El día de mañana

Ignacio Martínez de Pisón · Capítulo 1 de 32

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El día de mañana

Capítulo 1

Ignacio Martínez de Pisón

El día de mañana

ePub r1.2

Titivillus 25.01.2015

Título original: El día de mañana

Ignacio Martínez de Pisón, 2011

Editor digital: Titivillus

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1

 

Habla Martín Tello

Sí, éramos medio parientes, dice Martín Tello. Pero es que en los pueblos pequeños todos son parientes o medio parientes. Mi padre y su madre se apellidaban igual y, aunque no sabían de dónde les venía el parentesco, entre ellos se llamaban primos. ¡Prima, tráeme esto!, ¡primo, tráeme lo otro! Pero mis primos de verdad no eran ellos, sino los hijos de mi tío Guillermo y mi tío Evaristo. Cuando nos vinimos, nos vinimos todos: mi tío Guillermo con su mujer y sus cuatro hijos, mi tío Evaristo con la suya y las dos chicas, mis padres conmigo y con mis hermanas. Llevaban tiempo, desde antes de la guerra, hablando del embalse y diciendo que tendríamos que dejar el pueblo y, cuando llegaron unos del gobierno y ofrecieron cuatro perras por las tierras y las casas, mis padres y mis tíos no se lo pensaron. Con embalse o sin embalse, aquello no tenía ningún futuro… Y, si teníamos que rehacer la vida en otro sitio, cuanto antes empezáramos mejor, ¿no? Así que metimos todo lo que pudimos en los carros y nos echamos a la carretera. Tardamos cuatro días en llegar a Barcelona. Lo que más llamó la atención de mis hermanas fue que las calles tuvieran nombre y las casas número. Claro, para no perderse, dijo mi padre. Íbamos con los carros por la Gran Vía, que entonces se llamaba de José Antonio, y la gente nos señalaba con la mano y se reía. Por un conocido de uno de mis tíos conseguimos que nos dejaran meternos en un piso del Barrio Chino. En aquella época, esa parte estaba llena de emigrantes aragoneses. Lo primero que hicimos fue ir a ver el Centro Aragonés, que estaba muy cerca, en la esquina de Joaquín Costa. Entrando en Barcelona habíamos visto otros edificios más grandes y más elegantes, pero aquél nos impresionó más. No sé. A lo mejor era que lo sentíamos un poco nuestro. A lo mejor era que lo comparábamos con las casas del pueblo, tan pobres, tan mugrientas, y nos parecía que en Barcelona podríamos llegar a hacer cosas y realizar sueños que en el pueblo ni siquiera éramos capaces de concebir. Y eso nos animaba. Empecé a trabajar esa misma semana. Primero fui chico de los recados de una carnicería del mercado de San Antonio, después estuve de aprendiz en una fábrica de corcho, más tarde entré de botones en el hotel Majestic… Por la cafetería del hotel iba un hombre que tenía varias gasolineras. Me preguntó cuánto ganaba. Se lo dije. Me dijo si quería ganar más y le dije que sí. Trabajé en cuatro o cinco gasolineras distintas: una en Igualada, otra en Manresa, otra en… Entonces las distancias parecían mayores que ahora, y no podías vivir en un sitio y trabajar en otro, así que lo que ganaba se me iba en pagar la pensión. Fui a ver al patrón y le dije que prefería estar cerca de mi familia. Aquel hombre tenía también una gasolinera en el centro de Barcelona, en la calle Casanova. En cuanto hubo una vacante, me llamaron y volví a vivir con mis padres. Enfrente de la gasolinera había una peluquería de caballeros que se llamaba Adolfo. Era raro, porque el dueño se llamaba Andrés. Yo iba a veces a darle conversación y así conocí a su hija, la Mari. Cuando Andrés vio que lo nuestro empezaba a ir en serio, me preguntó si me gustaría aprender el oficio. Y así fue como me hice peluquero. Al poco tiempo, la Mari y yo nos casamos y nos fuimos a vivir a la calle del Tigre. Allí nacieron nuestros tres hijos. Cuando apareció Justo con su madre, teníamos ya a los gemelos pero todavía no a María Jesús, la pequeña.

