El gran mundo
Capítulo 6
Primera parte
6
— ACE frío, ¿no? Ya se ha ido el sol. Digger levantó la vista sobresaltado. Estaba a kilómetros de allí, a H
años de distancia; todavía sentía el golpe del agua fría en la cabeza aplanándole el pelo sobre los ojos, se le ponía la carne de gallina y la polla y los huevos se le encogían mientras recorría a saltos los tablones de las duchas para coger su extremo de la toalla compartida.
Vic volvió la vista hacia el río.
—¿Qué tal si vamos a por esa taza de té que me ofreciste?
Jenny empezó a agitarse en cuanto los vio venir por el camino hacia la tienda. Era la tercera vez que Vic venía en algo más de una semana. Eso nunca había pasado antes. Venía a por Digger, y Digger estaba preocupado. Jenny lo había oído por la noche, volviéndose y revolviéndose del otro lado de la pared, pero él no había querido decirle nada.
La última vez, el jueves, Vic le había traído un regalo. Siempre le traía regalos. Para ponerla de su parte. Llevaba años intentándolo. Nunca aprendería.
Al comienzo fueron cosas pequeñas. Una pinza de plástico para el pelo en forma de arco. De color rosa. Otra vez, un perfume: Noche de París.
—Gracias —había dicho Jenny, y lo dejó en un rincón.
No quería ni mirar el perfume. No quería nada de él. El regalo podía estar embrujado, pensaba, y si ella lo usaba o se lo poma, por ejemplo la pinza para el pelo, Vic la tendría en su poder. Después, fueron regalos más grandes, que venían en aparatosos envoltorios.
—Te ayudo —decía él.
—Puedo sola —decía Jenny, feroz, y lo apartaba de un empujón. Solamente abría el regalo por educación.
Era una máquina para hacer sándwiches. ¡Qué cosa más inútil! Otra vez, una olla a presión que la volvía loca, seguro que Vic tenía planeado que estallara y la matara la explosión. Después, una sartén especial para hacer huevos escalfados, que a Digger no le gustaban. Más tarde un abrelatas que se adosaba a la pared. Vic venía preparado con el destornillador y en dos minutos lo encajó junto al fregadero.
—Ahora te mostraré cómo funciona —dijo, y abrió media lata de albaricoques. ¡Menudo desperdicio! Jenny ya había preparado budín de pan.
Eran todas cosas que no servían para nada, o que ella no podía usar sin que tuvieran que darle un montón de instrucciones.
—Francamente —se quejó una vez Vic—, es usted difícil de complacer.
—Cómo no. De eso no le quepa duda.
Una vez, sin embargo, estuvo a punto de darle un infarto. Vic apareció con un niño, un rubito de unos cinco o seis años, con sus tejanos y un abriguito con botones en forma de barriles de madera. Tenía los ojos azules y le faltaban los dientes delanteros. Jenny contuvo el aliento. ¿Sería un regalo para ella?
El niño se sentó muy callado, balanceando las piernas, que no le llegaban al suelo. A cada tanto se echaba hacia delante y miraba el suelo entre sus rodillas, como para comprobar si había crecido desde la vez anterior. Tal vez simplemente le gustaran mucho sus botas. Parecía muy contento consigo mismo.
¿Y por qué no había de estarlo? Alguien, tal vez su madre, lo había puesto muy mono para salir. Iba pulcro y bien abotonado, con el pelo peinado, las uñas limpias. Estaba perfecto, salvo por los dientes. Jenny estuvo a punto de alzarlo en brazos y estrujarlo hasta sacarle el aire. Pero los niños eran asustadizos, eso lo sabía por experiencia. Y ella no quería asustarlo. Por fin, consiguió ganárselo con un polo.
Jenny se lo ofreció y el niño miró de reojo a Vic, que hablaba con Digger, para saber si debía aceptar, y después estiró la mano, rasgó el envoltorio y se metió el polo en la boca. Se miró las manos pegajosas con agobio. Realmente era un chiquillo muy pulcro.
Jenny recogió el papel del polo y entró corriendo en busca de un trapo, pero para cuando volvió el niño estaba chupándose los dedos como un gato. Le sorprendió que tuviera la lengua tan rosada. Sonrió nada más verla, y se sentó a su lado en el banco.
—Oye, ¿cuál es tu color preferido? El mío es el amarillo. ¿Y tu programa de dibujitos preferido?
El niño la miró frunciendo el ceño. Se mudó a una silla junto a su padre. Jenny ya lo había perdido.
El regalo iba cambiando con los años, y también Vic cambiaba. Cada vez estaba más gordo.
