El día de mañana
Habla Mateo Moreno
—Qué hijo de puta —dije.
Manel me miró como preguntándome si me refería a Vintila Horia o al hombre que acababa de salir.
Habla Mateo Moreno
En septiembre u octubre del 74 empecé a salir con Carmela, mi querida Carmela, dice Mateo Moreno. Carmela trabajaba en la comisaría de plaza de España, en la sección de pasaportes. Al principio, cuando me la encontraba, yo no le hacía demasiado caso, pero ella me sonreía y me daba conversación, y algunos días nos escapábamos a tomar café y era siempre tan atenta conmigo y me decía cosas tan agradables que llegó un momento en que no pude quitármela de la cabeza. Acabé enamorándome locamente. ¡Es tan difícil resistirse a ser querido! Lo curioso es que la misma chica que al principio ni siquiera me había atraído luego me parecía sencillamente una diosa. ¡Qué sonrisa, qué ojos, qué voz! O a lo mejor era sólo que ahora sentía que esa sonrisa era para mí y que esos ojos me miraban a mí y que esa voz me hablaba a mí… Me habían gustado otras mujeres, me había enamorado otras veces, pero nunca antes había sentido que la atención de una mujer me convirtiera en una persona distinta, superior. Si yo era bueno, lo era por ella. Si había en mí algo hermoso, era sólo porque Carmela sabía sacarlo a la luz. Estando a su lado me ocurría que quería parecerme a la imagen que ella me devolvía de mí mismo. Si Carmela me quería comprensivo o delicado, haría cuanto estuviera en mi mano con tal de serlo. Si me prefería firme y protector, también. Por Carmela estaba dispuesto a ser lo que ella quisiera que fuera, y ella sabía que a cambio sólo pedía una cosa: su amor. ¡Ah, cuánto nos quisimos en aquella época! ¡Y cuánto, aunque de distinta forma, hasta que la enfermedad se la llevó de mi lado hace tres años! Carmela vivía con sus padres y cuatro de sus siete hermanos en San Andrés, y desde el comienzo me aceptaron como uno más de la familia. Familia, qué palabra tan rara si uno se para a pensarla… Quienes jamás tuvimos nada que pudiera llamarse así ¿cuántas veces tendríamos que pronunciarla para que empezara a tener algún sentido? Los domingos se juntaban todos, los que vivían en casa y los que no, y preparaban unas paellas gigantescas y hablaban todos a gritos y a la vez y alguno de los chicos acababa tocando la guitarra. Luego, si hacía buen tiempo, se iban a pasar la tarde a unos jardines que había junto a la plaza del Congreso Eucarístico, y allí, quien más, quien menos, todos terminaban echándose la siesta para hacer la digestión, ja ja. A mí me fascinaba que los hijos hubieran heredado la forma de hablar y de reír y de comportarse de sus padres, que a su vez la habrían heredado de sus padres y sus abuelos andaluces. Veía en ello una continuidad de algo que, bueno o malo, resistía el paso del tiempo y los cambios de lugar. Algo sólido, por tanto. Un punto de partida al que, en el peor de los casos, siempre podías volver. Como en el juego de la oca. A lo mejor la familia era sólo eso: saber que siempre había una casilla desde la que volver a empezar. Yo, en cambio, como nunca había tenido algo así, tampoco tenía esa posibilidad… En cuanto Carmela y yo nos hicimos novios, su familia pasó a ser también la mía. Tenía veintiséis años y por primera vez pude intuir lo que era tener padres o hermanos. Y era bonito, ¿me explico?, y ni siquiera reprochaba al destino que durante tantos años me hubiera privado de algo que todo el mundo tenía… ¡Ay, Carmela, cómo la echo de menos y cómo echo de menos toda la felicidad que ella me dio!
