El gran mundo
Capítulo 12
Sexta parte
12
D IGGER se enteró de la ruptura con Greg por Ellie. Vic no se lo habría contado jamás. Al comienzo, no perdía ocasión de hablar del niño. Siempre traía noticias de lo prometedor que era el chiquillo, tímido, sí, quizá algo dependiente (había demasiadas mujeres en casa), pero lleno de inquietudes y con nociones propias y bastante inteligentes acerca del mundo. El propio Vic era joven. Y lo traicionaba el orgullo de padre. De repente, se callaba avergonzado y despachaba el asunto con una carcajada. Sin embargo, las cosas cambiaron, y después de cierto momento sólo habló de Greg con amargura. En los últimos años, ni lo nombraba. Digger se quedó sin palabras cuando se enteró de aquel último episodio. Ellie no quería quejarse, pero se le notaba el sufrimiento.
—Está castigándose. Pero ¿por qué? ¿Por qué? Es lo último que quiere que pase y va y lo hace. Es como si quisiera evitar que se lo hagan a él, ¿sabes? Eso es. Tú lo conoces, Digger… Es eso, ¿no? Se lo hace a sí mismo. «Lo he hecho yo», eso es lo que se cuenta, «no me lo han hecho a mí». Y aprieta los dientes con ese gesto horrible que tiene. «La vida es así. Hay que aguantar. Hay que tener carácter». Todo por algo que él mismo ha hecho.
Tomaban el té en un reservado de madera, en un local de un pasaje. Digger pensó que habían hablado abiertamente de Vic muy pocas veces, aunque estaba presente en casi todo lo que se decían, como una sombra en los márgenes. Ahora, les resultaba doloroso.
—Tú lo conoces, Digger, explícamelo —dijo Ellie. Parecía desesperada.
—Yo no lo conozco —se descubrió diciendo Digger, y se arrepintió al instante. Era verdad, y era lo que sentía en ese’ momento, pero parecía una traición. Vio lo sorprendida que estaba Ellie. Él también lo estaba.
Vic no habría podido contarle a Digger la escena con Greg porque no había nada que contar. Había sido una discusión como las otras.
Vic culpaba a Greg de la forma que adoptaban sus discusiones. Lo único que sabía hacer Greg era recitar los eslóganes que había aprendido de sus amigos, ni una sola palabra era propia o personal, y esto, sentía Vic, condicionaba lo que él decía en respuesta, que era igualmente impersonal y no estaba menos fuera de lugar.
No habían sabido hallar una manera de hablar que les permitiera decir la verdad o mostrar sus sentimientos. Así pues, todas las veces recaían en frases que ya habían dicho antes. Greg proclamaba su desprecio por el estilo de vida de la familia y las cosas en las que creían: las rechazaba sin paliativos y no quería tener nada que ver con ellos. Vic se lo echaba todo en cara, también a gritos, y sin creerse más que a medias sus propias palabras. Sabía muy bien lo resbaladizos que resultaban términos como disciplina y respeto por uno mismo cuando uno los empleaba con demasiada crudeza, pero acababa usándolos así. A Greg le faltaba carácter, estaba más que dispuesto a vivir de lo que decía despreciar, incluso sus propios amigos se reían de él cuando repetía como un loro sus opiniones y salía corriendo tras ellos, imitando en todo a este o al otro, sin ninguna voluntad ni personalidad propias. El enfado de Vic era real, pero los argumentos que había esgrimido eran los mismos que en otras ocasiones. No había ninguna razón, al menos en apariencia, para que esa fuera la última.
Esa vez, sin embargo, Greg había querido decir algo muy distinto, pero por pura perversidad, o por ese orgullo del que su padre no lo creía capaz, no había llegado a ponerlo en palabras. Su padre lo habría escuchado aún con más sorna si él se hubiera animado a pedirle amor.
También Vic quería decir algo bastante diferente. Quería contarle que había cosas en su vida que, en cuanto se detenía a mirarlas, le daban pánico.
Habría sido un alivio ponerlo en palabras, pero también se pondría en evidencia, y no creía que debiera mostrarle a su hijo sus propias debilidades.
Además, si ponía en palabras sus temores, les concedería un lugar en el mundo, donde podrían crecer, fortalecerse y volverse en su contra. El deseo de guardárselo todo dentro, de mantenerlo en secreto y bajo control, bastaba para hacerle guardar silencio, aún con el riesgo, ahora patente, de perder el control de lo que se hallaba en el centro de sus temores, a través de Greg: su propia vulnerabilidad.
No, no se habían dicho nada nuevo. Habían repasado las acusaciones de costumbre, de uno y otro, y al final no habían dicho nada. Salvo que esa vez Greg le tomó la palabra, o decidió guardar la suya por orgullo. Y se fue de casa.
Un jueves que Iris planchaba en el salón, con la tele encendida para que «le hiciera compañía», tocaron al timbre. Eran pasadas las nueve, así que los vecinos no se atreverían a llamar.
