El gran mundo

David Malouf · Capítulo 47 de 52

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El gran mundo

Capítulo 16

Sexta parte

 

16

 

F UERON los años de la autentica bonanza. En comparación, lo anterior habían sido miserias. Si antes calculaban en millones, ahora lo hacían en cientos de millones. Nadie había visto nada parecido.

Cuando Jenny veía ahora a Vic en la televisión, se quedaba callada y taciturna.

No la preocupaba Vic. A Vic lo conocía. No sabía a qué se dedicaba, ni nada más aparte de lo que siempre había sabido, pero habían estado juntos en la misma habitación, que era su cocina, y Jenny lo había visto beber té asomando los ojos por encima del borde de la taza y comerse una tortita, se había fijado en la piel arrugada sobre el dorso de la mano. Conocía también su olor. No, no estaba preocupada por él. Pero tampoco podía entender qué andaba haciendo en el mundo de la televisión, las noticias y demás. ¿Cómo había llegado hasta allí? Sabía cómo había llegado hasta el Crossing. Gracias a Digger. Pero la tele era algo diferente.

En cuanto decían su nombre y su rostro aparecía en la ventana de luz, sonriendo, seguro de sí mismo, con las camisas de rayas y el pelo repeinado y esa cara bronceada que parecía casi viva, la imagen perdía para ella toda credibilidad. Ya no podía seguir escuchando ni se creía una sílaba. ¡En las noticias! Se sentía hundida y empezaba a contar mentalmente (un, dos, tres, cuatro) hasta que Vic ya no estaba allí.

Vic solía guardárselo todo entre pecho y espalda. Su éxito era fruto de su deseo de hacerse cargo de sus actos, ser discreto, correr riesgos y mantenerse impávido. Su única confidente en realidad era Ma. Y seguía siéndolo. Vic le contaba cuanto ella quisiera saber, sólo tenía que preguntar. A Alex procuraba contarle lo mínimo indispensable.

Había elegido a Alex porque era de la familia, y porque había visto en él, llevadas al extremo, las cualidades que a él mismo le faltaban. Eran cualidades para las que de hecho no tenía tiempo (relacionadas con la cautela, las consultas, la contabilidad, la responsabilidad) pero, al parecer, eran también lo que exigían los tiempos. También lo había elegido porque era un miembro de la familia sobre el que creía que podía ejercer cierto ascendiente.

Se había equivocado en esto último. Alex era un chico obstinado. Vivía apegado a un código fanático que Vic no podía ni ignorar ni tolerar.

Tenía mentalidad de empleado. Su evangelio eran las cuentas claras. Cuando tomaba la palabra tenía a mano todos los hechos y la aprobación, siempre, de alguna junta directiva con la que había repasado cada detalle. No conseguía entender a Vic. O más bien, le entendía, pero no lo tragaba.

—Es un dinosaurio —se quejaba ante los pocos fieles que no irían a contárselo a Vic—. En otra época no era un problema. No había ninguna regla. Esto era una aldea. Él podía hacerlo todo solo y se salía con la suya. De acuerdo, era un tío brillante. Pero ahora estamos en otra fase. Todo es más complicado. Y no quiere aceptarlo. Tengo que vigilarlo como un halcón. No tenéis idea de las jugarretas con las que sale.

—¿Pero de qué te quejas tanto? —argumentaba Vic, cuando alguna de sus maquinaciones salía por fin a la luz y delataba su juego—. Hemos ganado dinero, ¿no? ¿Es que alguna vez os he hecho perder dinero? ¿Y el negocio ese de Riverdale? ¿Quién fue el que nos hundió en esa pila de mierda?

Sabía que Alex lo vigilaba, que le seguía la corriente (de hecho, lo trataba como a un niño) y que tenía un núcleo de leales, que profesaban sus ideas y querían atarlo de pies y manos y sabotearle y echarlo un día a la calle. Los tenía en el punto de mira, y al cabo de un tiempo empezó a mirar también el horizonte. Tenía un olfato infalible para las cosas que no andaban bien; un sexto sentido, que le avisaba si alguien venía a por él. Había jugado a ese juego él mismo y reconocía las señales. Cuando se cercioró de lo que ocurría se puso en acción sin decírselo a nadie, como siempre, por su cuenta y riesgo. Si Alex estaba involucrado, lo pillaría y le dejaría en evidencia. Si no lo estaba, el propio Alex estaría encantado (¿o más bien perplejo?) de que Vic se hubiera anticipado a la conspiración.

Era la apuesta de su vida. Y la necesitaba. Le hacían falta emociones fuertes, y le daría ocasión de demostrar, de una vez por todas, que valía su peso en oro. Cuando todo estuviera listo, hecho y a punto de despegar, enseñaría sus cartas y se quedaría mirándoles las caras.

Desde luego, tenía sus propios asesores; con los tiempos que corrían eran indispensables. Pero tampoco a ellos les reveló nada. No habría estado de más repasar el plan con Ma. No tenía ningún deseo de engañarla. Sin embargo, Ma estaba llegando a los noventa; se mantenía lúcida, pero habían vuelto a atormentarla las angustias y Vic tenía miedo de contagiarse.

La única persona con la que podía ser franco era Digger, y tenía que serlo; la ventaja era que Digger no opondría ningún reparo. Podría haberse negado. Sin duda, había tenido sus reservas en ocasiones. Pero Digger se hallaba fuera de su elemento. No comprendía ni el peligro ni la belleza de su plan.

En consecuencia, Vic descubrió que, a medida que se acercaba el clímax, por más que intentaba no ir al Crossing, volvía allí una y otra vez en busca de alguien que lo escuchara mientras él mismo volvía a mirarse todos los detalles. No había ni una sola fisura. De eso estaba seguro. Había contemplado todas las eventualidades. Pero necesitaba hablar del plan para ponerlo en acción, para mantenerlo en marcha allí donde mejor podía controlar cada movimiento: en su mente.

Digger había pescado un par de cosas que lo habían puesto a pensar. Habían aflorado en la conversación por casualidad, pero de una manera que había llamado su atención. La primera era eso de que el mercado estaba «nervioso». La palabra lo había impactado porque ya se había fijado en lo nervioso que parecía Vic.

Vic se jactaba de ser frío. Se le llenaba la boca hablando de su propia serenidad. Sin embargo, hasta donde Digger podía ver, en realidad parecía a punto de incendiarse, y él no sabía juzgar, dado que nunca había visto a Vic en circunstancias semejantes, si eso era normal o no, o si era una consecuencia colateral de lo que lo mantenía tan sereno. Le habría gustado discutirlo con alguien, con Ellie, por ejemplo; ella estaría mejor informada. Pero se reprimía por la discreción que le había pedido Vic.

Era una agonía mantenerlo todo en secreto. Digger se preguntaba si sería necesario, más allá de que para Vic sí lo fuera. El efecto era que estaban más unidos que nunca, como los cómplices de toda conspiración, pero en un terreno en el que sólo Vic conocía las reglas. Digger se callaba sus dudas por miedo a que, ahora que todo dependía en tal grado de la confianza, pronunciarlas pudiera precipitar lo que él mismo ansiaba evitar a toda costa: que Vic perdiera el equilibrio y se enfadara.

—¿Qué está pasando? —gritaba Jenny—. ¿Por qué viene todo el tiempo? ¿Qué es lo que quiere? Y no me digas otra vez que nada, porque no me lo creo.