Por entonces Justo también estaba enamorado, pero yo todavía no lo sabía, dice Mateo Moreno. O no me lo tomaba en serio. ¿Cómo iba a tomarme en serio un amor así, el amor de alguien que no podía o no quería o no se atrevía a acercarse a su chica? Los enamorados creen que la única forma posible de amor es la suya. O, mejor dicho, creen que el suyo es el único amor posible. Como si en todo el universo no hubiera sitio para más amores y estar enamorado te hiciera dueño de todas las reservas de amor del mundo. Como si al lado del tuyo no pudiera existir ningún otro amor, ninguno que se le igualara. Lo mío por Carmela era amor. Lo de Justo por Carme Román me parecía, no sé, algo enfermizo, una insensatez, una excrecencia del amor. ¿Cómo imaginar que alguien como él pudiera albergar un sentimiento tan hermoso y elevado como el que yo experimentaba por Carmela? A esas alturas, Justo se había convertido en un tipo degradado, nauseabundo. Un hombre que vivía de traicionar a los demás, de hacer daño a la gente que tenía cerca, un hombre acostumbrado a vivir sin afectos. Yo, desde luego, desdeñaba esa supuesta pasión suya por Carme Román. Por eso sus exigencias me parecían sencillamente disparatadas. Justo pretendía que Carme quedara al margen de toda investigación. Ni yo ni ningún otro inspector de la Social debía molestarla, y eso quería decir que tampoco había que molestar a su amiga Clara ni al marido de su amiga Clara, pero tampoco a los amigos del marido de Clara, que eran los que habían fundado la Agencia Popular Informativa…
—¿Te das cuenta de lo que me estás pidiendo? —le decía en la barra del Sapporo —. Y si te hubieras enamorado de la Pasionaria, ¿qué? ¿Me pedirías entonces que no le tocáramos un pelo a ningún comunista? Mira, Justo, o me entregas a gente de la API o hago lo que tengo que hacer y agarro a alguien por mi cuenta. Ya sabes que ahora lo tengo fácil…
Justo comprendió que le estaba amenazando con interrogar a la chica y dio un respingo. Me puse serio:
—¿Te imaginas lo que diría el comisario si se enterara? Que estés enamorado o encoñado o lo que sea, me trae sin cuidado. ¡Por mí como si te enamoras de un hámster! Ese problema es tuyo, no mío. Y la cuestión es: ¿qué saco yo de todo esto?
Justo, sombrío, agachó la cabeza.
—Dame tiempo, dame un par de semanas y te consigo algo a cambio —dijo, y yo le agarré del cogote y traté de bromear:
—¿Y qué?, ¿te la meneas mucho pensando en ella? ¡Ese culito, esas tetas que no vas a catar…!
Él me apartó de un manotazo, pero yo le volví a agarrar, ahora con fuerza. Dije:
—Déjame que te diga una cosa. Tíratela. Arréglatelas como sea, pero tírate de una vez a esa chica y olvídala. Te irá mejor así, Justo. Hazme caso.
La verdad es que cumplió su palabra, dice Mateo Moreno. No habían pasado ni dos semanas, y Justo me llevó a la Zona Franca y señaló desde lejos unas casitas de muros despintados.
—¿Ves aquel local, el que tiene bajada la persiana metálica? —dijo.
—¿Donde dice Filaturas Vila?
—El siguiente —dijo, y yo solté un bufido de asentimiento.
—Allí está la imprenta de Universitat.
—¿Estás seguro?
—Suelen empezar a primera hora, cuando vienen todos los de las fábricas. Siguen el mismo horario que el taller de al lado. Por el ruido.