Digger, que leía en su cuarto, levantó la vista con las gafas en la punta de la nariz. Vio salir a Iris al pasillo; al cabo de un momento, la vio en el umbral del cuarto con Vic. Iris enarcó una ceja. Digger conocía muy bien ese gesto.
También él estaba sorprendido. Pensó que debía de pasar algo serio. Sin embargo, Vic no dio explicaciones. Parecía muy animado y de hecho estaba algo borracho y traía encima tres botellas de cerveza Cooper’s Ale. Iris las recibió y, después de lanzarle otra mirada a Digger, fue a traer vasos, y Vic entró en el cuarto como si hacerles una visita fuera lo más natural del mundo. Digger tardó en habituarse a su presencia.
Recordó la primera vez que Vic había aparecido en el Crossing y se había ido a merodear bajo los pinos, y Jenny había ido a señalárselo con el dedo. También entonces se había sentido un poco invadido.
La impresión se había ido disipando. Y Vic se había convertido en parte de su vida en el Crossing. Sin embargo, ahora volvía a sentir el eco de esa visita. ¿Por qué, después de tanto tiempo, se había tomado el trabajo de irrumpir en casa de Iris?
Si Vic reconoció algún signo de frialdad en Digger, no dio muestras de ello. Cuando Iris, con la excusa de la plancha, los dejó solos creyendo que la visita obedecía a algún motivo especial, echó una mirada alrededor del cuarto y dijo:
—Qué agradable. ¿Todos estos libros son tuyos?
—No —dijo Digger, y dobló las gafas—. No todos. —Y luego, porque todavía estaba irritado—: Casi todos son de Mac.
¿Era la primera vez que salía a la luz el nombre de Mac? Digger no estaba seguro. De cuando en cuando algún nombre aparecía en la conversación. Habría sido inusual que evitaran ese. Pero, desde luego, lo habían hecho.
Hubo un compás de silencio. Digger oyó ruidos entre las ramas del níspero, afuera. Las zarigüeyas. A veces incluso entraban en la casa y les robaban una fruta del bol sobre la mesa de la cocina. Dejaban el suelo cubierto de huellas.
Digger se arrepintió de haber abierto la boca. Había hablado por despecho. Vic tomó un libro del estante, lo abrió y leyó el nombre impreso en la guarda, como si necesitara una prueba. O quizá para retorcer el cuchillo en la herida. No iba a encontrar el nombre de Mac. Prácticamente no estaba en ningún libro. Otros nombres sí, y Digger, siendo Digger, podía haberle hecho una lista. El negro del «Narciso», que por casualidad era el libro que estaba releyendo, había pertenecido a Janet Dawkins en el último curso del Instituto Randwick para Chicas, en 1936. Mac lo había comprado en una tienda llamada Tyrrell. Podía citar así docenas de nombres, centenares.
El que Vic tenía en la mano era una vieja edición de Tennyson encuadernada en cuero. En la cubierta había una plaquita de cobre:
Para el señor John Darnell
De
B.J. Checkley
10 de mayo de 1889
Y debajo:
El corazón noble vale más que la Corona.
La fe sencilla más que la Sangre de los Normandos.
Vic lo leyó serio, cerró el libro y lo devolvió al estante.
Dio una vuelta por la habitación, con el ceño algo fruncido. Quizá sentía la opresión de todos esos volúmenes abigarrados en los estantes, o se preguntaba cuántos tendría que abrir antes de encontrar uno (y había uno, un viejo libro de álgebra del colegio) en el que figurara I. R. McAlister.
Una vez en el salón, se sentó en el brazo de un sofá y cruzó las piernas con descuido. Al principio estuvo callado, pero muy pronto recobró el buen ánimo. Iris apagó la televisión y quiso llevarse la tabla de la plancha, pero Vic insistió en que no hacía falta, de hecho le encantaba que estuviera planchando allí. Con algo de embarazo, dado que apenas lo conocía, Iris siguió humedeciendo las fundas de las almohadas, los pañuelos, un delantal y una camisa de Digger, y el olor a calor y a humedad colmó la habitación.
Desconfiaba del visitante, que había resuelto seducirla, y lanzaba miradas de reojo a Digger para ver si él se daba cuenta. Sin embargo, acabó por relajarse y empezó a pasárselo bien. Vic conocía mil cuentos graciosos y la sorprendía con sus dichos raros y anticuados. No se había esperado algo así, a juzgar por lo que le había contado Digger. El propio Digger estaba sorprendido. Ya no había ni rastro de aquel momento en el cuarto, de aquella otra cara de Vic. Digger descubrió que tenía muy poco que decir y se quedó aún más callado.
Vic, pensó Digger, estaba restableciendo una especie de orden interno, subsanando algún revés que había tenido en el mundo, que había empañado la imagen que tenía de sí mismo, y por eso buscaba la aprobación de Iris.
