El gran mundo

David Malouf · Capítulo 1 de 52

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El gran mundo

Primera parte

David Mulof

El gran mundo

ePub r1.0

turolero 14.07.15

Título original: The great world

David Malouf, 1990

Traducción: Juan Carlos Tafur Saavedra

Editor digital: turolero

ePub base r1.2

PRIMERA PARTE

Primera parte

 

1

 

L A gente no siempre es amable, pero lo más amable era decir que Jenny era simple.

Si en la cocina faltaba un kilo de harina o un paquete de pan rallado, los niños ponían el grito en el cielo ante la sola idea de que los mandaran a comprar a la tienda de los Keen.

—¿Por qué yo? ¡No, mamá! Le toca a Brett. ¡Mándalo a él!

No lo decían por la caminata, que ya era larga, cuesta abajo por la colina y desde la carretera hasta el río, ni siquiera porque en la tele estuvieran poniendo su programa preferido, sino por esa sensación rara que los invadía al cruzar el umbral, mientras la cortina de cuentas repicaba aún a su espalda, al ver a la vieja desparramada sobre el mostrador y boqueando como un pez varado en la orilla. A veces estaba dormida y había que hundir un dedo en su grueso jersey. Sólo entonces se espabilaba y miraba alrededor con cara de loca y, cuando por fin los reconocía, les sonreía con una sonrisa mema.

Pero simple no era la palabra, o eso pensaban los niños, porque el problema con Jenny era que, mientras iba y venía con sus brazos gordos y sus chancletas, podía decir cosas inesperadas que no tenían ni pies ni cabeza, y hacerlas también.

Ponía en duda el orden de las cosas. Era una vieja de más de sesenta años, pero los mayores la trataban como si tuviera seis. Se les notaba por la manera en que hablaban con ella.

Los niños de verdad la miraban y sabían que no era ni una ancianita simpática ni un pez boqueando en la orilla, ni una adulta ni una niña más grande. ¿Qué tenía eso de simple?

 

Jenny apoyó un codo en el alféizar y miró a través del jardín, más allá de la cuerda de tender la ropa y el pimentero podrido, hacia donde estaba sentado su hermano, a la orilla del río.

Era un río ancho, de este lado hacía sol y la otra orilla se hundía en sombras. Digger tenía el sedal en la mano y tiraba del hilo de vez en cuando, pero no estaba pescando. Cuando Digger se ponía con algo, se abstraía por completo. Bajo el viejo sombrero de fieltro, su cuerpo entero se concentraba de tal forma que uno podía notarlo desde lejos; casi daba miedo. Ahora mismo, estaba absorto en la conversación con ese otro tío. El sedal era una coartada para escuchar más tranquilo.

Jenny hizo una mueca. Bizqueó y plegó la lengua por encima del labio. Se pasó la mano por la parte de atrás de la cabeza, donde llevaba el pelo corto como un hombre.

—Venga Digg —dijo en voz alta—. Vale ya.

Los dos hombres estaban sentados separados, pero tenían las cabezas juntas: Digger, con su viejo jersey suelto en los codos y con un buen par de agujeros que Jenny un día iba a remendar, y el otro tío, Vic, con su abrigo elegante. Eran de la misma edad pero Vic parecía más joven porque cuidaba su aspecto. Iba siempre de punta en blanco. Los zapatos nuevos, bien lustrados, apoyados en el suelo con delicadeza. Jenny se había fijado en los zapatos porque traía siempre unos distintos, debía de tener docenas.

Entrecerró los párpados, tratando de pescar la esencia de la conversación. Ya era la tercera vez que aquel tío venía de visita esa semana. Jenny no alcanzaba a oírlos, no desde tan lejos, pero si hacía un esfuerzo a veces captaba algo. Tampoco siempre. Después de un par de minutos sin pillar nada, soltó un bufido, se levantó, fue a la cocina detrás de los anaqueles de la tienda y echó una mirada al horno.

Eso sí que pintaba bien. Los bollos. Eran su especialidad. Y le estaban quedando muy bien.

Volvió fuera y se acodó en el mostrador de linóleo, pero justo empezaba a ponerse cómoda cuando dos urracas bajaron aleteando y se posaron en la cuerda de la ropa, mirando a un lado y al otro, al acecho. Hasta ahí había llegado el alivio.

Estaba en guerra con las urracas. Libraba un montón de guerras, pero esa era la más feroz y continua.

