El gran mundo
Capítulo 8
Tercera parte
8
L A posesión más preciada de Digger, dado que él no había recibido más que una breve nota, eran las cartas que le había dejado Mac. Las llevaba encima muy bien dobladas, de campamento en campamento, y había conseguido salvaguardarlas de todas las requisas.
Desde luego, se las sabía de memoria. No era difícil, para alguien que podía recitar obras de teatro enteras y los nombres y los números de los soldados de toda la unidad. En las cartas, había apenas unos cuantos centenares de palabras. Pero las propias palabras no lo eran todo.
Leerlas consumía tiempo. Eso era lo importante. Los dobleces y los pliegues habían quebrado las páginas, y la humedad había corrido la tinta, dificultando la lectura. Cada vez que las sacaba, y sobre todo si tenía las manos mojadas y temblorosas, corría el riesgo de estropearlas. Sin embargo, le gustaba contemplar las hojas desdobladas, sentir su peso (a pesar de lo ligeras que eran) en la palma de la mano. Hasta las manchas habían cobrado importancia.
Y el color de la tinta, que variaba de una carta a otra, incluso de una página a otra de la misma carta, de modo que podía verse, o adivinarse, en qué punto Iris había soltado el bolígrafo a mitad de una frase para ocuparse de otra cosa. Las palabras no era lo único que leía, no.
Cerraba los ojos e imaginaba que llamaban a la puerta de Iris. Era el chico de la panadería, tal vez, con una cesta bajo el brazo y las hogazas tibias cubiertas por un trapo. (Digger arrancaba la punta de una hogaza en cuanto se distraían y se la llevaba a la boca. Ah, qué delicia). O si no, eran los niños que la llamaban. Ewen andaba buscando sus calcetines para el fútbol (¿todavía no se han secado?) o Jack quería otra piruleta de coco. Digger dejaba que su mente vagara a sus anchas. Por las historias de Mac, sabía lo suficiente para ir y venir por la casa. Era una manera de volver, y había varias.
No le gustaba empacharse. Leía una sola carta cada vez, y se tomaba su tiempo. Sin embargo, había días que necesitaba empacharse, y entonces leía las cinco de un tirón, y las volvía a leer.
Resultaba un poco extraño. Dado que las cartas ya existían en su cabeza desde antes que empezara a leer, tenía que seguir un proceso, simultáneo pero no del todo, que consistía en olvidarse de cada palabra justo antes de que apareciera en el papel, de modo que pudiera redescubrirla una vez más.
Así debía de ser tocar música. Pese a que uno hubiera tocado mil veces la misma pieza, y los dedos la conocieran de memoria, había que vaciar la mente y olvidar la siguiente nota, para que los dedos, al hallarla, se sorprendieran siempre otra vez.
«He sembrado unos guisantes», escribía Iris, en el día de San Patricio.
Desde entonces, habían pasado dos años. Los guisantes, sin duda, ya habían brotado, habían trepado por la celosía, habían dado flor inundando el jardín con su fragancia y habían vuelto a morir; sin embargo, Digger aún podía olerlos tal como habían entrado en la tierra, veía las flores con los colores que nombraba Iris: en rosa, malva y blanco. Veía todo el muro cubierto con la enredadera verde pálido, y las hojas que producían comezón, como las patas de una mantis religiosa, y el sol que se filtraba entre las hojas; veía la celosía repetida en la sombra, sobre la tapia reventada por el sol; los tallos altos, como una hilera de hombres, y los retoños de olor dulzón, ondeando como banderas perpendiculares al tallo, en rosa, malva y blanco.
Una vez cortadas, reunidas en un manojo, iban a parar a un jarrón en el salón. El cuarto estaba vacío, y las cortinas corridas a causa del sol, que brillaba bastante incluso en invierno, y la luz se bifurcaba en el jarrón, en el aire y en el agua, alrededor de los pálidos tallos y los capullos aún más pálidos que adornaban el centro de la mesa. Digger se detenía en el pasillo, aspiraba el perfume de los guisantes y volvía a vivir.
La habitación se oscurecía al atardecer, pero el jarrón seguía allí y, en el centro, el agua despedía luz. Digger se inclinaba sobre esa agua clara y fresca, en medio de la habitación oscura y callada. Del otro lado del pasillo, en las otras habitaciones, todos dormían: Iris en un cuarto y, en el otro, los chicos, Ewen y Jack, amparados todavía por sus sueños de infancia, y en un tercer cuarto, que era el del cerramiento del porche, los discos y los libros apilados de Mac.
Una y otra vez, regresaba a aquella casa donde nunca había entrado. Dejaba que Mac lo llevara de la mano, habitación por habitación. Los dos resplandecían; estaban limpios, peinados, se habían lavado los pies.
Junto al fregadero había un escurreplatos de madera con gruesos platos blancos. Yacían allí secándose y los había lavado mil veces con la barra de jabón Sunlight metida dentro del chisme de alambre, los aclaraban, los sacaban del agua y los ponían a secar. Eran hermosos. Digger habría podido sentarse a la mesa para contemplarlos para siempre, una y otra vez. Porque era así como ocurría todo, una y otra vez.
Con regularidad, tres veces al día, alguien cogía los platos, los acomodaba en el mantel y luego los lavaba. En eso consistía su belleza. En el orden, en la repetición.
Sí, ¡cuánto tedio! ¡Siempre lo mismo, noche y día, siempre una vez más! Para Digger, la belleza era precisamente eso. El mantel que se sacudía en el jardín, y el revoloteo de las golondrinas. La luz sobre la suave cara esmaltada y repulida de los platos. El calendario en la pared, siempre en el mes correcto, y los días rojos y negros, que acudían a su turno, los laborables, los fines de semana, la página siguiente ya a punto de caer, y luego la siguiente, y la siguiente, y así hasta Navidad.
Digger aguardaba en silencio en la cocina, en la oscuridad, en medio de la casa dormida, conmovido por los destellos de los platos, acariciando un trozo de pan duro y reseco. Había una cesta entera allí mismo, que se comerían por la mañana las gallinas. Su espíritu partía un trocito y se lo tragaba. A las gallinas les dará igual, pensaba, y alcanzaba a oírlas agarrándose a sus perchas en la oscuridad.
Una vez, mientras estaba allí, oyó un ruido a su espalda e Iris entró en camisón. Por supuesto, no llegó a verlo. Pasó a su lado camino del fregadero, cogió un vaso, lo llenó de agua del grifo y bebió muy despacio, contemplando el patio oscuro.
Digger se quedó mirándola como si aquel acto común y corriente fuera un milagro.
Y era un milagro. Casi le quitaba la sed.