El gran mundo
Capítulo 15
Sexta parte
15
V IC había ido esa tarde con Brad, su chófer, lo cual no era habitual. De vez en cuando, salía de su despacho a dar un paseo a pie y entraba en un pequeño café que había en el pasaje, para sentarse a solas con sus pensamientos.
No era un lugar animado. Lo habían dejado tal cual desde los cincuenta, cuando el café expreso había hecho su debut y una máquina Gaggia que echaba chorros de vapor, una vista de la bahía de Nápoles y un mostrador de linóleo en forma de riñón con taburetes altos cifraban la promesa de que, al menos en otra parte, existía la dolce vita. A Vic le gustaba aquel local sin pretensiones, donde buscaban refugio las mujeres cansadas de hacer compras y algunos hombres mayores de ojos vidriosos.
Las mujeres parecían rameras, al menos la mitad de ellas. Le ponían tres o cuatro cucharadas de azúcar al café y sorbían haciendo ruido, sin perder por eso la dignidad. Vic se acomodaba en una esquina, sintiéndose invisible, pese a que el traje caro lo hacía bastante evidente. La invisibilidad estaba dentro de su cabeza, pero surtía efecto en la gente y rara vez se le acercaba nadie.
Un día, el viejo camarero que salía de vez en cuando del mostrador para pasar un trapo húmedo a las mesas se le plantó delante en mangas de camisa y delantal. Tendría unos sesenta y tantos y era un tío de aspecto curtido con un mechón de pelo blanco.
—No me reconoce, ¿verdad? —le dijo, con una sonrisita que lo hacía parecer muy joven.
Vic tuvo la impresión de que lo conocía, pero no pudo asociar la cara a un nombre ni a un lugar.
—Soy Félix —añadió el hombre—. Trabajaba para Needham. Hace tiempo. En los camiones. Con Alf Lees. Seguro que se acuerda.
Vic lo recordó. Era un recuerdo feliz. Desde la mudanza a Turramurra, todo lo que le evocaba la vieja casa de Strathfield y la fábrica lo hacía feliz. El hombre se sentó frente a él sin esperar la invitación (estaba en su café, después de todo) y le susurró:
—He visto que viene a menudo por aquí.
Cambió de lugar las dos botellas de salsa, el salero y el pimentero y los puso en hilera.
—Quiero pedirle un favor —dijo—. Tengo un hijo, es un buen chico, de verdad, quiero decir que es honesto. Pero no para quieto. Su madre no hace más que sufrir. Me preguntaba si usted, con sus contactos… si podría echarle una mano, ¿sabe? Entiendo que es un favor grande.
Evidentemente, eran más palabras de las que solía pronunciar de un tirón.
A Vic lo impresionó tanta franqueza. No le había dado coba. Le había hablado de hombre a hombre, dando por hecho que eran iguales, salvo por unos pocos millones de dólares: Vic aceptaba esa igualdad con gusto. Le había hablado también como padre, y eso le conmovió. Así que contrató al chico como chófer.
No le cayó muy bien. Era un joven que tenía una elevada opinión de sí mismo. Se pasaba el rato mirándose en el retrovisor, y le encantaba lo que veía allí. Tampoco era muy listo, y no lo sabía. Hablaba demasiado, y casi todo lo que decía eran estupideces. Sin embargo, a Vic le caía muy bien Félix, y ahora, cuando se pasaba por el café, Félix salía de detrás del mostrador, traía su propia taza y se sentaban a charlar un rato.
Era un hombre triste. Había sido chófer de una empresa de camiones después de dejar la fábrica, pero se le había deteriorado la espalda: por eso se había perdido la guerra. Después tuvo un quiosco de periódicos, camino de Lidcombe; tras la jubilación, había invertido su dinero en el café. Se había casado tarde y sólo tenía un hijo.
—En realidad me ha ido bastante bien —decía, sin pararse a pensar— que a su interlocutor le había ido bastante mejor.
Se tenían confianza. Pese a que nunca tocaba el tema, Vic sentía que en sus conversaciones se quitaba de encima una parte de lo que no podía decir sobre Greg. El vínculo entre ellos eran siempre las dificultades entre padres e hijos, aunque nunca había salido a la luz que Vic tenía también uno.