Venía a por Digger, pero trataba de ganársela a ella. Jenny lo sabía y no le quitaba los ojos de encima. No era tan tonta.
El coche en el que venía también era distinto cada vez. Más grande, siempre nuevo. Conducía hasta donde el camino viraba abruptamente hacia la tienda, aparcaba bajo los pinos y subía a pie.
A veces, después de un rato de charla, Digger y él iban a echarle un vistazo al coche. Caminaban alrededor, abrían el capó y metían dentro la cabeza. Luego, Digger se sentaba en el puesto del conductor, el motor se encendía y Jenny contenía el aliento, por miedo a que salieran disparados. Apenas dejaban el motor en marcha un rato. Nunca iban a ninguna parte. Se sentaban dentro del coche y seguían charlando.
Cuando se bajaban y volvían al río, Jenny se acercaba a echarle su propio vistazo al coche. No abría el capó. Metía la cabeza por la ventanilla del conductor, aspiraba el olor a cuero y miraba los números y las cosillas del salpicadero.
Los coches eran un misterio. Un asunto de hombres, que nunca había llegado a comprender. Los hombres siempre estaban yéndose a algún lado.
No, no paraban quietos. Jenny lo sabía por su padre. Y también por Digger. Se les notaba en la manera que cogían la rueda del volante. En cuanto pisaban el pedal, y se encendía el motor, los invadía una especie de poder. Ya se sentían en camino.
Por eso Vic dejaba que Digger se sentara al volante. Estaba enseñándole el misterio. Cuando metían la cabeza bajo el capó, examinaban sus fuentes. Vic ponía a Digger al volante y lo dejaba encender el motor, para ofrecerle la ocasión de marcharse.
Jenny daba la vuelta al coche con tristeza y miraba las ruedas. Le arreaba una patada a la rueda de atrás. Estaba llena de aire, pero si pisaba un clavo, por ejemplo, se desinflaba. Más de una vez pensó en usar un alfiler. Pero ellos sabrían quién lo había hecho.
Era una advertencia, aquel gran coche brillante, siempre bien lustrado y cada vez más grande, aparcado a la entrada del camino. Vic le mostraba con él cuánto poder tenía: con qué estaba en contacto afuera en el mundo. Digger podía tener el mismo poder si se iba con él. Era algo grande. Todo metal y resplandor. Con un motor que rugía dentro y podía sacarte de allí a toda prisa. Llevarte a todas partes.
Una vez, la encontraron mirando todavía el coche.
—¿Te llevo a dar una vuelta? —le propuso Vic, pero Jenny era demasiado lista y no cayó en la trampa.
Vic le sonreía de oreja a oreja. ¡El muy jodido!
—No, gracias —Jenny se marchó zapateando.
Otra vez, Jenny pensó que la había pescado. Fue la única vez que vino en un coche con chófer. Estaba como loco: Jenny no lo había visto así jamás. Digger y él empezaron a pasearse de aquí para allá, y ella fue a mirar qué hacía el chófer.
Estaba sentado en el asiento delantero, sin la gorra y con los ojos cerrados. Era un joven bastante guapo, y dormitaba.
Cuando se acercó un poco más, vio que no dormitaba en absoluto. Tenía unos botoncitos metidos en los oídos y tamborileaba los dedos en el volante. Tenía las uñas mordidas.
Desde luego conocía el aparato. Digger tenía uno. Vic se lo había regalado. Sólo que el de Digger tenía también una banda de metal que se ponía por encima de la cabeza, debajo del sombrero. Digger solía sentarse en el porche y pasarse allí horas y horas, mientras ella andaba de aquí para allá hecha una furia, buscando excusas para interrumpir.
Digger se aposentaba en el viejo sillón de fieltro, con el cenicero de madera de acacia, y estaba allí horas enteras con esa cosa, enchufado al tal Walkman. Había que llamarlo a cenar a gritos, e incluso entonces no llegaba a oír: estaba demasiado absorto en el aparato. Jenny tenía que salir a hacerle señas y daba brinquitos delante de él hasta que Digger alzaba la vista desconcertado, como si estuviera muy lejos y apenas pudiera distinguirla galopando y gesticulando en el horizonte.
Jenny sabía que usaba los audífonos para que ella no tuviera que oír aquella música de pena, pero ella la odiaba igualmente, y sospechaba que Vic le había regalado el aparato como parte de su plan de llevárselo. Era pan comido. Digger no podía resistirse a ninguna máquina.