Digger nunca lo había visto cortejar a una mujer. Nunca le había visto ese despliegue de encantos, esa concentración de sus energías, de todo su interés, con que lograba que una mujer fuera consciente de sí misma. Prestaba a Iris una atención absoluta, que casi podía palparse. A Digger, que lo conocía tan bien, le fastidiaba que Iris se hubiera rendido tan fácilmente.
Cuando acabó de planchar, Vic se levantó de un salto y la ayudó a doblar la tabla. Ahora quería que tocara el piano.
En los últimos tiempos a Iris le costaba tocar. Tenía artritis y se le inflaban los nudillos de los dedos. Sin embargo, tomó asiento, y Digger pensó que hacía años que no la veía tocar con tanta soltura, con tanto sentimiento.
Eligió a Schubert, uno de los compositores preferidos de Digger, y mientras tocaba se volvió hacia él un par de veces y le sonrió; con todo, era evidente que tocaba para Vic y, una vez más, Digger sintió una punzada de celos. Era tonto, lo sabía, pero no tenía remedio.
Vic estaba muy callado, con la cabeza agachada, y por alguna razón Digger volvió a pensar en Mac, y en que era una tontería sentirse herido, de hecho, sentir nada distinto de lo que transmitía la música: paz y unidad. Remota, misteriosa, y sin embargo llena de un sereno optimismo, lo transportaba a uno a la esencia de las cosas.
—Francamente, Digger —le dijo Iris más tarde, cuando logró sonsacarle por qué había estado tan callado. Se sonreía en secreto. No le molestaba que se hubiera puesto celoso—. ¿Piensas que yo me creería toda esa palabrería? Es un donjuán. Si una mujer le pasa por delante, se lanza detrás de ella. Aunque sea una vieja como yo. No tiene nada de malo.
Digger seguía callado.
—Me ha molestado —dijo por fin— que apareciera aquí sin más. Se invitó él solo. Yo no tuve nada que ver.
Esperó. Aguardaba a que Iris le comentara qué había visto ella, qué había sentido, para explicarse lo sucedido, dado que él no podía explicárselo; pero Iris apartó el rostro y no dijo palabra.
El pelo de Iris, tan abundante cuando la había conocido, empezaba a ralear y todavía no era del todo gris. Digger sentía particular apego por las pecas que tenía en la frente, y esa área justo debajo de la línea del pelo donde su piel era casi transparente y se le veían las venas. La acarició con las yemas de los dedos, y ella volvió la cabeza y sonrió. Digger sabía que la preocupaba ya no ser guapa. Eso era lo que pensaba ella.
—No vino a contarme nada, ¿sabes? ¿Por qué crees que vino? Iris lo miró.
—Porque se siente solo —dijo al cabo de un momento—. No tiene adónde ir. — Digger se quedó mirándola. Iris prosiguió con ligereza—: Tal vez su novia lo ha dejado.
Lo dijo sin pensar. Al instante comprendió que no debía haberlo dicho.
—¿Cómo? ¿Qué novia?
—Eh… Ahora dicen que está con Susie Stone.
—¿Quiénes dicen eso?
—Los periódicos, claro.
Digger seguía inmóvil. Estaba digiriendo lo que había oído.
—¿Quién es Susie Stone? —dijo por fin.
Estaba atónito, pero sobre todo a causa de Iris. ¿Cómo estaba enterada? A veces le asombraba que tanta gente estuviera al tanto de las cosas que pasaban en el mundo y él no supiera nada de ellas. También le sorprendía cuánto había cambiado Iris, para no escandalizarse ya por esa clase de cosas. Durante tres años, antes de casarse, Ewen y su esposa, Jane, habían vivido juntos, e incluso habían tenido un niño. Había sido uno de los pajes de la boda.
—Susie Stone es una diseñadora —le dijo Iris—. Hace ropa deportiva. Es bastante conocida… entre los jóvenes.
—¿Crees que Ellie lo sabe? —preguntó Digger.
—Supongo que sí, claro. No creo que sea la primera. Es lo que te dije antes. Se le nota a la legua. Cualquier mujer lo notaría.
Vic volvió de visita algún que otro jueves, y Digger acabó viéndolo en Bondi Junction con más frecuencia que en Keen’s Crossing. Empezó a traerle regalos a Iris, igual que se los había llevado a Jenny, pero Iris, que no desconfiaba de él como Jenny, entendía la intención del gesto y se entusiasmaba con los regalos y con las visitas. Vic estaba encantado. Elegía muy bien cada regalo. Y eso se notaba.
Digger nunca se acostumbró del todo a verlo allí, pero aceptó finalmente que los coqueteos a los que se entregaba eran inofensivos, cuando menos con respecto a Iris, y que el verdadero motivo para ir a verlos era el que ella le había revelado en la primera visita: a veces, no tenía ningún otro lugar adónde ir.