Pero Brad no tenía los sentimientos refinados de su padre y por eso a Vic no le caía bien. Era un egoísta cabeza hueca, que creía que la amistad de Vic con su padre era mérito suyo y la mencionaba inoportunamente y de una manera que ofendía a Vic, que no llegaba a decirlo por el afecto que le tenía al padre.
No necesitaba un chófer y salvo en ocasiones especiales prefería conducir un coche más pequeño. Casi siempre, Brad llevaba y traía a Alex. A Alex le gustaba trabajar en el coche, y Brad, que era muy pagado de las apariencias, sentía que a él mismo le confería cierta importancia (era como estar en una película) llevar a un pasajero que usaba el dictáfono y hacía llamadas; aunque, por supuesto, el jefe era Vic.
La tarde que se dirigió a The Cross, Vic había ido con Brad en el coche grande. Quería que sus huéspedes se lo pasaran bien: eran dos japoneses con los que acababa de firmar un jugoso contrato y un sueco. Almorzaron en un buen restaurante italiano de Darlinghurst, bebieron a discreción y luego los visitantes, sobre todo uno de los japoneses, que había oído hablar de The Cross, expresó su deseo de echar un vistazo: a las tres de la tarde, les advirtió Vic, no habría mucho que ver. Le indicó a Brad que fuera a dar un paseo, digamos de una media hora, dejaron el coche en la calle Kellet y se encaminaron bajo el sol a la terraza de un café.
The Cross no le hacía ninguna gracia y sólo iba allí en ese tipo de ocasiones. Durante la guerra de Vietnam, se había transformado en un parque de diversiones para soldados americanos de permiso, y aunque esa última reencarnación se había agotado con la guerra, la sordidez y el oportunismo infeliz de esos años habían marcado una pauta que el barrio se ocupaba de seguir. Las calles olían a la desesperación del trópico, a los campos de batalla que, en esos días, se hallaban apenas a horas de distancia. Los chicos que desembarcaban con sus camisas hawaianas recién salidas de la lavandería traían pegado al cuerpo el olor a miedo de la guerra.
Ahora el barrio estaba lleno de chicos tontos de los suburbios y equipos de fútbol del campeonato interestatal; también de turistas que, como los japoneses, querían descubrir si en el país había algo más que trigo, lana y cereales y un puñado de fenómenos naturales que para una parte de la población eran lugares sagrados y para el resto, si los recordaban alguna vez, una especie de Disneylandia geológica.
La guerra había terminado, pero el bar Silver Dollar y la Taberna de Texas seguían en pie. Y los locales de striptease, y los teatros de cine X, las galerías de tragaperras, los restaurantes de comida rápida, los adivinos con sus mazos del Tarot y sus mesas con manteles de terciopelo; y los que pululaban por las esquinas, y los que simplemente miraban, y los camellos que vendían esta o aquella droga; y en los callejones desbordados de basura, acumulada sólo en parte en bolsas de plástico, las jeringas y otras pruebas de lo que allí ocurría, incluidos en alguna ocasión los propios cuerpos. Por la calle, a la luz del día, paseaban sus heridas chicas de botas y leo tardos, algunas ya mayores y otras que no eran del todo chicas; los chicos se juntaban en la fuente del parque, o en el bar del Rex, en camiseta y pantalones de paracaidista.
Estaba todo más venido a menos. Los peces gordos que vivían del barrio eran invisibles. Si los periódicos no mentían, Vic incluso tenía trato con algunos en el mundo de los negocios. Jamás aparecían por allí. Sin embargo, sus agentes merodeaban por las calles, pavoneándose bajo el sol, y el barrio entero era un espectáculo entre corrupto e inocente, como si incluso la corrupción pudiera ser un fraude, concebido para embaucar y deslumbrar. Pero también eso era mentira.
Había corrupción, sin duda alguna. Algo de lo que había rondado a todos esos chicos llegados hasta allí para librarse por unos días del terror y las carnicerías había ido extendiéndose hasta infectarlo todo, y la proximidad de la muerte, para los que sabían olería, se sentía con más fuerza en The Cross que en cualquier otro lugar de la ciudad. La muerte allí era barata, común y corriente: y también eso, lo supieran o no, atraía gente.