Monté un pequeño dispositivo de vigilancia para comprobar la información, y al cabo de cuatro o cinco días intervinimos. Cogimos a tres chicos empaquetando ejemplares del último número, y después de interrogarlos cogimos a seis más. Con Universitat ocurría siempre lo mismo. Los pillábamos, los mandábamos al Tribunal de Orden Público, nos incautábamos de la imprenta, desmantelábamos la red de distribución, y en muy poco tiempo, cuando creíamos que la revista era ya cosa del pasado, volvía a aparecer como si nada. Era como chafar un globo: si aprietas por un lado, se hincha por otro. Pero, aun así, la operación había sido un éxito, un éxito personal mío, y recibí las felicitaciones de mis superiores. Cuando nos veíamos en el Sapporo, el cabrón de Justo no paraba de tocarme los cojones: que si ya tenía el ascenso en la mano, que si la condecoración no habría quien me la quitara, que si a ver si me estiraba un poco y le hacía un buen regalo… Me hacían tan poca gracia sus chistecitos que acabé poniéndome borde. Le dije:
—Mira, Justo, no te creas que con esto estamos en paz. Por entregarme a la gente de esta revista los de la otra no se van a ir de rositas. Mi deber es pillar a unos y a otros. Está claro, ¿no?
Ahí acabaron las bromitas de Justo, y ahí empezó una etapa que recuerda un poco eso de las Mil y una noches, lo de la chica que para salvar su vida tiene que contar cada noche un nuevo cuento. Sólo que aquí era Justo el encargado de salvar a la chica, y los cuentos tenían que ser historias de verdad, historias reales, muy reales…
Pero las cosas eran bastante más complejas de lo que ahora puede parecer, dice Mateo Moreno. Franco había estado a punto de morirse ese mismo verano, y todo el mundo sabía que no duraría mucho. ¿Y qué ocurriría cuando Franco no estuviera? En jefatura, lo que más preocupaba a unos y a otros era poner el culo a salvo. Por lo que pudiera pasar o, como se decía entonces, por si se daba la vuelta a la tortilla. Esa expresión se utilizaba mucho, y nadie quería significarse demasiado, por si de verdad acababa dándose la vuelta a la tortilla. ¿Quién te aseguraba que los mismos tipos a los que enviábamos a incomunicados no fueran a ser nombrados el día de mañana directores generales o ministros? No digo que no cumpliéramos con nuestro deber de perseguir a los enemigos del régimen. Lo cumplíamos, claro que sí. Pero nadie quería patatas calientes. Sólo algunos de los comisarios más veteranos, los que habían hecho la guerra, los que estaban ahí por viejos méritos y viejas fidelidades. A ésos ya no había quien los cambiara y, si el régimen se hundía, ellos se hundirían con él. Lo que yo veía era que Revuelta y la gente como Revuelta se habían acostumbrado a nadar y guardar la ropa. Si pillaban a un pez gordo, le trataban con unos miramientos que daba pena verlos. Parecía que le estuvieran diciendo: Acuérdese de mí si algún día llega a tener un cargo, acuérdese de que ni le he gritado ni le he puesto la mano encima, dese cuenta de que en el fondo soy un demócrata como usted… Por otro lado, los tiempos estaban más revueltos que nunca, y ante el gobernador civil había que aparentar que aplicábamos a nuestra labor la misma energía de siempre. Irrumpíamos en asambleas y reuniones clandestinas, reprimíamos con contundencia las manifestaciones, deteníamos a los cabecillas… O sea, lo de siempre. Lo de siempre con los mismos de siempre porque, se diga lo que se diga, antifranquistas activos eran pocos, y los conocíamos a casi todos. Unos cuantos estudiantes, unos cuantos trabajadores, un par de profesionales, algún artista excéntrico, y para de contar. El resto de la gente estaba a verlas venir: pobres o ricos, viejos o jóvenes, catalanes o no… Si al cabo de un tiempo convenía seguir siendo franquistas, lo seguirían siendo y, si había que hacerse demócratas, pues se harían demócratas, y punto. Luego, tras la muerte de Franco, parecía que todo el mundo era demócrata de toda la vida. Salían demócratas de debajo de las piedras… ¿De verdad crees que, si hubiera habido tanto demócrata y tanto antifranquista, el régimen habría acabado como acabó, con Franco muriendo de viejo y en la cama? No me hagas reír, hombre.
