El día de mañana
Habla Mateo Moreno
—¡Qué hijo de puta! —bramaba Araceli, despechada—, ¡lo que le gusta de esa chica es la fortuna de su padre! ¡Porque en todo lo demás soy mil veces más mujer que ella!
Para mí era lo de siempre. Nosotras seguíamos siendo unas buenas chicas, unas chicas de barrio, y él, que siempre había ido un par de pasos por delante, se había situado ahora a una distancia sencillamente inalcanzable. Vivíamos en mundos distintos y no valía la pena darle más vueltas, pero yo me cuidaba mucho de decírselo a Araceli, que conmigo estaba siempre muy susceptible.
—Ahórrate tus consejos y tus opiniones —me decía—, ¡prefiero equivocarme sola!
Lo de que vivíamos en mundos distintos se hizo más patente cuando mi empresa se trasladó a un edificio nuevo de la calle Santaló, dice Elvira Solé. Allí ya no estábamos todos en el mismo piso sino que los despachos de los jefes ocupaban una planta, la quinta, y la oficina de los empleados otra, la cuarta. Si Justo seguía viniendo o no a hacer negocios con Quim, yo no podía saberlo, porque ya no hacía falta pasar por la oficina para llegar al despacho del jefe de compras, que por supuesto estaba en el piso superior. Aquel cambio lo interpreté entonces como una metáfora de la vida y de la sociedad. Unos estaban arriba y otros abajo, y a mí me había tocado estar abajo. Ahora, además, la empresa estaba muy cerca de la casa del señor Nebot, por lo que no tenía que recogerle en mi Hardy a la salida de misa. La relativa familiaridad que había llegado a tener con él y con su hijo se esfumó de golpe, y lo normal era que ya sólo de vez en cuando coincidiéramos en el ascensor. Entonces Quim me dedicaba alguno de sus saludos guasones (¡qué guapa estás, Elvirita!, ¡debes de tener montones de novios!), y el señor Nebot balanceaba mansamente la cabeza como esos perrillos de los coches y decía:
—O sea que la familia bien, ¿no?
—Todos bien, gracias, señor Nebot —contestaba yo.
La única vez que coincidí con Justo, yo estaba ya en el ascensor en el momento en que entró y, medio tapada por otras personas, creo que él, que estaba hojeando unos papeles, no me vio. El ascensor se detuvo en el cuarto y yo, al salir, procuré no mirarle. Luego las puertas se cerraron a mi espalda y el ascensor siguió hasta el quinto piso.
Habla Mateo Moreno
Para nosotros era el Rata, simplemente el Rata, dice Mateo Moreno. No sé de dónde le venía el apodo pero la verdad es que le pegaba, quién sabe si por esa mirada inquieta que tenía o por el pelo algo encrespado o por su manera de moverse, cautelosa, solapada. Vete a saber. De todas formas, con la gente como él siempre usábamos apodos, y cuando digo la gente como él me refiero a los colaboradores, es decir, a los confidentes, a los chivatos, a los membrillos. Para nosotros era el Rata, y yo mismo tardé bastante tiempo en empezar a llamarle por su nombre. Justo no era un confidente de la Brigada Social; Justo era mi confidente. Las cosas funcionaban así. Cada cual se las arreglaba como podía para obtener información y, si uno conseguía captar a un confidente valioso, los compañeros se lo respetaban, ¿me explico? Pero Justo ni siquiera era un confidente valioso, no al principio. Él creía que sabía muchas cosas pero no sabía casi nada, y lo poco que sabía no valía una perra gorda. ¡Qué difícil resultaba trabajar con gente así! Yo siempre le decía que era un peliculero. Como no quería que fuera por su casa y tampoco que le vieran entrando en jefatura, me citaba en los sitios más disparatados. En el teleférico de Montjuïc, en los porches del parque Güell, en el mirador de Colón, en el Pasaje de la Luz, que era una galería comercial que estaba debajo de la plaza de Cataluña… ¡Menos mal que todavía no existían ni el Museo de Cera ni el de Autómatas, porque seguro que también me habría citado allí, ja ja! Me harté el día en que me hizo ir al espectáculo de los delfines del Zoo. Los delfines daban saltos y aletazos y no paraban de salpicarnos, y yo, escurriéndome las mangas de la chaqueta, le dije:
—¡Ya está bien, Rata!, ¡no aguanto más!
