El gran mundo
Sexta parte
1
D E regreso en Keen’s Crossing, Digger pasó los primeros días desterrando un zarzal que había invadido la explanada entre la tienda y el río y se había desparramado sobre los restos del ferry, la vieja timonera y la maquinaria, hasta los tablones que conducían al muelle. Se adentraba en el amasijo de ramas, machete en mano, desnudo hasta la cintura bajo el calor de noviembre. Apartaba los retoños puntiagudos con un guante y descabezaba los troncos, que en algunos puntos eran tan gruesos como su muñeca, y arrancaba hebra tras hebra las raíces fibrosas.
Era una sola mata espesa, tan desperdigada e intrincada bajo tierra como en la superficie. La raíz principal tenía que estar en algún punto, en el corazón mismo del zarzal, pero no llegó a encontrarla. Una y otra vez, creía que había dado con ella; hundía el machete y desenterraba el bulbo carnoso. Pero, debajo del bulbo, había siempre otro más robusto. Al final de la jornada tenía el pecho, la espalda y los brazos cubiertos de arañazos y las manos desgarradas a pesar de los guantes; a pesar de todo, el trabajo era todo un placer. Era una manera de volver realmente a la tierra. La primera noche había seguido trabajando en sueños, vadeando el zarzal ya sin esfuerzo, sin reparar apenas en los picotazos de las púas que lo azotaban y se le prendían en la piel. Bajo la mata había huesos de animales atrapados, zarigüeyas, ratas de campo, incluso un gato salvaje; también aparecían objetos que había creído que nunca volvería a ver, brillando bajo los arcos de las zarzas con un resplandor antinatural, como si, de algún modo, hubieran preservado el último rayo de sol o el ultimo rayo de luna que los había tocado antes que el nuevo retoño brotara y se entretejiera en la espesura, encerrándolos allí dentro.
Encontró un sombrero para el sol de su madre, que en otra época había sido azul y ahora estaba tan manchado y remojado que ya no tenía color alguno. Lo arrojó en la pila que había ido amontonando, junto con la linterna rota, y la cabeza carcomida de una pala, las bolas de tenis calvas y, exhumado desde las profundidades, adonde llegaba tan poca luz que la mata era hueca, el maltrecho molde de budín donde Ralphie solía beber agua. Digger lo había visto brillar como una luna llena en la penumbra, había hundido los brazos, lo había sacado y lo había dejado caer tintineando sobre el montón.
Su madre venía a traerle tazas de té hirviendo y jarras de agua helada y se quedaba allí mientras él bebía.
No le interesaban los avances del trabajo. Habría preferido que empezara por el techo, que tenía bastantes goteras, o que clavara nuevas estacas para las cuerdas de la colada, y con el tiempo, Digger también llegó a clavarlas; sin embargo, el zarzal era la prioridad. Se quedaba allí mientras él bebía: así pues, no la retenía el trabajo, sino el propio Digger: el hecho de que otra vez lo tenía allí. Digger bebía sorbo a sorbo el agua fría, mirándola por encima del borde del vaso, y ella se lo comía con los ojos.
Al final del día, se despojaba de los guantes y prendía fuego a todas las zarzas cortadas y arrancadas que había arrastrado hasta la orilla. El lugar empezó a parecerse al Keen’s Crossing de antes de su partida, aunque había bastantes cosas que sería imposible reparar. El camino hasta el río se había convertido en un callejón sin salida. Habían desviado la carretera un par de kilómetros y bajando por el río había ahora un puente de tres arcos, que discurría por encima del agua.
Le sorprendía que su madre hubiera resistido allí tanto tiempo, con el puente, y la guerra, y todo lo demás. Pero, desde luego, si alguien podía resistir así era su madre. Nunca dejaría de impresionarle su tenacidad, esa fuerza a la que él mismo había recurrido allá para salir al otro lado, y era consciente de lo mucho que se parecían, pero también de lo diferentes que eran.
Acalorado, todavía sin camisa, pero ya después de lavarse el polvo y la ceniza y ponerse agua oxigenada en los cortes, se sentaba a la mesa y se quedaba embobado oyéndola hablar, repasar sin cesar la lista de sus agravios: siempre las mismas anécdotas amargas, los mismos ejemplos de las penurias que había tenido que soportar y de los defectos de su marido. La guerra que libraba contra él se había hecho más intensa. Su presencia era aún más poderosa ahora que se había ido que en la época en que se sentaba en un tronco en la oscuridad, ensombrecido y maldiciendo, o entraba salpicando barro en el suelo limpio con sus botas.
Pero lo que su madre no podía perdonar era que él no se hubiera hecho cargo de la realidad de la vida, que para ella eran el matrimonio, el hogar y la familia, todo aquello que había acumulado y preservado durante años hasta dejarse en ello el alma y que esperaba compartir con él.