Habría querido ponerse a escuchar una sola vez, para comprobar si la música decía algo, si daba alguna clave. Era música clásica, desde luego, pero ¿quién sabe? Tal vez podía enterarse de algo. Sin embargo, ella nunca llegaba a oír más que aquel ruidito agudo, que parecía de un animal, de un ternero o un corderito perdido que vagaba con su cencerro al pie de una cerca, tratando de cruzar al otro lado.
Lo que estaba claro era que, en cuanto Digger se enchufaba a esa cosa, se cortaba la comunicación entre los dos. Entraba en un mundo aparte, como los chicos que aparecían por la tienda los domingos por la tarde tarareando al compás de la musiquita que traían en la cabeza y la miraban como si ella estuviera sorda cuando era ella quien tenía que hablarles a gritos. El chófer del coche de Vic tenía la misma cara de estar en otra parte.
Se agachó junto a la ventanilla de atrás, y el chico ni siquiera la vio. Sonreía con los ojos cerrados, la cabeza apoyada en el respaldo. La gorra negra de visera brillante reposaba encima del salpicadero. Los dedos tamborileaban en el volante. Jenny alcanzaba a percibir el olor a cuero.
De repente, el chico se enderezó espantado, con los ojos abiertos a un palmo de los suyos.
—¡Jesús! —dijo, como si se hubiera meado encima del susto. Más tarde, mientras ella lo miraba desde la casa, bajó del coche y se quitó la chaqueta. Debajo sólo llevaba los tirantes. Caminó hasta el río y se sentó. Recogía trocitos de madera y los tiraba al agua, para verlos girar y alejarse con la corriente. Una, y otra, y otra vez. Finalmente, Jenny fue a su encuentro.
—Una taza de té le sentaría bien —dijo, con tanta delicadeza como pudo.
No estaba acostumbrada a tratar con chicos jóvenes. Se espantaban al verla.
El chico la miró. Estaba harto de esperar.
—Vale —le hizo una sonrisita.
—Y una tortita dulce, ¿no?
—Sí, vale —dijo él.
—Con mermelada.
El chico la miró una vez más, con una sombra de duda. Se le había ido la mano, como siempre.
—Venga, vamos —dijo ella enseguida.
Lo sentó a la mesa de la cocina y recordó que había querido hacer lo mismo hacía tiempo, pero con un niño. ¿Y si fuera el mismo niño, que había crecido?
—Oye —dijo, al ponerle el plato delante—, tienes que ponerte esmalte de ajo.
Se refería a sus uñas, que estaban comidas hasta la raíz.
—¿Qué?
—Esmalte de ajo. Sabe horrible, pero dejas de comértelas.
El chico se puso colorado y escondió las manos bajo la mesa. Era un muchacho apuesto, pero sus ojos saltaban de un lado al otro todo el rato. Tal vez no confiaba en ella. O no confiaba en sí mismo.
Jenny probó con algunas preguntas.
—¡Vaya interrogatorio! —dijo él para demostrarle lo listo que era, y soltó una carcajada. Pero, después de demostrárselo, empezó a tararear algo encantado de la vida.
Se llamaba Brad. Llevaba dos años conduciendo el coche del señor Curran. Antes había sido mensajero, y antes de eso trabajaba en una tienda de motocicletas. Había tenido suerte. Vic Curran era un buen jefe. Estricto, había que decirlo, pero justo, y además estaba forrado.
—Forrado —repitió el chico, y se sirvió más nata con un brillo en los ojos que a Jenny le resultó de lo más desagradable. El brillo de la codicia.
—Tiene una casa fantástica en Turramurra —dijo—. No me molestaría para nada vivir en una casa así. Yo tengo un pisito, en North Sídney, de dos habitaciones. Me cuesta noventa y ocho dólares a la semana… ¡un chollo! Pero no me molestaría vivir en esa casa, no, señor. Y un día lo conseguiré…
Podía haber seguido así un buen rato, pero Jenny perdió la paciencia. No era eso lo que quería averiguar.
—Eres un estúpido —dijo con maldad.
El chico tenía la boca entreabierta, llena de tortita. La miró como si Jenny le hubiera dado un mordisco en la nariz. Se había quedado de piedra. Que le sirviera de lección.
—¿Qué hay de Digger?
El chico reculó mirándola.
—¿Quién es Digger?
Fue demasiado. Jenny le dio un empujón, golpeándole el hombro con la palma de la mano, y pese a toda su corpulencia el chico estuvo a punto de caerse de la silla.
—Ya basta —dijo el chico. Se levantó, muy colorado, y puso cara de tonto.
No sabía cómo lidiar con ella. Si hubiera sido un hombre lo habría molido a palos.
—¡Santo Dios! —murmuró entre dientes.
Se puso la chaqueta del uniforme y se la ajusto con rabia, muy tieso y formal. Muy digno. Salió de la cocina.
