El gran mundo

David Malouf · Capítulo 25 de 52

Páginas del PDF

El gran mundo

Cuarta parte

 

1

 

E N las tórridas noches de Darlinghurst Road, Digger encontró lo que siempre había buscado: un lugar abarrotado con el ambiente de una feria, pero una feria que no hacía falta desmontar y volver a montar cada noche. Simplemente estaba allí, era parte de la ciudad.

En The Cross, había siempre follón. Podía degenerar en violencia, y a veces también resultaba sórdido, pero Digger había caído en su embrujo, tal como había predicho Mac.

Había chicas, algunas ya sin dientes y con casi sesenta años, que despachaban en cuartuchos al final de escaleras que olían a grasa de beicon o estaban empapadas de desinfectante. De los bares salían cubos de sangre.

De buenas a primeras, dos tíos salían pitando por la puerta y al cabo de segundos se desataba una batalla campal, allí mismo en la acera, y los peatones se agachaban huyendo de los puñetazos o formaban un corro para mirar.

En ocasiones eran marineros; casi siempre, simplemente chicos jóvenes, patanes que llegaban a bordo de sus motocicletas para hacerlas rugir y ver cómo estaba el patio, ansiosos por hacer fama y demostrar que eran tíos duros.

Se ponían chaquetas de aviador de segunda mano, se peinaban con un copete a lo Cornel Wilde y querían sangre.

Se paseaban apartando a la gente a codazos, deseando que alguien les hiciera frente, con una ferocidad de viernes por la noche que acumulaba la frustración de una semana de trabajo, y sólo quedaban satisfechos cuando el tío al que estaban masacrando caía al suelo y le quebraban las costillas («¡Eso, eso, así es como suena!») o cuando ellos mismos perdían la pelea y se sentaban con la cabeza entre las manos empapadas de sangre, escuchando un mundo de nuevos sonidos que podían convertirse en permanentes.

De tarde en tarde, aparecía una mujer, aferrándose todavía al bolso pero con la boca también llena de sangre, el brazo como un ala rota, y el hombre que la había golpeado seguía gritándole a la cara, escupiendo obscenidades y a veces también llorando, justificándose. Otra vez habían hecho las paces.

Y en medio de estos episodios salvajes, los repartidores de las tiendas llevaban sus pedidos, una mujer pasaba arrastrando con una mano una maleta y con la otra un niño rebelde y todo el mundo seguía ocupándose de sus asuntos. Las damas elegantes paseaban sus perros enanos. Los chicos iban y volvían del colé lamiendo sus pirulís. Los ancianos se quedaban dormidos en los bancos o hurgaban en las papeleras.

Había cafés de estilo continental, con falsos pasteles de nata en la vidriera, y otros locales más oscuros en los sótanos, donde decían que se practicaban cultos satánicos. Las pinturas de las paredes, que eran de lo más atrevidas, daban una idea de en qué consistían los cultos: una mujer enroscada en un macho peludo con cuernos encima de las orejas, y en otra una chica copulando con un gato enorme.

Estaban además las lecherías, con las mesas de cromo y los espejos en forma de abanico; los sitios de espagueti donde los chicos con traje de ejecutivo hacían cola para almorzar; también las barberías, algunas con media docena de sillas y donde siempre había dos o tres tíos cubiertos de espuma de afeitar, esperando a que el barbero terminara con sus arengas, más allá los otros peluqueros, dando tijeretazos, o charlando, o mostrándole a un cliente la nuca en el espejo y, bajo el umbral, un aprendiz perezoso apoyado en una escoba.

Las barberías, los salones de billar, los rincones oscuros de los bares: era allí donde los corredores de apuestas hacían sus negocios, acompañados de sus recaderos y algún tonto que estaba atento a la policía. Por lo demás, allí todo el mundo tenía algo que vender: gasolina, mercancía sin cupones que se había caído de un camión, medias de nailon, coches de segunda mano, desde luego de la preguerra, y también chicas.

