El día de mañana

Ignacio Martínez de Pisón · Capítulo 11 de 32

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El día de mañana

Habla Elvira Solé

—Una visita rutinaria, sólo para comprobar —dije.

—Pues ya lo ha comprobado —dijo con sequedad.

Después de un escarmiento como el que le había dado Peribáñez todos se ponían un poco farrucos. Yo no me moví del descansillo.

—Si tiene que entrar, entre, pero rapidito, que me tengo que ir —añadió, haciéndose a un lado.

Su tono estaba empezando a joderme. Entré y di una vuelta por el piso, que seguía como la vez anterior. En el pasillo me detuve de nuevo ante su fotografía con su madre.

—¿Ya se ha buscado un buen abogado? —pregunté.

—¿A qué ha venido?, ¿a burlarse de mí?

—Bonita foto.

Él ni se inmutó. Me parecía un tipo despreciable, con ese peinado medio moderno y esa americana ceñida y esa sonrisa tirante del que está a la defensiva.

—Pues si todavía no tiene abogado… —dije, encogiéndome de hombros y yendo hacia el despacho.

—Dígale a su jefe que no se preocupe por mí —dijo, y yo le hice un gesto de impaciencia:

—Mi jefe ni siquiera sabe que estoy aquí.

En un rincón, en el suelo, había un hornillo de cámping-gas con una cafetera encima. La miré como esperando que se decidiera a ofrecerme un café, pero él terminó de hacerse el nudo de la corbata e ignoró mi gesto.

—Muy bien —dije, encaminándome hacia la escalera.

Ya en el rellano, justo antes de que él cerrara la puerta, me volví y dije:

—Por cierto, la próxima vez que vaya a ofrecer una información, asegúrese de que ha elegido al interlocutor adecuado…

—¿Qué le han contado? —dijo.

—Buenas tardes —dije, bajando el primer escalón.

—¡Espere un momento!

 

Habla Elvira Solé

Lluís y yo nos hicimos novios unos pocos meses antes de que Justo empezara a salir con Elena Castellnou, dice Elvira Solé. Lluís me gustaba porque tenía la voz grave y las manos fuertes y, cuando me agarraba por la cintura y me decía cosas al oído, me daba la sensación de que el mundo era más sencillo y a su lado nunca podría ocurrirme nada malo. Lluís trabajaba en el Ayuntamiento, tramitando multas y cosas así, pero lo que de verdad le gustaba era leer. La primera vez que me llevó a su casa y vi todas aquellas pilas de libros, pregunté la típica idiotez:

—¿Te los has leído todos?

