El gran mundo
Capítulo 17
Sexta parte
17
V IC se despertó con una sacudida. En el sueño, había volado por los aires. Durante un solo instante se había liberado de la gravedad. Ahora estaba volviendo al suelo, pero se sentía extraño, enrarecido, como si hubiera vuelto al cuerpo de otro. La mano que había levantado parecía estar muy lejos y era como un peso nuevo al final de su brazo. O tal vez se le había dormido, como decían. Se la frotó un poco para desentumecérsela.
Sabía perfectamente dónde estaba. En su dormitorio, en Turramurra. Sin embargo, no era el espacio a su alrededor, sino el espacio en su interior el que ocupaba su atención. Desde el fondo se elevaban ecos, y por esos ecos sabía que se hallaba en un lugar enorme. Algo, quizá una piedra, había caído en aquel abismo. El sonido aún reverberaba desde el fondo hacia lo alto y aunque pertenecía al sueño tenía el poder singular de sortear todas las barreras entre el sueño y la vigilia, y por eso él seguía oyéndolo todavía.
¿Qué era todo aquello? Por un lado, la sensación de elevarse como un pájaro, libre de la gravedad, y por el otro un descenso aún más veloz en dirección contraria, la larga caída de una piedra rasgando el aire.
¿Y si no era un sueño sino apenas un fenómeno físico, por qué toda aquella historia de la piedra y la gravedad?
Cambió de posición en la cama y se quedó tendido con los ojos muy abiertos, estáticos, fijos en el techo. Al cabo de un momento volvió a dormirse.
Sin embargo, a lo largo del día, que por lo demás fue un día normal, las sensaciones que habían rodeado el sueño, si había sido un sueño, regresaron una y otra vez. No conseguía quitárselas de encima. Durante minutos enteros, todo lo que miraba o tocaba parecía tener un halo de luz, incluso los objetos más comunes, la máquina de café, la taza de plástico.
La luz del sueño lo había inundado todo, incluido su cuerpo, en una fosforescencia pegajosa y esta era la causa de que sintiera pesados todos los miembros, como los sentía todavía, y también de todos aquellos resplandores. No era en absoluto desagradable, pero sí extraño; y lo cambiaba todo. En su interior, sentía una ternura infantil, que se apegaba a cosas por las que era tonto que un adulto tuviera sentimientos tan intensos. Por ejemplo, ese portaminas que encajaba tan bien en su mano, y los reflejos de sol que arrojaba en el escritorio el vaso de agua. «¿Qué es lo que pasa?», se preguntaba.
Eran estados que venían por rachas, momentos de extrema felicidad, pero de un tipo de felicidad desconocida que, hasta donde alcanzaba a ver, carecía de motivo alguno. Sentía una liviandad en el corazón que asociaba con la juventud, con cierta imagen que había concebido alguna vez de lo que era ser joven y estar enamorado.
Pero ¿de dónde venía eso? No de sus propios recuerdos, al parecer. Era algo del todo novedoso. Y sin embargo, también había en ello cierta nostalgia, como si hubiera irrumpido en los recuerdos de otro hombre y lo conmovieran como si fueran propios. Los fogonazos de alegría iban y venían, tan desvinculados de una causa conocida que bien podrían haber sido los efectos de una droga.
No cesaba de sorprenderse, pero le gustaba sentirse así. Y se entregaba a aquel estado.
Seguía ocupándose de las cosas de costumbre: revisaba los informes de la bolsa llegados durante la noche de Nueva York, luego los precios de Hong Kong y de Tokio, finalmente los precios loca les. Todo estaba en orden, difícilmente podía ir mejor: Cavendish había ganado dos centavos, Cathedral seguía estable, Randall había ganado tres. Todo iba bien, aún mejor de lo que había vaticinado.
