El gran mundo
Capítulo 11
Sexta parte
11
E RA la noche del funeral de Pa y todavía hacía calor. Hacia la bahía de Hen and Chicken, grandes nubes de tormenta se juntaban por encima de la planicie. Vic venía de la mesa de la cena, enfadado y disgustado con todos, incluido él mismo.
La muerte de Pa, del todo inesperada, había sido un duro golpe, y la llegada de Lucille con Alex, que implicaba aún más ajustes y cambios en la casa, había hecho de esos días un calvario.
A pesar de lo sucedido, los dos chicos discutían en todas las comidas, sin guardar la compostura y enervándolos a todos.
Los argumentos de Greg, como incluso Ellie admitía, eran erráticos y descompensados. Era un idealista, apasionado y seguro de tener siempre la razón, pero lo que decía era de segunda mano y, pese a que resultaba previsible, se embrollaba y se contradecía hasta volverlo casi incomprensible.
Alex, el otro, tenía veinticuatro años y era todo un licenciado de Harvard, igual de ciego y obstinado, pero disimulaba bajo una fachada de desapego que enfurecía a Greg y lo impulsaba a ser aún más vehemente.
Greg había albergado grandes esperanzas al respecto de su primo. ¡Era americano! En medio de su ingenuidad, con el corazón abierto, había confiado en que Alex lo deslumbrara y le contara de primera mano cuanto ocurría en el centro de los acontecimientos.
Había sido una amarga desilusión. La ocultó al comienzo, puesto que Alex era su huésped. Luego, ante la condescendencia del otro, adoptó modos de franca hostilidad, pero de una manera tan infantil, herida y desarticulada que sólo verlo a Vic le dolía. Esa noche, había lanzado a Ellie una mirada impotente y se había levantado de la mesa. Necesitaba poner distancia.
Primero fue a acompañar un rato a Ma, que había subido a acostarse al volver del funeral. También a ella las horas de las comidas le resultaban exasperantes.
Vic se sentó junto a la cama y hablaron un rato a oscuras.
Se acordaron de una vez, hacía años, en que Pa le había gastado una chanza particularmente tonta a un invitado a cenar, un tío bastante pomposo, que estaba esperando que lo nombraran juez. Ma se echó a reír, y luego Vic; y ambos pararon de repente, no porque tuvieran sentimientos de culpa, sino por lo difícil que sería explicarle aquellas carcajadas a un extraño. Vic se despidió, bajó la escalera e hizo entonces algo que una semana atrás habría sido impensable. Entró en el despacho de Pa. Tomó asiento en el viejo escritorio de estilo renacentista y se quedó allí algún tiempo, a oscuras, contemplando los relámpagos, antes de estirar la mano y encender la lámpara.
La irritación que había sentido en la mesa no acababa de disiparse. De algún modo, parecía estar asociada a los fogonazos estremece dores de los relámpagos. Le ponían tenso, no le dejaban relajarse.
Seguía pensando en la animadversión entre los chicos, en ese forcejeo tonto del uno contra el otro por un gato muerto, pero sólo se concentraba en eso porque, en el fondo, algo más le perturbaba y sabía que debía dedicarle su atención.
Con cuarenta y seis años, Lucille ya no era en absoluto la chica que se había marchado hacía veinte. A duras penas la habría reconocido. Se mostraba enérgica y eficiente y, como era de esperar, vivía preocupada por su familia, que había permanecido en Estados Unidos. También quería ponerse al día con ellos, pero, según adivinaba Vic, cuanto veía a su alrededor (la casa, ellos mismos) no parecía estar a la altura del recuerdo, y cuando Vic miraba las cosas con sus ojos llegaba a la misma conclusión.
Vic creía que todo lo que había hecho, todo lo que había conseguido, era monumental. Sin embargo, cuando se sentaron juntos a la mesa, cayó en la cuenta de lo poco que había pasado desde entonces, y lo poco que había cambiado todo. Pa ya no estaba. Todos habían envejecido. Ahora estaban aquellos dos chicos que no paraban de pelear. Pero la única diferencia, en el fondo, era que la dulce decepción que para él era Lucille, a la que se había aferrado todos esos años, ya no era dulce, ni tampoco amarga: había perdido toda intensidad y ya casi se había esfumado.
