El gran mundo
Capítulo 5
Primera parte
5
D IGGER había logrado cierta fama como boxeador al cabo de una semana en el campamento. Había peleado a tres asaltos con un campeón estatal aficionado, luego había representado a su unidad en el campeonato del batallón. Había sido idea de Doug. Y al comienzo, Doug no le reveló a nadie que Digger era un profesional.
Durante dieciocho meses, antes de alistarse, había formado parte de una troupe de boxeadores que recorría la región con una feria ambulante de espectáculos chillones y monstruos de circo, entre los que figuraba un chino de cabeza diminuta, un forzudo que además tragaba fuego y espadas, una pareja de motociclistas suicidas (eran marido y mujer y, tres veces cada noche, se enfrentaban al anillo de la muerte), una dama gorda y un torso humano, que apenas tenía cabeza y hombros y se exhibía en una bandeja con ruedecillas. El trabajo de Digger consistía en mezclarse con la multitud y, si no se ofrecía ningún capullo, ofrecerse él mismo a pelear un par de asaltos con uno de los chicos de la troupe.
Las ferias le habían gustado desde siempre. El sonido del carrusel, el bombeo jadeante de la música, la imagen de una docena de hombres en pantalón corto y camiseta azul levantando una carpa con mazos y cables, transformando un descampado en un carnaval, bastaba para apartar su mente de cualquier otro recado. Se había ganado más de un tirón de orejas por escurrirse bajo la lona y regresar tarde para cenar, o por quedarse escuchando a los charlatanes y volver a casa repitiendo sinsentidos (se aprendía los anuncios más intrincados en cuestión de minutos) que hacían que Jenny aullara de ganas de experimentar en persona aquellas maravillas.
Le encantaban los faroles colgados de un poste a otro, rojos, azules y anaranjados, que arrojaban sombras extrañas con la brisa; el olor de los excrementos de los animales; el satén y las lentejuelas de los actores, que de cerca resultaban bastante mugrientos, pero bajo los reflectores, en medio del aura que creaban las poderosas descripciones del charlatán, lo sobrecogían por completo.
Los niños, en hombros de sus padres, gorjeaban anonadados. Había chicos ruidosos con el pelo peinado hacia atrás y un pitillo en los labios haciendo cola para dispararle a la hilera de patos o para dar el martillazo y hacer sonar la campana, mientras sus novias, con la permanente recién hecha y los labios pintados, los miraban fingiendo que no se aburrían. Sólo después, cuando ya traían bajo el brazo la muñeca de trapo o el reloj despertador o el perro de yeso, podían dar con algo que las impresionara de verdad. Desde la áspera perspectiva de la normalidad se estremecían al ver al chino de cabeza diminuta tomando té en una taza de juguete o al ternero, tan tierno, con los ojos tristes y las seis patas.
Digger había frecuentado aquellos lugares desde los diez años. Caminaba excitado, como en trance, absorbiendo el estruendo, el sudor, los colores, las crueldades. En el centro estaba siempre la carpa de los boxeadores, que no eran del todo fenómenos de feria, pero nunca dejaban de atraer una parte de las emociones inconexas que generaban las ferias de fenómenos; media docena de tíos, algunos ya no tan jóvenes, todos de piel oscura (negros, o isleños), plantados en hilera en una plataforma delante de un telón pintado.
En el telón había dos boxeadores, más altos que los reales, poniéndose en forma. Aparte, desde una plataforma lateral, un charlatán animaba la multitud. Los negros brincaban arriba a la altura de las cabezas, ya con los guantes puestos, las botas, los pantalones cortos de seda y las batas que proclamaban sus nombres de guerra en letras de oro, lanzando golpes al aire y resoplando por la nariz con aspecto amenazador.
Estaban allí como desafío. Para poner en duda la rudeza y la supuesta hombría de los granjeros y los dependientes que estaban allí con una chica del brazo y una piruleta o un palito de algodón de azúcar en la mano, preguntándose, en secreto, si daban la talla. Todos unos capullos.
Más tarde, cuando se lo contó a Mac y a Doug, Digger se echó a reír con cierta vergüenza ante sus nuevos amigos por su papel, pero dejándose llevar por la diversión. Imitaba a un granjero musculoso, con los brazos al descubierto y la boca abierta y respirando por la nariz, y a los otros que silbaban y gastaban bromas, porque eran demasiado gallinas para subir a que les dieran una paliza pero estaban más que dispuestos a que subieran sus amigos.
