El gran mundo
Capítulo 3
Quinta parte
3
E LLIE llegó por fin, a bordo de un descapotable rojo lleno de chicos alborotados. Paró en el umbral un momento para disculparse por la tardanza.
—¡No, no me mires! —dijo cuando Vic se levantó hacia ella—. Estoy hecha un desastre.
Corrió a cambiarse. Cuando volvió a bajar, traía puesto un vestido de algodón con lacitos en un hombro y no llevaba medias.
—¡Ajá! —dijo Pa—. ¡Esta es mi chica!
Cuando Vic se había ido, Ellie aún iba al colegio. Eran amigos y se lo contaban todo. Ellie lo abrazó como si nada hubiera cambiado entre los dos.
Vic echó una mirada de reojo hacia Lucille, pero Lucille estaba absorta en el niño y fingía no reparar en su presencia, quizá demasiado deliberadamente, pensaba Vic.
Ellie tenía un empleo. Al principio la habían reclutado para una fábrica de municiones, pero ahora trabajaba para un parque de automóviles: conducía un camión de seis toneladas y ella misma hacía el mantenimiento. Le enseñó las manos a Vic. Le encantaba recorrer toda la ciudad y hacer viajes largos hasta Lithgow o, bajando por la costa, hasta Wollongong. Se le notaba por la manera en que contaba las cosas. Y los demás, que debían de haber oído las mismas anécdotas docenas de veces, parecían encantados de volverlas a escuchar.
Mientras hablaba, se levantó y cogió el bol de cacahuetes con cáscara que Meggsie había puesto en el salón. Cogió uno, lo partió por la mitad, se comió uno de los frutos y luego partió la otra mitad y, como en los viejos tiempos, se la pasó a Vic, sin dejar de contar la historia que estaba explicando.
Era como si Vic no se hubiera ido nunca. Ellie nunca lo había intimidado, ni lo había atraído, a diferencia de Lucille, de modo que, casi sin pensar, o al menos eso parecía, podían retomar esos pequeños hábitos inconscientes, como el de compartir los cacahuetes.
La historia concluyó y Vic se echó a reír.
—Cómete el cacahuete —le dijo Ellie.
Vic lo tenía todavía en la mano.
La comida había adquirido para él una importancia casi mística; cualquier alimento, incluso una corteza de pan. Acaparaba la comida, hasta las sobras y las cáscaras más inútiles, pero sabía que era una costumbre extraña y procuraba disimular.
Se quedó mirando el cacahuete. Despacio, se lo llevó a la boca y empezó a masticar.
Durante la larga comida de domingo, preparada por Meggsie, Vic no miró ni una sola vez a Lucille. Después, en el salón, se apostó junto a la ventana con las manos en los bolsillos, viéndola jugar con el niño.
Estaban los tres solos en la habitación. Ellie había salido al pasillo a hablar por teléfono. Vic alcanzaba a oírla riéndose. Los otros habían subido a reposar. Lucille no quería estar a solas con él, y se le notaba, pero tampoco quería darle demasiada importancia al asunto.
Era la típica tarde de verano en Sídney, calurosa, con el cielo nublado y anuncios de tormenta. En la jungla había evocado mil veces esas perezosas tardes dominicales y el tiempo infinito que deparaban hasta la hora de la cena, para enfilar por entre los hoyos del golf y bajar a través de la pegajosa gramilla blanca hasta la bahía de Hen and Chicken, y luego subir a cenar y, más tarde, ya a oscuras, entregarse a los juegos de los domingos. Ahora estaba allí.
Lucille montaba una pila de bloques. Construía una pirámide y el niño, muerto de risa, la derribaba de un puñetazo con su manita. El juego se repetía una y otra vez.
No habían hablado, pero, incluso ahora que estaba con el niño, ella lo buscaba con los ojos. Vic alcanzaba a sentirlo. Sonrió y empezó a silbar muy quedo.
Lucille estaba ofuscada. Habían salido bien librados de la cocina, pero ahora estaba claro que Vic no había aceptado nada en absoluto. Estaba presionándola para que hiciera una escena. Y ella no pensaba permitírselo.
No era que no estuviera apenada por todo lo que él había tenido que padecer. Sin embargo, estaba tan ensimismado en sus propias experiencias que no concedía peso alguno a las suyas, eso se veía, y la irritaba. Realmente se creía el único afectado por la guerra. Estaría diciéndose que, salvo que él mismo así lo dispusiera, nada tenía que cambiar entre los dos. Contra eso se rebelaba Lucille. Pero no pensaba hacer ninguna escena.
Vic siguió silbando por lo bajo, sin melodía. Tenía los ojos bien abiertos. Lucille fingía que estaba jugando con el niño, pero era un farol; el juego de fondo, y también ella lo sabía, lo jugaba con él. «En otras palabras», se dijo, «he ganado ese asalto».