—Lo he estropeado todo —se dijo Jenny con desconsuelo—. Era mi mejor oportunidad, y lo he estropeado.
El chófer nunca volvió, igual que el niño. La vez siguiente, Vic vino solo.
Cuando era muy pequeña, y Digger era apenas un bebé, su madre le pedía que cuidara de él.
—Vigila a Digger —le decía—, eso es, buena chica. Cuento contigo.
Desde siempre, Jenny había sabido que un día tendría que volver a cuidar de él.
Digger pensaba que él la protegía, y era cierto, porque Jenny dependía de él. Pero era demasiado confiado. Sabía muchas cosas, cantidades de cosas, y también sabía hacer cosas. Pero no conocía el mundo. Y ella sí. Jenny sabía lo cruel que podía ser. No importaba que uno supiera mucho, ni dónde hubiera estado: Digger incluso había cruzado el mar, había ido hasta a la guerra, y ella nunca había ido a ningún lado. A Brisbane. Pero eso no era ningún lado. Sin embargo, conocía el mundo. La crueldad, la maldad, le caían a uno encima como una bofetada: una mano grande y húmeda como una caballa, que se le estampaba a uno contra la cabeza y lo arrojaba de costado, y en ese segundo le hacía ver lo malvado que era todo. Como la hermana Francis, la de la lavandería. Con su metro ochenta, en lo alto de la nube de vapor, esperaba a que ella entrara cargando las sábanas recién sacadas del caldero y le soltaba la bofetada sin decir palabra. Como en Cumbres Borrascosas. O para ser exactos, como en el convento de Todos los Santos, en El Valle, Brisbane, Queensland, Australia, El Mundo. El Infierno.
Con sus uniformes color beis y las medias blancas, las niñas iban allí a recibir una buena educación. Las que pagaban. Las otras, como Jenny, que habían caído y no tenían ningún otro lugar adónde ir, trabajaban en la lavandería. Salvo que ella no había caído en absoluto, o no hasta que la hermana Francis se puso manos a la obra. Lo único que había hecho, apenas un par de veces, era acostarse.
Cuando todavía llevaba el bebé en el vientre, le habían hecho fregar suelos. Después de dar a luz, se lo quitaron, y ni siquiera le permitieron verlo para saber si todo estaba en su lugar. Había entrado a trabajar en la lavandería. Vivía aterrorizada por la hermana Francis, pero le daba todavía más miedo que la echaran a la calle.
—Por favor, hermana, se lo juro —tartamudeaba, esquivando las bofetadas—, no he sido yo. De verdad, ¡lo juro por Dios!
Pero los golpes seguían cayendo, entre espuma de jabón, en la oreja izquierda, en la cara, con todo el peso del metro ochenta y la virginidad de irlandesa de la monja, que estaba encolerizada porque Jenny había caído, y la habían levantado, pero seguía sin ser buena para nada. Con el peso de toda la Iglesia católica, también… ¡aunque Jenny ni siquiera era irlandesa!
Se había fugado, vaya que sí, ¡mil veces! En los tranvías. Pero no la habían llevado a ninguna parte.
—Lo siento, chica, esta es la última estación.
Un tío de uniforme azul, con la gorrita redonda blanca, se lo había dicho. Era el revisor, llevaba la bolsita de cuero en la cintura y la taladradora para agujerear los billetes.
Esa vez había llegado hasta Dutton Park. Bajó del tranvía, que estaba aparcado al final de la vía, y trepó a un quiosco pintado de colores, que estaba descascarillándose. Desde allí se veía la ciudad entera, no demasiado lejos, los tres puentes, el río que iba y venía, incluso el convento de Cumbres Borrascosas, con sus tejados negros y empinados, en el acantilado sobre el mar.
El tranvía plateado seguía aparcado allí. Los cristales estaban vacíos, salvo por el conductor y el revisor, que fumaban con los pies en el asiento.
Finalmente, el revisor se bajó. Se quedó mirándola un momento, luego giró la palanca. El tranvía se alejó.
Empezaba a oscurecer. Un par de marineros pasaron por allí. Eran yanquis, iban con chicas, y Jenny se asustó.
Acabó andando todo el camino de regreso. Durante horas. En la oscuridad, entre hombres y mujeres que la empujaban por la calle, bajo los faroles oscilantes y las estrellas lejanas, fugaces.