Vic se había encariñado con esa decepción, que le había permitido comprender su propia juventud. Que ahora se esfumase le parecía el primer avance de la mediana edad.
¿Y Pa?
¿Cuándo habían hablado por última vez de cosas esenciales para ambos? Siempre habían estado muy unidos. El afecto no escaseaba entre los dos. Sin embargo, rara vez habían tenido algo nuevo que contarse en los últimos años. Constatarlo fue todo un impacto, sobre todo porque, de repente, ahora que Pa ya no estaba, Vic tuvo la sensación de que cuanto sabía de él era un enigma. Desde su primer encuentro (y aún desde antes, desde la época en que su padre trabajaba para Pa y le había arrancado aquella promesa), las jugarretas de Pa, sus melancolías, la otra vida que llevaba mentalmente, los poemas que había escrito, todo había sido un misterio para Vic. Le resultaba aún más inquietante lo que había visto en el funeral: había allí personas que nunca habían tratado a Pa, pero que quizá lo conocían mejor que él. Tenía la sensación acuciante de haberlo malinterpretado por completo, pero el origen del pánico era la imagen fantasmal que eso le ofrecía de sí mismo.
«¿Qué sentido tiene ser, aparte de ser conocido?», se preguntó.
El éxito de Pa lo había hecho feliz, igual que a todos, pero en realidad nunca había llegado a leer los libros. Y tendría que haberlo hecho. Se había perdido algo que Pa intentaba decir y que otros habían escuchado, algo que quizá había escrito precisamente para él. Se inclinó y sacó de una repisa los cuatro volúmenes. Abrió el primero, que por azar resultó ser el último, y se puso a leerlo de principio a fin. Tardó casi una hora.
Era como una clase difícil del colegio. Había olvidado ya esa sensación de tener que leer algo una y otra vez porque no le entraba en la cabeza, de tropezar con una barrera, bien en las palabras o en su interior, que no quería ceder.
No era la primera vez que se enfrentaba a ese hecho desagradable, pero lo había superado siempre. Ahora, en las palabras de Pa, había cosas que simplemente estaban fuera de su alcance, que lo eludían justo cuando estaba a punto de asirlas; y sin embargo, y esto sí lo comprendía, no eran cosas que le fueran ajenas. Eso era lo desagradable. No pertenecían en absoluto a otro mundo, sino al suyo, y pese a todo no conseguía entenderlas.
Era como sentir la tierra girando bajo sus pies, casi físicamente, justo cuando estaba por decir: «Pero el cuarto está quieto». Y se decía: «¿Y si el mundo es así y yo nunca he sabido entenderlo? ¿qué es lo que tengo en realidad?».
Dejó el libro abierto sobre el escritorio, pero paró de leer. Los poemas, o lo que vagamente había entendido de ellos, habían desatado en él algo más, que se movía por cuenta propia.
Aunque él mismo ya fuera padre y pisara fuerte en el mundo, no dejaba de apabullarlo que a ese niño que seguía siendo a pesar de los años nadie pudiera llevarlo ahora de la mano.
Pa había aparecido en su vida justo después de la muerte de sus padres. Desde entonces, había sido él, con todas sus debilidades, quien lo había defendido de la conciencia de hallarse solo en el mundo. Alrededor de los veinte años, Vic se había hecho consciente de ello a las malas, pero era algo prematuro, que no podía perdurar. En cuanto regresó a casa volvió a olvidarlo y se refugió otra vez bajo el ala de Pa, confiándole el papel de padre y escudándose tras él. Por primera vez, se sentía huérfano.
Ellie vio la raya de luz bajo la puerta y tuvo la extraña sensación de que, si la abría, encontraría a Pa en el despacho. Se acercó sin hacer ruido, dio la vuelta al picaporte e hizo un alto por temor a llevarse un susto.
Vic no la vio. Estaba sentado detrás del cono de luz de la lámpara, con la cara en penumbra. En los anaqueles centelleaban relámpagos lejanos. Vic siguió sin alzar la vista. No sabía que ella estaba allí. Un instante antes que se volviera, Ellie confirmó cuanto sabía de su esposo.