El día de mañana
Habla Mateo Moreno
—Están verdes, todavía es pronto —dijo, y se puso a andar a mi lado.
Comprendí que me había estado esperando. Justo hablaba y hablaba de cosas intrascendentes. Luego dijo:
—¿A quién has llamado esta mañana desde el pueblo?
—A nadie.
—¿A nadie? ¿No has hecho ninguna llamada desde el bar del pueblo?
—No —dije, y era verdad.
—Está bien… —dijo, pero lo dijo sin convicción.
Un rayo de sol se reflejó en la bala de plata que llevaba colgada del cuello. La miré. Él la cogió con dos dedos y dijo:
—¿Te gusta? Hice grabar mis iniciales y el año de mi nacimiento. Sólo falta el año de mi muerte…
—¿Quién te ha dicho que he hecho esa llamada? —le interrumpí, y él negó con la cabeza y dijo:
—¿Y qué tendría de malo que la hubieras hecho?
Sin parar de andar, intercambiamos una sonrisa. Cada tantos metros, el camino se internaba entre árboles para asomarse luego a un pequeño claro y desaparecer de nuevo en el bosque. No teníamos a nadie ni delante ni detrás. Pensé que, en ese lugar y en esas circunstancias, sería muy sencillo matar a alguien y hacer desaparecer el cadáver…
—No, claro que no tendría nada de malo que hubieras llamado desde el bar del pueblo —volvió a decir Justo.
Habla Mateo Moreno
Dirán lo que quieran, pero aquélla fue una época dura, muy dura, dice Mateo Moreno. Un día sí y otro también, nos desayunábamos con la noticia de un nuevo atentado mortal o un secuestro o un tiroteo callejero… Luego, en los años ochenta, cuando los políticos viajaban por todo el mundo explicando el modelo español de transición a la democracia, yo los veía por la tele y decía: ¡Espero que en esos países no aprendan demasiado bien la lección, porque como tengan que aguantar lo que aguantamos aquí…! De todo lo que entonces vi (que fue mucho), lo que más me impresionó fue lo de Joaquín Viola, que había sido alcalde de Barcelona a la muerte de Franco. Vivía en un piso del paseo de Gracia, y una mañana entraron unos individuos, que maniataron a todos los que estaban en la casa y a él le pegaron en el pecho una bomba con temporizador. Si pagaba un rescate de no sé cuántos millones en equis días, la desactivarían; si no, le explotaría encima… Por lo que fuera, la bomba explotó enseguida y mató a Viola y a su mujer. Yo estuve allí, y te aseguro que esas cosas nunca se olvidan: la habitación oliendo a carne requemada, las paredes salpicadas de sangre y restos humanos, ella con un boquete en el cráneo y el cerebro al aire, él con esa brecha gigante en el tórax, las vísceras colgándole… Estaban tan destrozados que para sacarlos de allí tuvieron que envolverlos en unas mantas atadas con cuerdas, ¿me explico? Unos meses antes habían hecho lo mismo con un empresario, Bultó, y también a éste le había explotado la bomba encima. Los terroristas formaban parte del Exèrcit Popular Català, una especie de ETA catalana. Algunas noches, en la cama, Carmela se me abrazaba y decía:
—No corremos peligro, ¿verdad? Dime que no te va a pasar como a todos esos policías del País Vasco que, cuando se están despidiendo de su familia por la mañana, reciben un tiro en la nuca…
Yo trataba de tranquilizarla, pero tampoco las tenía todas conmigo: si eso les estaba ocurriendo a otros como yo, ¿por qué no iba a ocurrirme a mí? Así estaban las cosas a principios del 78. Hacía más de un año y medio que no había visto a Justo, y en todo ese tiempo ni siquiera me había tomado la molestia de buscar noticias suyas. Si alguna vez Justo había formado parte de mi vida, ya no formaba: así de sencillo. Esa mañana de enero, entre la mucha gente que andaba por la casa de Viola estaba Landa. Nos encontramos primero en el descansillo de la escalera y luego en el portal, mientras sacaban las mantas con los restos. Se me acercó y me dijo:
—Éstas son las cosas que teníamos que evitar, ¿no? Y para eso contamos con tipos como el que tú sabes. Bah, pero con esa gentuza es siempre igual: en vez de hacer lo que tienen que hacer, van a lo suyo…
Tardé un segundo en comprender a quién se estaba refiriendo y, cuando quise reaccionar, estaban sacando los restos del matrimonio, y la gente en la calle había empezado a dar gritos de ¡Suárez, traidor!, ¡Gobierno, al paredón…! Luego, de camino hacia jefatura, Landa me agarró del brazo y me dijo si no me importaba que fuéramos juntos. No hubo conversación, sólo un monólogo.
—En esto, como en todo, lo que importa es quién pone las reglas —decía Landa —. En la Iglesia las pone el Papa, en los gobiernos los presidentes, en la guerra el general. ¿Por qué aquí tendría que ser distinto? ¿Qué se cree ese tipo? ¿Que me va a decir lo que tengo que hacer? ¿Que me va a imponer sus normas? No, el mundo no funciona así. Tú eres amigo suyo, ¿no? Tú me lo recomendaste y me dijiste que contigo había funcionado bien. Lo primero que tenía que haber comprendido es que las reglas consisten en que las reglas las pongo yo. Y que las puedo cambiar siempre que quiera. Cosas como lo de hoy hacen que las reglas puedan cambiar, ¿no? Me refiero al matrimonio asesinado, los Viola, los de la bomba. Muertes así pueden hacer que las reglas cambien. ¡O puede que no, pero eso lo decido yo! Si te cargas a esos terroristas antes de que ellos se carguen a un matrimonio como ése, has conseguido dos cosas: cargarte a unos y salvar a los otros. ¡Eso era lo que tenía que haber hecho tu amigo, y en vez de eso…! ¿Qué reglas son ésas? ¿Ésas eran las reglas? ¡No, no eran ésas las reglas! ¿Lo has entendido, Moreno? Pues si tú lo has entendido, tu amigo también lo entenderá. Así que díselo, si lo ves. Si lo ves, dile que te lo he dicho yo y que ésas son las reglas. ¿Entendido, Moreno? ¿Entendido?