Las multitudes venían a admirar aquella feria de fenómenos, a conocer de primera mano, por un rato y también por un precio, lo prohibido y lo peligroso; a ser testigos de los tratos que se cerraban mientras la bolita rebotaba en la máquina del millón y las luces se encendían y cambiaban los números; a oír a los charlatanes que anunciaban el castigo o la inmediata limpieza y curación; y ver los lomos de kebab girando en su propia grasa en un pincho; o a los chicos de los gorritos blancos tras el vaho de las ventanas, sucios y enharinados hasta los codos, amasando pizzas.
Se instalaron en una mesa de la terraza y pidieron café. Los huéspedes de Vic volvían los ojos en todas direcciones.
A unos pasos calle abajo, había cierta conmoción. Un joven andrajoso con la cabeza afeitada por encima de las orejas, el pelo con pinchos, botas pesadas y camiseta con tirantes, tocaba la flauta dando brinquitos en el asfalto, y un terrier blanco y negro danzaba en torno a sus pies y ladraba. Su chica lo aguardaba con la cabeza contra la pared, con las piernas de par en par en el asfalto deteriorado.
Tres macarras con chaquetas de cuero habían resuelto meterse con ellos. El perrito les lanzaba mordiscos y los tíos lo pateaban una y otra vez. El joven de la flauta, que traía puestos mitones, apartaba el rostro como un niño, creyendo que si no los miraba sus verdugos desaparecerían.
En el asfalto había una gorra con unas monedas. Uno de los tres patanes se agachó, sacó un puñado de monedas de la gorra, les dio la vuelta en la mano y las repartió carcajeándose entre sus colegas.
La chica soltó un insulto y cuando el chico de la flauta no hizo nada aparte de seguir tocando, empezó a darle puñetazos en las piernas. Los macarras, que ya se iban, se volvieron para disfrutar de la escena: el tío seguía tocando mientras la chica le daba una paliza. Se reían otra vez a carcajadas. El terrier fue tras ellos, pero reculó en cuanto amagaron con patearlo y se conformó con los ladridos.
El chico y la chica discutieron un momento, luego ella volvió a la pared y él empezó a bailar con sus grandes botas, tocando ahora una tonadilla aguda e indómita y haciendo gestos y señales a los transeúntes, que se apartaban cohibidos. Finalmente, dejó de tocar, recogió la gorra, se la vació en una mano y se la puso en la cabeza, y llamó luego al perro, que acudió corriendo. La chica se arrodilló en el suelo para levantarse y echaron a andar hacia donde estaban Vic y sus huéspedes.
Entonces, Vic lo reconoció.
Más de siete años, desde la última vez que lo había visto. Tenía muy mal aspecto: llevaba el pelo teñido, y un pendiente; las botas, los tirantes, pero también los hombros encogidos, nerviosos, hacían pensar en un niño de seis años que había padecido las palizas de un adulto brutal o enloquecido. Cuando llegó a la altura de la mesa se quedó helado y, luego en un momento, sonrió de oreja a oreja, con una sonrisa inane y algo traviesa, y Vic observó que había perdido los dientes delanteros. El chico vino directamente a su mesa y extendió la gorra.
La mano enfundada en el mitón estaba mugrienta. El antebrazo desnudo parecía la barriga de un pez, entre blanca y azul. A su espalda, la chica daba vueltas y balanceaba la cabeza con los ojos cerrados. El terrier blanco y negro daba saltitos.
Los visitantes se palparon los bolsillos en busca de monedas. El sueco, estirado y aristocrático, trató de desentenderse de aquella muestra de miseria local. Estaba asqueado, evidentemente, y también algo asustado. No comprendía las reglas de ese país en el que, hasta donde sabía, no había mendigos.
Los japoneses sonreían divertidos. Uno dejó caer en la gorra un billete de cinco dólares, y Greg se llevó el dedo a la sien con un saludo socarrón.