Al comienzo, había temido que fuera una treta del mercado. Pero sus asesores, que teman la cabeza en su sitio, tíos escépticos, obsesionados con las estadísticas, en absoluto soñadores o vendedores de humo, le habían asegurado que la tendencia al alza era firme e iba a continuar. Eran expertos. Les pagaba cientos de miles de dólares por sus opiniones. No escucharlas habría sido absurdo.
En otra época, años atrás, se habría dejado guiar por sus propias corazonadas, por los pelos que se le erizaban en la nuca. Ahora, las fuerzas del mercado eran demasiado complejas para que pudiera abarcarlas un solo hombre. Hasta él tenía que aceptarlo. Lo que pasaba en Australia dependía de sus movimientos en Tokio y en Nueva York. Hacía falta consejo en todos los puntos. Y sin embargo, iba en contra de su naturaleza.
La buena noticia era que, en tres o cuatro días, todo habría terminado. Y saldría a la luz.
A las once en plinto, como siempre, llamó a Alex. Las consultas entre los dos eran un ritual. Se llamaban por teléfono para calibrar mejor las pequeñas estratagemas a las que recurrían ambos.
Vic gastó varias bromas, se mostró de un ánimo espléndido, y Alex enseguida se puso en guardia. No era fácil hablar con él como no fuera de cifras, pero no sospechaba nada, Vic estaba seguro. «Cuídate, Alex», le dijo. Era la despedida de costumbre.
Salió a tomarse un respiro sobre las dos y una vez en la calle advirtió con sorpresa que su extraño estado impregnaba toda la ciudad. Se preguntó si no sería más bien que su cuerpo había percibido algún fenómeno meteorológico que tenía lugar en lo alto de la atmósfera, el primer soplo de una corriente de aire que había empezado a arremolinarse allá arriba y sólo ahora empezaba a adentrarse en la costa.
Estaban a mediados de octubre, y hacía calor. Las chicas llevaban vestidos de manga corta y los chicos las chaquetas al hombro, había gente trotando. El sol de color limón iluminaba las aristas de los edificios y las tapias bajas. Vic no sólo se sentía en armonía con todo aquello sino que, incluso, sentía que quizá él mismo era la causa. Vaya si se sentía a gusto.
Fue a visitar a Félix. Hacía tiempo que no se pasaba por allí. Tomaron un café y charlaron un rato. Brad se había independizado y su padre tenía ahora de qué enorgullecerse. Sin embargo, lo hizo con cierta timidez. El chico tenía un negocio de alquiler de coches le iba bien, se había casado.
De regreso en el despacho, sin motivo, decidió llamar a Ellie.
—No, no pasa nada —dijo cuando ella contestó por fin, desde el rincón más lejano del jardín.
Se sintió como un tonto. Quería decirle que era muy feliz, pero eso podía oírlo ella misma en su voz. Le pareció una tontería hacer tanto escándalo.
—Sólo quería llamarte —le dijo—, nada más.
A las tres llamó para que le trajeran el coche del aparcamiento. Cogería la carretera (aún no había perdido el rumbo, sentía, en que lo había puesto el sueño) y pasaría un par de horas con Digger en Keen’s Crossing.
No habría sabido decir cuándo, pero en algún punto del trayecto de cincuenta kilómetros cambió la luz, su mente se ensombreció y, como en otras ocasiones, su estado de euforia resultó no ser más que un estado de ánimo, una circunstancia de la mente, o del cuerpo, que desapareció con tanta rapidez como había aparecido, también sin explicación alguna. Se le contrajo el corazón, hasta que el calambre en el pecho se hizo tan doloroso y el brazo se le durmió a tal punto que ya no se atrevía a seguir al volante. Aparcó en el arcén, descansó un rato y luego se metió entre los arbustos. «Tendría que volver», pensó, y abrió la puerta y se bajó del coche.