Yo de él ni me acordaba, dice Martín Tello. Pero es que Justo, cuando nos fuimos del pueblo, era un crío. Habían pasado catorce años desde entonces, y yo no había vuelto a saber nada de él ni de la gente del pueblo. Me acuerdo de la cara que puso la Mari:

—Que hay unos en la escalera que dicen que son parientes tuyos…

Pero es que había que verlos. Él, flaquito y pequeño y como desnutrido, y la madre con la cabeza torcida y los labios llenos de saliva seca, con ese aspecto de trastornada que se le había quedado desde que le dio el arrechucho. La Mari debió de pensar que eran mendigos o algo así, y yo no podía negar que éramos un poco parientes.

—¿Qué queréis? —dije.

—Acabamos de llegar, y como no conocemos a nadie más… —dijo.

Habría sido mejor que hubieran sido mendigos. Les habría dado unas monedas y me habría desentendido de ellos. Pero un buen cristiano no puede hacer una cosa así. Les dije que esa noche los gemelos dormirían con nosotros y que ellos dos podrían dormir en su cuarto. ¡Menudas caras me ponía la Mari! Justo cogió a su madre en brazos y me siguió hasta la habitación de los chicos. Había que ver con qué delicadeza la trataba. Le decía:

—¡Verá qué bien va a estar!, ¡qué casa tan maja!, ¡y qué cuarto tan agradable…!

La colocó con cuidado sobre una de las camas y corrió a recoger sus cosas, que habían dejado en el portal. Entonces me di cuenta de que había subido los tres pisos con su madre a cuestas: no se podía negar que el mozo era animoso. La Mari miró con aprensión a la mujer y murmuró:

—¿Éste no desaparecerá y nos dejará con la momia esa?

Pero Justo por nada del mundo abandonaría a su madre. Se desvivía por ella. Se diría que era lo único verdaderamente importante en su vida. Cuando volvió, me fijé en que no tenían ni maletas. Las pocas cosas que tenían las llevaban dentro de dos viejas mantas enrolladas y atadas con bramante… ¡A saber cómo habrían hecho el viaje desde el pueblo!

La verdad es que el mozo tenía buen corazón, dice Martín Tello. ¿Y cómo lo iba yo a dejar tirado, con su madre en esas condiciones? Por entonces llegaban montones de emigrantes todos los días. Los veías por todas partes con sus maletas de cartón y sus cestos de mimbre y sus ropas raídas… Venían en unos trenes que llamábamos borregueros. Un cliente de la peluquería que trabajaba en la estación de Francia me contó que a muchos de ellos la policía los obligaba a subir de nuevo al tren y los devolvía a su tierra. O directamente los encerraba en el castillo de Montjuïc. Como si fueran delincuentes. Como si vinieran a robar o a violar o a matar, cuando lo único que querían era trabajar y conseguir un trozo de pan que llevarse a la boca. A mí me daban mucha pena, pero en aquella época no podías opinar… A Justo, por lo menos, no le pasó nada. Ni a él ni a su madre. ¡Cómo la quería! ¡Cómo la trataba! Si digo que el mozo tenía buen corazón… Luego supimos que ni la hija, que estaba casada y vivía en Barbastro, ni los dos mayores, que se habían marchado a Zaragoza, habían querido hacerse cargo de la pobre mujer, y de todo tuvo que ocuparse él, que no tenía dónde caerse muerto. Un día me dijo que habían venido a Barcelona porque aquí estaban los mejores médicos. No había perdido la esperanza de curarla. Creía que, buscando, buscando, encontraría alguna eminencia de la medicina que la operaría o le pondría alguna inyección milagrosa, y entonces ella volvería a ser la de antes, una mujer sana, robusta, de esas que llevaban un cántaro en una mano y tiraban de un carro con la otra. Tardó bastante pero es verdad que, en cuanto pudo permitírselo, la llevó a que la vieran los mejores especialistas. Todos le decían lo mismo. Que la lesión en el cerebro era grave. Que nunca podría valerse por sí misma. Pero él no terminaba de creerles. Pensaba, simplemente, que no eran tan buenos médicos como la gente decía, y seguía preguntando a unos y a otros porque estaba seguro de que algún día acabaría dando con el médico que andaba buscando. Entre tanto, la mujer era lo que decía la Mari: una momia. Y él la lavaba y le cambiaba la ropa y le cortaba las uñas y le cepillaba el pelo. También hacía con ella unos ejercicios de rehabilitación que consistían en abrirle y cerrarle las manos, en doblarle y estirarle las piernas… Y le hablaba. Le hablaba como si ella pudiera entenderle. ¡Y vete a saber! ¡A lo mejor no estaba tan lela y un poco sí que le entendía! Pero a mí me parecía que era como lo de esa gente que habla con sus plantas mientras riega. O peor aún, porque hasta de un geranio se podía esperar más expresividad que de esa pobre mujer…