Él se excusó diciendo que había escogido ese sitio por motivos de seguridad, porque allí sólo había niños y turistas, y yo seguí increpándole:
—¿Por motivos de seguridad? ¿Pero cuántas películas has visto tú? ¡Peliculero, que eres un peliculero!
En realidad, de lo que estaba harto era de su información, que era muy pobre. Nos fuimos de allí y nos metimos en un bar de la calle Marina. Yo seguía frotándome las manchas de humedad de la chaqueta sólo para recordarle su torpeza, y él recitaba nombres y más nombres y me decía quiénes eran unos y otros y qué le había oído decir a éste y qué a aquél. En aquella época me informaba así, de viva voz, y las pocas veces que soltaba algo interesante yo sacaba mi agenda y lo anotaba. Aquella tarde no estaba de humor para nada.
—¿Qué ocurre? —me preguntó en un momento dado—, ¿por qué no tomas notas?
—Mira, Rata —le dije—. Todo lo que me estás contando es una mierda. ¡Qué me importa a mí que unos niños de papá se fumen unos porros y se pongan a decir que si Franco esto o si Franco lo otro! ¡La risa que me dan a mí esos comunistas de salón que se reúnen a emborracharse en Bocaccio! Esos rojillos de familia bien no quieren líos. ¡Mucho de boquilla y nada más! ¡Que te lo digo yo!
Y sin añadir nada me levanté de la silla y me marché del bar. Hay que entenderlo. Yo era entonces un joven policía deseoso de hacer méritos ante mis superiores, y no podía permitirme perder tiempo y energías siguiendo pistas que no conducían a nada. Justo, además, no me inspiraba ninguna simpatía. Esa tarde, al salir del bar de la calle Marina, creía haberme librado de él para siempre, pero cinco o seis días después volví a recibir una llamada suya.
—¿Dónde quedamos? —me dijo—, ¿donde la última vez?
—¡Ah, no, Rata, los delfines otra vez no! —exploté, y él se apresuró a aclarar:
—No me refiero al Zoo, me refiero al bar…
Aunque tanto a él como a mí nos cogía un poco a desmano, a partir de entonces nos veíamos siempre en ese sitio, el bar de la calle Marina, dice Mateo Moreno. Olía a tabaco barato y a pulpo a la gallega pero, fuera de las horas de las comidas, en las que se llenaba de trabajadores de las fábricas y talleres de Pueblo Nuevo, podíamos hablar con tranquilidad. Ese día llegó con una cartera. La abrió, sacó unas cuartillas y me las entregó.
—¿Qué es?
—Fichas de gente, fichas que te pueden servir.
Les eché un vistazo. No parecían muy interesantes, pero tampoco podía negarse que el hombre se había esmerado: había filiaciones políticas, datos sobre reuniones y viajes al extranjero, breves transcripciones de conversaciones, fechas, números de teléfono, domicilios… Justo me observaba con ansiedad, esperando mi aprobación.
—He pensado que te voy a traer también fotos, ya sé más o menos cómo me las arreglaré… —añadió.
—Bueno, bueno —dije, guardándome aquellos papeles, y él me agarró del brazo y dijo:
—Te ocuparás de lo mío, ¿verdad? Hablarás con el juez o con quien haga falta…
Hice un gesto de asentimiento y me levanté. Justo sonrió, y la verdad es que por un instante sentí lástima por él. Dije:
—¿Para dónde vas?
—Para Arco de Triunfo.
