El gran mundo
Capítulo 13
Sexta parte
13
A Digger el mundo le daba vértigo. Le parecía que nunca podría verlo con suficiente detenimiento, ni a la suficiente distancia para comprenderlo, y no digamos para actuar en él. Era una desventaja; pero, hacía ya tiempo, había llegado a la conclusión de que esa perplejidad ante la vida, que no le impedía vivirla, era esencial para él.
La cabeza de un clavo. Eso estaba claro. Redonda, con el reborde, estriada para que la cabeza del martillo tuviera agarre. También estaba el peso del martillo. Luego, clavar el clavo, sentir cómo la punta atravesaba las fibras suaves de la madera en los últimos dos golpes: esa era la única acción simple que conocía. Todo lo demás, en cuanto se detenía a mirarlo, estaba lleno de complicaciones.
Incluso el suceso más ínfimo estaba enlazado, a través de líneas de lo más enmarañadas, con el pasado, y aún más allá con el pasado desconocido; y a través de otras líneas igual de enmarañadas, con el futuro. En cada momento confluían causas, posibilidades, consecuencias: aun en el más simple de los casos, eran demasiadas para comprenderlas. Asimismo, cada momento está repleto de vidas, que se cruzaban y se interconectaban y se empujaban unas a otras, y no se trataba tan sólo de vidas humanas; el parche de tierra más estrecho del Crossing, tal como él lo conocía desde los dos años, estaba atiborrado de pequeños centros de actividad, visibles e invisibles, que componían en la mente una red tan enmarañada que en cuanto uno se adentraba en ella se atascaba de inmediato en un sinnúmero de luchas feroces y caníbales, cada una de las cuales podía dejarle sordo si prestaba oído a lo que ocurría allí. Y más allá de las vidas, estaban los procesos (por ejemplo, la lenta combustión de los gases en las hojas) que, invisible e incesantemente, iban cambiando el estado de las cosas; el calor, la luz solar, las cargas eléctricas a las que respondía cualquier ser que conservara algo de vida y caminara erecto, los pelos y las fibras casi intangibles que vibraban sutilmente, las terminaciones nerviosas que palpaban y se estrellaban.
Era así como Digger veía las cosas, salvo cuando reculaba adrede y se encerraba en sí mismo.
Lo que le dejaba atónito, en otros y sobre todo en Vic, era la certidumbre con la que concebían el mundo entero, como si fuera todo él un clavo que había que clavar con un golpe firme. Y sin embargo, en ocasiones, sospechaba que Vic no creía en realidad en el mundo. Su habilidad para manejarlo procedía de la convicción de que el mundo existía porque Vic podía actuar sobre él.
Ahora Vic viajaba fuera de Australia tres o cuatro veces al año, a Japón, a Hong Kong, a Londres. La bonanza de la minería y la irrupción de empresas australianas en la bolsa internacional habían llevado sus intereses fuera del país. Había puesto a su sobrino Alex a cargo de las operaciones en casa. Alex era un tío gélido. Digger se lo había oído decir a Ellie. Vivía solo en un enorme piso antiguo de Elizabeth Bay y, aunque había hecho algún intento, Ellie nunca había podido acercarse a él.
Vic iba con menos frecuencia al Crossing y cuando lo hacía la conversación era distinta. En los últimos años, los encuentros se habían vuelto fáciles y afables, casi demasiado. Cada uno daba por hecho quién era el otro. Sin embargo, ahora parte de esa afabilidad se había mudado a Bondi Junction, y los ratos que pasaban a solas ya no eran iguales. Ambos lo habían sentido, pero era Vic quien había tomado las riendas, y Digger se había llevado una nueva sor presa ante su talento (era casi un instinto) para obtener lo que necesitaba.
Había empezado a desapegarse de las cosas. Hasta ahí alcanzaba a ver Digger. O no exactamente de las cosas, sino de sí mismo. Y eso lo llevaba a sumergirse más hondo en su propio ser. Sus conversaciones eran ahora más tranquilas. Ya no exploraban el interés de la diferencia, que les había permitido convertir todo lo que sabían el uno del otro en un juego de sorpresas, sino lo que tenían en común.