Detestaba a esos bicharracos negros y blancos, con sus ojillos y sus picos puntiagudos, y se preguntaba qué hacían en este mundo aparte de atormentar a criaturas más pequeñas. Se paseaban por el jardín como si fueran las dueñas y propietarias. Como si tuvieran autoridad para espiar, patrullar, picotear y castigar a otros. Como las malditas monjas. Blancas y negras.

Si Jenny sacaba fuera la lata en la que acababa de hornear su último budín de pan, bajaban todas en bandada, una docena o incluso más, atropellándose unas a otras, y los pajaritos, los chochines y los gorriones se espantaban y ya no querían acercarse.

—¡Largo! —gritaba Jenny, lanzándoles patadas con las botas—. Esto no es para vosotras.

Pero no podía estar allí siempre. Tenía que ocuparse de la casa y de la tienda. Y entre tanto las urracas seguían pavoneándose como si fueran dueñas del jardín, canturreando, farfullando el rosario que farfullaban las urracas. Se sentaban sobre los postes de la cuerda de la ropa y seguían todos y cada uno de sus movimientos. Si salía con la cesta de la colada iban enseguida a por su cabeza, se lanzaban en picado como si Jenny fuera un corderito y quisieran arrancarle los ojos.

Cada día era una batalla. Llevaban años en guerra. A veces ganaba Jenny, otras veces ganaban las urracas. Pero Jenny estaba sola y ellas eran montones, y cada vez venían más.

Alguna vez una urraca vieja caía en manos de los gatos salvajes, o se atragantaba con un trozo de pan, o un niño la derribaba con un tirachinas. Pero enseguida llegaba septiembre y traía bebes urraca, que eran tan grandes como las urracas adultas e igual de fe roces, sólo que negros, porque nacían negros. No había ni la menor oportunidad de vencerlos.

Jenny libraba también su guerra contra los gatos, pero era una guerra heredada, no personal. La mantenía en pie por lealtad a su madre, para que esos jodidos perezosos no se echaran a tomar el sol en los arriates y aplastaran las plantas, aunque ya no había muchas plantas, apenas unas cuantas gerberas desgreñadas, un par de rosales y un poco de hierbabuena. En parte, seguía luchando con los gatos para resarcir a su madre por el abandono en que tenía el jardín.

Eran enormes. Cuado se estiraban, grises, negros con manchas, parecían tapetes viejos con un único ojo rojo, pero enseguida cobraban vida, rezongaban, enseñaban las garras.

—Vamos —les decía Jenny—, ¡con esas a mí!

De cuando en cuando, por puro hábito, les vaciaba encima el cubo del agua de la fregona.

Esas eran sus guerras declaradas. Pero, en las otras, también hacía falta astucia.

Por ejemplo, con los chicos que entraban en la tienda con sus novias, para hacer el tonto e incordiar y coger una cosa y luego otra y devolverlas a su lugar para dar la lata. Jenny tenía que contenerse para no echarlos.

—¡Eh, tú! Si quieres ese jamón en lata cógelo y no lo sacudas. Pero si llegaba a decirlo tendría problemas. Para empezar, eran clientes, y para seguir, eran peligrosos. Llevaban el pelo con pinchos, algunos además de color verde, y las chicas iban de negro como viudas, y tenían pendientes, incluso los chicos, y también tatuajes.

—¿Cuánto cuesta esto? —preguntaba uno y mientras tanto el otro se metía en el bolsillo la barra de Picnic o el paquete de galletas.

—¡Hasta la vista! —y se largaban con un portazo.

Jenny maldecía farfullando.

La cuarta guerra, también silenciosa, era con aquel sujeto, ese tal Vic. Y también había durado años.

¿Qué se le ha perdido aquí? —pregunto Jenny el primer día que lo vio—. ¿Quién es?

Menuda tonta. En esa época no entendía nada. Y así tampoco iba a averiguar nada.

—Viene para charlar —fue todo lo que dijo Digger—. Es un colega.

¡Un colega! Los hombres tenían colegas. Ella no había tenido una amiga nunca. Únicamente tenía a Digger, y por eso se la tenía jurada a aquel otro, Vic. Estaba metiéndose donde no lo llamaban. Entre ellos dos. Alejándola de Digger.

La primera vez, Jenny pensó que era un fantasma, por lo descolorido. Era pálido como una patata.