—Y ahora resulta que es un héroe —le decía a Digger—. Porque es el mandamás de unos japoneses. ¡Por favor!
Digger sentía pena por ella. La injusticia de la que se sentía víctima no tenía límites, y como ninguna de las historias que la ilustraban podía abarcarla toda, su propia historia no terminaba nunca. En este punto o en aquel, derivaba en una historia nueva, abordaba una afrenta fresca y más profunda, y esa a su vez llevaba a la siguiente. Lo peor de todo era que su padre ni siquiera estaba allí para hacerle frente. Se había librado incluso de eso. Digger aprendió a oír sin escuchar.
Su madre también le contó lo que sabía de Jenny. No era mucho.
Estaba en algún lugar de Brisbane.
Al final de la semana, cuando la explanada estuvo despejada y el techo reparado, Digger hizo sus propias averiguaciones, tomó un tren a Brisbane y la trajo de vuelta.
Allí estaban ahora los tres, unidos otra vez. De vuelta, aunque habían pasado siete años y tantas cosas, a una vida que en esencia no era distinta de la que había dejado, pensaba Digger.
Su madre seguía pesando y empaquetando los pedidos en la trastienda los viernes por la noche, un chico llamado Cliff Poster venía en su moto el sábado a las ocho y se pasaba el día llevándolos, como él mismo había hecho en otra época.
Mamá tenía todavía el jardín, y estaba ahora en guerra con los gatos. Encargaba a Jenny vigilarlos si no podía ocuparse ella misma. Había un cubo de agua siempre listo bajo la cuerda de la colada para echárselo encima.
Seguía lavando en el patio, con la bañera de hojalata y la tabla de lavar, y planchaba en la cocina por la noche hasta tarde.
Ahora Jenny y ella compartían un cuarto y Digger dormía en su antigua cama del otro lado de la pared. Podían hablarse de un lado al otro si hacía falta.
En su estrecho camastro, bajo la luna conocida que asomaba por la ventana, Digger se sorprendía de lo inquieto y atolondrado que había sido en aquellos días; se recordaba esperando allí despierto, contando los segundos mientras los demás caían dormidos y deslizándose luego fuera de la cama para que no gimieran los muelles, poniéndose los pantalones y saliendo de puntillas, con las botas en una mano y la camisa en la otra, para acabar de vestirse en la oscuridad.
La diferencia ahora, se decía, era el peso descomunal que se había echado encima, y que no podía medirse en términos reales. Habría podido pelear todavía como peso pluma, y la balanza de su madre en la tienda nunca registraría el fardo que traía a cuestas. Sin embargo, era toda una diferencia.
Se ganaba la vida haciendo trabajillos, y puesto que allí todo funcionaba con el boca a oreja, pronto adquirió la reputación de ser un hombre indispensable.
—Ve y busca a Digger. Él te lo arregla.
Tenía buena mano para los generadores, las neveras viejas y cualquier otro tipo de aparato, y desde el día en que su padre le había dado el martillo y los clavos y un tablón de treinta por sesenta para practicar, hacía toda clase de trabajos de carpintería.
Empezó haciendo reparaciones por las normas que prohibían edificar y siguió en ello después que se abriera la veda y se desatara el auge de la construcción. Si alguien quería una casa nueva contrataba el personal en Gosford o traía a su arquitecto de cabecera directamente desde Sídney. Digger remendaba y componía las chapuzas de los demás, y también los estragos del clima: en la zona llovía demasiado, y además hacía demasiado sol, y siempre había tablones que cambiar, barandas que apuntalar y puertas que montar. Se adueñó de las herramientas que había dejado su padre; por muy descuidado que fuera en otros frentes, Billy Keen había sido un trabajador escrupuloso y las mantenía en perfecto estado. Nada hacía más feliz a Digger que encaramarse en un tejado y contemplar todo el paisaje del valle a sus pies: en verano, abierto y centelleante, y en las mañanas de invierno, arrastrando una hilera de nubecillas entre los bosques, en tanto que allí arriba, donde él martillaba en un techo de cemento, el sol calentaba y lo hacía sudar.
Los jueves iba a la ciudad y pasaba la noche en Bondi Junction. Hacía el viaje sin falta, y no dejó de ir ni un solo jueves durante veintiséis años.
Recogía a Iris en la tienda de pasteles e iban andando a casa, cenaban con los chicos y a veces iban a un espectáculo. Sin embargo, a menudo se quedaban en casa como si llevaran casados muchos años y escuchaban la radio mientras Iris remendaba calcetines o hacía un puzzle y él desmontaba la tostadora para volverla a montar. Sobre las ocho, Ben y Amy Fielding venían de visita y jugaban a las cartas o Iris tocaba el piano y los demás cantaban.