Yo mismo, al igual que mis compañeros, empecé a moverme con cierta prudencia, dice Mateo Moreno. Lo importante era que nadie te colgara ningún muerto. Si en ese momento me llegan a decir que tengo a Felipe González tomando café en el bar de abajo de mi casa, a lo mejor hago como que no lo he oído… ¿A quién le apetece pasar a la historia como el tipo que detuvo a un futuro presidente del gobierno? Por eso, mucha de la información que me pasaba Justo prefería quedármela para mí y no transmitírsela a Revuelta, que podía obligarme a hacer quién sabía qué cosas. Y la información de Justo volvía a ser buena. Cómo y de dónde la sacaba, lo ignoro, porque la verdad es que a esas alturas no debía de resultarle sencillo. Pero Barcelona es una ciudad grande, y entre las organizaciones clandestinas había muy poca comunicación, de forma que los rumores sobre sus chivatazos podían llegarles o no, y alguien habilidoso como él ya sabía a quién podía arrimarse y a quién no… Si hiciera ahora la lista de todos los antifranquistas que ese año me entregó, sus nombres llenarían unas cuantas cuartillas. Y casi ninguno de ellos era un pringado: había gente que formaba parte de comités ejecutivos, y gente que después ha estado en el Congreso y en la Generalitat, y gente que ha dirigido periódicos y cadenas de radio, y sindicalistas que luego he visto en los telediarios… La importancia de algunos de esos nombres tal vez tendría que haberme hecho recapacitar sobre la seriedad del amor de Justo por Carme Román. ¡Porque todo aquello lo estaba haciendo sólo por ella! ¡Se estaba comprometiendo, se estaba arriesgando de ese modo sólo por preservarla a ella, por evitar que pasara por Vía Layetana, y la categoría de sus presas era proporcional a la intensidad de su pasión! Pero yo estaba ciego, y la frialdad y la saña con que Justo se aplicaba a delatar a opositores sólo me parecían una manifestación más de su aversión al mundo. Para mí era como si su resentimiento, que en otra época se había concentrado en las personas que le habían dejado en la estacada, se hubiera extendido a toda la humanidad. A toda sin excepciones, o a toda con la única excepción de Carme. Ni siquiera este último detalle me hacía reflexionar.
Las cosas no habían cambiado, no para mí, dice Mateo Moreno. Cuando nos veíamos en el Sapporo, acababa haciéndole las bromas de siempre:
—¿Te la has tirado ya?, ¿eh, Justo?, ¿te la has tirado? ¡No es tan difícil, hombre! ¡A ver si te vas a pensar que a las mujeres no les gusta chingar! A todas les gusta. A ésa también, ¡ya te digo yo que sí…!