Se había adormecido un momento, o tal vez se había desmayado. En ese lapso de tiempo, se encontró de regreso en el sueño; salvo que ahora ya no era el sueño, sino un momento real de su propia infancia. Tenía otra vez el cuerpo de sus nueve años y estaba de pie, descalzo, con los pantalones de sarga y los tirantes, todo su ser se tensaba como un arco al borde de las dunas mientras el día llegaba a su fin y en la orilla las luces se encendían una tras otra. Una vez más, tenía la certeza de que podía saltar fuera de sí mismo en pos de un futuro imaginable y se quedaba muy quieto, sintiendo que el animal en su interior se agazapaba presto a saltar, y se dejaba llevar.
Saltó trazando un largo arco. Vic se dejó llevar y, de repente, se encontró suspendido, fuera de la gravedad, en el punto más alto, ante un punto que todavía era una incógnita. Sin embargo, ya debía de haber caído esa vez, alguna de esas veces, en la vida equivocada. Era la única explicación para la alienación que sentía. La vida equivocada. A partir de ese momento, todo lo que le había ocurrido, absolutamente todo, había sucedido en una existencia distinta de esa que empezaba a descubrir y le estaba destinada.
¿Sería posible? ¿Todo, en realidad?
Era real, claro que había pasado. Y le había pasado a él. Eso era un hecho. Una parte de los sucesos reales de un mundo que tomaba nota de esas cosas, que registraba los sucesos y las empresas y hacía de ellas una vida, y si eran lo bastante grandes también una historia. Salvo que a él no le había estado destinado nada de eso, ahora lo podía ver, sino algo muy distinto, de lo que, a fuerza de pura voluntad, él mismo se había arrancado.
Lo había sabido desde siempre, en lo más profundo de su ser. Lo había sentido en presencia de ese niño que cada mañana metía sus pies grandes en los zapatos y manchaba los cuellos de las camisas. Más tarde, en esos días que andaba por la calle y le entraba mala conciencia al ver las colas de hombres que aguardaban sus raciones, había visto con toda claridad el hueco en la cola donde él mismo habría tenido que estar, y se había preguntado cuándo tendría que pagar por haberse librado de aquello.
Lo de Tailandia era diferente. Eso si le había estado destinado. En ese punto, de algún modo, las dos vidas se habían cruzado. Había visto con toda claridad a aquel anciano de pelo blanco andando hacia él («ese que ahora soy yo», se dijo), que lo había atravesado como si fuera de aire. Esa vez había estado justo en la línea correcta.
Pensó en todas esas mañanas que había entrado adormilado en la cocina de Meggsie, buscando los contornos de otra vida, de otra existencia en la que su cuerpo encajara mejor (es decir, con más torpeza) que en la que tenía entonces. No una vida más fácil. No habría sido más fácil, estaba claro. Pero habría continuado algo que estaba dentro de su ser y que temía perder pero no lograba atrapar.
Ahora, una vez más, era un niño con un cuerpo de nueve años, a punto de saltar. Despegó. Se quedó suspendido un momento, libre de la gravedad, y en el largo suspiro del que pendía entrevió el lugar donde iba a llegar: en su auténtica vida, que lo esperaba y lo reclamaba, esa otra vida más dura que remontaba sus orígenes a la vida de su padre y de su madre. Pero la gravedad era demasiado fuerte. De nuevo, sintió que esa fuerza lo atrapaba y tiraba de él hacia abajo. Y regresó a la vida en la que estaba. Sintió otra vez ese peso enorme, contra el pecho, en el vientre y en la entrepierna, y también sintió caer su cuerpo sobre unos guijarros de aristas afiladas. Se quedó allí.
Más tarde, cuando recobró el sentido, le sorprendió que fuera noche cerrada y no hubiera luz alguna, aparte de la de las primeras estrellas que asomaban. «¿Qué es esto?», se preguntó. No estaba seguro todavía de que fuera un lugar, o más bien una condición.