Desde entonces quedábamos cada diez o doce días, siempre en ese bar, siempre a media tarde. Él me entregaba una nueva serie de fichas y yo le decía cuáles de aquellos personajes podían llegar a interesarnos (los menos) y cuáles no (la mayoría), y luego cruzábamos juntos el parque de la Ciudadela y nos separábamos ante la boca de metro de Arco de Triunfo. Durante esos breves trayectos por el parque hablábamos de cosas que no tenían que ver con el trabajo, y gracias a eso llegué a conocerle un poco más. En realidad, hablaba sobre todo él, y como desahogándose. Era como si no tuviera nadie más a quien contarle su vida, y me hablaba de su infancia en el pueblo con su madre, la mejor mujer del mundo, y de cómo la había traído a Barcelona cuando ella estaba ya gravemente enferma y de cómo había luchado por pagarle los mejores médicos…
—¿Tú por tu madre no estarías dispuesto a robar y a estafar y a lo que hiciera falta? —me preguntó en una ocasión, y yo, que nunca le hablé de mi madre, dije nada más:
—¡Qué sabrás tú de mi madre!
Otro día me dijo que incluso había confiado en una curandera y que unos desaprensivos se habían aprovechado de su buena fe para sacarle todo su dinero…
—¿Estás intentando justificarte, Rata? ¿Me estás diciendo que, como a ti te estafaron, también tú puedes ir por ahí estafando a la gente? —le interrumpí con aspereza.
Para mí, Justo seguía siendo un gilipollas, pero no podía dejar de admitir que nuestras historias con nuestras respectivas madres eran al mismo tiempo tan distintas y tan parecidas… Y la cosa es que, por muy gilipollas que Justo me pareciera, estaba empezando a tenerle cierta confianza. No tanta como para hablarle de mi madre pero sí, por ejemplo, para hablarle de mujeres. Yo entonces tenía veintiún años y, claro, iba más salido que un chimpancé, ja ja. El problema era que las chicas eran muy estrechas y que para divertirme un poco tenía que ir de putas. Ser policía tenía sus ventajas. Me conocían en casi todos los puticlubs, y en casi todos se negaban a cobrarme. Yo, a cambio, tenía algunos detalles con las chicas: un día les llevaba unos bombones, otro un ramo de flores, otro un frasquito de perfume… En aquella época había poco género de importación. Quiero decir que las putas eran casi todas nacionales, ja ja. Hubo algunas que se encariñaron de mí. Por ejemplo, la Vicky, que era de Castellón y trabajaba en un burdel muy finolis de la calle Mariano Cubí. Me decía la Vicky: A ver cuándo me retiras, Mateo, a ver cuándo pillas un buen montón de pasta y me sacas de aquí… Yo habré sido muchas cosas, pero ladrón no, ladrón nunca, y además tampoco quería liarme con una prostituta: al principio muy bien pero luego, en cuanto te dabas la vuelta, te ponían unos cuernos que ni el casco de un vikingo. Lo que yo buscaba era una chica sencilla y decente, alguien con quien formar eso que yo jamás había tenido: una familia. Las que me gustaban eran secretarias, telefonistas, dependientas… Lo bueno de mi trabajo era que me metía en todas partes y conocía a mucha gente. Antes de conocer a Carmela, que en paz descanse, tuve varias novias. La que más me gustaba se llamaba Neus, o sea, Nieves, y trabajaba en una floristería al lado del mercado de la Concepción. ¡Me volvía loco aquella chica! Me tenía tan enamoriscado que no podía dejar de pensar en ella y, claro, a las primeras de cambio me ponía a hablar de los ojos tan bonitos que tenía y de cómo me gustaba su sonrisa y de las ganas que tenía de volverla a ver. De aquellos paseos con Justo por el parque de la Ciudadela recuerdo sobre todo las conversaciones sobre nuestros problemas con las mujeres. Yo le hablaba de Neus y él me hablaba de la chica con la que salía, que se llamaba Nita. Justo me decía que no la entendía: un día parecía tan enamorada de él y al día siguiente ni siquiera le cogía el teléfono. Daba la sensación de que en sus anteriores noviazgos siempre había llevado las riendas de la relación y de que con esa chica había encontrado la horma de su zapato. No estaba acostumbrado a que las chicas jugaran con él, y parecía que la tal Nita no sabía hacer otra cosa.