Entre tanto, a Carme Román nadie le tocaba un pelo. Ni a ella ni a sus amigos de la API. Pero no porque eso formara parte de ningún trato, sino simplemente porque teníamos cosas más urgentes en que pensar. Unos chicos que tenían dinero suficiente para enviar sus boletines por correo no podían preocuparnos demasiado… ¡Qué paradoja!, ¿no? ¡Qué paradoja y qué disparate a la vez! Por un lado, Justo delatando a gente y más gente y creyendo que así protegía a Carme; por otro, yo aceptando todas esas delaciones suyas y luego tirándolas a la papelera… Cuantos más opositores me entregaba Justo, menos podía yo hacer con ellos. Durante toda esa temporada, apenas cuatro o cinco de sus soplos me fueron verdaderamente útiles. Lo más sonado fue la detención del Cifu en un paso fronterizo, en el del Coll del Portillon, por el Valle de Arán. El Cifu era Andrés Sánchez Cifuentes, un viejo comunista que había hecho la guerra y había pasado por varias cárceles en los años cincuenta. ¿Cómo demonios se enteraría Justo de la hora y el sitio por el que tenían previsto meterle en España? Para nosotros era importante dar un buen golpe al aparato de fronteras: que no se creyeran que podían estar entrando y saliendo cuando quisieran. Además, el hecho de que fuera comunista nos ponía las cosas más fáciles. En aquella época pensábamos que las cosas podían cambiar, pero no tanto como para que los comunistas llegaran a ser legalizados, y mucho menos para que llegaran a ocupar algún cargo importante o gobernar algún ayuntamiento. Estábamos ya en febrero del 75. Justo me había dicho que al Cifu lo traerían por la mañana en un Renault 10 granate. Salimos para allá a medianoche. Íbamos en dos coches, y hacía un frío de mil demonios. Entre las curvas y las placas de hielo de la carretera no pasábamos de los veinte por hora. Para colmo, cuando llegamos empezó a nevar. Dejamos los coches donde pudimos y nos metimos todos en la caseta del puesto fronterizo, que al menos tenía una estufa de butano.
—¿Cómo van a venir con este tiempo? —decían los agentes que me acompañaban.
La nieve no paraba de caer, y yo me empezaba a temer que hubiéramos hecho el viaje en balde. Pero amaneció un día hermoso y soleado. Algunos de los agentes no habían visto nunca la nieve y se entretenían tirándose bolas unos a otros. Yo me acordaba de la gran nevada del 62 y de cómo había visto toda Barcelona blanca desde lo alto del campanario. A media mañana la carretera volvió a estar transitable, y ordené a todos que volvieran a la caseta. Pasó un coche, y luego una furgoneta de reparto, y después cuatro o cinco coches más, todos con esquís en el techo. Y unos minutos antes del mediodía vimos llegar el Renault granate, también con esquís, para disimular. Dos chicos ocupaban los asientos delanteros, el Cifu el de atrás. La operación no podía ser más sencilla. Yo iba de paisano, mis hombres de uniforme. Llevábamos todos el arma reglamentaria en la mano. Rodeamos el coche y les hicimos salir.
—A esquiar, ¿verdad? —preguntamos.
Del Cifu me ocupé yo. Le pedí el pasaporte, que por supuesto era una falsificación.
—Acompáñeme, tengo que hacer unas comprobaciones —dije, y él me siguió mansamente hacia la caseta.
Antes de que llegáramos a entrar, oí a mi espalda unos gritos, seguidos instantes después por el sonido de una detonación. Uno de los chicos del Renault había echado a correr hacia la parte francesa, y el agente encargado de su custodia, tras el disparo de advertencia, se disponía ahora a afinar la puntería.
—¡Para! —le grité—, ¿estás loco?
Corrí hacia él, y le bajé el brazo de un manotazo.
—¡Pero es que se escapa! —dijo, moviendo la cabeza en dirección al fugitivo, que estaba ya a punto de alcanzar el lado francés.
Le agarré por las solapas y le miré con rabia a los ojos. Era el más bisoño del grupo.
—¿Te acaban de dar el arma y ya quieres matar? —le grité—, ¿te crees que esto es un juego?
Le ordené que fuera hacia los coches. Volví después a la caseta, donde el Cifu me esperaba en silencio.
—Si fuera por ése… —empezó a decir, sacudiendo la cabeza.
Por un momento me sentí mucho más cerca de aquel viejo comunista que de mis policías, todos más o menos franquistas como yo, todos de mi edad o algo más jóvenes.
Entre los ahorros de Carmela y los míos nos llegaba para pagar la entrada de un piso, dice Mateo Moreno. Proponerle que me acompañara a mirar pisos en venta fue mi manera de pedirla en matrimonio.
—¿Por qué zona? —preguntó ella, y yo contesté que por la Meridiana, lo que quería decir que por la zona de su familia.