Pero cuando acabó de volver en sí, sintió bajo su cuerpo las aristas afiladas de las piedras y un enorme edificio de sonidos alrededor, cada vez más alto, que emitían quién sabe qué clase de criaturas. ¿Serían ranas? ¿Grillos nocturnos?
Se enderezó y echó una mirada, pero no había nada que ver.
Se le ocurrió entonces que había llegado hasta allí en coche, pero tampoco vio el coche, y no había suficiente luz para escrutar en todas direcciones.
Recordó un dolor intenso, que también su cuerpo recordaba todavía. Aún podía percibir el aura de su cuerpo, no como una cosa física, sino como una sensación: sus miembros aún no habían vuelto del todo, o al menos no de una forma consistente. Le costaba discernir ciertas cosas que tendrían que haber sido sencillas. Por ejemplo, dónde estaban sus dedos. A la vez, experimentaba sensaciones que, hasta donde podía ver, no estaban relacionadas con ningún hecho: un aire terso de primavera, una brisa delicada que erizaba los brazos desnudos de las muchachas; cosas que, en realidad, no tenían nada que ver con el clima, sino con los movimientos de su espíritu. Estaba sentado en la mitad de la nada y no tenía idea de adónde ir.
La iniciativa se le fue de las manos. De repente, le estrujó el corazón una angustia nueva y terrible, o una agonía física, no sabía ya cuál, y se derrumbó sobre los guijarros, que le cortaron la piel de la cara. Cayó de lado, retorciéndose, arrastrándose hacia la oscuridad aplastante de la noche; o hacia otra tiniebla aún más profunda, que era todo lo que deseaba, un saco para meterse dentro y cubrirse la cabeza, para seguir pataleando hasta quedarse sin aliento.
Se había arrastrado después de todo; había cubierto una gran distancia, adentrándose cada vez más hondo en los pastos. Sus pataleos habían ahuecado un nido entre la hierba y ahora él yacía dentro, y la agonía de su espíritu lo dejaba sin respiración.
El sol ya había salido. Los pájaros aleteaban en lo alto. Volvió un poco la cabeza y comprendió que, después de todo, no estaba despierto. En el sueño, la agonía, que era algo muy distinto de él, había cobrado la forma de un gato moteado, que reposaba apenas a unos centímetros de donde su mano yacía crispada. Tenía el pelaje áspero y largo y la cabeza brutal de una fiera que, al cabo de una o dos generaciones, había vuelto a la espesura, y se había tendido ahora a mirarlo, justo más allá de donde llegaba su mano.
Pero, cuando parpadeó, y miró otra vez, comprendió que era real, y no un fantasma. Le habían abierto la cabeza con una pala, o tal vez un hacha, que le había arrancado la mitad de la cara. El animal se había arrastrado hasta allí para morir. Gruñó y lo miró con su único ojo feroz; aunque quizá no fuera un sonido hostil, sino que suplicaba pidiendo ayuda. Las moscas se aglomeraban alrededor de la carne viva de la herida y la criatura lanzaba zarpazos para espantarlas.
Vic siguió tumbado sobre el brazo extendido, observando el gato, que yacía aún a unos centímetros, en una agonía salvaje.
«Lo he visto todo antes», pensó, «muchas veces. Siempre me he librado. He sobrevivido. Siempre he sobrevivido. Sé sobrevivir».
Sin embargo, el gato se moría. Vic volvió a mirarlo. «Pobre cabrón», pensó, «si pudiera te echaría una mano. Para que no sufras más».
El gato y él se miraron largo rato, tan cerca uno del otro, y la bestia siguió agonizando. Sufría, sí, pero ¿de qué modo? ¿Qué clase de consciencia podía tener un gato? ¿Tenían acaso alguna?
—Lo siento por ti, colega —dijo en voz alta, y le sorprendió oír su propia voz.
El gato no lo oyó, o no le entendió. No cambiaba nada; siguió mirándolo con su único ojo, sin que Vic pudiera imaginar sus pensamientos.