—Entendido.
Eso dije, aunque de su embarullado discurso sólo me quedaba claro que Landa me estaba emplumando la responsabilidad de haber adoptado a Justo como colaborador: Tú eres amigo suyo, tú me lo recomendaste, tú me dijiste… ¡Qué huevos tenía el cabrón! Había recurrido a todo tipo de malas artes para arrebatarme a mi confidente, y ahora que parecía estar causándole problemas la culpa era mía. Si por una parte me alegraba de que el asunto le provocara quebraderos de cabeza, por otra me fastidiaba que tratara de traspasarme esos quebraderos. Ahora yo tenía que localizar a Justo, al que hacía más de un año y medio que no veía, y… ¿Y qué? ¿Convencerle de algo? ¿De qué? ¿De que las reglas las ponía Landa? Ni yo mismo sabía muy bien qué mensaje debía transmitirle.
¿Y cómo localizarlo?, dice Mateo Moreno. Fui al último domicilio suyo que conocía, el de Santa Coloma, pero el piso había cambiado de inquilinos y nadie en el barrio sabía nada de él. Me acerqué después a Vallirana. La casa transmitía ahora una deplorable sensación de ruina y abandono: pintadas, porquería, zarzas… No hacía falta ni acercarse para comprender que allí no vivía nadie. A pesar de todo, me asomé a echar un vistazo. La habitación grande tenía una puerta, cerrada con un candado que parecía en buen estado de conservación. ¿Estaban esa puerta y ese candado la última vez? No podía recordarlo. Paré el coche delante de la casa de los vecinos y llamé al timbre. Del interior salía un sonido mecánico que fue poco a poco perdiendo intensidad hasta desaparecer por completo. Me abrió la puerta Eugenio León, el padre de Noel. A su espalda descubrí el origen del ruido: una máquina de estampación de camisetas que ocupaba buena parte del salón. Los muebles se habían apelotonado en la otra parte, de forma que quedaba muy poco espacio para moverse. El hombre, después de saludarme, se sintió obligado a darme explicaciones.
—De algo hay que vivir… —dijo, aludiendo a la máquina.
Hablaba en voz baja. Dijo que su mujer, enferma, estaba en el dormitorio.
—El ruido no ayuda, pero qué le vamos a hacer… —añadió, haciendo señas hacia un bote de Nescafé.
Le pregunté si últimamente habían visto gente por la casa de Justo.
—Vagabundos, pandillas, alguna parejita… —dijo desde la cocina, mientras calentaba la leche.
—¿Y a él?
Reapareció con una bandeja medio minuto después, y con unos dedos negros de grasa de la máquina me tendió una taza.
—¿Azúcar?
—¿Y a él? —repetí.
—No, a él no.
—¿Qué tal el chico? —dije.
—En el colegio —dijo.
—Una cucharada, gracias.
Me enseñó algunas de las camisetas, con propaganda de un taller de reparaciones de Molins de Rei. Luego nos quedamos un rato en silencio, revolviendo los cafés. Pensé en dejarle un mensaje para Justo, pero cuál. Anoté el teléfono de jefatura en un trozo de papel.
—Si vuelven a ver a Justo o a saber algo de él… —dije, y el hombre asintió con la cabeza—. ¿Y cómo llevamos lo de los filántropos…?
—¿Los palíndromos?
—Eso, los palíndromos… —dije, y él dijo:
—¡Muy bien! A ver qué le parece éste: «Eva usaba rímel y le miraba suave».
Asentí con la cabeza.
—Es bueno, muy bueno —dije.
La Brigada Político-Social se había convertido ya en Brigada de Investigación, dice Mateo Moreno. Con los cambios, mi amigo Campos había aprovechado para pasarse a la Criminal. Fue él quien uno de esos días me puso al corriente de las últimas novedades sobre Justo. Unas novedades muy sorprendentes: al parecer, era sospechoso de haber atracado un salón de juego en Sitges… Yo no me lo podía creer:
—¿Justo Gil, atracador?, ¿estamos hablando del mismo Justo Gil?, ¿Justo Gil Tello, el Rata…?
Campos asintió con la cabeza:
—Sí, sí, Justo Gil, tu Justo Gil, el Rata…
—¿Cuánto se ha llevado? —dije, y Campos soltó un bufido:
—Muy poco, poquísimo. Estaba cerrado, la recaudación ya había sido retirada y sólo había una caja con cambios. Pero, eso sí, el local ha quedado destrozado. Supongo que te imaginas de quién es el salón ese…
Dije:
—¿De los ricachones esos de ultraderecha?
Campos volvió a asentir.
—Perro que muerde la mano que le da de comer… —dijo.
—A lo mejor no le daban lo bastante, o a lo mejor la comida no era lo bastante buena.