Después de todo, lo que atraía a aquellos chicos era bastante crudo y simple: sus padres y sus abuelos eran los chicos que habían conquistado el país, habían desalojado a los negros y se habían hecho famosos en la guerra. Ahora todo eso había terminado. La vida era un asunto doméstico, consistía en asegurarse el sustento y preocuparse por dar de comer a los niños y llegar a fin de mes o, peor todavía, en ponerse a la cola para los subsidios; y todo eso con la vaga sospecha de haber sido traicionados (aunque, ¿quiénes eran los traidores?), y con un rencor sordo que precisaba alguna salida, algo que uno pudiera señalar y moler a puñetazos.
Lo que se ofrecía era una pelea de verdad: el aficionado contra el profesional, el blanco contra el negro, el músculo del lechero, del carnicero, del hombre común, contra aquellas fuerzas que había que repeler una vez más, que había que aplastar y poner en su lugar, antes de que uno se olvidara de lo que valía. Esas eran las condiciones.
En parte, el charlatán les metía todo aquello en la cabeza con su cháchara astuta y atropellada. Pero, sobre todo, y en especial después de unas cuantas cervezas, les bastaba con ver a aquellos negros tan presumidos, con los guantes de cuero y las batas de seda verde o marrón con las letras del nombre. El olor se sentía desde lejos. Por mucha seda que se pusieran, eran aborígenes, negros.
Todo era un montaje. Y los muy capullos no llegaban a verlo. Pero, una vez en marcha, unos y otros se tenían suficiente odio para que la pelea fuera real. La multitud quería sangre: que el negro cayera a la lona con el labio sangrando o, algunas veces, que machacara al chulo arrogante que ejercía de matón local. Era impredecible, la multitud. Podía cambiar de bando en un instante.
En realidad, la mayoría de los aspirantes no tenían oportunidad alguna contra los ágiles miembros de la troupe, ni siquiera contra los que habían visto mejores días y tenían la cabeza reblandecida por el aguardiente o por las palizas que se habían llevado en los combates de verdad. Eran profesionales y se sabían todos los trucos. Conocían el juego de memoria desde que habían empezado a entrenarse, y eran listos y duros. El aspirante no tenía más que su fuerza bruta, su odio a los negros horteras y el deseo de impresionar a la chica que iba con él o a los colegas.
Digger tenía que plantarse allí, en camiseta, bajo el aire tibio de la noche, mientras la música del carrusel subía y bajaba y los escarabajos se arrojaban contra las bombillas desnudas, y su trabajo consistía en ser uno más en la multitud, un chico de campo como los demás (además, lo era), y apelar al espíritu de competitividad o salvajismo de sus vecinos.
—Ese grandote no parece un tío tan duro —le comentaba a uno de ellos—, ¿tú qué dices?
Y enseguida se ponía a azuzarlo. Sólo que, si nadie se animaba, él mismo tenía que dar el paso al frente.
—¿Estás seguro, chico? —le preguntaba el animador al verlo subir los escalones de la plataforma—. ¿Tu madre sabe que estás aquí? ¿De verdad tienes dieciséis años? Qué chico más guapo, ¿no es cierto, chicas? Qué pena que vayan a romperle la nariz. Bien, hijo, ¡adelante! Lo demás corre por cuenta tuya.
La primera vez, se dejó llevar por el ruido y la excitación y las dudas sobre su propia habilidad y acabó en el suelo como cualquier otro capullo. Pero aguantó dos asaltos, y bastante bien. A la gente la gustaba su aspecto pulcro, su buena disposición, y el mánager le vio posibilidades (era flaco y aniñado, pero de una fuerza sorprendente), lo abordó cuando estaba duchándose y le ofreció el empleo. Por tres libras a la semana, tenía que hacer justamente lo que acababa de hacer porque sí; sólo que, de ahora en adelante, sería todo teatro. Viviría con el equipo, viajaría con ellos de pueblo en pueblo, y sería parte del espectáculo. ¿Qué decía? Digger le había arrancado la oferta de las manos.
No eran sólo las tres libras, aunque eso también pesaba en una época en que había miles de hombres sin trabajo, ni la ocasión de formar parte de la feria, ni la perspectiva de ver mundo por fin. Era la oportunidad (Digger apenas había llegado a decirlo, y a duras penas se lo confesaba a sí mismo) de apartarse del rumbo que le había impuesto el destino, o su madre, que se proclamaba su agente. La oportunidad de escapar.