La mayoría de estas nuevas conversaciones versaban sobre los años que habían pasado juntos allá. Habían sido tres años y medio, para ser exactos. Hacía ya treinta.
Vic no cesaba de hacer preguntas; en ocasiones, con timidez, como si le diera vergüenza tener que preguntar: después de todo, era su propia vida.
Digger, como él mismo sabía bien, tenía una memoria excepcional; pero no dejaba de asombrarlo hasta qué punto Vic había olvidado los detalles de esa época, o los había reprimido, o los había dejado atrás.
Las emociones conservaban su fuerza. Vic seguía mascando la amargura, y Digger no. Para Digger, había sido la única época de la vida que había compartido con otros: una época que lo había cargado de responsabilidades, pero tan arraigadas en su propia naturaleza que ya no tenía nada de qué arrepentirse. Las aceptaba. No tenía queja.
Vic, en cambio, sentía que había sido objeto de una injusticia absoluta, imperdonable. Había aniquilado en él una posibilidad, y aunque luego había encontrado otras y les había sacado partido (él era así, ese era su carácter, su naturaleza), esa otra posibilidad, la que le habían arrebatado matándolo de hambre y a fuerza de golpes, le parecía especialmente preciosa. Pertenecía a su juventud, a un ser mucho más delicado e inocente que el que había vuelto de la guerra.
No podía perdonar. La herida seguía abierta. Pero, deliberadamente, había aplastado todo recuerdo de los detalles, y eso era lo que ahora quería recuperar: esos momentos individuales de su propia vida, a los que sólo podía devolverlo Digger. Sucesos, ocasiones, hombres: sus nombres, su aspecto, lo que había sido de ellos.
Digger pensaba que esa clase de charla era peligrosa. No para él mismo, que había vivido con esos detalles día a día durante treinta años; entretejían la propia fibra de su existencia, a través de esas líneas enredadas que lo ataban al presente y conducían al futuro. Pero, para Vic, esos detalles eran algo más. Había roto todo contacto con ellos. Y quizá, en su caso, de eso había dependido la posibilidad de sobrevivir: Digger podía concebir que esa fuera una diferencia entre ellos. No se sentía cómodo asumiendo el papel de guía para conducir a Vic de regreso ante la presencia de todo aquello.
Además, lo perturbaba hasta qué punto él volvería también. Había una diferencia notable entre revivirlo todo en compañía de otro y la tarea más cotidiana de repasarlo todo mentalmente.
Levantaba la vista, y sentía una especie de dolor detrás de los ojos que casi lo deslumbraba, y alcanzaba a ver en el rostro de aquel hombre de cincuenta, o cincuenta y uno, o cincuenta y tres años al que conocía tan bien (más allá de esas líneas que cubrían sus rasgos como una red irrumpiendo en la piel, y de la propia piel endurecida con su red de venitas) el gesto que hacía todos esos años le había dejado entrever por primera vez a ese mismo hombre, ese gesto que había establecido, quisiera él o no, un vínculo entre los dos y el comienzo de una responsabilidad que, ya entonces, Digger veía extenderse a lo lejos en el futuro, hasta llegar al momento en que estaban ahora: el gesto cándido, animal, inocente y culpable de un chico de veinte años al que había pescado comiéndose su arroz y que le había enseñado entonces un tipo de sabiduría a la que quizá nunca habría llegado por sí solo. «Confía en mí», le había dicho Vic con los ojos, en el momento mismo en que le quitaba la comida de la boca.
El recuerdo lo estremecía todavía. Sentía una especie de temblor que, después de tanto tiempo, parecía la última sombra de la fiebre (¿es que alguien se curaba alguna vez, después del mordisco?), pero en realidad no era en absoluto un temblor físico, sino otra forma de la emoción. Nunca se le había dado bien (ese era otro de sus fallos) distinguir entre una cosa y la otra.