El gran mundo
Quinta parte
1
A MODORRADO todavía por la siesta de la tarde, en calzoncillos, Vic se cubrió un pie desnudo con el otro y apoyó el codo en el muro polvoriento. El auricular del teléfono se le escurría de la mano. Dejó caer la cabeza, sacudiéndola sin esperanza de un lado a otro. Alrededor del vetusto teléfono colgado en la pared, había anotaciones indelebles en lápiz, números, nombres (algunos eran de caballos), un corazón irregular que alguien había garrapateado mientras esperaba, con una gota de sangre violeta escurriendo de la punta. Al fondo del pasillo, un locutor narraba una carrera.
Se hallaba en una de las pensiones para hombres de Surry Hills. Lo llamaron al teléfono justo antes de cenar.
Le habían pillado tendido en la cama, bajo el sofoco del calor, con las piernas abiertas y la mente en blanco, el cuerpo como de papel (un tipo de una serie de tíos idénticos, recortados en una hoja de papel doblada), y había estado tentado de gritar «¡no estoy!», pero luego se había levantado trastabillando, aún medio dormido, se había rascado la cabeza y se había llevado el auricular a la oreja. Era Ma. Llamaba todos los viernes por la noche y todos los viernes sostenían la misma conversación de tres minutos.
Claro que quería que volviera a casa; pero, después de la primera vez, nunca volvió a intentar persuadirlo o presionarlo. Seguía llamando cada viernes a la misma hora y Vic, a menudo a regaña dientes, contestaba la llamada. Ma era lista y tenía una paciencia infinita. Andando el tiempo, él acabaría por tirar la toalla e iría a casa. Ma lo sabía, y Vic también. Entre tanto, ella seguía aguantando, tan bien como podía.
Ir a cenar el domingo: era una invitación abierta, y sería una sorpresa para Pa; no había presión alguna, pero cada domingo lo invitaba. Sí, uno de estos domingos, le prometía Vic, pero seguía dándole largas.
Volvió a la habitación y se tendió en la cama todavía en blanco. Se quedó mirando el estampado del techo, con los círculos dentro de los cuadrados, y dentro de los círculos, las flores de lis.
En los últimos años, la población de la ciudad prácticamente se había duplicado, y el gran salón de la casa, con sus ventanas de guillotina y sus techos de tres metros, había sido dividido con tabiques para hacer habitaciones más pequeñas (Vic no sabía cuántas), cada una con su bombilla desnuda colgando del techo, el armarito, un lavamanos y un camastro. El gran espacio vacío entre las particiones y el techo anulaba cualquier intimidad. Los otros tíos se pasaban la noche tosiendo, o parloteando, o pasando las páginas de un libro de Zane Grey, o revolviéndose en los somieres oxidados y gruñendo dormidos. Y uno acababa participando en sus sueños, quisiera o no.
Ganaba suficiente dinero y podría haber alquilado un cuarto propio sin dificultad. Sin embargo, no conseguía dormir en un cuarto propio. No se lo habría confesado a nadie, ni siquiera a Digger, pero era incapaz de pasar solo toda la noche. Una vez, para probar, había tomado una habitación en un hotel y se había despertado con un sudor frío, presa de un pánico que no conseguía contener. Tuvo que salir a la calle y sentarse en un banco con las putas, delante de un tenderete de pasteles.
Las contigüidades del lugar, la indiferencia, la desesperación apagada de los otros, que eran casi todos mayores que él, eran ideales, y le sentaban de maravilla. Y también su empleo.
Había pasado seis meses en el oeste del país, vagando de pueblo en pueblo y haciendo toda clase de trabajos. En uno había sido jardinero, y en el siguiente había puesto cercas. De Bathurst había ido hasta Orange, y luego a Moree, a Walgett, hasta cruzar el límite de Queensland. Quería olvidarse de sí mismo por una temporada, pero al final había acabado por regresar. Ahora, el ayuntamiento le había dado empleo como peón de carreteras y esparcía gravilla desde lo alto de una apisonadora, envuelto todo el día en el sofoco y el olor del alquitrán. Era un trabajo feroz, sobre todo bajo el sol de diciembre. Tenía las manos negras y encallecidas. Las salpicaduras del alquitrán le levantaban ampollas. Algunas noches, sentía que se le habían desencajado los brazos. Pero eso era justamente lo que quería.
Había vuelto a casa, era un hecho. Y lo aceptaba. Sin embargo, su propia terquedad, una indignación profunda que se negaba a abandonar, lo mantenían prisionero, no de un lugar, sino de una condición. No quería verse libre de esa condición. Implicaría aceptar por fin que lo que le habían hecho había terminado y podía quedar atrás, y eso jamás podría aceptarlo.