Se guardó la noticia un par de días mientras hacía planes. Luego se lo dijo a su padre.
—Me alegro por ti, tío —dijo Billy Keen, encantado de que Digger mostrase algo de agallas y de formar parte de la conspiración—. No te preocupes, yo te cubriré la espalda. Márchate ahora que están bien las cosas. ¡Ojalá pudiera ir yo!
Era joven y se tomaba las cosas a la ligera, incluidos los cardenales. Había sido toda una educación. En dieciocho meses, había recorrido todos y cada uno de los pueblos desde Albury, hacia el oeste, y luego subiendo por la costa, hasta Bundaberg. Se compró unas botas, un cinturón de piel de canguro y un par de camisas chillonas, y al cabo de poco tiempo intimó con los compañeros de la feria.
La Dama Gorda había tenido una tienda de mascotas en Viena, donde vendía alondras: les sacaba los ojos para que cantaran, según le contó a Digger. El Torso Humano era contable de profesión. Sin embargo, había demanda para sus peculiaridades y, sin que el mánager tuviera que insistir mucho, ambos habían resuelto que tenían que sacarles partido y se unió al espectáculo.
La Dama Gorda leía novelas baratas en francés y tenía un pequeño gramófono en el que escuchaba música gitana. Dedicaba mucho tiempo a sus uñas. En efecto, tenía unas manos muy bonitas, que eran la parte más diminuta de su cuerpo, salvo por las orejas. Sobre la mesa del tocador, conservaba un guante de terciopelo negro del tamaño de una mano de verdad, cubierto de anillos; pero era demasiado refinada para ponerse más de dos a la vez. Su estrella de cine preferida era Edward G. Robinson, cuyo rostro, cargado de amenazas y promesas de tierna violencia, adornaba en una docena de poses el espejo del tocador. Tenía una sola postal de una mujer: Hedy Lamarr.
—Nació en Viena —le explicó a Digger—, igual que yo.
Al Torso Humano le gustaba apostar. Estuvieran donde estuvieran, pasaba el día absorto en los formularios de las carreras, bebiendo ron Beenleigh. Había creado un sistema. Corría el rumor de que tenía miles de libras guardadas en bancos de todo el país, bajo nombres diferentes. Americano de nacimiento, era un tío gritón y mal hablado, salvo cuando uno lo pillaba sobrio. Le prestó a Digger un libro de Theodore Dreisder y le dijo que Europa estaba acabada y los judíos eran los culpables de todos los problemas del mundo.
Habían sido días felices, a pesar de que corrían tiempos terribles. A Digger le gustaba vivir así.
Llegó la guerra, y su padre se alistó y volvió a cambiarse la edad, esta vez de más a menos. Tomaron una copa juntos en Sídney.
—Tú tendrías que estar en esto, Dig —le dijo su padre, muy apuesto en su uniforme de la Caballería Ligera.
Pero Digger no pensaba lo mismo. La convivencia con los negros le había enseñado otra manera de ver las cosas: de lado, un poco torcidas, pero con cierto divertido escepticismo, tal como las veían ellos. No era uno de ellos, no; pero, con el tiempo, habían llegado a tratarlo como si lo fuera.
—Eres un tío legal —le decía Slinger, su colega, aunque con Slinger nunca se sabía si te estaba tomando el pelo. A lo mejor de bajo de esa piel eres negro.
Hasta que un día, en Newcastle, mientras paseaba por ahí mirando los escaparates y las vallas publicitarias, se encontró con un montón de tíos que hacían cola para alistarse. Había una plata forma de reclutamiento allí en medio de la calle, con banderas y demás, inglesas y americanas. Los hombres avanzaban uno detrás de otro en mangas de camisa, algunos incluso llevaban traje. Al final de la cola había un tío dando un discurso para entretener a los demás, y Digger se paró a escucharlo un momento. Los otros hombres se reían, aunque algo cohibidos, y se miraban unos a otros, empezaban a recelar de las palabras. Hablaba como un comunista.