—¿Qué es lo máximo que estarías dispuesto a perdonarle a Neus? —me preguntaba Justo.
—¿Lo máximo? —decía yo.
—Lo máximo.
—¿Quieres saber si estaría dispuesto a perdonarle a Neus que se acostara con otro, por ejemplo?
—Por ejemplo.
—¡Pues no, claro que no!, ¿cómo le voy a perdonar que se acueste con otro si ni siquiera se acuesta conmigo? —decía yo, y Justo replicaba:
—¡A ti lo que te pasa es que no la quieres, que no la quieres lo suficiente!
Yo, que para entonces había empezado ya a llamarle Justo en vez de Rata, me enfadaba con él:
—Mira, Justo, que a ti no te importe que tu novia te la esté pegando con otros no significa que yo no quiera a la mía. ¿Sabes lo que te ocurre? ¡Que estás encoñado, Justo! ¡En-co-ña-do!
Él negaba con la cabeza y en tono lastimero decía que Nita en el fondo sólo le quería a él y que un día se daría cuenta y le pediría perdón y que sentaría la cabeza, etcétera.
—Sí, sí —le decía yo con una sonrisita maligna, y con la mano le hacía el signo del cornudo.
Por supuesto, las cosas nunca son tan sencillas como parecen a primera vista, dice Mateo Moreno. Yo seguía viendo a Neus. A veces iba a recogerla a la floristería y, si al acabar su horario tenía que llevar un ramo a una parturienta o una corona de flores a un funeral, la acompañaba. Poco a poco pasamos de las sonrisas a los abrazos y de los abrazos a los besos, y un día le dije que quería ver dónde vivía y me llevó al piso que compartía con dos tías suyas en Menéndez Pelayo. Sus tías estaban de viaje, y en cuanto cerramos la puerta empecé a desnudarla. Cuando ya sólo llevaba puesta la ropa interior, se echó a llorar.
—¿Pero qué te pasa? —le dije.
—No quiero engañarte, quiero que lo sepas todo —me dijo, y luego, entre lágrimas, me contó que estaba liada con un hombre casado y que había intentado varias veces romper con él pero nunca había llegado a hacerlo.
—¡Corazón, corazón mío! —exclamé, más caliente que un brasero.
La estreché con fuerza entre mis brazos y la dejé que llorara un poco más antes de desnudarla del todo y llevarla a la cama. Unas semanas después la situación era la siguiente: Neus y yo éramos novios, y Neus seguía acostándose con su amante casado, con el que seguía teniendo intención de cortar pero… Una situación no tan distinta de la de Justo. Yo estaba fuera de mí:
—¡No me puedes hacer esto!, ¡tienes que mandarlo a tomar por culo!, ¿quieres que me ocupe yo?, ¡dime dónde vive y yo me encargo!
Neus lloraba y lloraba y me rogaba que, por respeto al amor que había sentido hacia ese hombre, le diera tiempo y le permitiera solucionarlo a su manera. Pero el caso es que nunca terminaba de romper con él, y yo estaba cada vez más desesperado y más confuso. ¿Qué debía hacer?, ¿olvidarme de ella para siempre?, ¿decirle que no quería volverla a ver mientras las cosas siguieran como estaban? Lo comenté una tarde con Justo, y el muy borde, como si me la hubiera estado guardando, se limitó a soltar una risita y a hacerme cuernos con la mano.
—¡Coño, Justo, no te cachondees, que esto es muy serio! —le dije, dolido, aunque en el fondo sabía que no le faltaban razones para burlarse de mí.