—¿Quién es usted? —preguntó desafiante.

Vic estaba de pie en el umbral con un viejo abrigo del ejército que le llegaba a los tobillos, chafado, sin afeitar, estrecho de hombros y además flaco, con el pelo rubio alborotado. Bastaba un soplo para tirarlo al suelo. Jenny era más joven entonces. Qué lástima: si lo hubiera hecho se habría librado de él desde un comienzo y se habría ahorrado los siguientes cuarenta años. El tío se habría derrumbado como los bolos.

—Soy Vic —le dijo, como si ella ya estuviera al tanto.

Si no era un fantasma, quién coño era.

Jenny lo miró de hito en hito y vio que pese a la pinta de pelagatos era un tío bastante pagado de sí mismo.

—¿Digger anda por ahí? —echó una ojeada, haciendo caso omiso de Jenny.

—Por ahí —replicó Jenny—. No sé adónde ha ido.

Señaló hacia el río con la cabeza para no entrar en detalles (que él mismo lo buscara), hundió las manos en los bolsillos del jersey y lo vio alejarse, con el abrigo colgándole de los hombros y esas orejas tan grandes. Jenny sabía dónde estaba Digger. En la parte de atrás de la casa.

—¿Qué busca ese tío? —preguntó, cuando Digger apareció y vio a Vic deambulando bajo los olmos. No iba a dejarse engatusar con que eran amigos—. ¿Qué ha venido a buscar?

Digger se ensombreció y tardó largo rato en responder.

—Nada en particular —dijo, y apartó la mirada. No parecía tener demasiada prisa por ir a reunirse con Vic.

—Escúchame, Dig —dijo Jenny con voz más grave—. Puedo deshacerme de él.

—No —respondió Digger, al cabo de un minuto—. Es un buen tío. Es colega mío.

Bajó al jardín, se agachó bajo las cuerdas desmadejadas de la colada y fue al encuentro del tío del abrigo, que se había dado la vuelta y ya lo había visto. Parecía tan indefenso a pesar de lo alto que era que Jenny casi sintió pena; pero ya desde la puerta había percibido algo que la hacía desconfiar. Era un hombre más fuerte de lo que aparentaba. Los vio calarse con la mirada.

Seguían apartados el uno del otro. Digger asintió con la cabeza y, por los hombros caídos, Jenny supo qué expresión había en sus ojos: era como un libro abierto. Avanzó, tocó a Vic en el hombro y se marcharon juntos bajo los olmos.

Desde tan lejos, Jenny no podía establecer si hablaban o estaban sentados en silencio.

Si era una charla, tenía ese temblor tenso de los silencios largos. Jenny sabía distinguir muy bien los silencios. Era necesario, cuando uno vivía con Digger.

Desde entonces, el tal Vic había regresado periódicamente cada tres o cuatro meses, hasta esas últimas semanas.

Siempre era igual. Cuando se marchaba, Digger se volvía una tumba. No había modo de tratarlo. Jenny revoloteaba como un pájaro herido, sin saber qué decir ni qué hacer para traerlo de vuelta a la mesa, incluso a la casa; así de lejos estaba. Procuraba no hacer ruido al lavar los platos, pero las manos la traicionaban y provocaba un estruendo. Digger soltaba los cubiertos y salía al jardín, y ella lo miraba vagar bajo la luna, andando de arriba abajo por el tendedero, perdido en sí mismo.

Recibía otras visitas, también de amigos, pero no le afectaban por igual y tampoco venían tan a menudo. Eso era lo que Jenny tenía en contra de Vic.

Uno era un tal Ern. El otro era un tío manco, divertido, que se llamaba Douggy Bramson. Era con él con quien Jenny se sentía más a gusto. Para empezar, era bastante buen conversador y le gustaba hablar con ella, sabía reírse de una broma. Además, estaba la manga doblada y recogida con un alfiler, que le despertaba un sentimiento de ternura. A Douggy le faltaba algo. Jenny trataba de no mirar, pero no podía evitarlo. Douggy lo comprendía y no le daba importancia. Una vez la pilló mirando y le guiñó el ojo.

Douggy criaba gallinas en Regent’s Park, cerca de Parramatta. Siempre se dejaba caer con una gallineta recién desplumada.

