El día de mañana

Ignacio Martínez de Pisón · Capítulo 13 de 32

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El día de mañana

Capítulo 3

 

Habla Carme Román

Mi prima Lali logró matarse al tercer intento, dice Carme Román. La primera vez lo había probado con el cuchillo de cocina, y la segunda tomándose un bote de somníferos. La tercera vez subió directamente a la azotea de la calle Tallers y se tiró. Pero los intentos no eran seguidos. Entre el primero y el segundo pasaron dos años y medio, y entre el segundo y el tercero un año más, y en esos períodos parecía que mejoraba y que recuperaba las ganas de vivir. Y luego, cuando menos nos lo esperábamos, volvía a hacerlo. Esa mañana les tocaba a ella y a Irene abrir la papelería. Normalmente nos lo repartíamos así: un día abríamos Enriqueta y yo y otro día Lali e Irene, y más tarde llegaban la tía Josefa o el tío Agustí o los dos. Yo, después del fracaso de El Catálogo Sorpresa, había renunciado al sueño de establecerme por mi cuenta, y seguía viviendo en casa de mis tíos y ayudándoles en la tienda. Lo que más tarde supimos por Irene fue que, como a esas horas no había clientes, estuvieron un rato limpiando y charlando como si tal cosa, y que luego Lali fue a buscar la correspondencia al buzón del portal contiguo y ya nunca se la volvió a ver con vida. Lo siguiente fue el estruendo del golpe contra el techo de un coche aparcado y los gritos de los transeúntes y el pitido insistente del silbato de un guardia y… ¿Qué ocurrió en la cabeza de Lali? ¿Qué es lo que hace que, en sólo un momento, una persona pase de estar alegre y normal a matarse lanzándose al vacío? La tienda tenía una puertecita que comunicaba con el portal de al lado, donde teníamos el buzón, y cada vez que yo iba a buscar la correspondencia me acordaba de ella y me hacía esas preguntas. Me veía a mí misma con el buzón abierto y el llavero colgando de la cerradura y las cartas aún dentro (así estaban cuando se suicidó), y la mirada se me iba hacia las escaleras por las que mi prima había subido aquella mañana. Lali había renunciado a recoger el correo y empezado a subir los escalones, y había subido a un piso y luego a otro y a otro sin encontrarse con ninguno de los vecinos de ninguno de los seis pisos, y había llegado hasta la azotea (cuya puerta solía quedarse abierta cuando alguien había acudido a tender) y se había agachado para cruzar las tres líneas de sábanas tendidas, y se había encaramado a la barandilla y se había tirado. ¿Qué había pasado por su cabeza para que la pequeña operación de meter la llave en la cerradura del buzón la hubiera empujado a acabar con todo? ¿Y cómo era posible que esa decisión suya de acabar con todo hubiera resistido a todas las pequeñas operaciones siguientes e incluso se hubiera fortalecido con ellas? Seis pisos son muchos pisos y entre ellos hay muchos escalones, muchas ocasiones para reconsiderar o rectificar… Cuando Irene oyó el golpe y los gritos y los pitidos, salió a la calle y vio el cuerpo desmadejado de Lali, que había quedado medio atrapado entre el bordillo y las ruedas del 850 Coupé sobre el que había rebotado. En medio de un ataque de histeria llamó a casa para dar la noticia. El tío Agustí había salido para hacer gestiones, así que cuando llegó no sabía nada y nosotras llevábamos ya un rato allí. Recuerdo como si fuera ahora el momento en que le vimos aparecer por la esquina de la calle Gravina. Venía fumando, como siempre, y al ver el coche de policía y el corro de curiosos tiró el cigarrillo e hizo un gesto de perplejidad. Pero luego nos vio a nosotras, y para comprenderlo todo no tuvo necesidad de ver el cadáver de su hija, que estaba ya cubierto con una manta. Entonces se paró en seco y se apoyó en la pared y fue poco a poco resbalándose hasta quedar acurrucado en el suelo, y la tía Josefa echó a correr hacia él llorando y gritando:

—¡Lali, nuestra niña, nuestra pequeña Lali…!

