dijo que me asomara a una papelería de la calle Tallers. Lo hice. Cuando volví, me dijo:
—La has visto, ¿no? Es Ella. Y tú tienes que ser su ángel de la guarda. Tienes que vigilarla sin que se dé cuenta.
—Muy bien —dije.
A partir de entonces la seguía a todas partes y luego quedaba con Justo y le decía dónde y con quién había estado. Una tarde tuve un incidente con uno de la secreta que me pidió la documentación. Di el nombre de Justo. Estuve rápido, ¿no cree? Le dije que hablara con Justo, y gracias a eso me libré de volver a Baracaldo, porque seguro que había alguna denuncia por mi desaparición o por el robo del coche o vaya usted a saber. Pasé varias horas encerrado en un despacho, hasta que me soltaron sin decirme nada.
Después de aquel día seguí vigilando a gente, pero ya no a Ella, dice Hilario Lazcano. Una tarde tenía el Morris aparcado en un chaflán y, cuando fui a buscarlo, me lo encontré bloqueado por un taxi que estaba en doble fila. No paré de dar bocinazos hasta que apareció el taxista. Me dijo no sé qué. Le contesté. Me agarró de la camisa. Le amenacé con los puños. Mientras se marchaba, tomé nota de su matrícula, que acababa en 296. ¡29 del 6, 29 de junio! ¡Estaba clarísimo! Eso quería decir que ese taxi no estaba ahí por casualidad. Estaba ahí para avisarme. ¿Pero avisarme de qué? Le estuve dando vueltas y más vueltas, y me di cuenta de que los taxistas me seguían, me vigilaban, controlaban mis movimientos… Cuando arrancaba el Morris, un taxi arrancaba detrás de mí. Cuando me paraba, siempre había uno o dos taxis que se paraban por ahí… Y, si aceleraba para alejarme, enseguida me salía otro taxi desde una bocacalle. Estaban organizados. Estaban perfectamente organizados. ¿Qué querían? ¿Qué demonios querían de mí? Venganza, naturalmente. Y no les bastaba con darme un susto. Querían eliminarme, acabar conmigo. Estaban esperando la ocasión propicia: una calle solitaria, sin testigos, tal vez una carretera como la Rabassada, una curva, un precipicio… Pero yo iba a demostrarles que era más listo que todos ellos. Tomaba precauciones. Evitaba los sitios peligrosos. Si veía varios taxis juntos, me las arreglaba para darles esquinazo… ¡A mí no me iban a pillar así como así! Justo no me acababa de creer cuando se lo contaba.
—¿Todos los taxistas se han aliado contra ti? —decía.
—Bueno, no sé si todos, pero desde luego muchos, casi todos.
—¿Qué interés podrían tener en hacerte nada?, ¿por qué iban a perder el tiempo en eso?
Entonces yo me enfadaba:
—¡Por venganza, ya lo sabes! ¡Siempre lo hacen! ¡No aguantan que alguien haya puesto en su sitio a uno de los suyos!
Justo seguía sin creerme. Pasaba dos dedos por el salpicadero como para quitarle el polvo y dulcificaba un poco la voz:
—Pero, Hilario, ¿no te das cuenta de que es una locura?
Yo me echaba a reír:
—¿Y tú no estás loco? ¿No estás loco tú, que lo quieres saber todo sobre Ella? ¿No es una locura lo tuyo, ir a todas las sesiones de su función, estar siempre hablando de Ella, estar siempre repitiendo que es una actriz desaprovechada a la que las compañías grandes o el cine o la tele tendrían que contratar? ¿Eso no es una locura?
Un día, en mitad de una de esas discusiones, vi que un taxi hacía unas maniobras sospechosas, pegándose mucho a mí, poniéndose a mi velocidad.
—¿Has visto a ése? —dije—. ¿Lo has visto? ¡Se ha puesto a mi altura, se me ha quedado mirando y luego ha seguido! ¡Quería saber si era yo, quién iba en mi coche…! ¡Ahora estará contándoselo a los demás por el radiotaxi! ¿Me crees ahora o no? ¿Me crees?