Él podría haberme tratado como a una tonta pero, en vez de eso, se echó a reír y me abrazó por detrás y me besó. Estábamos muy enamorados. Él decía que le gustaba todo de mí. Eso significaba que le gustaban hasta mis carencias y mis defectos. Por ejemplo, en vez de reprochármelo, le hacía gracia que no fuera tan leída ni tan culta como él. ¡Dios mío, cuánto sabía! Le podías hablar de ciencia, de lingüística, de historia, de filosofía, de lo que fuera, y Lluís siempre tenía cosas interesantes que decir. A su lado no parabas de aprender, y yo me sentía una privilegiada por ser su novia. Gracias a él empecé a tener opiniones. Daba lo mismo que mis opiniones fueran menos originales o menos audaces o menos elaboradas que las de Lluís. Eran mis opiniones, que era de lo que se trataba, y para expresarlas no me importaba tener que recurrir a un vocabulario que no era mío en absoluto. Utilizaba expresiones como solipsismo, autocomplacencia, torre de marfil, alienación… Que mis opiniones de ahora no coincidan con las que tenía entonces importa poco. Lo que importa es que empecé a tener mis propias opiniones. Al principio eran sólo opiniones sobre lo que Lluís decía, pero de ahí pasé enseguida a tener opiniones sobre todo lo demás. Sobre la religión, sobre la política, sobre la familia, sobre el matrimonio…: sobre la vida. Eso me fue distanciando de la gente que hasta entonces había sido mi gente, personas todas ellas a las que podía seguir queriendo pero con las que difícilmente podía ya mantener una conversación. Mientras ellos continuaban viviendo en el mundo de los lugares comunes y los saberes recibidos, yo había conseguido hacerme un hueco en el de la gente con opinión propia, y entre esos dos mundos sólo cabía el enfrentamiento. ¡Qué horrible, qué asfixiante era aquella España llena de pequeños Francos que disfrutaban imponiendo a todas horas su autoridad! Iba yo, una chica joven con un Gordini y media docena de opiniones recién estrenadas, y me encontraba con que la gente sólo sabía replicarme dándome órdenes. ¡Y lo peor es que siempre lo hacían por mi bien! Habré oído esa frase un millón de veces: Te lo digo por tu bien, te lo digo por tu bien… Mi pobre madre, mi padre, que por entonces tenía ya el enfisema, mi hermano mayor, Arturo, que trabajaba en la Seat, mi otro hermano, Andrés, que acababa de abrir la carnicería con Conchita, su mujer: todos me daban órdenes y todos decían siempre que lo hacían por mi bien. Y también mis amigas, también Araceli, María Jesús y Cristina, cuando me decían que hiciera tal cosa o no hiciera tal otra, me lo decían por mi bien.

Ya nunca salíamos juntas y, para no perder su amistad, me acercaba los domingos a la cafetería en la que tomaban el aperitivo después de la misa de doce, dice Elvira Solé. Yo había dejado de ir a misa al conocer a Lluís; ellas seguían yendo. A la misma iglesia, a la misma hora, para seguramente sentarse siempre juntas en el mismo banco… Mientras sus vidas parecían no cambiar en absoluto, en la mía no paraban de ocurrir cosas, y esas cosas me estaban convirtiendo en una persona distinta. ¿Puede ser que en esos encuentros las tratara con algo de superioridad o de condescendencia? Puede ser, pero en todo caso yo no era consciente. Sí tenía la sensación de que me miraban de otra forma, como estudiándome, y de que luego, cuando me iba, hacían comentarios acerca de mi ropa o mi peinado o simplemente mi actitud. Sin duda había quedado excluida de la complicidad que nos había unido desde niñas (y que ahora sólo las unía a ellas) pero, mientras estábamos juntas, las cuatro nos esforzábamos por simular que todo seguía más o menos como siempre. Por ejemplo, nos lo contábamos todo sobre novios y novietes y, por supuesto, sobre sexo. Pero incluso en eso me distinguía de ellas. Teníamos veintitrés años y yo era la única de las cuatro que mantenía relaciones sexuales regulares y completas. Cristina, la menos agraciada, corpulenta, un poco hombruna, sólo tomaba la palabra para lamentarse de sus escasísimos avances con un compañero de trabajo que le gustaba desde hacía años. María Jesús, que tenía novio desde los dieciocho, se había jurado llegar virgen al matrimonio y, aunque se había acostado varias veces con su chico y habían hecho casi de todo, nunca le había autorizado a penetrarla. Araceli, coqueta, enamoradiza y bastante más avezada que las otras en los placeres de la carne, vivía con mucha intensidad sus noviazgos, invariablemente breves y decepcionantes… En definitiva, las tres seguían a la espera del amor verdadero, a la espera del héroe o el príncipe que viniera a rescatarlas de sus tristes vidas sentimentales, y frente a ellas yo era como ellas se imaginaban a sí mismas una vez rescatadas: la mujer realizada, la enamorada que había acertado a encontrar el amor. Nuestras conversaciones, salpicadas de sobreentendidos y de suspiros de excitación y de risitas nerviosas, adquirían un matiz especial cuando yo hablaba de mi intimidad con Lluís. En la atención que entonces me prestaban percibía algo parecido a la admiración, algo que me hacía sentirme más segura de mí misma y más enamorada. Pero también podría ser que no fuera admiración sino envidia. O rencor, no sé muy bien. La que menos razones tenía era la que parecía más resentida conmigo. Hablo de Araceli, que al fin y al cabo había tenido bastantes ocasiones de encontrar el amor y nunca había sabido aprovecharlas. Era Araceli la que con cierta frecuencia me dedicaba comentarios sarcásticos del tipo: ¿Y cuándo nos presentarás a tu tortolito?, ¿tienes miedo de que te lo quitemos?, ¡o a lo mejor es que no es tan maravilloso como quieres hacernos creer! Yo me tenía que morder la lengua para no contestar.