Habían pasado cuatro años desde la muerte de Germán, su novio, y puede que ya ni siquiera tuviera que ver con eso, dice Carme Román. Sencillamente, Lali se había matado porque se había matado, como se matan casi todos los suicidas. Sólo porque había algo dentro de ella que no funcionaba, porque llevaba todo ese tiempo desequilibrada, enferma. Para encontrar algún consuelo teníamos que aceptar su muerte como se aceptan las catástrofes naturales, algo que escapa a nuestro control y no podemos ni predecir ni evitar. Yo de eso sabía mucho, porque así era como había aceptado la muerte de mis padres y mi hermano en las inundaciones. Pero cada uno es como es, y el tío Agustí no parecía dispuesto a admitir que el destino de su familia se hubiera torcido así como así. Primero había sido lo de mi familia (en realidad, las hermanas eran mi madre y mi tía), después lo de Germán, más tarde mi fracaso con la venta por correo, ahora esto… Una cadena de desgracias que no nos daban descanso, una maldición que había que atajar de algún modo. El tío Agustí necesitaba encontrar una causa, un culpable sobre el que descargar todo el peso de su rabia y su dolor, y de una manera irracional y yo diría que desesperada creyó hallarlo en la figura de Justo, el oscuro socio de mi desdichada aventura empresarial. Hay que decir que, desde su desaparición en el otoño del 66, no habíamos parado de recibir en la tienda reclamaciones de compradores que se sentían burlados o insatisfechos y de proveedores que no habían cobrado. En mi ingenuidad, había aceptado en su momento que Justo pusiera como razón social la papelería de mis tíos, y de la documentación se deducía que yo (¡qué incauta fui!) había contraído algún tipo de responsabilidad civil. Así pues, todas las reclamaciones llegaban a la papelería y todas estaban dirigidas a mí, una chica entonces de veinte años, una menor por tanto, sujeta a la tutela de mi tío Agustí. Éste, al principio, intentó parar los golpes negociando con unos y con otros, comprometiéndose a saldar deudas si se nos concedían aplazamientos o facilidades de pago. Pero no tardamos en descubrir que el volumen de impagados era desorbitado, desde luego muy superior a lo que cualquiera habría podido imaginar, y cada vez que nos llegaba un nuevo requerimiento mi tío, sin pronunciar palabra, me lanzaba una larga mirada de reprobación. Yo estaba desolada. Me acordaba de mis encuentros con Justo en el Céntrico, de los libros de contabilidad con las columnas de ingresos repletas de anotaciones, de las previsiones de Justo acerca de posibles repartos de beneficios, del candor con que me había apresurado a renunciar a mi sueldo (con el fin, según él, de capitalizar la empresa) o a poner mis ahorros a su disposición… ¡Una simple y vulgar estafa! ¡Qué idiota había sido dejándome engañar!

El tío Agustí tenía un amigo abogado que no le cobraba las consultas, dice Carme Román. El despacho estaba en un principal de la calle Balmes. Nosotros esperábamos en una salita pequeña y, aunque fingíamos no darnos cuenta, la secretaria tenía órdenes de hacer pasar antes a los clientes que habían llegado más tarde. El abogado era un hombrecito arrugado con cara de pájaro que se apellidaba Ros. Trataba a mi tío con condescendencia. Le decía:

—A veure, Agustí, a ver en qué lío me quieres meter ahora…

En cada visita nos pedía papeles y más papeles y, cuando se los llevábamos, sacudía la cabeza y decía:

—Qué mala pinta tiene esto, Agustí, qué mala pinta…

Para mí esos ratos pasados en el despacho del abogado eran muy amargos, pero supongo que formaban parte de mi penitencia, y mi tío no quería ahorrármelos. El señor Ros llegaba siempre a la misma conclusión:

—A veure, Agustí, yo si quieres te llevo el caso. Y seguramente lo ganaríamos. Pero no creo que a ese pillo puedas sacarle un duro. Así que no te merece la pena meterte en pleitos. Yo tendría que cobrarte mi trabajo, y no sabes tú cómo son las normas colegiales. Te lo digo como amigo, Agustí: te va a salir más barato pagar…

En su manera de tratar a mi tío había siempre algo humillante, ofensivo, y no resultaba difícil imaginárselo haciendo a su secretaria algún comentario desdeñoso del tipo: ¡Ya está aquí el pelmazo ese! Y es probable que mi tío fuera particularmente terco e insistente. Durante los meses siguientes a la espantada de Justo fuimos a ese despacho al menos media docena de veces, y el tío Agustí salía siempre de allí resignado y vencido. Todo cambió de golpe tras la muerte de Lali. Llegó a la papelería una nueva reclamación, la enésima, y el tío me ordenó que me pusiera el impermeable y le siguiera. Nos presentamos en el despacho del abogado. En esa ocasión ni había llamado para anunciar nuestra visita ni toleró que otros clientes se nos colaran.

—Dígale al señor Ros que es urgente —dijo a la secretaria.

Algo había cambiado en el corazón de mi tío. Tenía ahora una autoridad que yo nunca había percibido en él, no al menos en aquel despacho. La secretaria nos hizo pasar. El tío Agustí tomó asiento sin esperar a que nadie se lo ofreciera y dijo:

—Estoy decidido. Vamos a por ese sinvergüenza, cueste lo que cueste.