—Te acompaño —dijo, sonriendo, y eso para mí equivalía a un sí, quiero.
Nos dimos un beso y fuimos a ver los bloques que se estaban construyendo en el barrio. Lo que más nos gustó fue una promoción de pisos que estaban haciendo en la calle Escocia. Pero las obras iban despacio, y no nos entregarían las llaves hasta un año después.
—¡Un año! —exclamé—, ¡no sé si podremos esperar tanto!
No hizo falta que hiciéramos más planes: nos casaríamos en cuanto tuviéramos el piso. Entre tanto nos dedicaríamos a querernos y a ser felices. En verano viajamos a Andalucía y conocí a su familia, que por parte de padre era de Espejo y por parte de madre de Rute. Y en septiembre, como todavía nos quedaban algunos días de vacaciones, fuimos a pasar una semana a las Canarias. Fue la primera vez que viajé en avión, y no se crea que desde entonces he volado mucho más. ¿Me habló Justo en esa época de la casa que se estaba construyendo en el campo? Supongo que sí, pero no lo recuerdo. O no me pareció importante o estaba demasiado absorbido por Carmela, o las dos cosas a la vez. Además, con las protestas por las últimas ejecuciones de Franco, en Vía Layetana no dábamos abasto. Fuera por lo que fuese, en aquella época la vida de Justo me importaba bien poco: la casa esa, su supuesto amor por Carme Román… Que ese amor era profundo y sincero lo descubrí muy poco después, cuando lo del accidente. Voy a contar cómo ocurrió. Esa tarde llegué a jefatura y me dijeron que habían llamado varias veces preguntando por mí.
—¿Quién? —dije.
—Un nombre extraño. Como Samuel, pero no era Samuel.
Al cabo de un rato me pasaron una llamada. Al otro lado de la línea telefónica habló una voz que al principio creí de mujer.
—Me han dicho que pregunte por Mateo Moreno —oí.
—¿Quién es usted?
—Me llamo Noel. Soy amigo de Justo. Me han dicho que le llame y le diga que ha tenido un accidente…
—¿Quién le ha dicho que me llame?
—Hilario, el que va siempre con Justo. Él era el que conducía.
Por las explicaciones que el chico me dio entendí que primero los habían llevado a un dispensario de la Cruz Roja en Molins de Rei y después, como Justo había perdido mucha sangre, al hospital de San Pablo.
—¿Está mal? —dije.
—Creemos que sí —dijo Noel.
Acudí de inmediato al hospital. Me indicaron una salita en la que estaban esperando el chico, su padre e Hilario, que tenía un brazo en cabestrillo y algún corte en la cara pero por lo demás parecía en buen estado. Me acerqué a Hilario y le pregunté qué había ocurrido.
—No ha sido culpa mía, ha sido culpa de ella… —dijo con voz débil.
Al principio no entendí a quién se refería. Luego vi que en una silla tenía la caja de la tortuga. La abrí y vi el animal, inmóvil, tripa arriba, con una hendidura profunda, como si le hubieran dado un martillazo.
—Ha sido culpa de ella… —volvió a decir Hilario.
El padre del chico me explicó que los médicos se habían llevado a Justo dos o tres horas antes y que no habían vuelto a saber de él.
—¿Tan grave está?
—Tiene varios huesos rotos. Ha perdido mucha sangre. Le han tenido que hacer varias transfusiones. Las cosas podrían complicarse…
—¿Cómo ha sido?
—Se han salido en una curva y han volcado. Nosotros estábamos en casa y hemos oído los bocinazos. Éste, Hilario, estaba atrapado dentro del coche, tocando el claxon. El otro, inconsciente, ha salido despedido a unos diez metros. Mi hijo me ha dicho que los conocía y hemos llamado a la Cruz Roja. Eso es todo lo que le puedo decir…
Miré al chico: flaco, rubio, con flequillo, de unos doce años. Al ver que le miraba, se sintió obligado a intervenir:
—A veces les ayudo a construir su casa…
Asentí con la cabeza como si supiera perfectamente de qué casa me estaba hablando. Me volví hacia Hilario y repetí la pregunta:
—¿Cómo ha sido?