Una vez estuvieron de verdad a punto de conseguir su objetivo. Fue en la Vía Augusta, más o menos en el cruce con Balmes. Me paré en un semáforo sin darme cuenta de que el coche que tenía delante era un taxi. Luego se paró un taxi a mi derecha y otro a mi izquierda y otro detrás… ¡Estaba encerrado! Era un tarde fría y oscura, y había poca gente por la calle. Tenía que llamar la atención de los transeúntes, tenía que hacer que los vecinos se asomaran… Toqué el claxon con todas mis fuerzas, y seguí tocándolo y tocándolo… ¡Era la única manera de impedir que los taxistas pudieran hacerme algo! La verdad es que no recuerdo lo que pasó después. Me desperté en un cuarto de hospital, y a mi lado estaba el policía amigo de Justo, el de la secreta. No tengo ni idea de cómo llegó allí.
—¿Ya estás despierto? —dijo.
—¿Dónde está la tortuga? —dije.
Señaló la caja, dijo vamos y me llevó a casa de Justo.
—Aquí tienes a tu amigo —dijo cuando Justo abrió la puerta.
Fue la única vez que estuve en su casa. Tenía un sofá viejo con unos muelles duros que se te clavaban en la espalda. El de la secreta y Justo estuvieron un rato discutiendo en la cocina. Yo, con la tortuga sobre la tripa, los oía desde el sofá pero no distinguía sus palabras. Supongo que el de la secreta le estaba poniendo al corriente de mi situación: era menor de edad y me había escapado de mi casa, conducía sin carnet, el coche no era mío sino de mi padre… Cuando se fue el de la secreta, Justo me dijo:
—No estás bien, Hilario, vas a tener que ir al médico…
—¡Ja! —dije, incorporándome—, ¡no me he salvado de unos para que tú me entregues a otros que son peores!
Justo sacudió la cabeza, como si ya supiera que le iba a contestar algo así.
Las cosas siguieron más o menos como siempre, dice Hilario Lazcano. Por las noches trabajaba en el aparcamiento y durante el día hacía lo que Justo me ordenaba. Luego todo cambió. Una tarde, Justo me preguntó si tenía ahorros. Yo, sin contarlo, le di todo lo que tenía ahorrado, que llevaba siempre conmigo.
—Es bastante —dijo.
—Es que no gasto.
—¿Conoces un pueblo que se llama Vallirana?
Fuimos en el Morris hasta Molins de Rei y cogimos después la carreterita que llevaba a Vallirana. Pasado el pueblo, había que meterse por un camino que cruzaba una acequia por un puente de cemento y piedras. Llegamos a un terreno sin cultivar, escarpado, con un letrero que decía SE VENDE. Justo arrancó el cartel y lo lanzó lo más lejos que pudo. Desde donde estábamos se veían a un lado unas montañas no muy altas y al otro algunas casas desperdigadas, la más cercana a unos cien metros. Vallirana era entonces un pueblo pequeño y disperso.
—¿Te gusta? —dijo.
No dije nada.
—Es nuestro —dijo—. Tuyo y mío. ¿Te gusta o no?
Miré a mi alrededor: un terreno pedregoso y descuidado, unos bancales algo dispares, unos almendros viejos que a esas alturas del año ya tenían que haber florecido.
—Me gusta —dije.
Justo señaló la parte con los bancales más bajos.
—Allí irá la casa.
Fuimos a un almacén de material para la construcción y compramos dos picos, dos palas y una carretilla que a duras penas conseguimos meter en el Morris. Volvimos a Vallirana al día siguiente.
—Lo primero es rebajar el terreno —dijo Justo.
—¿Pero seguro que entiendes de estas cosas? —pregunté, y me enseñó un libro titulado Cómo se construye una casa: guía práctica del albañil contratista.
—Aquí está todo lo que hace falta saber —dijo, pasando unas cuantas páginas hasta detenerse en una con ilustraciones.
Nos pusimos a la obra. Antes de la puesta de sol aún nos dio tiempo de arrancar media docena de almendros y sacar ocho o nueve carretillas de tierra y piedras. Ni él ni yo estábamos acostumbrados a ese tipo de trabajo. Nos hacíamos heridas en las manos, nos dolían los brazos y la espalda. Y a pesar de todo estábamos de buen humor.
—¿No sabes ninguna canción? —dijo Justo—. Los obreros siempre cantan mientras trabajan. ¡Venga, hombre, canta algo! ¡Seguro que alguna canción sabes!