Estaba pasando una mala temporada, y poco después ocurrió lo de la muerte de mi madre. A Justo nunca le había hablado de ella, y tampoco iba a hacerlo ahora, así que todo el dolor y toda la rabia me los tuve que comer yo solo. Justo seguía hablándome de sus problemas con Nita, que todas las semanas le engañaba con alguien y todas las semanas renovaba sus promesas de rectificación, y yo le respondía con aspereza.
—¡A mí qué me cuentas, Rata! —le decía, porque en esos momentos Justo volvía a ser el Rata para mí—. ¡Si no fuera por el dinero de su padre, ya te habrías librado de esa zorrilla!
Porque podía ser o no que Justo estuviera tan locamente enamorado como decía, pero lo que no admitía réplica era que el padre de la chica estaba forrado y que Justo aspiraba a hacer negocios con él. Sobre eso no me ocultaba nada. Me decía que ya se había hartado de ir trampeando con pequeños negocios aquí y allá y que estaba a punto de poner en marcha una operación de las grandes. Me decía:
—No me pidas que te lo cuente, porque no te lo puedo contar.
Pero luego, sin que yo le insistiera, me lo contaba igual, y era verdad que con aquello parecía que podía ganar fácilmente un porrón de dinero. Era un asunto con la Diputación, que tenía previsto dotar de gimnasios a las escuelas rurales de la provincia. Justo había negociado con fabricantes y proveedores para asegurarse un buen margen de beneficio, y sólo le faltaba que la contrata de no sé qué aparatos le fuera adjudicada. ¿Y de quién dependía esa adjudicación? Del padre de Nita, un hombre que durante la guerra había salido de Cataluña para unirse a los requetés, un empresario que no necesitaba ocupar ningún cargo oficial porque era él el que nombraba y destituía, un oscuro personaje de cuyas influencias se decía que llegaban hasta el mismísimo palacio de El Pardo…
—¡No te puedes ni imaginar qué despacho tiene, con esas alfombras, esos tapices! —decía, y yo le hacía callar:
—¡Basta, Rata! ¡Ya sé por dónde vas! ¡Pero no pretendas hacerme creer que lo tuyo por esa chica es amor!
Él se hacía el ofendido:
—¡Claro que es amor! ¿Por qué, si no, te piensas que deseo prosperar? ¡Porque la quiero, porque quiero a Nita y quiero estar a la altura que ella merece…!
Puede ser que el muy idiota hablara en serio, pero para mí las cosas estaban claras: cuando hay mucho dinero de por medio, los cuernos no resultan tan molestos, ja ja.
Cuando Justo me preguntaba si había habido noticias del juez, yo le decía que estaba todo controlado, dice Mateo Moreno.
—Comprenderás que es muy importante para mí… —insistía, y yo sacudía la cabeza:
—Que sí, hombre, que sí…
En primavera salió la sentencia, y Justo me esperaba en el bar de siempre con cara de pocos amigos.
—Eres un cabrón —me dijo.
—No te pongas así, Rata. Nosotros nunca te prometimos nada. Tú te lo decías todo.
—Eres un cabrón —volvió a decir.
—De acuerdo, Rata, soy un cabrón y lo que tú quieras. Ahora, a ver. ¿Qué me has traído hoy?
Justo se levantó y se marchó. Yo dejé unas monedas sobre la mesa y salí detrás de él. Por supuesto, ni yo ni el inspector jefe ni el comisario nos habíamos molestado en hablar de Justo con ningún juez. Esas cosas se decían pero no se hacían. Hacía falta ser muy cándido para creer que colaborando con nosotros podía alguien librarse de una condena judicial. Y Justo era precisamente eso, un cándido. Se las daba de listo pero en el fondo era un ingenuo. O un loco, vete a saber. Confiaba tanto en mi intercesión que había encomendado su defensa a un abogado de oficio. Me lo imaginaba plantándose delante de un abogadito inexperto y mal pagado y diciéndole: No se moleste en estudiarse mucho el caso, ya verá como las cosas saldrán bien. Y me imaginaba también su desolación al enterarse de que las cosas no habían salido bien. Cuando le alcancé en el parque, estaba ya a la altura del estanque.