Hilario, acobardado, se encogió de hombros. Insistí:
—Sí, ya sé que ha sido culpa de ella, pero ¿cómo ha sido?
El chico dijo:
—Llevaba la tortuga suelta por el coche, casi siempre la lleva, y cuando ha ido a frenar…
—¡Menudo idiota! —le interrumpí.
Hilario volvió la cara como un niño que va a ser abofeteado. La cosa estaba clara: la tortuga se había metido entre los pedales, y en el momento más inoportuno había bloqueado el freno con su cuerpo.
—¡Reza para que los médicos hagan bien su trabajo! —le dije, amenazándole con el dedo—. ¡Como algo falle, vas derechito a la cárcel!
Me encendí un cigarrillo y me fui a las escaleras a fumar. Luego hablé un poco con el chico y su padre. Les dije:
—La noche puede ser muy larga. Si quieren, pueden marcharse. Ya me encargo yo…
Fue el chico el que dijo que se quedarían hasta saber cómo estaba Justo.
—Es mi amigo —dijo, casi con orgullo, y pensé en lo triste y solitaria que era la vida de Justo, sin más amigos que el tarado aquel de la tortuga y un chavalín de doce años.
A lo largo de la noche tuve aún que salir unas cuantas veces más a fumar a la escalera. Conseguí después hablar con uno de los médicos, que me explicó lo que era un neumotórax y me dijo que Justo había respondido bien al drenaje pleural: lo tendrían unas horas en observación y luego lo pasarían a planta. Me asomé a uno de los jardines interiores: estaba ya amaneciendo. Volví a la salita. El chico se había quedado dormido. Le dije a su padre que parecía que todo iba bien y que se fueran a casa.
—¿Y yo? —dijo Hilario.
—Tú te esperas —dije.
El chico y su padre se marcharon. Llamé a jefatura y di instrucciones para que acudieran a buscar a Hilario y lo mandaran a Baracaldo con su familia. El agente que me cogió el teléfono dijo:
—¿Tiene que ser ahora?
—Sí —dije.
Me preguntó si no me había enterado.
—¿De qué?
—Por la radio han dicho que Franco acaba de morir.
Cuando me avisaron de que Justo estaba ya en la habitación, hacía un rato que se habían llevado a Hilario, dice Mateo Moreno. Tenía Justo un aspecto verdaderamente lamentable: una pierna escayolada y sostenida por una polea, un enorme apósito cubriéndole una mejilla, el pecho forrado de vendas hasta el cuello. La enfermera, antes de irse, terminó de graduar la inclinación de la cama y dijo:
—Lo que ahora necesita es reposo; procure que no hable demasiado.
Las otras tres camas de la habitación estaban ocupadas por enfermos que parecían dormir. Me acerqué una silla a la cabecera de Justo. Le hablé en susurros:
—Estás jodido, ¿eh?
Fue entonces cuando descubrí que su amor por Carme Román, tan distinto del mío por Carmela, no era menos intenso. Justo me miró como si no me conociera y dijo:
—Podría haber muerto pero no he muerto, ¿y sabes por qué…?