Yo todavía no había tenido tiempo ni de sentarme, y vi al abogado mirar a mi tío con curiosidad y, por primera vez, con respeto. Y eso me gustó. El tío Agustí, que sólo conocía a Justo de sus esporádicos tratos comerciales, le había hecho responsable de todos nuestros males. El proceso podía salirle carísimo y acabar siendo improductivo, y sin embargo no parecía importarle. Lo que él buscaba era, sí, una victoria judicial, pero sobre todo un resarcimiento moral. Algo así como que el universo hiciera una declaración formal del tipo: Ya está, Agustí, quedas liberado de toda responsabilidad, no tienes la culpa de ninguna de tus desdichas… De ahí que aquélla fuera la última vez que me ordenó que le acompañara al abogado. A partir de ese momento, todas las visitas que hizo al despacho del señor Ros (fueran pocas o muchas, pero muy probablemente fueron muchas) las hizo él solo. Aquello ya no era un asunto que tuviera que ver conmigo ni con El Catálogo Sorpresa. Aquello era un litigio entre él y el destino. Para él, derrotar a Justo en un juzgado tenía algo de misión suprema. Como suele decirse, se había jurado hundirle aunque fuera la última cosa que hiciera en su vida. Y tal vez él creyera de verdad que iba a ser la última cosa, porque por esas fechas ya había empezado a tener problemas con las coronarias. Nadie en casa lo sabía, ni siquiera la tía Josefa, a la que ocultaba sus visitas al cardiólogo. Seguía durmiendo poco y fumando mucho y llevando la misma vida de siempre, y a veces, como cuando había que cargar pesos o subir escaleras, alardeaba de una buena salud que no tenía. Lo de sus coronarias no lo descubrimos hasta bastante después, y lo descubrimos porque a alguna de nosotras se le ocurrió echar un vistazo al prospecto de sus pastillas (Natirose), que no prevenían la acidez de estómago (como él decía) sino las anginas de pecho. Pero ya digo que eso lo supimos más tarde, en el 69 o el 70, en todo caso unos meses antes del juicio. El tío Agustí tendría entonces unos sesenta años. Achacoso como estaba, debía de notar la proximidad de la muerte, y seguramente se había propuesto irse de este mundo dejando sus cosas en orden y el asunto de Justo arreglado. No descarto que ese asunto le diera vida y energías al mismo tiempo que se las exigía. De hecho, su primera crisis cardíaca no le sobrevendría hasta después de la sentencia, como si su débil organismo, que tan bien había aguantado una tensión prolongada, hubiera relajado de golpe sus defensas y se hubiera venido abajo. Entre tanto, yo había permanecido completamente ajena al proceso. El tío Agustí nunca hablaba de sus visitas al abogado ni de la preparación del caso ni de las diligencias en curso, y todo aquello me había comenzado a parecer lejano, como si hubieran pasado muchos años desde la desaparición de Justo y tuvieran que pasar muchos más para la resolución judicial. Tras el suicidio de Lali, la tía Josefa dedicaba poco tiempo a la tienda, así que ahora sólo estábamos Irene, Enriqueta y yo para atender a los clientes. No me quedaban demasiados ratos libres, y las pocas tardes que podía salir entre semana quedaba con Clara para mirar los escaparates de la Puerta del Ángel y merendar en alguna granja de la calle Petritxol. Clara había terminado la carrera con buenas calificaciones y empezado a dar clases en un colegio, y tenía un novio aparejador al que reservaba los paseos del fin de semana. A veces, por divertirnos, nos hacíamos fotos juntas en un fotomatón que había en el metro de Atarazanas. Entonces los fotomatones eran todavía una novedad, y la gente se paraba a mirar y hacía comentarios cuando las fotos aparecían, todavía húmedas, por el dispensador. Para todos esos desconocidos, las vidas de esas dos jovencitas risueñas y gesticulantes que salían en las fotografías no debían de ser muy distintas. Pero lo eran. Clara estaba viviendo la vida que le tocaba vivir y yo no. Yo estaba viviendo una vida que no era la mía, y sabía que lo más parecido a lo que habría podido ser mi otra vida, la auténtica, era la vida de Clara. Como Clara, yo tendría que tener un título universitario y dar clases en un colegio de monjas, y tendría que vivir todavía en casa de mis padres en Tarrasa y coger todos los días el tren para ir al trabajo, y tendría que tener un novio al que reservarle los fines de semana… Cuando estaba con Clara me reprochaba a mí misma no haber tenido la disciplina ni la paciencia necesarias para ir sacándome por libre la licenciatura, y al mismo tiempo me lo disculpaba: ¿cómo podía ser tan egoísta como para pensar sólo en mí, en mi propia conveniencia, en mi porvenir, con todos los problemas por los que habíamos pasado en casa de mis tíos?

Una tarde cogí el tren en la plaza de Cataluña y me planté en Tarrasa, dice Carme Román. Aquel lugar sólo me traía recuerdos tristes. Hacía tres o cuatro años que no iba por allí, pero esa tarde me apetecía volver. Quién sabe si lo que de verdad me apetecía era estar triste. Di un paseo por la Rambla y, como no tenía que hacer nada en particular, me acerqué al que había sido mi barrio. De mi casa y de las otras casas y de la catástrofe que lo había arrasado todo no quedaba ni rastro, y lejos del cauce del río estaban levantando nuevos bloques de viviendas. ¿Qué me ligaba a esa ciudad? Muy poca cosa: sólo los recuerdos y las tumbas de los míos. Casi sin proponérmelo, acabé encaminándome hacia el cementerio. De los días posteriores a la tragedia conservaba unos recuerdos desvaídos. Mis tíos me habían ahorrado los trámites más dolorosos, como la identificación de los cadáveres, y en mi memoria prácticamente había un vacío entre mi llegada a Barcelona y mi regreso a Tarrasa para el funeral, casi una semana después. Y también el funeral y el entierro los recordaba confusamente. Los tres féretros iguales delante del altar, el cura pronunciando un sermón que me conmovió e hizo llorar, mi tía Josefa llevándome de la mano por las calles del cementerio, mis compañeras de colegio abrazándome llorosas… Curiosamente, siempre he guardado un recuerdo muy vivo de la ropa que llevaba puesta: los zapatos eran de Enriqueta (la única de mis primas que calzaba el treinta y ocho), la falda gris y la blusa de Lali, la chaqueta de Irene. Ropa prestada, ropa no mía, como también era prestada y tampoco era mía la vida que estaba empezando a vivir… Siete años después del entierro, era la primera vez que visitaba el cementerio, y volvían a mí sensaciones que creía olvidadas: un olor como a flores rancias y tierra mojada, un escalofrío recorriéndome la espalda, un rastro de sequedad en la garganta… Todo eso, que había sentido el día del entierro, volvía a sentirlo entonces, mientras me acercaba al muro en el que estaban los nichos de mis padres y mi hermano. Me detuve y leí en voz baja sus nombres completos y sus fechas de nacimiento y defunción. Luego sacudí con el pañuelo el polvo de los nichos y lamenté no haber comprado unas tristes flores para adornarlos. Y me hice a mí misma una promesa. Me prometí ser la persona que habría debido ser, o al menos intentarlo.

