El gran mundo
Capítulo 20
Sexta parte
20
E L niño está sentado con los pies anchos firmemente apoyados en el suelo, en el escalón más bajo de los tres que descienden del porche al jardín.
Es media tarde, y hace calor. Del otro lado de la calle hay casas como la suya, de madera, con techos de chapa y verjas de pinchos con un número en la puerta. El número es el seis, y él tiene cuatro años. Vive en el seis de la calle Marlin, y se llama Victor Charles Curran, Vic.
Desde que tiene memoria han vivido en el número seis. Por las noches otra gente viene a jugar al póquer. Hay alboroto, humo y risas y le dejan traer las botellas de cerveza dentro de sus saquitos de paja, y cuando ya están vacías se las lleva y las pone en el porche de atrás con las otras. Son los marines muertos, así los llaman.
Su madre cose ropa para señoras. Está sentada ahora justo a su izquierda, en una silla de mimbre que ha traído de la cocina. Tiene la labor en el regazo y trabaja en ella absorta, viéndola a través de los anteojos. A sus pies, abierta, hay una maleta de cartón donde guarda recortes de diferentes formas y colores.
A veces, para entretenerle si no tiene con quién jugar, deja que el niño saque los trozos y los ordene por colores; pero ese día le ha dado un deber más difícil. Le ha dado una aguja, ha humedecido la punta de un hilo y, durante la última hora, una y otra vez, Vic ha intentado hacer eso que sabe que es tan simple y, sin embargo, le resulta tan difícil.
De vez en cuando, para recordarse que es posible, sostiene en alto la aguja para ver el agujero con más claridad.
Si se la acerca a los ojos, puede ver el cielo a través de ella. El agujero es bastante grande, dentro hay un montón de azul. Luego, bajándola un poco, se ve una casa entera. Es la de los Jensen, cruzando la calle, donde viven Trudy y Jack.
Es extraño. Se puede ver la casa, con techo y todo, pero meter dentro un trocito de algodón es muy difícil. Lleva intentándolo largo rato, achicando los ojos y apretando la mandíbula, con determinación, y el cabo de hilo blanco que era blanco cuando empezó está cada vez más mugriento. Es culpa de sus manos. Deja la aguja en el suelo con gran cuidado, y luego el hilo, y se las restriega contra los pantalones cortos. Luego vuelve a intentarlo. Y luego vuelve a mirar a través del ojo de la aguja.
Hay un camión aparcado delante de la casa de Jock Hale. Hay dos niñas, Milly y Jane Benson, columpiándose en la puerta de la valla. Mientras se columpian, cantan algo que no alcanza a oír. Vic ve luego a un niño con pantalón gris, que está aprendiendo a montar en bicicleta. La bicicleta comienza a temblar y el niño pone el pie descalzo en el asfalto para no perder el equilibrio, y lo intenta otra vez. Es un año mayor que él, tal vez incluso tenga seis. ¡Es él mismo!
Vic mira intrigado a su madre, pero ella sonríe y no ve nada raro en ello.
Los hombres están empezando a volver de la mina. La noche no tardará en caer. Vic sostiene la aguja en alto y, ahora, el ojo parece lleno de humo. Está a punto de oscurecer.
El niño de la bicicleta monta ahora con soltura, ya le ha cogido el truco. La bicicleta ya casi no tiembla. Empieza a echarse faroles, haciendo ochos en la calzada, y se ríe satisfecho de sí mismo. La luz no tardará en marcharse y todavía no ha entrado el hilo.
Vic se concentra, coloca las manos justo así, encoge todo el cuerpo.
Ya casi está ahí.