Eran viejos amigos de Digger. Jenny lo sabía porque hablaban de los viejos tiempos mientras se bebían la tetera y se comían un par de tortitas. Mientras iba y venía a sus espaldas, trayendo la mantequilla o la jalea de fresas, pescaba jirones de lo que decían: nombres, retazos de historias. Trataba de aprenderse los nombres por si sus dueños aparecían por allí un buen día, pero eso no ocurría nunca.

Uno de los nombres era Mac. Otro, Jack Gard. Una vez, Jack Gard se había comido cuarenta y dos huevos duros en un espectáculo cerca de Tenterfield, y Ern contaba el cuento casi todas las veces. Se echaba a reír como si fuera una historia nueva y los otros nunca la hubieran oído.

—¿Puedes creértelo? ¿Cuarenta y dos jodidos huevos en una sentada? Qué me dice usted de eso, ¿eh, señora?

Ern era ruidoso, pero Douggy siempre quería repetir tortitas y le decía lo buenas que estaban.

De tarde en tarde, hablaban del gran mundo.

También, alguna vez, el nombre de Vic salía en la conversación. Jenny aguzaba los oídos, ansiosa por enterarse de cosas que Digger no le hubiera contado. Pero no había ninguna, sólo lo que ella ya sabía: que era un pez gordo.

—¿Has visto a Vic últimamente? —preguntaban—, ¿a Vic Curran? Ah, ha estado por aquí, ¿no?, ¿ha venido a verte? Qué bien.

No sabían nada aparte de lo que sabía Jenny. Estaban a la caza de información. Esperaban, como ella, a que Digger dijera algo, pero Digger no soltaba prenda.

La volvía loca con sus secretos y sus silencios. Sin embargo, había aprendido a convivir con él. Estaban tomando un té muy tranquilos, digamos sobre las nueve, con la mesa ya recogida, Digger reparaba alguna cosa con las gafas en la punta de la nariz y ella tejía y, de repente, oía su voz dentro de la cabeza, con tanta claridad que contestaba por reflejo. Pero cuando alzaba la vista Digger seguía absorto en su trabajo. No había dicho palabra. O la había dicho sin pensar.

Con todo, había veces que sí hablaba, tan a bote pronto que la espantaba.

—Tú, Billy y yo —decía con una risita en la voz, y ella daba un brinco del sobresalto.

—¿Qué? —le decía—. ¿Qué Billy?

Billy existía, pero Jenny no creía que Digger supiera nada de él. Billy, el tío de la petrolífera. Una vez, hacía muchos años, Jenny se había ido a Brisbane con él.

—Tú sabes cuál.

—¿Lo sé?

—Ya te lo he dicho. Nuestro hermano Billy.

—Ah. ÉL.

Entonces contaba una historia, uno de esos incidentes de la infancia que él recordaba y Jenny no, aunque ella era tres años mayor. El de la rueda de coche que su padre había convertido en un columpio bajo el pimentero (Digger tendría entonces dos años, ¿cómo podía recordarlo realmente?), o el de la caja de zapatos llena de gusanos de seda. Y en cuanto Digger empezaba a describirla ella volvía a oír a los gusanos restregándose unos contra otros y los veía gordos, enanos, plateados, con las patas más oscuras, levantando las cabezas mientras comían y se escabullían por entre las hojas; sentía en la nuca el aliento de un niño más pequeño. ¿Sería Billy, tal vez?

Le parecía que con darse la vuelta podría verlo, pero tenía que protegerse: no quería que se volviera demasiado real. En ese caso sólo lo echaría de menos en cuanto desapareciera otra vez, o en cuanto empezara a crecer y a dar la lata. Si permitía que ese niñito que resoplaba y se sorbía los mocos a su espalda (Jenny no iba a darse la vuelta para sonárselos) empezara a crecer, acabaría por tener sesenta años y estaría con ellos allí mismo. Y se habría armado una gorda. Más sábanas que lavar, dos patatas más que pelar, otra toalla maloliente al pie de la bañera, más ronquidos y quejidos. No habría cómo sacárselo de encima.

—¿Él, de qué murió? —preguntaba para apurar el mal trago. A la larga era lo mejor—. Fue de difteria, ¿no?

De inmediato, con gentileza. Ojalá hubiera podido hacer lo mismo con Vic, años atrás. Pero Billy estaba muerto, era más fácil.

El problema con Digger era que recordaba demasiado. Y si le daban el tiempo suficiente, lo recordaría todo.