Había vuelto, y podía disponer de lo que quisiera, un cuarto propio, una chica, una vida normal, como decía Ma. Pero elegía no tener nada. Ese derecho a elegir, incluso si la elección iba en contra de sus propios intereses, le resultaba capital. Llevando la vida que llevaba, lo que le habían hecho «allá» (las privaciones, las humillaciones, los abusos a los que lo habían sometido) parecía un atropello mucho menor. «Habría podido escogerlo yo mismo, ¿entiendes? Como ahora».
Pero también, por orgullo, había elegido no permitir que los Warrender lo vieran en ese estado; por mucho que lo quisieran, ni por todas las concesiones que estuvieran dispuestos a hacer. No quería que las hicieran. Cuando volviera a verlos, quería ser otra vez el mismo de antes. Esas eran sus condiciones.
En los últimos días en el campamento, había recibido cartas de Pa y Ma y Ellie, y también una de Lucille. El estilo lo había enfurecido de inmediato, porque pretendía restarle peso a lo que tenía que contar y era totalmente afectado. Estaba casada, esa era la noticia. Con un yanqui. Y tenían un niño.
Vic había aceptado los hechos. A los hechos les tenía un gran respeto. Sin embargo, no había aceptado la conclusión. Como todo lo que le había pasado, eran el resultado de las circunstancias extraordinarias de la guerra y, en esa medida, eran también accidentales. Él había escogido no ser una víctima de esos accidentes, ni en ese caso ni en ninguno. Con el tiempo, revertiría los hechos, pero sólo cuando se sintiera lo bastante fuerte para manejar las cosas con su poderío anterior. Hasta entonces, tendría que esperar.
En su mayoría, los otros huéspedes de la casa eran borrachínes. Se los encontraba en el oscuro pasillo, o en los escalones de la puerta, con su botella de oporto dentro de la bolsa de papel marrón, y a veces se quedaban parados en mitad de la escalera, tambaleándose. «Buen día, hijo»: no podían decir más. Sin embargo, un par de ellos eran tíos mayores bastante respetables, que no tenían adónde ir. Se habían quedado viudos, tenían un hijo o una hija que no podía acogerlos en casa; o bien, no habían tenido familia nunca. Leían los periódicos, se interesaban por las carreras e intercambiaban libros de misterio baratos. Para ellos, esa vida era normal. Nunca lo miraban preguntándose qué hacía allí. Daban por hecho que era igual que ellos, salvo que unos años más joven.
Evitaba a sus conocidos, o trataba de evitarlos; pero a veces, cuando le entraba el pánico, buscaba el alivio de una voz familiar. Salía temblando de la pensión y llamaba a alguien. Casi siempre a Douggy, dado que Douggy estaba ya asentado; con menos frecuencia, una o dos veces, quizá, a los Warrender, con la esperanza de que contestara Lucille. La mayoría de las ocasiones, le bastaba con marcar los números y oír el timbre del teléfono. Con eso podía volverse a dormir. O esperaba a que contestaran y se quedaba escuchando un momento, demasiado avergonzado para hablar.
Pero había otras veces en las que sólo podía recurrir a una persona, y esa persona era Digger.
Aguantaba hasta más no poder. Odiaba esa especie de dependencia, y le resultaba incomprensible. Pero tarde o temprano se daba por vencido y salía en busca de Digger. Una vez, lo encontró en The Cross. La siguiente, tuvo que hacer autoestop todo el camino hasta Hawkesbury, para llegar a Keen’s Crossing.
En cuanto tenía a Digger delante, regresaba. Empezaba a temblar, tanto que una vez pensó que tenía una recaída de la malaria; era algo físico. Sin embargo, no había sido la malaria y, después de un rato, se tranquilizaba, lo invadía una profunda calma, que arrullaba su espíritu y podía permanecer con él durante días, como si Digger le hubiera impuesto las manos.
No entendía por qué le ocurría eso. Se sentía conmovido, y agradecido, y quería demostrarlo de algún modo, pero Digger no necesitaba nada que él pudiera darle y, en su opinión, a duras penas se enteraba de lo ocurrido. Tenía paciencia con él, pero también guardaba sus distancias. Vic se sentía herido. En ocasiones, lo sobrecogía un deseo de amar al mundo y ser generoso con todos que quebraba algo en su interior; algo que, lo sabía, debía quebrarse. Entonces, vagaba por ahí con las manos vacías, como un borracho, o como un loco, con el corazón a flor de piel y la sensación vertiginosa de hallarse en posesión de dones que podían aflorar y declararse por sí solos, y así tenía que ser, en cuanto encontrara a alguien dispuesto a aceptarlos.