Hacia las cinco, mientras los vendedores de periódicos voceaban los titulares y corrían descalzos detrás de los coches, los obreros, todavía sin camisa, volvían a casa con el diario bajo el brazo, andando sin prisas y masticando un chocolate Havea-Heart o una manzana Grannie Smith: quizá, a una habitación en una pensión, o a un pisito de dos cuartos en un tercero, donde su chica estaba cocinando unas salchichas: la vivienda escaseaba y no habían podido conseguir nada más.

Llegaba entonces la hora punta, antes de que cerraran los bares. Los marinos subían en tumulto desde los barcos anclados en Woolloomooloo, y con ellos venían siempre los soldados recién desmovilizados, vestidos con trajes (Digger también tenía uno), que se reconocían a una legua. Se los habían regalado para darles un empujoncito en el mundo civil, pero aún llevaban el pelo rapado y esa mirada entre perdida y expectante de quien espera que otro le diga adónde ir, pese a que ahora estaban en libertad de ir adonde les diera la gana.

Digger guardaba sus distancias con esos tíos. Le deprimían. Conocía bien su historia. Porque era la suya. Eran hombres que, por un motivo u otro, nunca habían vuelto a casa, o lo habían hecho y habían regresado enseguida, un par de ellos el primer día. Se paseaban por ahí compadeciéndose de sí mismos, sin alejarse los unos de los otros, contemplando un espectáculo del que no formaban parte, o al menos todavía no, y preguntándose si un día llegarían a serlo.

El propio Digger se sentía así a veces. No había vuelto a casa, pero no por temor a lo que pudiera encontrar allí. Había postergado el regreso, nada más: quería pasárselo bien, tomar el pulso a las cosas. Por todas partes reinaba la sensación de que empezaba un nuevo día, había que quitarse la corbata, arremangarse, las chicas caminaban con nuevos bríos, con tacones altos y balanceando los bolsos, al encuentro de lo que el mundo tuviera para ofrecer y con ganas de aprovecharlo. «Lo mismo que yo», pensaba Digger. «La guerra ha terminado, ¡y ganamos!». Salvo que no era del todo así.

«No ganamos la guerra porque a nosotros no nos mandaron a la guerra. Nos mandaron a algo más. Lo que está de moda es la victoria. Estamos en un desfile victorioso. Nadie quiere saber nada de nosotros».

Había bastantes hombres resentidos al respecto, y no sólo por motivos personales. Digger compartía sus sentimientos, pero no quería dar su brazo a torcer.

Escribía a su madre casi todas las semanas y ella le mandaba notas lapidarias. Su padre estaba en Japón, convertido en un héroe del ejército de ocupación. Jenny se había fugado de casa, quién sabe adónde. Sí, le aseguraba Digger, claro que volveré, lo sabes. Pero, semana a semana, seguía postergándolo, todavía atolondrado por todo lo que pasaba a su alrededor, ante sus ojos, por lo que el mundo le confiaba. En cuanto volviera a casa, estaría atrapado. Quería sentirse libre un rato más.

La gente confiaba en él. Quién sabe por qué.

Un tío al que apenas conocía, pese a que habían hablado un par de veces, le entregó un sobre un día.

Toma, colega, guárdame esto, ¿vale? No te preocupes, yo te buscaré. Esta semana o la próxima. Donde sea. Tú guárdalo bajo la almohada, ¿vale?

Digger escondió el encargo detrás del espejo del cuartito que tenía en el hotel Pomeroy. Y se olvidó del asunto. Una semana más tarde, el hombre se le acercó en un bar y, después de charlar un rato, dijo como por casualidad:

—¿Qué tal la caja fuerte? El sobre que te di, me imagino que no lo has perdido…

Una vez que tuvo el sobre en el bolsillo de la chaqueta, le dio un billete de veinte.

Gracias, colega. Cuando necesites que te ayude otra vez aquí estoy.

¿En qué había tomado parte? Nunca hacía preguntas. Y era por eso que le tenían confianza.

Alguien que se enteró de que sabía defenderse y usaba bien los puños lo llevó a un club. Lo contrataron como portero por treinta libras a la semana. Trabajaba desde las siete de la tarde hasta las cinco de la mañana en un lugar donde vendían alcohol ilegal y en el cuarto de atrás se jugaba al póquer y al veintiuno. Después de cerrar, ayudaba a limpiar, salía y se tomaba un té en un local que abría toda la noche y, luego, con el fresco del amanecer, volvía andando a casa.