Vic no se había movido. No se sentía humillado ni avergonzado delante de aquellos hombres. No significaban nada para él. En realidad, se sentía colérico, sobre todo con el sueco. Lo enardecía ese asco de dedos limpios con que había dejado caer una moneda en la gorra, como si la propia gorra y el brazo que la sostenía hubieran salido de la nada, y lo que había más allá no fuera digno de su atención.
El chico era todo insolencia. Con la sonrisa distraída y los movimientos infantiles que hacía con la cabeza, parecía rehusar toda responsabilidad en los acontecimientos y aceptarlos sin resistencia. Se tomaba el momento con tanta ligereza que parecía ingrávido, y Vic volvió a verlo otra vez bailando, brincando en el asfalto como un títere que no estaba ligado a nada por ningún hilo.
«Pero está ligado a mí», pensó Vic, y lo sacudió el impulso repentino de ponerse de pie y decirlo en voz alta, a gritos, sin más, con toda la dignidad que pudiera conjurar, pero si hiciera falta también sin ella. Quería decirlo abiertamente, sin que su corazón dislocado pudiera ya refugiarse en el orgullo, tal como se lo estaba diciendo a sí mismo:
«Esto era lo que yo temía, lo que me veía venir y sabía que no podría evitar. Ahora ha sucedido».
El sol centelleaba sobre la mesa, en los bordes de los vasos, encendía las esquinas de los edificios, chapoteaba en las ventanas, iluminaba las hojas más altas de los árboles a su alrededor. Eran las tres de la tarde. No era un sueño.
No dijo una palabra. Sin alzar la vista empezó a sacar la cartera y los otros se quedaron pasmados al ver que, antes que la hubiera abierto, el mendigo o músico o lo que fuera ya se la había arrancado de las manos con una risita: la abrió de par en par, sacó dos o tres billetes (eran de veinte, ¡no, de cincuenta!) y luego, con otra risotada, se la lanzó de vuelta.
Había una comisaría de policía a menos de cincuenta pasos. Era increíble.
Vic no alzó la vista ni una vez. Lo que no podía afrontar, aunque lo imaginara con toda claridad, era el gesto en el rostro del chico.
El chico: ya había cumplido más de treinta. Un gesto desafiante, pero impreciso, como de conejito, como si él mismo estuviera conteniendo a otro tío que llevara dentro y que estaba intoxicado por la droga que tornaba sus ojos color azul hielo y los hacía mirar hacia dentro, dibujando en esa boca la sonrisita.
Greg se quedó allí un momento más acariciando satisfecho los billetes. Luego perdió la seguridad, se dio la vuelta, agarró a la chica, que seguía balanceándose en el asfalto, y se la llevó del brazo.
Los otros estaban perplejos. No entendían qué ocurría, qué clase de intimidad vergonzosa o extraña costumbre local les había sido revelada, y Vic tampoco se explicó. Le tenían sin cuidado. Se levantó trastabillando, cogió la cuenta y pagó dentro en el mostrador, y los huéspedes tuvieron que salir tras él.
Encontraron el coche. El chófer, cucurucho de helado en mano, se paseaba de arriba abajo por la acera para no perderlo de vista. Había que tener los ojos abiertos en esos barrios: esa era su manera de ser listo.
Se olió enseguida que algo había salido mal. Después de que dejaran al sueco y a los dos japoneses, echó una mirada inquisitiva al retrovisor, sin detenerse esta vez en su propio reflejo. El Viejo Tratante (así llamaba a Vic para echarse un farol con los colegas) estaba repantigado contra el cristal. Parecía que le hubieran dado una paliza. Brad volvió la cabeza para que el viejo le viera algo más que la nuca. Era una pregunta.
Vic volvió entonces a la realidad y le ordenó que lo llevara a un lugar adonde no lo había llevado antes, mucho más allá de Kuringgai Chase, hasta una especie de tienda a la orilla del Hawkesbury donde Brad pasó horas enteras rascándose la barriga. Una anciana muy rara y casi calva le ofreció una taza de té y, cuando Brad estaba bebiéndolo, sin ningún motivo aparente, montó un escándalo, empezó a decir locuras y le arreó un golpe en el hombro.