Se embarcó en la lectura de la biblioteca de Mac. Según sus cálculos eran unos setecientos volúmenes. Mac había previsto leerlos una vez jubilado y a Digger le complacía pensar que, incluso sin añadir ningún libro nuevo, había suficiente material de lectura en los estantes abarrotados y en los libros sin clasificar amontonados bajo la cama, encima del armario y a lo largo de las paredes de la pequeña habitación del porche, para entretenerlo en el resto de sus días.
No se dio ninguna prisa, pues no había necesidad. Se aplicó a leer biografías, libros de viajes, libros de historia; las obras completas de Wilhelm Stekel, Adler y Freud; también las de Havelock Ellis; las novelas de H.G. Wells, Arnold Bennett, Conrad y Theodore Dreiser, incluida la que le había regalado el Torso Humano, también novelas de Balzac, Stendhal, Tolstói y Dostoievski, preguntándose conforme avanzaba si estaría siguiendo las huellas de Mac y, cuando topaba con algo que lo desafiaba o lo impactaba, qué habría pensado Mac al respecto.
En ocasiones, al volver una página, encontraba una tira de papel con la que Mac había marcado dónde dejaba la lectura; ¿o lo habría hecho acaso para que él la encontrara, cinco o diez o quince años después de su muerte?
Una vez encontró una lista de pájaros.
¿Qué hacía allí aquella lista, justo en esa escena hacia el final de Guerra y paz en la que el joven Petia Rostov, tan amante de las golosinas y con sus cinco kilos de uvas pasas, se sobrepone a la vergüenza que le causan los hombres mayores y, después de todo, pregunta por el pequeño tamborilero francés y ordena que lo traigan a su tienda descalzo y embarrado?
En cuanto Digger volvió la página e interrumpió la lectura, la presencia de Mac se adueñó de la escena. En el resto de sus días, cuando la evocaba, Digger de hecho veía a Mac en compañía de Denísov y Dólojov, y los pájaros de la lista, como improbables ángeles de los antípodas (el picaflor de cuello blanco, una bandada de gorriones cola de fuego, un ave de emparrado de Regent, entre otros) aparecían también allí, aleteando en el patio donde el joven Petia queda colgando del estribo y Denísov se agarra a una cerca y llora a gritos.
Otras veces hallaba billetes del tranvía, y examinaba los números para ver si tenían algún significado.
En una ocasión, encontró una carta oficial de la oficina de tranvías, con la respuesta a una reclamación de Mac, que había manchado el pliego con el pulgar ennegrecido por la tinta de los billetes.
Estas reliquias lo conmovían y le recordaban, por si alguna vez se sentía tentado a olvidarlo, que existía una continuidad entre la vida de Mac y la suya y que había perdurado a pesar de lo ocurrido aquella mañana en el depósito. Contemplaba esas tiritas mugrientas de papel que Mac se había sacado del bolsillo o de la cartera en cuanto lo habían llamado a recoger billetes a bordo del tranvía nocturno de Clovelly, y sentía la presencia de su amigo como una cosa física, una calidez en el cuerpo que no era suya, sino algo más. Hasta cuando se esfumaba, las páginas que leía cobraban especial significado. Era un asunto privado. No un secreto, sino algo de lo que no tenía motivos para hablar.
Con Iris, rara vez hablaban de Mac. Los había unido sólo en la superficie. Su vida juntos estaba hecha de cosas que habían descubierto el uno en el otro, aparte, a su manera. Digger nunca volvió a ver las cartas, y no volvió a preguntar por ellas. Lo que habían representado en su vida lo sustituyó, superándolo mil veces, la propia Iris, que era bastante diferente, ahora lo sabía, de la mujer que las había escrito. Digger, en este sentido, no sentía apego por el pasado.
Mantenía las distintas piezas de su vida separadas entre sí, pese a que en su interior no había separación; tampoco conflicto.
No le contó nada a su madre sobre Bondi Junction, pero, por supuesto, ella se enteró. Nunca dejaría de asombrarle hasta dónde podía colarse en su mente y, en ocasiones, le fastidiaba que conociera sus pensamientos.
Los jueves por la mañana, su madre le preparaba una muda de ropa limpia: la camisa, los calcetines, los calzoncillos. Lo hacía para mostrarle que, por receloso que se hubiera vuelto (de niño había sido tan abierto), no podía esconderle nada.
Habría preferido que tuviera una chica en los alrededores, y siempre estaba tratando de emparejarlo con alguna. Quería que Digger se casara. Quería nietos. Pero también sabía hasta dónde podía Dig ger ser leal y perseverar, y no quería desafiarlo. La ropa limpia de los jueves se convirtió en un ritual y, después de que muriera, Jenny siguió preparándosela, sin saber del todo qué significaba el ritual, salvo que existía.