Me aclaré la voz y empecé:
—¡Una espiga dorada por el soool, el racimo que corta el viñadooor, se convierten ahora en pan y vino de amooor, en el cuerpo y la sangre del Señor…!
Justo me interrumpió:
—¿No sabes otra?
Reflexioné un poco y volví a cantar:
—¡Qué alegría cuando me dijeeeron: Vamos a la casa del Señooor! ¡Ya están pisando nuestros pieees tus umbrales, Jerusalén…!
Justo me interrumpió otra vez:
—Está bien. Déjalo. ¡Menudos obreros estamos hechos…!
En realidad, esa parte fue la más dura. También la más fea, por lo deslucido de los resultados: el terreno, aunque cada día más igualado y más llano, seguía teniendo la misma apariencia desolada del primer día. Construíamos sin planos de ningún tipo. Justo parecía tener en la cabeza la imagen de la casa. Clavó una estaca en un extremo y echó a andar contando los pasos en voz alta.
—¡Veintiocho, veintinueve y treinta! —gritó—, ¡aquí clavamos otra!
Unimos las dos estacas con una manguera transparente, que luego fuimos llenando con agua de la acequia. Cuando el agua alcanzó una altura determinada, Justo soltó un silbido y yo hice una marca en la madera.
—Estamos nivelando el terreno —explicó.
Repetimos la operación con otra estaca y luego con otra, hasta completar un rectángulo de unos veinte metros por quince. Después tendimos un cordel entre las cuatro estacas cuidando de que coincidiera exactamente con las marcas y, durante un par de días, apisonamos la tierra para igualarla a la altura del cordel. Con otras cuatro estacas trazamos un nuevo rectángulo, más pequeño que el anterior. En el margen que quedaba entre uno y otro teníamos que hacer las zanjas para los cimientos. Había que hacerlas deprisa, antes de que la lluvia o el viento lo mandara todo al carajo. A medida que cavábamos, rellenábamos con piedras. Un día llegó un camión con sacos de cemento y grava. Justo consultaba una y otra vez el libro, que estaba ya arrugado y lleno de pegotes, y con voz firme me daba instrucciones para hacer la mezcla en un cajón. El hormigón lo echábamos despacio y procurando que llegara hasta el fondo, y después alisábamos la superficie con maderos y escobas. Cuando por fin terminamos los cimientos, Justo se lavó las manos en el cubo y comentó:
—Esto ya empieza a parecer una casa, ¿no?
Pero a mí aquello sólo me parecía una pista de tenis, una pista algo más achatada que las que salen por la tele, dice Hilario Lazcano. Trabajábamos dos o tres días a la semana, así que las obras avanzaban despacio. A mediados del verano nos llegó el primer cargamento de ladrillos, y entonces sí que empecé a tener la sensación de estar construyendo algo. Cada jornada de trabajo significaba ocho o diez metros cuadrados de pared. Aquello iba poco a poco creciendo, y cualquiera que pasara por allí se daría cuenta de que lo que estábamos haciendo era una casa. No un almacén ni una caseta de labranza ni una paridera para las ovejas: una casa. Eso sí, una casa extraña, de una sola planta pero bastante más alta que las casas normales, con un vano desproporcionadamente grande para la puerta, con varios huecos para ventanas en una parte y ninguno en la otra. Un chico de unos doce años venía con la bicicleta, se sentaba a la sombra y nos miraba trabajar.
—¿Cómo te llamas? —le pregunté.
—Noel —contestó.
—¿Noé, como el del arca?
—No, Noel como el de las navidades.
—Qué nombre tan raro.
—Vivo allí —dijo, señalando la casa más cercana.
Al principio le mandábamos por agua a la acequia y le dábamos unas pesetas de propina. Luego, sin que nosotros se lo pidiéramos, se acostumbró a llevar y traer la carretilla. A finales de verano era ya como uno más de la cuadrilla, y cada vez que llegábamos en el Morris nos lo encontrábamos esperándonos al lado de su bici. Trabajábamos los tres juntos, con el torso descubierto y un pañuelo o una gorra sobre la cabeza.
—¿A qué se dedica tu padre? —le dije un día.
—Hace palíndromos.
—¿Qué es eso? —dijimos, y nos lo explicó: frases que se pueden leer igual empezando por el principio y por el final.