—Para, hombre, para… —le dije, pero él siguió andando.
—¡Déjame!, ¡no quiero saber nada de ti! —gritó.
—¡Que pares, te digo!
Justo se paró por fin y me señaló con el dedo índice:
—No has hecho nada por mí. No me has ayudado. No te debo nada.
Justo me acusaba directamente a mí, pero yo preferí utilizar el nosotros:
—No ha sido porque no hayamos querido sino porque no hemos podido.
—¡A otro perro con ese hueso! —dijo, y echó otra vez a andar.
Avancé a su lado. Dije:
—¿Qué te ha caído? ¿Un par de años? Como no tienes antecedentes, no tienes que cumplirlos…
—¿Y el dinero qué? ¿De dónde saco el dinero para pagar a esa gente?
Me encogí de hombros y sonreí, tratando de quitarle importancia:
—Te declaras insolvente, y solucionado.
Justo, furioso, volvió a gritar:
—¡Insolvente, dices! ¿Y qué tipo de negocios se supone que hacen los insolventes? ¿Y cómo crees que me van a dar la contrata de la Diputación, siendo insolvente? Y en cuanto a Nita, ¿qué piensas que va a pasar? ¿No lo entiendes? ¡Estoy acabado! ¡A-ca-ba-do!
Le agarré con fuerza por los hombros e intenté tranquilizarle:
—¡No seas crío! ¿Quién te dice a ti que esto va a llegar a oídos de tu novia o de su padre? Te lo digo yo, Justo: ¡nadie, nadie se tiene que enterar! ¡Si supieras la cantidad de insolventes que hay por ahí sin que ni tú ni yo lo sepamos y que no paran de hacer negocios millonarios…!
Empezó a llover suavemente, y Justo se pasó una mano por el pelo húmedo. Le cogí del brazo y le acompañé hasta la boca del metro:
—Ven, hombre, no te vayas a mojar.
Le dije que en realidad tenía que estar contento porque había salido bastante bien parado:
—Imagínate que hubieras tenido que ingresar en prisión. Eso sí que habría sido duro…
Cuando nos despedimos me pareció que estaba más calmado. Me dijo:
—¿De verdad crees que no se van a enterar?
—¡Por supuesto que no se van a enterar!
Le di un par de palmadas en la espalda y me apresuré a cruzar la calle.
Que se enteraran era sólo cuestión de tiempo, dice Mateo Moreno. Estaba claro que todo le iba a ir mal, pobre diablo. Que se le iban a cerrar todas las puertas, que se iba a quedar sin amigos, que le iba a dejar la novia, que el padre de ésta jamás haría ningún negocio con él… Estaba más claro que el agua, y yo aún me preguntaba cómo me había resultado tan fácil convencerle de lo contrario. ¡Ah, amigo, la gente desesperada sólo ve lo que quiere ver! ¡Son capaces de aferrarse a cualquier cosa! La realidad era que era un vulgar estafador y que lo que tenía se lo había ganado a pulso. ¿Que el juez le había condenado? ¡Sólo faltaría! ¿Que su vida se estaba yendo a pique? ¿Y a mí qué? Pero, qué quieres que te diga, le tenía lástima. Cualquiera en mi lugar se habría desentendido de él y de sus problemas. Yo, en cambio, previendo lo que estaba a punto de ocurrir, escogí algunas de las fichas preparadas por Justo y se las enseñé al comisario Revuelta.
—Creo que de aquí puede salir algo interesante —dije.
El comisario miró aquellos papeles con desprecio:
—¿Esto quién lo ha hecho?, ¿algún sobrinito tuyo?
—Ahí hay gente contraria al régimen, gente bien relacionada, y tengo a un pájaro que nos puede mantener informados —dije.