Un día, el tío Agustí apareció exultante porque el abogado acababa de decirle que Justo había sido localizado por la policía, dice Carme Román.

—Ese sinvergüenza no se irá de rositas —decía mi tío, frotándose las palmas de las manos.

Yo ni siquiera sabía que Justo no se había presentado a prestar declaración y que el juez había ordenado su búsqueda. Ni lo sabía ni en el fondo me importaba demasiado, tan ajena me sentía ya a todo aquel embrollo. La noticia de la localización de Justo tuvo un efecto inmediato: de repente fui consciente de que el reloj seguía en marcha, de que la cuenta atrás nunca se había detenido y cada vez faltaba menos para la celebración del juicio. Y durante el juicio mi antiguo socio y yo volveríamos a estar frente a frente. La perspectiva del reencuentro me inquietaba. Si por un lado quería que se le ajustaran las cuentas a ese hombre, por otro habría preferido olvidarme de todo. De no haber sido por mi tío, seguro que lo habría dejado correr, y al menos me habría ahorrado el mal trago de tener que verle nuevamente la cara. Por aquellas fechas, la maquinaria judicial, tan lenta durante tantos meses, se había puesto definitivamente en movimiento, y cada pocos días el tío Agustí llegaba con alguna novedad. Unas veces anunciaba que ya se había realizado esta o aquella diligencia, otra vez que ya teníamos fecha para la vista oral, otra que el abogado quería hablar conmigo… Al despacho del señor Ros acudí con la secreta esperanza de que me dijera: He pensado, señorita, que no hace falta que usted asista al juicio. Pero no fue así. Al contrario: si me había convocado había sido para darme instrucciones, para decirme lo que tenía que contestar cuando él me preguntara y lo que de ningún modo debía decir en caso de que el abogado contrario se dirigiera a mí.