Justo se frotó el cuello.
—¿Y de eso se puede vivir? —dijo, y Noel, señalando mi tortuga, que andaba por ahí cerca, dijo:
—¿Se puede vivir de tener una tortuga?
Nos echamos todos a reír. Fue el chico el que dijo que, mirando la casa desde un lado, podía parecer una iglesia, una de esas iglesias de ladrillo visto de los barrios pobres. A partir de septiembre, con el comienzo del curso, ya sólo venía a ayudarnos si trabajábamos en sábado o en domingo. Para entonces el exterior estaba muy adelantado, y habíamos empezado a levantar los tabiques y las paredes maestras. Justo seguía teniendo los planos en la cabeza, e iba de un lado para otro contando los pasos e indicando las cosas como si las estuviera viendo. Decía:
—Aquí irá un pasillo, y aquí una puerta, y allí otra…
Distribuíamos el espacio poniendo sólo las primeras filas de ladrillos. Cuando Justo dio por concluida esa fase, aquello parecía uno de esos yacimientos arqueológicos en los que sólo ves cimientos y trozos de suelo y de muro y a partir de ahí tienes que imaginar cómo era esa construcción romana o íbera o lo que fuera. Me situé en el centro exacto de la casa y miré a mi alrededor.
—En este lado hay ventanas y en éste no, en este lado hay varias habitaciones y en éste sólo una —dije.
—Tiene que ser así —dijo.
—¿Pero no es un poco raro?
—Cuida con la tortuga, que se está escapando otra vez —dijo—. ¿Por qué no la encierras en el coche y te olvidas de ella?
Una noche, mientras dormitaba en la garita, soñé que la casa estaba terminada, dice Hilario Lazcano. Vi el edificio tal como seguramente llevaba meses viéndolo Justo: una puerta grande por la que se accedía a un recibidor apenas amueblado, un pasillo a la izquierda que llevaba a las habitaciones, un cortinón rojizo a la derecha… En el sueño me detenía un instante a observar algunos detalles: el ajedrezado en blanco y rojo del suelo, el papel de la pared, que me recordó al del restaurante del Majestic, los apliques, antiguos y elegantes… Luego buscaba la abertura de la cortina y, cuando por fin daba con ella, me encontraba en mitad de un teatro, un teatro normal, un patio de butacas con un pasillo en rampa que desembocaba al pie del escenario… Me desperté sobresaltado. Era eso. De golpe comprendí que Justo no estaba construyendo una casa sino un teatro. Un teatro pequeño. Un teatro para Ella. Un lugar en el que Ella sería feliz ensayando sus obras extrañas e incomprensibles… Aquello tendría que haberme molestado, ¿no cree? Descubrir que la casa que estábamos construyendo, esa casa que iba a ser suya y mía, en realidad no estaba pensada ni para él ni para mí… Y sin embargo no me molestó. Al contrario. Me di cuenta de que lo que estábamos haciendo era mucho más que construir una simple casa. Estábamos erigiendo un monumento en honor a Ella, estábamos levantando una catedral consagrada al amor por Ella. Me pareció un propósito tan noble y elevado que decidí no volver a masturbarme hasta que las obras estuvieran acabadas. Era lo mínimo que podía hacer. Yo en aquella época me masturbaba hasta cinco o seis veces al día. Me masturbaba dos o tres veces en el aparcamiento, y después otra vez en la ducha, y luego una o dos más cuando me echaba la siesta. Me masturbaba siempre pensando en mujeres grandes de tez oscura que en el momento del éxtasis me agarraban por el cuello y me hacían hundir la cara en sus enormes pechos hasta casi cortarme la respiración. Pero aquello era sucio y pecaminoso, y no quería que mi suciedad y mis pecados impregnaran de ningún modo nada que tuviera que ver con Ella o con el sublime amor que Justo sentía por Ella. ¿Hay algo más noble que el más noble de los amores? ¿Y algo más noble que la castidad? Por un motivo como ése podía aguantar sin masturbarme todo el tiempo que hiciera falta. Y, entiéndame, no se trataba de un sacrificio, que es algo que quitas y por tanto es feo, sino de una ofrenda, que es algo que das y por tanto hermoso. Una ofrenda o un voto o una promesa de pureza…: como quiera usted llamarlo.