El gran mundo
Capítulo 4
Primera parte
4
L OS grandes acontecimientos no siempre ensombrecen el horizonte. En la península malaya, en 1941, el Ejército Imperial Japonés llegó a bordo de una legión de ciclomotores destartalados. No parecía la obertura de un triunfo ni un momento para la historia.
Aparecieron pedaleando por el camino entre los árboles de caucho, con los rifles a la espalda, las gafas brillantes, los pantalones y las botas de caucho flexionándose de arriba abajo. Los ciclomotores parecían bastante endebles. Los conductores sudaban bajo el peso del equipo. Era cuestión de apuntar, tirar con suavidad, y todo el montaje entraba en frenesí, el conductor agitaba los brazos como si hubiera algo allá arriba (el dobladillo de una túnica o el dedo del pie de uno de sus ancestros), a lo que podía agarrarse para subir a las alturas. Hurgaba el aire tratando de atraparlo. Entre tanto, las ruedas seguían rodando, la gravedad se hacía valer, y el conductor y la máquina resbalaban hasta la zanja. Era cómico.
Sin embargo, había bajas propias y acabaron por retroceder. La artillería se puso en pie, llovieron bombas. El calor y el estruendo eran insoportables. Las calles estrechas de Chinatown volaban por los aires. Las paredes arrancadas salían disparadas hacia el cielo y volvían a caer convertidas en trozos de yeso y polvo. Los vecinos, casi todos chinos, corrían de aquí para allá en medio de esas tinieblas aceitosas, abrazando cajas fuertes, alfombras enrolladas, niños, pollos y máquinas de coser y cerditos que chillaban. Si no, iban trotando con media casa a cuestas, con todas las patas de las sillas hacia arriba, y caían abatidos con la espalda en llamas y la carga dispersa y destrozada. O se levantaban y seguían renqueando entre los tanques y las ambulancias y los heridos que podían caminar y se aglomeraban en la autopista rumbo a la fortaleza de la isla.
Había sido así todo el domingo. Por la noche, los tíos que habían combatido la víspera cuerpo a cuerpo en las plantaciones de caucho y en las fábricas, entre ellos Digger, pudieron descansar por fin y se prepararon para la siguiente fase: se remendaron los calcetines, los doblaron con pulcritud y los embutieron en un lado de las mochilas. Una vez con todo en su sitio, contaron las monedas, se limpiaron las uñas y agujerearon las latas de leche condensada, para reconfortarse chupando una teta de metal.
A su alrededor, en las hogueras y en los recodos oscuros, había trueques: un paquete de papel de fumar y dos condones por una estilográfica, una onza de tabaco por una lata llena de agujas de acero para el gramófono, y de regalo un disco del Minué en sol de Paderewski.
Parecía que toda la división se había conformado y había embarcado rumbo al norte con el único propósito de garantizar el traslado, de continente a continente, de un millón de artículos de escaso valor o utilidad, que de otro modo habrían seguido cubriéndose de polvo en una tienda rural, o llenándose de moho en una maleta bajo la cama. Una economía sumergida, refractaria a las estadísticas, que nunca cesaba de operar, entre una gresca y otra, entre bocados de carne en lata y leche de coco, a través de las alambradas, en el espacio entre dos literas. Operaba incluso en las letrinas, mientras los dos hombres se dedicaban al otro menester extraoficial de evacuar las tripas.
Transacciones. Tratos. Consumían tantas energías, engendraban tantos sentimientos, que se habría pensado que eran la esencia misma de la vida del soldado, de una vida tenaz, desordenada, civil, que se colaba dentro de la vida militar oficial, revelando en formato de bolsillo los verdaderos móviles de todo aquel despliegue internacional, comparado con los cuales todo el discurso de la libertad, el honor, el amor patrio y la salvación de la civilización era apenas una cortina de humo, un montón de paja.
Era una noche caliente, encapotada bajo las nubes y el calor de las bodegas de caucho que ardían en los muelles. Las sombras danzaban al paso de los hombres que levantaban el campamento. En el silencio, se oían voces de soldados que revolvían entre las ollas, jugaban al veintiuno o al mah-jong o intercambiaban obscenidades perezosas.
Otros, recién llegados, aunque también algunos de los veteranos, hablaban aún de la gran batalla en la que iban a luchar, mañana mismo, o al día siguiente, para acabar con aquellos enanos hijos de puta.
Era todo mentira. Los que habían luchado de verdad, como Digger, por ejemplo, como Mac y Doug, no querían saber nada de esa historia. La pesadumbre que pendía sobre la isla no se debía sólo al clima, ni al humo de los almacenes del Imperio que estaban en llamas. Corría el rumor (de momento era apenas un susurro, los hombres aún tenían miedo de decirlo) de que los comandantes se habían sentado a negociar.
Se hizo oficial a eso de las once. En una reunión con el general Yamashita, el comandante japonés, el general Percival, comandante de las Fuerzas Aliadas, habían firmado la rendición incondicional, que se haría efectiva a las diez de la noche, hora japonesa.
Así que, encima, todos tenían el reloj mal. Estaban ahora en la hora japonesa, y seguirían estándolo hasta quién sabe cuándo. Sin saberlo, habían perdido el rango de soldados, junto con otras distinciones, y eran prisioneros de guerra desde hacía dos horas.
El lunes emprendieron la marcha (eran, decían, cincuenta mil hombres) rumbo al cautiverio, aunque en realidad eso significaba sólo caminar dieciocho kilómetros hasta el otro extremo de la isla, la masa de hombres era tan enorme que resultaba inconcebible al menos para Digger, hasta que llegó a un alto y miró a su espalda y vio las columnas densas y apretadas convirtiéndose en fantasmas bajo la bruma.
Llevaban a cuestas todo lo que podían cargar. Eso sí que lo habían aprendido en el ejército. Había que llevárselo todo: las raciones, el equipo, una vieja lata de tabaco, jerséis y calcetines de recambio. También los relojes baratos intercambiados o robados a los chinos, los portaminas, los matamoscas, los budas de bronce, los ejemplares de Lo que el viento se llevó y Moby Dick y de libros de Edgar Wallace, los rollos de raso y de seda tailandesa, tinteros, mazos de naipes, petacas de whisky Johnny Walker Red Label. Cargaban entre diez y veinte kilos por cabeza, e iban trastabillando; con los bolsillos de la camisa repletos, y los artículos más ligeros (como sacacorchos, navajas, destornilladores, tazas de metal y botellas de agua) colgando de los cordones de la mochila o los agujeros del cinturón, o de una tira alrededor del cuello. No parecían supervivientes de una empresa militar, ni siquiera de una derrota, sino curanderos de un avanzado culto al cargamento, una horda de vendedores ambulantes sirios a punto de invadir los pueblos de Nueva Gales del Sur. Se tambaleaban con el retintineo de sus reliquias, de ese cúmulo de parafernalia (valía todo lo que uno pudiera echarse al hombro, desatornillar o arrancar) de un mundo que había estallado en fragmentos a su alrededor y que ahora, al hilo de la improvisación, tendrían que reconstruir en otro lugar, incluso mientras marchaban, si era necesario. Sin embargo, eran expertos en la tarea. Eran australianos. Muchos de ellos llevaban toda su vida preparándose para eso.
No tenían más que aquellos retazos misceláneos, aquellos símbolos desprendibles de la vida civilizada, para recordarse quiénes eran y de dónde venían. Un juego de escalpelos de cirugía, un par de pinzas, un rollo de alambre (de algún modo, el asunto se volvía casi místico) contenían la superioridad garantizada de quienes lo habían inventado y conocían su utilidad. ¿La civilización? Eso es lo nuestro. Aquí está la prueba.
Pero, con el paso de las horas, a medida que los dieciocho kilómetros se convirtieron en un martirio de pies en carne viva, hombros desollados y mataduras en las caderas, y el sol cegador empezó a caer sin sombra, ya no hubo manera de equilibrar el peso, ni siquiera ante el futuro desconocido. Al caer la noche, incluso los soldados más obstinados y mentecatos habían aprendido una lección, una que podía sostenerse en alto, pesarse, examinarse por el revés y volverse un precio en manos de los carroñeros que marchaban con ellos por millares y se abalanzaban sobre los objetos que arrojaban o dejaban caer y que esa misma noche expondrían bajo las lámparas de sus tenderetes, como evidencia de lo que hasta entonces había sido intangible: una rendición extraordinaria de todo poder, refrendada una vez sobre el papel y otra vez bajo la forma de un objeto que uno podía ver y tocar; en el mundo de las mercancías. ¡Qué colapso! Los curiosos contemplaban con ojos como platos la magnitud de la caída. ¡Mira, un tintero de cuarzo, y sin un rasguño!
La desnudez fue general. Y con ella, sabiéndolo o sin saberlo, cada hombre había tomado decisiones de las que dependía su vida. Cuanto había aprendido sobre la naturaleza humana (incluida la suya propia) y lo impredecible de las cosas, recaía en la elección entre un reloj despertador de seis chelines y un par de botas con raspones pero todavía buenas.
En algún punto del camino cada uno había cruzado esa línea donde el peso de cada cosa en el mundo, incluso la más pequeña, se hace más grande; pero ellos mismos se sentían más livianos.
Sentado en el bochorno de la oscuridad, entre tantos otros hombres, Digger se recostó contra su mochila, ya por fin sin las botas, después de arrancarse los calcetines de los pies con ampollas y magullados.
Estaban en un descampado en el extremo oriental de la isla. Changi, se llamaba el sitio.
La unidad se había dispersado. Habían arrancado en formación, pero muy pronto algunos empezaron a rezagarse, para negociar unos con otros o con los nativos que correteaban al lado de la ruta, sonriendo, señalando las cosas que les llamaban la atención y haciendo ofertas a gritos, o bien porque se sentían enfermos, o débiles, o porque el sol les había dado un mazazo en la cabeza. Algunos todavía se tambaleaban por el camino, y los sargentos iban de aquí para allá pasando lista.
Desde hacía doce días, Mac tenía una herida en el muslo, pero no demasiado grave. Durante casi toda la marcha, lo habían cargado en hombros, Digger de un lado y Doug del otro. Se tapaba los ojos con el brazo, blanco como la tiza. Digger se inquietaba y se revolvía.
Doug, que no podía quedarse sentado más de dos minutos, había salido a rebuscar. Ese era el pretexto. En realidad, se paseaba de arriba abajo, exultante con la escena.
Estaba en su elemento. La consagración del desorden y la irregularidad, la mezcla de australianos, británicos, holandeses y nativos, el vasto cacareo que se alzaba bajo la noche, era todo un bálsamo para él. Se movía bailoteando entre los grupos (era un tío grandote, pero de pies ligeros), gastando bromas, saludando conocidos, agachándose aquí y allá para decirle un par de palabras a este o al otro, o para sacar a la luz a los artistas de la mentira que se pintaban un futuro glorioso en la guerrilla, o se jactaban de lo que habrían hecho si les hubieran dado una oportunidad. Volvió con un paquete de Ardaths y el saco lleno de historias entretenidas.
—Ya os lo digo —les decía— esto va a ser un Chicago en miniatura, que conste que lo he dicho. Ahora veréis lo que es la naturaleza humana.
Lo último iba dedicado a Mac. La naturaleza humana era uno de sus fuertes; Doug y él no conseguían ponerse de acuerdo sobre el tema, ni sobre casi nada, en realidad. Su amistad descansaba sobre las diferencias más apasionadas. Doug lo dejaba caer ahora con la esperanza de hacerlo reaccionar.
Como la mayoría de los hombres que nunca han tenido un día Ubre, Doug se sentía incómodo ante la enfermedad. Estaba convencido de que, si lograba sacudir un poco a Mac, y levantarle el ánimo, enseguida se pondría mejor.
—El rumor —dijo— es que nos van a hacer entregar el equipo. Lo que faltaba, ¿no? Para que los capullos de los oficiales puedan rendirse como caballeros e impresionar a los japoneses. Zapatos en condiciones para todos los oficiales, dos pares para cada uno. Los requisarán si no los entregamos por las buenas. Los zapatos se pondrán baratísimos. Los tíos están deshaciéndose de ellos por lo que les den, cigarrillos, relojes, medias de seda. Las medias de seda son una inversión segura —se echó a reír—. Pero a mí que me dejen los cigarrillos. Ya lo veréis. Los cigarrillos, la carne enlatada, la leche condensada, eso va a ser la moneda de cambio. Y un buen par de botas. Al final lo esencial siempre es lo mismo, el estómago, la polla y los pies. Con la polla no habrá mucho que hacer, valga la verdad. Lo importante van a ser el estómago y los pies.
Sacudió el paquete de Ardaths, le ofreció uno a Digger y se lo arrojó por el aire a Mac. Levantó la cabeza y oteó la turbamulta dispersa en la planicie. Las tonterías lo abandonaron de repente.
—Son capullos, casi todos —dijo apenado—. No sabrían distinguir su culo de una madriguera de conejo. Es patético. La mitad todavía mama.
Mac se espabiló y levantó la cabeza, inhalando el humo.
—¿Cómo va eso, jefe? —Doug se acomodó a su lado—. La cosa está un poco dura, ¿eh?
Lanzó una mirada hacia Digger, y apartó los ojos.
Estaban desparramados en un llano sin contornos, salvo que, de algún lugar, en la oscuridad, llegaba el olor del mar. No había cercas, ni alambradas, ninguna señal de los japoneses. Había movimiento, sí, una especie de desasosiego, como si un animal enorme se hubiera echado en tierra, y su aliento fuera un rugido amortiguado. Sin embargo, todo, los gestos, las voces, tenía un aire sumiso, como si los estuvieran vigilando y los japoneses, después de todo, estuvieran allí, donde no podían verlos.
Se hallaban a la intemperie, sin protección, amparados apenas por un acuerdo entre caballeros que un inglés había hecho en su nombre. Eso daba miedo.
—¿Qué pasa, Dig?
A menudo, Mac podía leerle a Digger el pensamiento. Lo miró por encima del hombro. La cara de Digger era un enigma.
—Nada —dijo Digger—. Sólo estaba pensando.
—Adiós a los penachos de la mesnada, ¿no? A las batallas que hacen virtud de la ambición —Mac tenía la voz cascada, agotada, pero conservaba algún eco de su viejo sentido del humor. Comprendió que estaban preocupados por él e hizo un esfuerzo.
A Doug le fastidiaban los giros literarios. Aspiró la última bocanada del cigarrillo y lo arrojó en un arco de chispas hacia la oscuridad.
—Adiós a los relinchos del corcel —recitó Digger, recogiendo el testigo donde lo había dejado Mac, en una voz despojada de sus habituales asperezas—, a la aguda trompeta y al tambor que agita el alma, al pífano atronador, a la bandera real, a toda calidad, orgullo, pompa y circunstancia de la gloria.
Levantó la vista después del final, algo tímido, pero en absoluto cohibido. Jugaban a aquel juego a menudo.
Mac sonreía de oreja a oreja, francamente encantado.
Era un tipo algo mayor, de treinta y ocho años. En casa, trabajaba en los tranvías. Vivía en Bondi Junction con su cuñada, Iris, que trabajaba en una pastelería (todo eso se lo había contado a Digger) y según Doug era un filósofo de la pradera, lleno de argumentos desquiciados y teorías y optimismos extravagantes que no tendrían validez ni en el Paraíso, por no decir en el lugar donde se encontraban. Traía la mochila repleta de libros y, en casa, cada semana compraba al menos una docena en los tenderetes y las librerías de viejo de la calle George. Su habitación estaba tapizada de libros hasta el techo.
—Este chico nunca falla —dijo Mac, invitando a Doug a admirar el fenómeno—. Increíble, ¿no?
Digger sacudió la cabeza. No era nada, un simple truco.
Doug estaba a punto de hacer un comentario irónico cuando otra voz intervino en la conversación.
—Vaya, yo conozco ese poema.
Era el amigo de Doug, por así llamarlo. Vic.
—Me alegra mucho, hijo —dijo Doug con sequedad.
Digger y Mac intercambiaron una mirada.
Vic era un chico grande, macizo, que no tendría ni veinte años y al que últimamente no se podían quitar de encima. Era de una aldea de mineros cerca de Newcastle, como Doug, y explotaba al máximo esa conexión. Acababa de graduarse del colegio y, hasta donde Digger podía ver, no tenía ninguna clase de experiencia. Trataba de disimular diciendo palabrotas y dándose aires de hombre fuerte. Digger no lo soportaba. Tampoco Mac lo tenía en mucha estima.
Vic tenía la mira puesta en Doug, pero por algún motivo era a ellos dos a los que les daba coba, y eso les resultaba aún más desagradable. Pero cuando se quejaban, Doug, que era todo generosidad, se encogía de hombros:
—Bah, es un buen chico.
Con todo, él mismo no dejaba de tomarle el pelo.
—No me digas —decía con falso asombro cuando Vic se echaba algún farol con la esperanza de impresionarlos.
Por lo general, seguía diciéndolo, y zozobraba él mismo.
—Os he traído algo —dijo ahora—, mirad.
Era una pequeña lata de leche Ideal.
Doug tomó la lata y la giró.
—Qué, ¿es el cumpleaños de alguien?
A Vic se le enrojeció el cuello. No la había traído por ningún motivo. La había conseguido para ellos, nada más. Esperó a que Doug aceptara la lata y la metiera en alguna parte.
—Gracias —dijo por fin Doug, y dejó la lata, demasiado visible, encima de su mochila. Vic lo interpretó como una invitación a sentarse con ellos en la hierba.
—Vaya, vaya —dijo—, con que aquí estamos, ¿eh? ¿Cuánto tiempo creéis que nos tendrán aquí?
—No lo sé —Doug le ofreció el paquete de Ardaths—. Hasta que acabe la guerra. ¿Tú qué crees?
—Oí que piensan intercambiarnos —dijo Vic—. Un tío incluso me dijo que enseguida.
—¡No me digas! ¿Lo has oído, Mac? ¿Y por qué quieren intercambiarnos?
—Por lana, según me dijeron. Quieren lana.
Doug soltó una carcajada.
—Pues van a tener que darles un montón de ovejas por nosotros —dijo, mirando la muchedumbre. Como crees que lo harán, ¿al peso? Yo saldría a cuenta, les tocaría una buena carga de lana. Pero ¿y Digger? En ningún caso valdría la pena cambiar a este cabrón enano por lana. ¿Cuánto pesas, Digger?
—Cincuenta y cuatro kilos —Digger rio.
—Ya lo estoy viendo —dijo Doug—. Va a ser como el día del juicio final. No sé si quiero estar presente.
—Vaya —dijo Vic incómodo—, de todos modos no es más que un chisme. Se dicen tantas cosas… No creo que lleguemos a eso.
—No —dijo Doug—, yo tampoco. Puedes respirar tranquilo, Dig, hemos abandonado el plan.
Vic los vio sonreír entre ellos. No era ningún tonto. Había pescado la mirada de Digger. Llena de desdén. Era Digger el que iba a darle problemas. Parecía poca cosa, a duras penas se fijaba uno en él; pero de los tres, era el que más le daba que pensar, y el que más tardaría en conquistar.
—Ojalá que se largara de una vez —pensaba Digger—. ¿No entiende que no lo queremos aquí? Lo arruina todo.
Vic era uno de los numerosos refuerzos que habían llegado recientemente a la isla.
Tres semanas atrás, todavía navegaban mareados desde Perth, con los bermudas anchos y las botas, los hombros cubiertos de ampollas, asomados a la barandilla para avistar peces voladores. Los habían embarcado recién reclutados, con la intención de entrenarlos sobre el terreno. La mochila y una semana de práctica con el rifle en el campo de tiro de Bukit Timar era la suma total de su experiencia como soldados.
El viaje, la aventura de salir de Australia, las historias que habían escuchado de boca de los viejos en bares de pueblo, tiendas y aserraderos, o de algún tipo mayor mientras las mujeres lavaban los platos de la comida del domingo, los habían catapultado hasta un clímax de impaciencia heroica, a una ansiedad que no habían llegado a mitigar los reglamentos del ejército ni los rigores del entrenamiento. Enardecidos, prestos a la batalla, habían desembarcado directamente en el campo de prisioneros.
Vic se lo había tomado como una afrenta personal. Desde las diez de la noche del domingo, todas las cualidades de las que se sabía poseedor no valían nada. Estaba entre hombres curtidos por la experiencia, aunque algunos, como Digger, fueran incluso menores que él. Pensarían que tenían derecho a despreciarlo, simplemente porque era joven, novato y no había tenido ocasión de probar sus agallas. Pero él no pensaba soportarlo. Conocía su propio valor muy bien.
Se sentó en cuclillas, mostrándose a gusto: tenía buen aspecto así, con las manos caídas sobre los muslos y el sombrero ladeado a la espalda. Sin embargo, no estaba a gusto nunca. Siempre había algo que lo fastidiaba. Era muy sensible al desprecio y permanecía atento y vigilante.
Entre tanto, Doug había encontrado un nuevo tema para desbarrar.
—Parece que Gordon Bennet está desaparecido. ¿No os ha llegado la historia? Se ha largado a casa en su propio bote de remos, dejándonos a los demás en la estacada. Sería típico, ¿no?
Doug tenía una opinión bastante pobre de la autoridad; los oficiales, los jefes, los secretarios advenedizos que tarareaban detrás de un escritorio y lo hacían sentir a uno como una mierda antes de ponerle el sello en el papel; todos ellos dispuestos a lamerle el culo a alguien o a darle una patada allí mismo, dependiendo de si ese alguien estaba por encima o por debajo en el escalafón; todos ellos, como el subteniente de los cojones que no tardaría en ir a requisarles los zapatos, decididos a aferrarse al más mínimo privilegio hasta el final.
—Típico —dijo Doug, y escupió en el suelo.
—Vaya, no lo sé —dijo Vic. Siempre tenía que decir algo—. ¿De verdad piensas que uno de los nuestros haría eso? Ya sé que es general y demás, pero ¿de verdad?
Doug no dijo nada, apenas lo miró enarcando las cejas. El silencio fue demasiado para Vic.
—¿Tú harías algo así? —le preguntó.
Doug se echó a reír.
—Qué, ¿estás majara? Claro que no haría algo así. Pero yo soy un jodido soldado raso, no puedo largarme a casa así como así. Para empezar, no tengo ni medio bote de remos. Mac tampoco puede, y Digger tampoco. Y tú menos. Pero ¿quién quita que lo hiciera si fuera general? ¿O tú mismo…? Vale, tal vez tú no, pero preferiría no jurar lo que no haría si tuviera siquiera una oportunidad. Vic frunció el ceño. No le gustaba el rumbo que tomaba la charla. —En todo caso —dijo—, es un rumor, nada más. Como lo de la lana, ¿eh? Todo el mundo dice lo que se le ocurre —hubo un compás de silencio—. En fin. Aquí estamos, ¿no?
Doug miró a su alrededor, y soltó un suspiro teatral.
—Qué sé yo —dijo—. ¿Cómo acabé metido en esto? Yo siempre fui un tío prudente. Nunca pisaba las rayas entre las baldosas, ni siquiera de mayor. Me cambiaba los calcetines dos veces por semana, no salía con chicas fáciles, ni pasaba por debajo de escaleras, ni delante de espejos rotos, ni cogía el papelito con el número si me salía el trece. No podía ser más cuidadoso. Si me cruzaba con un chino, corría a darle una moneda y volvía a salir corriendo para que me trajera buena suerte. Y después de todo eso, fui lo bastante capullo como para alistarme. Yo os pregunto, ¿por qué hemos hecho esto? Somos seres racionales, ¿no? Por Dios, me dije, van a mandarme a la guerra de verdad. A Grecia, o a Egipto, quién sabe a dónde. Y luego vienen y me mandan aquí. Tenía a Digger y a Mac conmigo. Y pensé: «Vale, todo bien. Noches tropicales. Bailarinas a gogó por diez céntimos. Chinos por todas partes. Esto te va a gustar, Douggy. Saldrá todo bien». Y ahora mira. Os lo pregunto, honestamente, ¿es normal? ¿Acaso alguno de nosotros sabe qué estamos haciendo, o cuándo diablos vamos a hacerlo? ¿Alguien lo tiene todo bien mirado y pesado? Y no lo digo sólo para que me den mi peso en lana —soltó una risa—. Ahora, que si acaba así la cosa, tenemos que empezar a engordar a Digger…
—Yo me siento bien así —rio Digger.
—Toma, colega —Doug dejó caer su mano enorme, cogió al vuelo la leche condensada y se la lanzó a Digger con un pase rápido—. Trágate eso, ¿vale? No te importa, ¿verdad, Vic? Digger es nuestro peso mosca local…
—Peso pluma —corrigió Digger, en aras de la precisión.
—Nadie en la unidad se atreve a tocarlo.
—¿Ah sí? —preguntó Vic, con un destello visible de desafío e interés. Estaba sorprendido. Digger parecía de lo más apacible.
—Lo malo es que no valdría ni medio ovillo si les da por lo de la lana. No serviría ni para hacer una percha, ni para la manga izquierda de un jersey de niño. Lo siento colega —le dijo a Digger—, pero creo que estás en apuros. Venga, dame eso.
Cogió la lata, le abrió dos agujeros con la navaja y se la tiró de vuelta.
—Gracias, Vic —dijo Vic, en representación de Digger.
Digger le dio un trago largo.