En casa los tuvimos cerca de un mes, dice Martín Tello. Lo primero era ayudarle a encontrar trabajo. Aquello no era fácil porque el mozo no sabía hacer nada. O, mejor dicho, sólo sabía de las cosas del campo. Sabía ordeñar una vaca y herrar una mula y cortar leña. Sabía cavar una acequia y retejar una casa. Y, al parecer, no era mal cazador: tenía buena puntería y sabía esperar. ¿Pero de qué le servía todo eso aquí? De nada. Me lo llevé conmigo un domingo y le estuve presentando gente. Por entonces hablaba muy poco, sólo si le preguntaban, y todavía usaba palabras de esas que decíamos en el pueblo. Al espejo lo llamaba espiello, y al bolsillo lo llamaba pocha, y a los callejones callizos… Ya casi había logrado olvidarme de esas palabras, y ahora venía él a recordármelas. Yo le corregía: espejo, bolsillo, callejón. Si quería salir adelante, tenía que empezar por civilizarse. Uno de los hombres que le presenté era pintor y me dijo que podía necesitar un aprendiz. A los pocos días apareció por casa uno de su cuadrilla y se lo llevó. ¡Dios mío, la cara que traía cuando le dieron el primer jornal! ¡Estaba feliz! Eran cuatro perras, pero él nunca había visto tanto dinero junto. Me lo enseñó y me preguntó si le llegaría para comprarle una silla a su madre. Eso era lo que le obsesionaba: poder comprar una silla de ruedas para su madre. ¿Tenía buen corazón o no? A la mujer la teníamos en casa mientras Justo salía a trabajar, y la Mari le echaba un vistazo cuando conseguía dormir a los gemelos. Fui a la parroquia a hablar con el padre Benet. Le hablé del chico y de su madre y le pregunté si sabía de alguien que tuviera una silla de ruedas y no la necesitara. Pero en realidad la silla era lo de menos. Yo sabía que una anciana del barrio había legado a la parroquia un localito que tenía pegado a la iglesia. El padre Benet la había convencido diciendo que necesitaba un local así para la catequesis, pero hacía más de dos años que la mujer había muerto y el local ni se usaba para la catequesis ni se usaba para nada. Y eso era lo que yo quería: que la parroquia les cediera el local como vivienda. Tal como estaba la madre de Justo, no se podía pensar en subir y bajar escaleras. Tenían que conseguir un local como ése. Tenían que conseguir ese local. Con las perras del mozo y unas pocas que le presté compramos una silla de ruedas de segunda mano. Y, por fin, Justo pudo salir a dar un paseo con su madre. La llevaba atada con una correa para que no se le cayera al primer bote. La mujer iba dando bandazos con la cabeza, como cuando te quedas dormido en un tren, y Justo le decía: