El gran mundo
Capítulo 3
Segunda parte
3
V IC les cobró cariño a los Warrender, y especialmente a Pa. Estaba encantado de poder manifestar sus instintos más amables. Desde siempre, había querido ser el hijo perfecto, y los Warrender se acercaban mucho a su idea de los padres perfectos. Dejó atrás el pasado, redescubrió una especie de inocencia y dio rienda suelta a su espíritu, recayendo en la pesadumbre de su propia naturaleza sólo a puerta cerrada. Su expresión se volvía entonces siniestra, y si la señora Warrender hubiera podido verlo se habría quedado de una pieza. Era una mujer nerviosa, que siempre estaba anticipándose a lo que pudiera salir mal, y nunca habría adivinado qué era lo que habían hecho para que aquel niño se sintiera tan desgraciado.
Los Warrender nunca dejaban de asombrarlo. Hasta entonces, Vic había llevado una vida demasiado dura, en la que no había lugar para el juego. Las partidas de póquer que jugaban sus padres, entre cervezas y humo de cigarrillo, habían sido duras también.
En casa de los Warrender, predominaba un espíritu de ruidosa exuberancia. Les gustaban los juegos infantiles, sobre todo de noche, con todas las luces apagadas y un montón de gritos. Incluso Ma echaba a correr, temeraria, sin zapatos y con el pelo alborotado, y gritaba aún más que las chicas. Ya las chicas eran bastante alocadas (los padres las alentaban a ser así), pero Ma las ganaba de calle.
La tía James, que según ella misma estaba demasiado mayor para esos «sobresaltos», permanecía sentada a oscuras en el comedor, riéndose entre dientes mientras Ellie, o Lucille, o Ma entraban de puntillas y se escondían detrás de su silla, y las luces se encendían y se apagaban en el vestíbulo, y empezaban las carreras, los tropezones y las fugas, que se llevaban por delante muebles y floreros, para acabar en aullidos de risa cuando el encargado de buscar gritaba:
—¡He cogido a Pa!
O a Lucille, o a Ellie, o a Vic.
La familia cultivaba además otros juegos y Vic, que era más bien mojigato, se veía a menudo puesto a prueba, y no siempre del modo que esperaba. En un comienzo temió que los Warrender lo encontraran demasiado áspero, hasta que un día Pa, sin ninguna vergüenza, se despachó a hablar de los pedos, y las chicas le siguieron el hilo y ampliaron el tema, e incluso a Ma le entró un ataque de risa.
El buen comportamiento y la compostura, tal como Vic los imaginaba, traían sin cuidado a los Warrender, y Vic nunca acabaría de acomodarse a su despreocupación. Les encantaba gastar bromas, a todos, cuanto más pesadas mejor, y ni siquiera la tía James estaba a salvo. Para todos, tomarse el escarnio con ecuanimidad y sentido del humor era una prueba de carácter. La primera vez que le gastaron una, Vic estuvo encantado, pero nunca se acostumbró del todo a que lo embaucaran y se burlaran de él. Con el tiempo, también concluyó que en las bromas había algo falso. Todos fingían tener piel de elefante, invulnerable a las pullas; pero, como él mismo había de constatar, se protegían unos a otros de las verdades que dolían de verdad, y todas esas jugarretas no eran más que una manera de disimular.
Para empezar, estaba Lucille. Vic no tardó en percatarse de que la mortificaban las excentricidades y las bromas salvajes de sus padres. En realidad, las detestaba. Era muy orgullosa, y Vic pensó al principio que por eso le mostraba hostilidad. Pero más tarde comprendió que sólo era hostil porque su familia estaba desnudándose demasiado ante sus ojos. Vic podía juzgar mal a Ma y a Pa, y acabar despreciándolos. La propia Lucille los despreciaba a veces, y se sentía culpable, pero, por orgullo, no podía permitir que los despreciara Vic.
En un comienzo, Vic se sintió halagado, pero luego comprendió que tendría que sacrificar su vanidad para que Lucille supiera que era de fiar. Porque, de hecho, así era. La lealtad de Vic hacia Ma y Pa no tenía fisuras. No podía ser de otro modo, sobre todo en el caso de Pa. El hogar entero reposaba sobre esa lealtad. Sus malos genios, sus caprichos, todo había que permitírselo y respetárselo. Ma se ocupaba de que fuera así, y también las chicas y la tía James, incluso Meggsie, pese a que a veces refunfuñaban. El señor Warrender era el tirano de aquella casa de mujeres. Y ellas lo mimaban y hacían alarde de mimarlo; pero los mimos eran un sucedáneo de algo que él ansiaba aún con más fuerzas y que no podía conquistar. Los arrumacos disimulaban el hecho de que no tenía ninguna autoridad real. Pa era demasiado inteligente para dejarse engañar. Y cuando había problemas en casa, y a veces los había, esa era la causa.
Era un tipo bastante peculiar. Pese a su generosa humanidad, no era expansivo. La gente, al verlo, asumía que era un alegre amante de la vida, y se llevaba una decepción. No era alegre en absoluto, y los juegos bruscos, las bromas pesadas, lejos de manifestar su descarnada vitalidad, pertenecían a una versión de sí mismo que él ansiaba pero no podía alcanzar. A menudo estaba taciturno; a veces, incluso parecía desmoralizado. Algunas noches, cuando no estaba de humor para el alboroto, se sentaba con el ceño fruncido y los ojos cerrados, mientras Ma o una de las chicas le masajeaba los hombros para aliviar el dolor que le ocasionaba estar encerrado en sí mismo.
Había pasado el día en un cuerpo a cuerpo con el mundo, y había salido exhausto y magullado. Necesitaba que unas manos suaves lo curaran. El hecho de que el cuerpo a cuerpo fuera mental no tenía importancia. Los resultados eran los mismos.
En realidad, se había pasado el día levantándole la falda a todo el mundo, como decía Meggsie, recorriendo la casa en busca de cosas que él o algún otro había puesto donde no era, hablando furioso por teléfono con abogados de la ciudad, con el ayuntamiento y con los periódicos, poniéndose de los nervios a causa de alguna trivialidad, hasta el punto de que no había podido sentarse a trabajar.
Nadie sabía del todo en qué tenía que trabajar, en caso de que hubiera podido sentarse. En ocasiones, se trataba de un libro sobre la historia del regimiento, en el que Vic suponía que debía figurar su padre y que le interesaba bastante. Otras veces, se trataba de «algo literario». Tenía un despacho y un escritorio, tapizados los dos en cuero, que habían pertenecido al padre de la señora Warrender. Pero en cuanto entraba por la puerta volvía a salir, en busca del sacapuntas, o la bolsa de tabaco, o el papel, o el tomo de Gibbon que había estado leyendo en el lavabo, o las gafas, o las botas viejas.
Una vez al mes, los «terribles viernes», como los llamaba Ma, tenía que comparecer ante la junta directiva de Needham y volvía exhausto, completamente agotado, convertido en una sombra. Asistía a las reuniones en un estado de absoluta irascibilidad. Escuchaba sin entender los informes sombríos de los auditores, y reescribía sin cesar en su cabeza los informes rabiosos de los vendedores, que estaban llenos de detalles irrelevantes y rodeos, de encuentros con directores de grandes tiendas y farmacéuticos y salones de belleza, y a todo esto, no dejaba de llenar de garabatos los márgenes de la página, de animales semiimaginarios y criaturas burlonas, delante de los ojos del presidente.
La reunión era objeto de burla al día siguiente y le daba pie para las imitaciones más extravagantes, pero mientras duraba era un tormento. Sabía que allí no era de ninguna utilidad, apenas un hombre de paja, convidado para redondear el número de asistentes y tener en escena a un miembro de la familia. Vivía avergonzado de la frivolidad de su comportamiento, pero no sabía qué más hacer. Se sentía humillado.
A Vic lo sorprendían dolorosamente las diferencias entre aquel cabeza de familia desconcertado y el hombre con el que había venido en el tren, en el que había hallado tanta masculinidad, sosiego y calidez. Sin embargo, siempre recordaría que en ese primer encuentro a solas, después de mirarlo de arriba abajo, Pa había tenido la generosidad de observar únicamente sus puntos fuertes, y le había concedido, pese a que Vic era apenas un niño, la plena medida de su potencial. Para Vic, era un asunto de sentimientos. El afecto y la lealtad que evocaba el recuerdo habían de perdurar.
Desde luego, él mismo se había presentado bajo la mejor luz posible. Era una oportunidad y no la había dejado pasar. Había engañado a Pa en alguna medida, pero lo que Pa había visto también era verdad: era lo que Vic, en lo más hondo de su ser, quena llegar a ser.
Tal vez, también Pa había aprovechado la oportunidad de mostrarse en su mejor versión posible. Como Vic no tardaría en descubrir, le había mostrado apenas las apariencias de su propia naturaleza, pero Vic comprendía el hecho y estaba dispuesto a no darle importancia alguna.
No quería analizar el asunto. Con Pa, podía retrotraerse hasta un estado de ánimo en el que esos primeros momentos en el tren se expandían y ocupaban todos los años por venir. La comprensión entre los dos, una vez establecida, no tenía mengua.
Además, todo aquello tenía otra dimensión. Las dificultades de Pa, en su opinión, le ofrecían la oportunidad de dar un paso adelante y hacer gala de las cualidades que el propio Pa le había asignado y que podían resultar útiles. Un día, Vic haría por ellos lo que debía hacer un hijo, lo cual probablemente era parte del plan.
Dentro de este proyecto tácito y más vasto, Vic entendía también que la tía James se negara a verlo como un extraño. Desde el primer día había dado por hecho que Vic era un miembro de la familia, y también, dadas las rarezas de la tía, que era un miembro secreto. El hecho de que tergiversara los detalles no tenía importancia.
—Tengo guardadas todas tus cartas —le dijo el primer día que estuvieron a solas. Yo sabía que regresarías. Me dijeron que halas muerto, Stevie, pero yo sabía que eso no podía ser verdad.
—Y no lo es, ¿o sí, cariño? —se rio y le clavó un dedo en las costillas, como si fuera una broma que él no fuera un fantasma—. En fin. Cuando menos tu hermana podría haberte reconocido.
Stevie era un hermano de la señora Warrender. Años atrás, cuando Pa y Ma estaban a punto de casarse, se había metido en líos, lo habían despachado a Nueva Zelanda y se había quitado la vida allí.
Vic se sentía incómodo. Era una locura, y además le daba repelús. La propia tía parecía un poco un espanto. Cuando jugaban al escondite evitaba el comedor donde ella permanecía sentada. Parecía que la oscuridad le aguzaba el oído, y también la vista.
—¿Eres tú, Stevie? —susurraba, en cuanto él se deslizaba de puntillas por el pasillo—. Ven a esconderte conmigo. No permitiré que él te encuentre.
Durante el día no era un problema. Podía tomárselo como una broma. Sin embargo, en la oscuridad, con las puntas del pelo gris de la tía iluminadas por el farol del jardín, oír aquella voz grave y cascada, enardecida, le daba escalofríos y, en ocasiones, se quedaba paralizado y ya no podía dar un paso.
Pese a toda la generosidad del señor Warrender, la tía James seguía siendo fiel a esa oveja negra de Stevie, y había aguardado su regreso durante más de veinte años. El señor Warrender lo sabía. Sin duda, no le hacía gracia. Pero lo aceptaba como otra excentricidad desconcertante de la anciana.
Así pues, cuando la tía decidió que Vic era el hijo pródigo que estaba de vuelta, el cuñado desterrado, sobre todo quería causar daño. Estaba reclutando a Vic en una alianza contra Pa.
Vic decidió (dado que todos lo hablaban tan abiertamente) que podía tomarse el asunto a la ligera, al menos en parte, y presentarse como una víctima de las locuras de la vieja, como lo era en realidad el señor Warrender. Sin embargo, no dejó de inquietarlo y reafirmó su determinación de no hacer jamás nada, pasara lo que pasara, que pudiera interpretarse como una falta de lealtad a Pa.
Las inconsistencias de la tía James le echaron una mano. En ocasiones, su mente retrocedía sesenta años en lugar de veinte y Vic se convertía en Bob, su propio hermano, un niño mimado y enfermizo que había muerto en un accidente montando a caballo justo a la edad que ahora tenía Vic. En ese estado, le sacaba la lengua y le arrebataba el pan del plato, gritando: «¡hoy te quedas sin pan, enano!», convencida de que nadie más podía verlos. O se inclinaba a su lado y le daba un pellizco doloroso, incitándolo a llorar y a chivarse.
Vic no sabía cómo reaccionar. Se sentía como un tonto, dejándose pellizcar por aquella vieja. Y ni pensar en pellizcarla a su vez. Sin embargo, las chicas, que habían aguantado las pesadeces de la tía desde que tenían memoria, se reían encantadas y pensaban que era muy divertido. Incluso a Pa parecía hacerle gracia, aunque le lanzaba una mirada de refilón: «Ya ves cómo son las cosas, amigo. A mí me pasa lo mismo. Pero ¿qué podemos hacer?».
Vic comprendió por qué las chicas sólo invitaban a casa a sus amigas cuando Ma les garantizaba que la tía James estaría encerrada en su cuarto, y por qué se habían mostrado tan inquietas a su llegada.
A Ellie no le había durado mucho. Pese a todo, era apenas una niña, por lo demás bastante hombruna y volátil, y estaba feliz de contar con un nuevo compañero de juegos que además era un niño. Fue a Lucille a la que tuvo que conquistar.
Lo consiguió renunciando a intentarlo, dejando que ella misma descubriera que era un chico sólido, absolutamente de fiar.
Tenían la misma edad, y también ella estaba encantada de tener un chico en casa, aunque por otras razones. Con trece años, estaba bastante desarrollada, o al menos eso creía, y era muy consciente del poder que ejercía sobre los demás, pero no dejaban de asustarla sus posibles consecuencias.
No se había planteado tener a Vic rendido a sus pies, pero él se había rendido por su cuenta. El pequeño juego en que él se había metido, de sortear las dificultades de su carácter, de impresionarla y darle gusto, se había convertido primero en un hábito, luego en un placer y después en una condena. No tardó en decirse a sí mismo que estaba enamorado de Lucille y, como de costumbre, empezó a incluirla en las visiones que acariciaba sobre su vida futura.
Lucille lo aceptó en un comienzo. Tenía la edad precisa para enamorarse y hablar con voz soñadora de la eternidad. Sin embargo, crecía más rápidamente que Vic, y él no conseguía seguirle el paso. Con más frecuencia de la que deseaba, Vic se descubría entregándose con Ellie a los juegos bruscos en los que todavía se deleitaba su parte infantil y se sentía herido cuando Lucille hacía una mueca y se burlaba de él.
Para cuando cumplió quince años, Lucille Warrender se había convertido en una joven exigente e imperiosa, con toda una tribu de admiradores. Vic no se dio por vencido cuando empezó a salir con otros chicos mayores. Sabía que aún le quedaban un par de años para crecer. Sin embargo, vivía en agonía, y ponía caras tan largas que Ma, que estaba al tanto de todo y le tenía cada vez más cariño, ya no sabía qué hacer. Pese a su aparente frialdad, Vic no era fácil de herir. Y tenía su vena romántica. Otros podían no darse cuenta, pero Ma sí. Y no sabía cómo echarle una mano.
En realidad, Ma le tenía miedo a Lucille, que en general le parecía demasiado adulta. Tenía una opinión demasiado elevada de sí misma. Podía pasarse días en medio de humores y caprichos y antojos femeninos para los que Ma no tenía tiempo. Luego, de repente, lloraba sin consuelo y quería que la arrullaran y la perdonaran otra vez. No era una cosa ni la otra. Por un lado, orgullosa, crítica, brutalmente cruel, no por su propia naturaleza, sino por inexperiencia. No se conocía a sí misma, ni sabía cómo actuar sin herirse ni herir a los demás. Y Vic era el que se llevaba la peor parte de los golpes.
—Después de todo no eres un extraño, ¿verdad, Vic? Hay confianza.
Fue con esas palabras que Ma entró en su habitación, como había de entrar muchas otras veces, para consultar algo con él.
—Contigo puedo hablar. Y Dios sabe que no puedo hablar con Pa ni con las chicas.
Porque no quería alarmarlos con sus temores.
Ma creía que, pese a su juventud, Vic era fuerte y práctico. Práctico era una de sus palabras preferidas, y uno de sus mayores elogios. Vic la escuchó satisfecho de sí mismo, sintiéndose fuerte, compacto, y también práctico, mientras Ma desgranaba sus visiones del desastre. Era la otra palabra a la que volvía una y otra vez.
Ma se preocupaba sin descanso. Con una revista en la mano, que podía ser The Bulletin o la London Illustrated News, que pescaba al vuelo para demostrar que tenía algo que hacer, y en la otra mano un cigarrillo que casi siempre olvidaba fumar, recoma la casa como un fantasma, inspeccionando las habitaciones que su madre había llenado de trastos y recuerdos de sus viajes en los días en que tenían cinco sirvientas: cristales de Venecia, cajitas, figurillas de porcelana, o de bronce, o de cerámica de Paros, a las que en esa época podían permitirse sacarles el polvo pero que ahora resultaban poco prácticas. Por deseo de Pa, y por sentido común, Ma lo había quitado todo de en medio, junto con los melancólicos muebles de caoba y las cortinas, la porcelana y los adornos misceláneos, y había decorado el lugar al estilo moderno.
El problema era que echaba de menos las viejas cosas. De repente, estiraba la mano en busca de un mueble conocido y comprendía espantada que no estaba allí. O ella y Meggsie pasaban media mañana revisando cajón por cajón en busca de un recorte de periódico que quería consultar, o de un manojo de violetas artificiales que podía usar en un sombrero, o de un pendiente para completar el par con otro que había vuelto a aparecer después de siete años, y descubría con un estremecimiento que lo había dejado en uno de los cajoncitos laterales de uno de los muebles que había llevado a vender a Lawson.
Era la casa de sus padres. La casa donde había crecido. Y pese a todos sus discursos sobre lo que resultaba más sensato, ahora sentía que, en realidad, había intentado desterrar de allí a los espíritus de sus padres. Se sentía avergonzada. Nunca tendría que haberlo hecho. Y de todos modos había fracasado.
Cuando se detenía en la ventana del gran salón, mirando hacia la fábrica, su padre volvía a estar a su espalda en la habitación. En su cara había un gesto feroz, estaba esperando, y no con mucha paciencia (siempre fue un hombre áspero, y no había tenido educación), que ella le diera una explicación. ¿Qué había sido de su espléndida empresa?
La señora Warrender anticipaba la respuesta. «Pero, por Dios, papá, ¡estamos en 1936!». (Como si el avance que eso suponía frente a 1919, el año de su muerte, pudiera contrarrestar las otras cifras, que iban todas a la baja). «Estamos en medio de una depresión».
Por supuesto, nada de eso tenía sentido. «Yo tendría que haber sido un chico», se decía, y también se lo decía a Vic. «Al menos me habrían enseñado a hacer algo al respecto». Pero el niño había sido Stevie y su padre lo había desterrado en un arranque de moralismo que había de resultar fatal, destruyendo la posibilidad. ¿De quién era la culpa entonces? ¿Y por qué se sentía ella culpable?
Se paseaba por la casa con sus medias de seda, elegante pero sin arreglar, y, como solía quejarse Meggsie, se aparecía de la nada, salvo que uno alcanzara a oler el humo del cigarrillo.
—¡Válgame Dios! —exclamaba Meggsie, cuando ella acudía a la mesa de la cocina, deseando hablar con alguien del último problema con las chicas—. ¡Menudo susto me ha dado!
Meggsie también tenía hijas: dos de ellas infelizmente casadas y la tercera todavía juntando el ajuar. Conocía a Lucille y a Ellie desde que eran bebés. Eran sus niñas mimadas, se ponía siempre de su parte y no le parecía que supusieran el menor problema.
Sin embargo, la señora Warrender no quería dejarse convencer. Como de costumbre, e ignorando el manifiesto desagrado de Meggsie, se dirigía al armario, sacaba un cuchillito y la ayudaba a pelar las manzanas mientras daba vueltas a la historia.
Meggsie se ponía que echaba humo. Le gustaba hacer las cosas a su manera, que no era la de la señora Warrender. Ma se ponía nerviosa y se alteraba, y más de la mitad de la manzana que estaba pelando acababa en la basura. Si en vez de manzanas eran guisantes, acababa comiéndose al menos uno de cada vaina. Al final, Meggsie ya no podía más. Era diez años mayor que Ma, y partía de la base de que la propia Ma era una niña. Le quitaba el cuchillo, o el saco de guisantes, y decía:
—Ahora, présteme atención, querida. Pare ya de darle vueltas a todo y deje que las cosas se arreglen solas. Que la naturaleza siga su curso.
A la señora Warrender le entraba terror. Sabía bien qué curso solía seguir la naturaleza. Eso era precisamente lo que la horrorizaba.
—Las dos son buenas chicas. De verdad, no sabe cuánta suerte tiene. Confíe en mí. Nunca le he fallado, ¿verdad?
La señora Warrender permanecía sentada un momento más. En realidad, se sentía más tranquila. Tal vez fuera porque, por unos minutos, había estado trabajando con las manos y se había ocupado de algo real. O más bien por la luz que entraba en la cocina, esa luz que le había encantado desde que era niña, en la época en que venía a hacer pastelitos de carne en el horno. O por la propia Meggsie, por el ritmo que imponía a las cosas. Era un ritmo distinto del que había en el resto de la casa, que le resultaba demasiado frenético, o bien demasiado laxo: tendría que hacer algo al respecto, pero ¿qué? Esa parte trasera de la casa, tan fresca, era un alivio, y se descubría deseando que Meggsie, que era tan posesiva, no la hubiera convertido en su territorio. Habría estado encantada de trabajar allí a sus órdenes, pelando patatas, cortando verdura, metiendo las manos en el agua grasienta, haciendo de sirvienta en su propia casa. Pero Meggsie, tan cortés como insistente, no veía el momento de que saliera de allí.
—Ahora vaya y ponga los pies en alto en el porche, querida. Le llevaré una buena taza de té. Estoy muy ocupada. Tengo que vérmelas con el budín. Si no, dentro de poco, no habrá budín.
La señora Warrender se marchaba más tranquila, pero se sentía desterrada.
—Ojalá —solía decir— mi padre me hubiera mandado a clases de mecanografía o me hubiera puesto a trabajar de dependienta. Al menos sabría hacer algo y no me tratarían como una tonta. ¡Uno no nace inútil!
Al cabo de poco tiempo, comenzó a abordar a Vic en el pasillo en cuanto llegaba a casa, y más tarde acabo por ver en su estampa maciza y a veces grave una especie de equilibrio que, en su opinión, procedía de la «experiencia» (¿cómo podía pensar eso, con la edad que tenía Vic?). Se colaba en su habitación a las horas más intempestivas, se instalaba en el borde de la cama y empezaba a desgranar sus inquietudes.
A veces, mientras hablaba, empezaba a recoger y a enrollar distraídamente los calcetines tirados por el suelo, o las camisas, o los calzoncillos. En una ocasión se llevó un calcetín a la nariz y lo olfateó: no parecía ofendida, sino más bien satisfecha. Otras veces abría y cerraba los cajones del armario, revolvía las cosas, se cercioraba de que estaban bien dobladas. No estaba espiando, y Vic lo sabía, porque ni siquiera miraba las cosas. Se contentaba con tocarlas y asegurarse de que una prenda era de algodón y otra de lana y había tantos pares. Eso le ayudaba a ordenar los pensamientos y restablecía, de manera maternal (dado que los calcetines, las camisas y los calzoncillos eran asunto de las madres), su intimidad con Vic.
—El señor Warrender —le decía—, Pa, es un hombre maravilloso. No hay nadie más amable ni más generoso… Y la gente no se entera. ¡Fíjate en cómo se ha portado con la tía James! Pero, como todos nosotros, tiene sus limitaciones. No puede hacer milagros. Y ellos esperan demasiado de él.
Vic guardaba silencio, mirándola pasearse por la habitación, preguntándose por qué planteaba el caso como si fuera un abogado defensor delante de un jurado invisible y Pa estuviera en el banquillo.
Al principio, apenas podía escuchar y morderse la lengua, porque era demasiado joven y no estaba acostumbrado a las confidencias. Sin embargo, no dejaba de preguntarse quiénes podían ser ellos. ¿Los padres de Ma? ¿La tía James, Meggsie, el señor Fíicks? Concluyó entonces que Ma estaba mal de la cabeza, o de los nervios, o tal vez era una histérica. Durante un tiempo, asumió una actitud risueña y cultivó en secreto cierto cariñoso desprecio hacia Ma.
Pero, a medida que conocía el hogar, decidió que ella era la única que en realidad se preocupaba por las cosas. También él se preocupaba, y Ma lo notaba y se lo agradecía. Cuando empezó a hacerse mayor y a ser más responsable, sus pequeños «complots», como los llamaban, se convirtieron en conversaciones serias sobre los asuntos de la familia, que abarcaban la gestión de la fábrica, los préstamos, las tasas de interés y las finanzas. Ma sabía más de lo que aparentaba acerca de los préstamos y demás. Y compartía con él lo que sabía. Los negocios andaban mal: ese era el quid del asunto. Y era eso a lo que se enfrentaba Ma.
Los Warrender no se daban aires de nada: eran demasiado elegantes para eso. Les habría dado vergüenza exhibirse en la opulencia mientras tantos otros se hundían en la miseria. Habían ido y venido en el mismo coche, un Hup gris, durante quince años, que todavía se arrancaba con manivela. La casa era bastante grande, pero buena parte se hallaba en mal estado y la mitad de los cuartos permanecían vacíos salvo cuando jugaban al escondite. No tenían ninguna otra sirvienta aparte de Meggsie. Las chicas se habían criado con la creencia de que eran pobres y se habrían vestido con andrajos si Meggsie no hubiera metido mano.
Era todo una especie de póliza de seguro, una concesión a su destino. Para la mayoría de la gente, no eran pobres. Pero podían llegar a serlo. En esos tiempos, la pobreza se dejaba caer de un día para otro. Ma conocía a otras personas empobrecidas y tenía miedo. La asustaba no conocer la pobreza, ni saber cómo podría afrontarla, llegado el caso.
Vic sí la conocía y podría habérselo dicho, pero ¿qué habría ganado ella con eso? Además, él habría tenido que revelar lo que quería ocultarles a todos, incluida Ma.
De vez en cuando, al regreso del colegio, encontraba a un hombre en el patio de la fábrica, cortando leña para el caldero de Meggsie. Con el paso de los años, fueron chicos que apenas eran mayores que él. Cortaban leña porque no tenían trabajo.
El desconocido apoyaba el hacha en tierra y, con el sudor oscureciéndole las axilas y resbalándole por la nuca, se pasaba la mano por la frente empapada y asentía bajo el sombrero grasiento. Se notaba que algunos no estaban acostumbrados a cortar leña. Lo hacían fatal.
Eran hombres sin trabajo, soldados que llamaban a la puerta trasera buscando algún quehacer: cortaban la leña, o limpiaban los canalones y las tuberías. Meggsie estaba autorizada, o así lo había asumido, a darles algo, casi siempre un pan mojado en salsa o un bol de sopa. Con el trabajo, se les reconocía que se lo habían ganado, era un guiño a su orgullo de hombres y a su insistencia en que lo que buscaban era trabajo, no caridad. Meggsie los reconocía de lejos. Podrían haber sido sus hijos, o sus hermanos. De todos modos, no los perdía de vista.
Esos hombres, esos chicos casi adultos que hacía apenas unos meses habían sido dependientes o empleados de las navieras o mineros, lo rondaban como espectros. Los hombros se le hundían con sólo verlos. Lo invadía un sentimiento de humildad. A veces, después de quitarse la chaqueta del colegio y arremangarse la camisa, salía a cambiar con ellos un par de palabras. Un par nada más, pero en un lenguaje que conocía.
Casi siempre les entraba vergüenza. Vic no les hablaba con tono de jefe, pero parecía estar allí a sus anchas. ¿Quién era? ¿Qué quería? No tardaban en desear que se marchara y los dejara trabajar. Vic percibía que algo se endurecía en su alma, algo que él había rozado y había ofendido, y sabía qué era pero no podía evitarlo. Buscaba excusas para rondar por el patio con las manos en los bolsillos, pateando guijarros bajo los abetos.
Lo peor era cuando encontraba a alguno inclinado sobre la sopa de Meggsie, sentado más lejos, comiendo.
Aquellos hombres le daban miedo. No era un temor físico, pues pocas cosas le inspiraban ese temor. Pero se le estremecía el alma, se ponía a sudar. Estaban por todas partes: merodeaban en la puerta del cine sin un céntimo en los bolsillos, los más atrevidos todavía con suficiente morro para silbar a las chicas; abarrotaban las colas en la calle. Había que recorrer hasta el final una de esas colas desordenadas y tornadizas para descubrir qué era lo que los atraía, adelante, allá. En realidad, Vic no quería saberlo, pero presentía que había hecho algo indebido. Se había salvado tan fácilmente. Estaba en el sueño equivocado.
Salió con una chica por un tiempo, no con una de las amigas de Ellie y Lucille, sino con una chica que había conocido en un baile. Vivía en Granville y trabajaba como dependienta en la ciudad. Tenía dos hermanos mayores desempleados, el padre era también parado, sabía taquigrafía y podía mecanografiar cien palabras por minuto, pero sólo había conseguido trabajo vendiendo pintura en una ferretería. La cosa no iba a ninguna parte pero a Vic no le importaba, porque le gustaba mucho: era entusiasta, se sentía segura de sus habilidades y estaba muy orgullosa de sí misma porque tenía empleo. Toda la familia dependía de ella.
Sin embargo, una noche tórrida, cuando fue a buscarla al tranvía, como hacía a veces, la encontró llorando y ella no quiso hablar con él, apenas echó a correr con sus tacones altos, gimoteando, y cuando Vic le dio alcance lo apartó de un empujón.
La habían despedido. Por volver tres minutos tarde a la hora de la comida. Hacía tanto calor que otra chica y ella se habían detenido un momento en el parque y se habían sentado al borde de una fuente para bañarse los pies y dejar que las salpicara el agua. ¡Tres minutos! En un arrebato de confianza, animada por la parada en la fuente, que borboteaba todavía en su interior, trató de defenderse, y el gerente las echó a ambas, ¡aunque la otra chica no había dicho ni mu! Estaba inconsolable. Lo miraba sin hablar. ¿Acaso no lo entendía? ¿Era tan estúpido que no se daba cuenta?
La enfurecía que, en su vanidad, él diera por hecho que podía apaciguar su ira, cuando ni siquiera podía entenderla.
Había perdido el único palmo de tierra donde todavía podía elegir. Esa pérdida, y la vergüenza de haber permitido que la echaran, habían apagado la luz en su alma.
Vivían en un mundo gobernado por fuerzas que no reparaban en las vidas comunes y corrientes, y a medida que las cosas iban a peor, Vic comprendió que los temores de Ma, que en un comienzo le parecieron exagerados, eran reales. A su alrededor, hombres y mujeres se precipitaban hacia la cloaca sin salvación.
De la noche a la mañana, descubrió que unos amigos de los Warrender, una familia próspera que parecía a salvo, habían estado viviendo del aire. El padre, que era abogado, acabó en prisión. La madre y los hijos, un niño y una niña, se mudaron a Melbourne.
El cerco estaba estrechándose. Por consideración con Ma, y también con Pa, Vic empezó a trabajar, con absoluto pragmatismo, para salvarlos. Pa era demasiado sensible y nervioso para ser un hombre de negocios. «Pues bien», se dijo Vic, «sensible no soy. No puedo permitírmelo. Los negocios se me darán bien. No soy tan melindroso».
Al principio pensó que tendría que serlo; que esa disposición a ensuciarse las manos ganando dinero demostraba que incluso sus más finos instintos eran brutales. Pero, cuando lo miró con más calma, empezó a preguntarse de qué servía tanta fineza si lo incapacitaba a uno para actuar: era en el terreno de la acción donde pensaba demostrar sus méritos.
Empezó a revaluar la brutalidad. No era más que el deseo de salir adelante, y la visión obstinada de lo que había que hacer para lograrlo.
Para empezar, había que ver las cosas tal como eran. No servía de nada confiar en la gente a cuenta de virtudes que no tenían. La mayoría eran egoístas. Sus motivos no eran nobles, sino rastreros. Ese era el punto de partida. Uno tenía que actuar siempre con nobleza (y así lo haría él), pero no podía esperarla de otros.
No era un chico susceptible. Podía soportarlo. Los tiempos se habían encargado de revelarle claramente en qué mundo vivía. No ser demasiado exigente podía resultar ventajoso cuando pintaban bastos.
La visión de «los cambios» que Pa le había dado el primer día lo alentaba en la fe; era conmovedora, y si Vic hubiera empleado alguna vez el término, también la habría llamado poética. No era un hombre sin ideales, ni sin imaginación. Pero eso no le impedía ver los procesos mencionados en su más cruda forma física: como fenómenos naturales sujetos a estrictas leyes químicas y, asimismo, si hacía falta, sujetos a la cuenta de resultados.
La cuba lo había fascinado desde el primer momento: fría, misteriosa, con su enorme tonel redondo y las hileras de remaches, y los tubos que subían por todos los ángulos, y todo el aire alrededor en actividad, bullendo y recalentándose. Día y noche, nunca paraba de canturrear, pero no sólo fabricaba el jabón, las barras blancas y puras que circulaban por las cintas transportadoras camino de las chicas que las envolvían y las empaquetaban en la otra habitación, para subir luego a bordo de los camiones, rumbo a los grandes almacenes y las farmacias y los salones de belleza donde las manipulaban las vendedoras, y regresar finalmente convertidas en el dinero que Pa hacía retintinear en los bolsillos y repartía los domingos en la paga semanal y que Ma usaba para llevar la casa. No, la cuba también fabricaba algo más, y de ese algo también dependía su subsistencia. Era una dínamo que producía energía, y esa energía sorteaba el patio y animaba todas las pequeñas acciones y reacciones que componían sus vidas cotidianas. (Por supuesto, no era literal. Vic pensaba ahora, como habría dicho Pa, en términos «poéticos»).
Desde la ventana de su dormitorio, Vic contemplaba el patio oscuro con la tranquilidad que le daba aquel tenue resplandor que canturreaba sin cesar. Lo veía incluso dormido. Enorme y ominoso, pero también gratamente conocido. La energía de la cuba daba alas a sus sueños.
Por las tardes, después del colegio, se colaba en la fábrica para «incordiar» al señor Hicks. Sin embargo, Hicks había constatado ya que era serio y no iba allí sólo para examinar los tornillos y las tuercas con curiosidad infantil, y estaba encantado de enseñarle cuanto sabía. Se notaba que era un chico inteligente. Y además tenía imaginación. Pensaba a lo grande.
—Esa es una buena pregunta —le dijo un día a Vic, mascándose el bigote—. Si conociéramos la respuesta, amiguito, ganaríamos millones.
—¿De verdad? ¿Millones?
Hicks hizo una pausa. Por lo visto, Vic se lo había tomado literalmente. La palabra millones significaba para él algo bastante preciso.
—Bueno, millones es una exageración —dijo—. Pero digamos que empezaríamos a pisar bastante fuerte.
Eso no bastaba para Vic. Para empezar, tal vez. Pero ¡millones! Almacenó el dato, que era todavía una pregunta, en el fondo de su memoria. Ya trabajaría en ello.
Hieles no alcanzaba a ver que, incluso si uno se lo tomaba literalmente, cuando Vic decía millones no pensaba sólo en dinero. Estaba evocando una envergadura, antes que una cantidad. Un acto de esas proporciones, en su opinión, borraría cualquier brutalidad hasta volverla insignificante.
Todavía le escocía detectar en sí mismo esa cualidad negativa. Pero había decidido no ignorarla y, en cambio, sacarle provecho, dentro de un propósito encomiable. Cuando menos, actuaría por un buen motivo. Estaría haciéndolo por ellos; toda ganancia personal sería un mero beneficio. Pagaría su deuda una y mil veces. ¿No era esa acaso una acción noble? ¡Millones! Incluso Meggsie quedaría impresionada.
Nunca dejaba de mortificarse, de cuestionarse sobre su propia naturaleza. Nunca dejaba de percibir, de cuando en cuando, aquel brillo delator en los ojos de otros, que le advertía que no se había salido con la suya: pese a sus aires arrogantes, lo habían descubierto. Le proporcionaba un placer oscuro, que no tenía explicación. Una y otra vez, se sentía atraído hacia la única persona que no se había dejado engañar, que no había sucumbido a las tretas con que conquistaba a la gente.
Desde luego, no cejaba en su empeño. No era natural. Pero una parte de él ansiaba que se le resistieran.
Lo que buscaba era una verdad de la que no pudiera burlarse nadie.
El primer día, cuando el señor Warrender lo llevó a la cocina para presentarlo, había comprendido que con Meggsie tendría que estar en guardia siempre.
—¿Vic, dices que te llamas? —dijo Meggsie, sopesándolo de arriba abajo—. Pues ten cuidado con pisarme el suelo con esas botas. Acabo de fregarlo.
Ésas fueron las primeras palabras que le dedicó. Vic miró el suelo. Era de linóleo, con grandes cuadrados blancos y negros, como un tablero de damas.
—Vic será muy cuidadoso —le aseguró Pa, pero la mirada de Meggsie lo hizo vacilar.
Vic entendía el verdadero mensaje, porque hablaban el mismo idioma.
«¿A que nunca habías visto un suelo así?», era lo que quería decir. «Ni tampoco unas botas iguales, te apuesto a que no. Pues este suelo es mío, y aquí mando yo. En cuanto a las botas, mejor que no se te suban a la cabeza. No sé si logras engañar a los demás, pero a mí no me engañas».
No era un ataque, apenas una advertencia. Por el gesto de regocijo, se notaba que lo observaría con gran interés, pero sin darle cuartel jamás. Tenía que pensar en las niñas. Y los niños no le gustaban.
Vic se lo había tomado con calma. No valía la pena tratar de ganarse a Meggsie. Se daría cuenta al instante. Conocía el mundo del que venía Vic y también la mugre del cuello de sus camisas y de los puños, porque los había lavado ella misma, y el estado de sus sábanas. Entablaron una especie de juego. Un juego que no habrían podido entender los Warrender. Un duelo de bromas, vigilante y belicoso por parte de Meggsie, y sin embargo no falto de afecto. «Te conozco, jovencito, he conocido a muchos otros granujas como tú. Eres como un libro abierto para mí, te lo aseguro».
En lo que tocaba a Meggsie, Vic estaría siempre en libertad condicional. Eso era todo.
Aparte del señor Warrender, al que le guardaba la más fiera lealtad, Meggsie sólo tenía pensamientos para otro hombre. Se trataba del actor Sessue Hayakawa. Vic lo conocía, porque también su madre lo había tenido entre sus favoritos.
—Es un sueño —decía Meggsie a Vic y a las chicas cuando iban a comer a la cocina.
—Yo pensaba que era japonés —decía Vic burlón.
—Pues es todo un caballero. Que es más de lo que puedo decir de usted, señorito, mírese esas manos —se refería a las uñas de Vic, que no estaban limpias, pero a Vic le avergonzaba tener las manos tan grandes y las escondió—. No le llegas ni a los tobillos.
—A los tobillos japoneses —susurró Vic (era para que lo oyeran las chicas) y soltó una risita. Pero a las chicas no les pareció gracioso. Se lo habría parecido hace un año, pero ahora sólo Ellie se rio, por lealtad, y Vic se sintió algo lerdo.
—Es tan elegante —les confió Meggsie, y Vic tuvo una imagen del amante repeinado, cruel, parsimoniosamente atento con el que ella debía de soñar, y que estaba en los antípodas de los que había conocido en carne y hueso, como habría dicho ella misma: «de los tíos de por aquí».
«Sí, claro», pensó Vic, «pero a él nunca ha tenido que cambiarle las sábanas».
«¿Qué opina ahora Meggsie de su galán?», escribió en una carta a casa después de que los japoneses atacaran Pearl Harbour, todavía resentido, al cabo de tanto tiempo del feo que le había hecho Meggsie, poniéndolo en desventaja delante de Lucille. Habían de pasar cuatro años antes de que recibiera la respuesta.