La vista se celebró en marzo, muy pocos días después de mi vigésimo tercer cumpleaños, dice Carme Román. Tenía elegido el vestuario desde hacía semanas: traje de chaqueta negro, blusa estampada, medias oscuras, zapatos de tacón alto. Se trataba sobre todo de causar buena impresión al juez, pero además deseaba sentirme guapa y elegante, no sólo porque aquélla era una ocasión muy especial sino también porque no quería correr el riesgo de perder el aplomo y la confianza. Con el abogado habíamos quedado a la entrada del edificio. Subimos escaleras, recorrimos pasillos, nos sentamos a esperar. Era un lugar desangelado. Si no fuera porque había policías, habría podido parecer el área de espera de las urgencias de cualquier hospital. La gente mataba el rato yendo de la pared a la ventana y fumando. Busqué a Justo con la mirada pero no le vi, y por unos momentos quise creer que no se presentaría. Un funcionario aparecía de vez en cuando y recitaba con voz aguda algunos nombres, y la gente se apresuraba a ocupar las sillas que acababan de quedar libres. Cuando por fin fuimos llamados, Justo apareció de algún sitio y nos encontramos cara a cara ante el policía que custodiaba el acceso a la sala. Intercambiamos un vistazo fugaz. Su aspecto ahora era nuevo, distinto. Parecía uno de esos franceses que salían en las fotos de las revistas manifestándose por las calles de París. Pero también mi aspecto debió de parecerle nuevo a él, o al menos eso pensé durante el brevísimo instante en que permanecimos parados ante el policía y su mirada me recorrió de arriba abajo, deteniéndose primero en mi peinado y mis ojos y luego en mi traje de chaqueta y mis zapatos de tacón. En sus ojos no había arrepentimiento, culpabilidad, desazón, recelo, desafío, rencor… En sus ojos, sorprendentemente, había asombro y homenaje, y por un momento me pregunté si la verdadera razón por la que me había arreglado como me había arreglado no sería una absurda coquetería: ¿me había llegado a sentir atraída por Justo en la desdichada época en que fuimos socios? Entramos. Justo se sentó en el banquillo. Detrás de él, mi tío y yo sólo podíamos verle el perfil cuando se volvía para atender al fiscal, y en alguna ocasión (pero puede que me equivoque) me pareció que me miraba con el rabillo del ojo… El juicio fue feo y aburrido. Yo ya sabía que los juicios no eran como en las películas, con revelaciones inesperadas y momentos de encendido dramatismo, pero tampoco me esperaba algo tan anodino y tan soso como aquello: una sala casi vacía, un funcionario leyendo papeles con entonación notarial, los abogados citando leyes y artículos, el juez cabeceando adormilado… A pesar de todo, no se me escapaba lo bien que el señor Ros, enjuto y desdeñoso y con cara de pájaro, estaba haciendo su trabajo. La documentación que aportó acreditaba sobradamente los reiterados impagos de Justo, las deudas que había contraído, sus falsedades contables… Cada nuevo papel era una prueba más contra Justo, que seguía el juicio con expresión serena y casi diría aburrida, como si todo aquello no fuera más que un enojoso trámite que había que superar. Su abogado además no parecía haberse molestado demasiado en preparar la defensa, y prácticamente se limitó a negar la validez de algunos documentos argumentando que la firma de su cliente era falsa. Ros, como si hubiera estado esperando esa réplica, mostró al juez una prueba pericial caligráfica que descartaba tal posibilidad. Yo volví a mirar a Justo, que tampoco entonces hizo ningún gesto ni manifestó la menor inquietud. El momento mejor vino cuando su abogado le llamó a declarar. Justo contestaba a sus preguntas como con desgana, y el abogado, tratando de extraerle alguna respuesta convincente, volvía a formulárselas de distintos modos. Al final, el juez le cortó diciendo:

—No insista el letrado. Si su defendido no tiene nada más que añadir, por algo será…

Eso quería decir que el caso estaba ganado. Ros nos hizo discretamente con la mano el signo de la victoria, y el tío Agustí, tan tenso durante toda la mañana, se relajó por fin e inspiró aire con fuerza. Y fue entonces cuando Justo se volvió para mirarnos, primero a mí, luego a mi tío, y tras dos o tres segundos de sostenerle la mirada acabó humillando la cabeza. Aquél fue el gran momento del tío Agustí. Todavía no había concluido la vista oral y faltaban semanas para que se dictara sentencia. Podía ser que impusieran a Justo una condena mínima, casi simbólica. Podía ser que ni siquiera fuera a la cárcel. Podía incluso ocurrir que no devolviera nada de lo que había estafado. Pero a mi tío ese triunfo ya no se lo quitaba nadie. Esos pocos segundos bastaron para hacerle sentir que todo el tiempo perdido y todo el dinero y el esfuerzo invertidos habían valido la pena.