Cogió una de las cuartillas y leyó:
—«Pedro Portabella, miembro de una adinerada familia de industriales, alardea en público de su participación en numerosas reuniones clandestinas…».
Dejó caer la cuartilla sobre la mesa y repitió el apellido como si le sonara ridículo o inverosímil:
—Por-ta-be-lla…
—Ha producido películas raras, subversivas… A la gente así hay que vigilarla.
—¡Ya sé quién es Portabella! ¡Un comunista! ¿Quién es el otro? ¿Quién es el pájaro? —dijo, y le hablé del Rata:
—Nunca se le olvida un nombre ni una cara, estoy seguro de que nos puede valer.
—No será que te has vuelto maricón, ¿eh?
—No, señor comisario —dije, y directamente le pedí una asignación económica para mi confidente.
Revuelta se lo pensó unos instantes.
—¿De verdad crees que esta basura tiene algún valor? ¡Con todos los drogadictos que hay en esos ambientes, podrías conseguir lo que quisieras por mucho menos! Unos bofetones para intimidar, un par de noches en incomunicados y luego unos gramos de lo que sea para que se vayan contentos…
El caso es que conseguí convencer al comisario y que me autorizó a disponer de algo de dinero para pagar a Justo. A pesar de todo, Revuelta me seguía mirando con desconfianza.
—Seguro que no te has vuelto maricón, ¿eh? —volvió a decir cuando ya me iba del despacho.
En aquella época, el sueldo de un subinspector como yo estaba alrededor de las once mil pesetas. A los confidentes se les solía pagar cuatro mil. No era mucho, pero al menos daba para vivir, y en todo caso era lo máximo a lo que yo podía aspirar para Justo. No mucho después de eso, quizás al mes siguiente, acudí a uno de nuestros encuentros y me bastó con verle la cara para saber que ya había ocurrido lo que tenía que ocurrir. Curiosamente, Justo no parecía resentido ni furioso, sólo deprimido.
—Lo saben —dijo—. Lo saben todo. Se ha corrido la voz…
—¿La chica también?
—Hace días que no hablo con ella. Pero, si lo sabe el padre, lo sabrá la hija.
Emitió un hondo suspiro. Dijo:
—Por supuesto, el padre no me ha dicho que lo supiera. Pero lo sabe. Me ha llamado por teléfono y ¿sabes lo que me ha dicho? Que de la gente como yo no se podía fiar. Con vuestras fiestas, vuestras drogas, vuestras ideas izquierdistas, ¿quién me garantiza a mí que luego no vas a repartir la empresa entre los empleados…? Ha fingido que me echaba del negocio por ser drogadicto y comunista como los amigos de Nita, pero en realidad me estaba echando por estafador.
Estuvimos un rato en silencio. Luego Justo dijo, como hablando para sí:
—En el fondo, casi mejor. Esa gente siempre me ha despreciado. Esa gente sólo hace negocios con los de su clase…
En su voz no había reproche, al menos no hacia mí. Traté de bromear:
—¡A ver si va a ser verdad que eres comunista!
Justo ni me escuchó.
—Pero saldré de ésta, ya lo verás —dijo, y se levantó para marcharse.
—¿No tienes nada para mí? —dije, levantándome también.
—¿Estás de broma?
—¿Esta vez no hay fichas ni fotos ni nada?
—¡Que no te burles!
—Toma —dije, y le tendí el sobre.
Él lo abrió y observó con curiosidad los cuatro billetes de mil. Le agarré del hombro.
—Somos amigos, ¿no? —dije—. Yo no soy como esa gente. Yo no te voy a dejar tirado. Pero a partir de ahora me vas a pasar mejor información. No más detallada sino mejor. Información que nos conduzca a detenciones, ¿me explico? Yo te orientaré, te daré instrucciones sobre lo que hay que investigar y lo que no.
Justo se guardó el dinero en el bolsillo interior de la americana.
—¿Ves como te podías fiar de mí? —dije, y le di un golpe amistoso en la nuca—. ¡Te trato demasiado bien…!