En otra ocasión llegó a otra estación: New Farm Park. Se quedó sentada en un banco, junto a un rosal, y un hombre se acercó y empezó a hablar con ella a toda prisa, escupiendo saliva. Sin embargo, era realmente amable. La rodeó con los brazos. No olía tan bien. A aguardiente. Luego, le metió la lengua húmeda en la oreja, lo cual no era tan terrible como un puñetazo de la hermana Francis, y le susurró malas palabras; después le metió mano falda arriba. No hizo caso cuando ella se negó. Pero en cuanto otras personas pasaron, Jenny se levantó de un brinco y se fue con ellas, aunque al cabo de un minuto, se volvió para mirar.
El hombre seguía sentado en el banco. La miraba como a punto de llorar, porque estaba muy decepcionado, y Jenny pensó: «¿Por qué no le doy lo que quiere? Pobre hombre». Parecía tan desesperanzado. Tenía tantas ganas de eso, y ella se lo había llevado.
Caminó de regreso, se sentó a su lado, y pasaron unos días durmiendo en los cobertizos del tranvía y lugares así. No era tan malo. Pero cuando se emborrachaba le arreaba una paliza, igual que la hermana Francis, y le decía que era tonta, así que Jenny decidió regresar.
No regresaba por miedo a estar sola en el mundo, sino por todas esas manos que, incluso en un tumulto de extraños, no paraban de agarrarla, estrujarla y pellizcarla, de convertirse luego en puños que le daban puñetazos. Algunas parecían muy delicadas, pero no había que correr riesgos. Incluso cuando al comienzo eran delicadas, más tarde podían cambiar. Por eso volvía a casa.
Podría haberlo intentado en otro tranvía (había muchos), en otra ultima estación. Pero ya había visto dos, y con eso tenía bastante. No parecía que Ashgrove o Enoggera fueran lugares mucho mejores. O Kalinga, o The Grange. Decidió quedarse, hasta que un día Digger apareció por allí y le dijo:
He hablado con la jefa, con la superiora, y dice que puedes volver a casa.
Eso había sido todo. También a Digger lo habían tenido encerrado durante ese tiempo. Jenny no sabía dónde.
No había visto nada más del mundo.
Pero eso sólo ya era tan asombroso, que de pensarlo se le cortaba el aliento. Todo el terror de lo que era posible allá afuera, la crueldad de alguna gente, la impotencia que uno sentía cuando se te echaban encima. No hacía falta mucha más experiencia. Dos segundos apenas, y ella ya no había tenido fuerzas para soportarlo, así eran las cosas. No había nada más.
La diferencia entre ella y Digger era que a Digger no le había pasado eso. No se había encontrado con nada que pudiera estamparlo contra el asfalto.
—Es un hueso duro de roer, tu hermana —había dicho Vic una vez al comienzo, cuando todavía tenía esperanzas de ganársela.
—Sí, eh… Es muy suya —le dijo Digger—. Yo no me preocuparía por Jenny.
Sin embargo, él mismo se preocupaba.
Ese día, mientras repartía de mala gana los cubiertos («¡Y estos para usted, señor!»), Jenny no dejaba de mirarlo. Tenía algo entre ceja y ceja.
Acabaron de tomar el té, y ella seguía sin quitarle los ojos de encima. Finalmente, lo soltó de sopetón.
—Oye —dijo interrumpiendo a Digger—, ¿qué has hecho con el crío?
Al comienzo no lo entendieron y Jenny se puso furiosa.
—¡El crío con el que vienes! Digger comprendió entonces.
—Jenny, cariño —dijo, tratando de calmar las cosas—, eso fue hace años, ya lo sabes. Era Greg —lanzó una mirada a Vic. Ya ha crecido. Fue hace años.
¿Aquel niño pequeñito con los dedos pegajosos al que le había dado un polo? No podía creérselo. ¿Cómo que había crecido? Se sintió una perfecta idiota. Digger decía que había sido hacía años.
Cierto, no lo había visto ni había pensado en él por algún tiempo. Pero ¡años! Y en ese tiempo tan corto, había crecido y se había convertido en alguien distinto. «¿En quién?», se preguntó, y estuvo a punto de preguntarlo, pero prefirió callarse.
Se entristeció. Algo en esa noticia la llenaba de amargura. Algo que había ansiado mucho y que ya no conseguiría nunca.
Levantó la vista. Entonces, el tal Vic puso una cara rarísima, como si estuviera vacío por dentro. Como si algo, o alguien, como la hermana Francis, hubiera aparecido de la nada y le hubiera arreado un puñetazo. Jenny lo miró y vio otra vez al tío con el abrigo largo que había venido a buscar a Digger la primera vez, flaco, pálido como una patata, vacío por dentro, y a pesar de sí misma pensó: «¡Pobre desgraciado! ¿Y a ti qué mosca te ha picado?».