Uno de esos breves y decepcionantes noviazgos de Araceli había sido con Justo, dice Elvira Solé. Sí, después de esos coqueteos de los que todas habíamos sido testigos, consiguió salir con él cuando yo ya no frecuentaba el Taita ni ninguno de aquellos sitios. Lo curioso es que para entonces Araceli había perdido toda esperanza con respecto a Justo. Seguía yendo por la zona del Taita y a veces se dejaba ver por Bocaccio, pero no se hacía ya demasiadas ilusiones. ¿Cómo conseguir siquiera que le prestara atención alguien como Justo, a quien el episodio de la comisaría había otorgado un prestigio fulminante? Bien relacionado, próspero, heroicamente antifranquista…: lo tenía todo para triunfar en esos círculos, y Araceli sabía que para una chica como ella Justo se había vuelto inalcanzable. Pudiendo elegir a cualquiera de las que iban por allí, ¿por qué iba a fijarse en ella? Bueno, la cuestión es que una tarde Justo la abordó y le dijo:

—Tú y yo tenemos que hablar.

Se lo dijo con expresión grave, como si hubiera ocurrido algo irreparable. Araceli se encogió de hombros.

—¿De qué?

—¡Ya sabes tú de qué! —dijo el otro, y por señas le ordenó que le siguiera a un rincón discreto.

Araceli obedeció, algo aturdida. Luego Justo acercó mucho su cara a la de ella y dijo:

—Sólo te voy a decir una cosa, y te la voy a decir sólo una vez. Si vas a por él, ten mucho cuidado. Podrías hacerle daño…

Araceli negaba con la cabeza y trataba de sonreír:

—¿Pero de qué me estás hablando?, ¿de quién me estás hablando?

—No te hagas la tonta, lo sabes muy bien —dijo Justo, y se dio la vuelta.

Araceli, que tenía bastante temperamento, le agarró por el brazo.

—A mí, las cosas claras y el chocolate espeso —le dijo—. ¿Me vas a explicar de qué va todo esto?

Justo bajó la voz:

—No me negarás que estás todo el rato lanzándole miradas y sonrisitas…

Araceli habló también en susurros, ¿pero de quién demonios le estaba hablando?, y él hizo con la cabeza un gesto en dirección a la barra, donde estaba Quim con unos amigos. Araceli tardó todavía unos instantes en comprender a quién se refería, y se puso a la defensiva:

—¿Yo?, ¿con Quim?, ¡te juro que…!

—No hace falta que jures —dijo Justo—. Sólo te digo que es una persona especial y que, si de verdad te gusta, tienes que tratarle con delicadeza…

Entonces ella no pudo contenerse y se echó a reír.

—¡Pero si no me gusta! —dijo—. ¡De verdad que no me gusta!, ¡no me gusta nada!

Eso era cierto: Araceli a Quim siempre lo había encontrado ostentoso, afeminado, estrafalario…

—No te creo —dijo Justo.

—Pues créeme.

—¿Por qué tendría que creerte?