Le encantaba andar a esa hora por The Cross. Los griegos empezaban a levantar los tenderetes de frutas, con sus pirámides radiantes de naranjas y manzanas. Los floristas descargaban las flores frescas en pantalón corto, las ponían en los cubos en medio de la calle y las regaban con una lata anticipándose al calor. Digger solía comprar el periódico y ojeaba las noticias de la mañana.

—¿No tienes otro lugar adónde ir? Es mejor que no te quedes por aquí.

El consejo se lo ofrecía un policía corpulento, con el pelo negro cortado a cepillo y pecas en la cara. Treinta y tantos, más bien chulo, el impermeable caro y el sombrero gris, con unos ojos que a Digger le gustaba contemplar. Eran azules, serenos. Le había dado el consejo sin mala leche. Era una broma entre los dos. Se llamaba Frank McGowan.

Digger lo había visto por los alrededores y se habían puesto a hablar. Le gustaba tomarse una copa con él, aunque sabía que con eso infringía un código.

—Te he visto bebiendo con ese perro de McGowan —observó un día uno de sus conocidos—. Supongo que sabes que se las trae —hubo un silencio—. Es un gilipollas, sí, así es. Y corrupto como la mierda, ¡pregúntaselo a cualquiera! Está metido en las apuestas. Todos están en el negocio. ¡Tú pregunta!

Digger lo escuchó sin responder. En The Cross, todo eran historias. Era un pueblo, sembrado de complejas alianzas y líneas rojas. No había acabado de pasar algo, el cadáver yacía todavía en el asfalto, cuando ya estaba en boca de todos los chicos de las barberías y todos los clientes de los bares. McGowan pertenecía al Escuadrón Antivicio. Y con eso bastaba. A veces, a Digger le daba vergüenza que quisiera ser su amigo, pero no creía que fuera una treta.

No le servía de nada.

—Conque estás por aquí todavía —le decía McGowan cada vez que se encontraban—. Lárgate de una vez, ¿vale?

Sin embargo, en una ocasión estuvo de un humor más sombrío. Se sentaron los dos muy callados.

—No lo entiendo, Digger —dijo McGowan—, mira que un tío como tú… ¿Qué haces tú aquí entre esta basura?

Digger lo miró con una sombra de duda. La experiencia vivida en los campamentos le había enseñado a reconocer de oído las variedades de odio que un hombre puede sentir hacia sí mismo. En parte, la ponzoña en la voz de McGowan apuntaba a su propia garganta.

McGowan pescó la mirada.

—Ah, ya —dijo, y se pasó el pulgar con brusquedad por la nariz. Era un gesto vulgar, deliberado. Se había delatado y empezaba a recular. Digger también tomó distancias.

La palabra que había empleado, basura, había captado su atención. Más de una vez, con demasiada claridad, volvía a verse en aquel claro de la jungla, entre las hogueras que había encendido allí. Nunca antes había sido tan consciente de todo lo que consume la vida, de todo lo que escupe de vuelta, una vez que ya no tiene utilidad. No sólo las cenizas, los huesos, sino toda esa inmensa pila de desechos que produce cualquier vida, suponiendo que uno pudiera reuniría y mirar el conjunto: todo lo que una persona se puso, todo lo que agotó, extravió, empeñó y olvidó, todo lo que arrojó cada mañana en la papelera. Había que pararse a pensarlo. Y luego imaginárselo multiplicado por millones.

Si tuviera algún poder, habría querido recogerlo todo, hasta la última cuchilla de afeitar y el último botón de una batita de bebé, y restaurarlo en su lugar. Por supuesto, no había caso.

Nada debía olvidarse, nada debía arrojarse a las llamas. Ni una sola alma. Ni un alfiler.

No le dijo nada de eso a McGowan, pero más tarde deseó habérselo dicho, a pesar del riesgo.

—Soy como esos viejos que escarban en la basura —habría tenido que decir, para que sonara a broma.

Sin embargo, hablaba en serio.

—Ni una sola alma —le habría dicho—. Ni un alfiler.