Era un tío grande con camisa de lana, un bravucón, y sin embargo parecía extrañamente ligero. Seguro que cuando bailaba apenas pisaba el suelo. La perorata era una especie de baile también. Halagaba a la audiencia, los tenía siempre en vilo, y al cabo de un rato consiguió cautivar también a Digger. En un momento dado, Digger soltó una carcajada, y el tío se volvió hacia él como si se conocieran de toda la vida y le dijo:
—Venga, colega, dame un pitillo.
Digger se apartó de la pared donde estaba recostado, le dio el pitillo que había estado liando y se lio otro.
—Gracias —el tío hizo una venia cuando Digger tomó la cerilla—. Me llamo Bramson. Doug.
Los demás seguían mirando sin entender, pendientes de sus palabras. Doug lo sabía y mantenía la rienda corta.
Digger se acercó más para escuchar. En realidad, Doug no decía más que chorradas: le recordaba a Farrah, el charlatán de la feria. Pero era ideal para matar el tiempo mientras la cola se movía.
«Este tío podría charlar toda una guerra mundial», pensó Digger. «El tiempo se pasaría volando con alguien así».
Al final, Doug se volvió hacia Digger:
—¿Estás en la cola, colega?
—¿Cómo?
Que si vienes a alistarte o apenas estás pensándotelo.
Digger no supo contestar. De hecho, no estaba haciendo ninguna de las dos cosas, sólo quería matar el tiempo. Miró al suelo, aplastó la colilla con el talón y luego miró a Doug de refilón. Doug ya no estaba allí. Había hecho la pregunta sin pensar, nada más. No se trataba de una prueba.
Sin embargo, Digger sintió algo, plantado allí en medio de esos hombres. La calidez de formar parte de un grupo, sin esfuerzo, como en aquellas noches de su pueblo en que se quedaba al pie de una fogata fuera de la sala de baile, fumando y contando historias y prestando oído a los chismes locales, que no se entendían si no se conocía el lenguaje en clave. Había echado de menos todo aquello en esos meses. De repente, sintió nostalgia de su casa. En la vida que llevaba ahora esa soltura la echaba de menos.
Los negros eran quisquillosos. Estaba en su mundo y ellos lo aceptaban, pero sólo de manera provisional; a veces realmente sentía que no podía entenderlos, ni siquiera a Slinger. No había vivido las mismas indignidades, las mismas humillaciones. No tenía idea de cómo aguantaban.
En cambio, a esos tíos de la cola los conocía. Eran los mismos tíos con los que se mezclaba cada noche para hacer su trabajo. Si se unía a ellos, no notarían ninguna diferencia, o cuando menos eso esperaba; salvo que se le hubiera pegado algo de Slinger y de los otros, de lo que no se había dado cuenta: la manera de recostarse contra la pared, o de alzar los hombros, tal vez el olor… No creía que se le hubiera pegado nada. De repente, sintió el ansia de volver entre los suyos, y compartir lo que esos hombres estaban a punto de emprender, y dejar de hacer un papel. Se dio la vuelta como un guante, y volvió a ser blanco.
Los otros no habían notado nada. Todos estaban mirando a Doug. Doug era la estrella.
Doug siguió con su perorata, y los otros tíos siguieron poniéndose en la cola, y finalmente le tocó el turno a Doug, que dio el paso adelante y firmó el papel. Después fue el turno de Digger.
—Oye —le dijo esa noche a Slinger—, no te lo vas a creer. Me he alistado.
Fue después del espectáculo. Estaban echándose agua fría en los hombros, bajo las frágiles duchas que había instaladas detrás del campamento.
Slinger era aborigen, un tío grandote y tímido, de más de uno ochenta, peso pesado. Se detuvo con el cuenco del agua en las manos, y luego lo vació sobre su cabeza.
—Fue esta tarde —dijo Digger—. Qué capullo, ¿no?
Tomó agua con las manos y se la echó encima.
—Mierda, Digger —Slinger parecía realmente enfadado, lo cual alegró a Digger —. ¿Por qué cono has hecho eso?
La voz de Slinger hizo pensar a Digger en su madre, pero sólo más tarde, cuando se sentó a escribirle una carta, comprendió cómo vería ella la historia, supo que pensaría que él tan sólo quería marcharse aún más lejos.
Se serenó. El agua que le corría por el pecho estaba fría.
—Será que no he dejado de ser un capullo —sugirió.
—Sí —dijo Slinger—, será eso. Y yo que pensé que algo habías aprendido con nosotros.