—Descansa, hombre, estás aún bajo los efectos de la anestesia…
Él no daba muestras de estar escuchándome. Dijo:
—¿Quieres saber por qué no he muerto? Por ella. Porque quiero seguir pensando que ella está bien, que nadie le va a hacer daño…
Supuse que le habrían anestesiado con algo parecido al pentotal, el famoso suero de la verdad. Yo nunca había asistido a ningún interrogatorio con suero y no sabía de nadie en la Brigada que lo utilizara (¡a ver si alguien se va a creer que éramos como los de la Alemania comunista, con sus micrófonos y sus métodos científicos!). Pero me imaginaba que el pentotal hacía hablar a la gente tal como lo estaba haciendo Justo: con una sinceridad enloquecida, febril, como si les fuera a faltar tiempo para decir todo lo que tenían que decir. Soltó Justo un largo monólogo:
—¿Quién se ocuparía de ella si yo no estuviera? ¿Quién la cuidaría? Tú me dijiste que estaba encoñado, y ahora pensarás vete a saber qué: que estoy enamorado. En realidad, es algo más que eso. Es al mismo tiempo mucho más y mucho menos que eso. Ella es lo único limpio y puro que ha habido en mi vida. ¿Entiendes lo que eso significa? ¡No, no puedes entenderlo! Para mí es como una rosa, pero una rosa que nunca va a marchitarse. ¡Sólo pensar que pudiera ocurrirle algo o que alguien pudiera hacerle daño…! Por eso no he muerto. Por eso no he querido morir. Prométeme que, mientras yo esté aquí, la protegerás como si fueras yo. O, mejor dicho, como si ella fuera tu novia…
Hablaba Justo con tal excitación que se aturullaba y las palabras le salían entrecortadas. Los otros enfermos de la habitación se removían entre las sábanas, y la enfermera entró a pedirme que les dejara descansar. Me levanté y dije que volvería más tarde. Seguí oyendo la voz de Justo mientras me alejaba por el pasillo.
—¿Me prometes que la cuidarás?, ¡di que me lo prometes…! —decía.
Qué raros somos los seres humanos, dice Mateo Moreno. No quiero ponerme filosófico, pero es verdad que somos raros. Me acuerdo de un compañero de los Hogares Mundet que se apellidaba Ginés. Era el clásico chulo. Si había una bronca, ahí estaba él, que casi siempre era el que las iniciaba. Te robaba el bocadillo, o te insultaba, o te escupía, o directamente te pegaba. El clásico chulo, ya digo: todo el mundo le tenía miedo. Pues bien, de repente al tal Ginés le dio por llorar. No lloraba delante de los demás, claro. Lloraba por la noche, en la cama, cuando creía que todos estábamos dormidos. Lloraba como esos perrillos que esperan atados a un árbol mientras la dueña entra en una tienda a comprar: ¡Guú, guú, guuuú…! Luego supimos que se había enamorado de una chica algo mayor que salía con un taxista. Hasta le escribía poesías, unas poesías muy cursis llenas de atardeceres y hojas secas… ¿Quién podía pensar que en el corazón de ese bruto había un hueco para el amor y la poesía? Con Justo me había ocurrido algo similar. ¿Cómo imaginar que un tipo así podía llegar a enamorarse como se enamoró de Carme Román? Desde luego, el suyo no era un amor normal, como los de las parejas de novios, o como el mío por Carmela. ¿Pero qué amor es normal? En esa época podía yo hablar largo y tendido sobre el amor, la pasión y todo eso, ja ja. La única diferencia entre lo mío y lo suyo consistía en que mi Carmela era una mujer auténtica, de carne y hueso, mientras Carme Román no era más que una fantasía suya. Justo se había construido una imagen ideal de ella, una imagen a la medida de sus necesidades. Seguramente la seguía viendo tal como era nueve o diez años antes, cuando la estafó: una jovencita alegre e ingenua, una huérfana desvalida y necesitada de protección… ¿Y cómo corregir esa imagen de ella si en todo ese tiempo prácticamente no la había vuelto a ver? Después de aquella mañana en el hospital no volví a hacer bromas sobre los sentimientos de Justo ni sobre Carme Román. De hecho, prácticamente no volvimos a hablar de ella. Lo más probable es que el propio Justo hubiera olvidado todas las confidencias que me había hecho entre los delirios de la anestesia, aunque quién sabe. Las cosas, de todos modos, siguieron complicándose…