—Porque a mí me gustas tú…

Más o menos así fue la conversación, y al cabo de un rato estaban los dos dándose besos en un portal cercano. Durante las tres o cuatro semanas siguientes, Araceli y Justo vivieron lo que parecía ser una apasionada historia de amor. Él la recogía en un taxi, la llevaba primero a cenar y luego a Bocaccio, la presentaba a todos como su novia. Después se iban a un apartamento cercano, destartalado y lleno de cajas, que no se usaba como vivienda sino como pequeño almacén o como meublé improvisado, y allí se quedaban hasta el amanecer. Araceli estaba exultante, y más guapa que nunca. Al igual que Cristina y María Jesús (y que yo misma hasta poco antes), solía recortar fotos y patrones de las revistas extranjeras y hacerse su propia ropa, que luego no se atrevía a ponerse porque le parecía demasiado moderna, demasiado llamativa.

—¿Cómo me voy a poner esto para vender pepinillos en el mercado? —decía, porque entonces ayudaba a sus padres en el puesto de encurtidos en vinagre.

Pues bien, mientras duró su relación con Justo, siempre que salía a la calle lo hacía llevando unos vestidos y unas minifaldas que a lo mejor no habrían llamado la atención en París o en Londres pero sí en la España de Franco. Era como si se hubiera convertido en otra persona, en una modelo de alta costura, en una mujer seductora y mundana, habituada a los casinos de la Costa Azul y a los descapotables y a los yates. Desde luego, alguien así no podía desentonar en una sala de fiestas como Bocaccio. Yo, que la conocía y la quería como a una hermana, trataba a veces de prevenirla contra ese mundo de juergas nocturnas y apellidos ilustres, y ella, medio en broma, medio en serio, pero más en serio que en broma, me decía:

—No estarás celosa, ¿verdad? ¡A ti Justo siempre te ha gustado! ¿No te basta con tu Lluís?

Araceli había encontrado la felicidad y no podía tolerar que nadie viniera a ensombrecerla. Lo malo es que esa felicidad le duró bastante poco. Recuerdo muy bien el domingo en que, en la cafetería, nos contó entre sollozos y juramentos de venganza cómo había terminado todo. La noche anterior, Justo había quedado como de costumbre en pasar a recogerla y sencillamente no se presentó. Ella supuso que habría tenido algún contratiempo y algo más tarde fue a buscarle a Bocaccio. Le encontró en la barra, en el centro de un pequeño grupo. En cuanto la vio acercarse, Justo se encaró con ella y le dijo:

—¿Me quieres dejar en paz?, ¿por qué tienes que andar siempre detrás de mí como un perrito?, ¿no comprendes que lo nuestro se acabó?

Araceli, guapísima, elegantísima, no pudo aguantar el ultraje y se marchó de allí llorando. Fue un golpe muy duro: ¡ni habían discutido ni habían hablado de que lo suyo fuera mal o de que Justo se hubiera cansado de ella o se hubiera enamorado de otra! Nosotras tratábamos de consolarla, pero ella aspiraba sobre todo a entender lo ocurrido.

—¡Ha sido un paripé! —decía—. ¡Todo! ¡Desde el primer momento!

Araceli estaba convencida de que Justo se había limitado a jugar con ella, como un gato con un ratón. Sabiéndola presa fácil, la había seducido con una burda comedieta, la había exhibido como un trofeo y, al final, cuando ya no la necesitaba, la había abandonado. Así, como si nada, sin dar explicaciones, como quien tira un trasto viejo o una piel de plátano a la basura. ¡Y todo para pavonearse delante de esa pija, todo para atrapar en sus redes a la zorra esa de la Nita! Algo de razón debía de tener Araceli, porque lo siguiente que supimos de Justo fue que estaba saliendo con Elena Castellnou, y parecía que lo suyo iba en serio. Elena, Elenita, Nita, la guapa y caprichosa Nita Castellnou, hija de un industrial que se había hecho de oro con unas contratas de suministros para la red de hospitales públicos…