Sin embargo, era poca ventaja. Alrededor del niño, y de sí misma, Lucille estaba tejiendo un círculo mágico de protección, y miraba a Vic una y otra vez para cerciorarse de que entendía su significado.
Ahora era madre. Es decir, se había convertido en una mujer: era un hecho seguro. En cambio, no había ninguna garantía de que lo que él había tenido que sufrir lo hubiera hecho hombre. Lucille se ponía así fuera de su alcance. Lo trataba como si aún fuera un niño, el mismo que se había marchado.
Vic se sintió herido por la injusticia. Creía haberse ganado el derecho a que lo trataran como a un hombre, pero no podía exigírselo. Estaba acorralado.
En la partida que libraban ahora, pese a toda su altivez, Vic carecía por completo de experiencia. Lo sabía. Pero ¿cómo podía ser de otro modo? Había perdido cinco años. Era tan injusto que se atragantaba, pero todavía seguía silbando.
Lucille había entrevisto en Vic algo truculento. Y sabía qué era. Sin duda, él estaba contándose lo dura que había sido su vida, y empujándola a hacer una escena. Lucille soltó un suspiro. Entonces, de repente, vio desde fuera la situación de ambos, en perspectiva, y comprendió con claridad lo que tenía que decirle. Era una soberana tontería estar enfadados el uno con el otro. ¿No lo entiendes?, tus desgracias no dependen de mí. Pero tampoco tu felicidad. ¿No te das cuenta?
Se puso de pie, con las manos en la cintura, mirándolo de frente. Vic dejó de silbar sin sacar las manos de los bolsillos. No sabía qué pretendía ahora Lucille, pero de repente estaba distinta. El niño había notado también el cambio. Se había quedado en el suelo, mirando hacia arriba, sorprendido porque ella se había levantado de pronto y ya no le prestaba atención.
Lucille se acercó. La boca de Vic estaba un poco entreabierta. Se inclinó hacia él y le dio un beso en la comisura de los labios. Vic había empleado todas sus fuerzas en lograr que lo hiciera. Pero cuando los labios de Lucille tocaron los suyos, no obedecían en absoluto a sus deseos. El triunfo no era suyo, ni siquiera era un triunfo, Lucille se lo había arrebatado con ese gesto inesperado y completamente voluntario; con esa ternura que descartaba toda pasión entre los dos.
Le acarició la mejilla con delicadeza y volvió con calma adonde el niño levantaba los brazos pidiendo que lo alzaran.
—Eso, Alex, pórtate bien —dijo, y se lo llevó en brazos a dormir la siesta.
Vic miró a su alrededor. Se sentía abatido. Había ocurrido algo crítico, que escapaba todavía a su comprensión. Hundió más las manos en los bolsillos y volvió a silbar, pero su corazón ya no estaba en ello y se calló. Se apartó de la ventana y fue al pasillo.
Nadie. Como era otra vez parte de la familia, todos habían desaparecido sin ceremonias.
Recorrió de arriba abajo los azulejos de colores. La seguridad que había sentido se desmoronaba y se le esfumaba entre los dedos.
Se sentó en una de las sillitas de cerezo alineadas a lo largo de la pared. Eran de adorno. Nadie se sentaba allí.
Se levantó y cruzó la casa para buscar a Meggsie en la cocina. La gran cocina de azulejos, como siempre, estaba inmaculada, pero también vacía. Meggsie había lavado y había puesto todo en su lugar.
Regresó al pasillo, echó otro vistazo alrededor y luego subió por la escalera y probó el picaporte de su cuarto.
Tal como lo recordaba. Nada había cambiado. Sintió un ligero estremecimiento, de pensar que el cuarto había estado allí, limpio, fresco, disponible, todo el tiempo que él había estado allá, hundido en la inmundicia y durmiendo en el suelo. Lo sobrecogió la rabia, y luego la autocompasión. Apoyó la frente contra la puerta cerrada y apretó los puños.
Pasado el arrebato, se volvió hacia la habitación y abrió un cajón de la cómoda, vio allí los calcetines, los calzoncillos, todo pulcramente doblado.
Se enderezó y se miró un rato en el espejo, luego se tendió cuán largo era en la cama.
No se durmió, pero se vio a sí mismo en el umbral, justo donde había estado hacía un momento, y volvió a ver el cuarto vacío.
Cenaron fiambres, ensalada y peras con cuajada, su postre favorito, y después Ma insistió en jugar al escondite. Lo hizo disculpándose: era para darle gusto a la tía James, a la que le encantaba sentarse en la oscuridad y oírlos correteando por ahí; en realidad, pensó Vic, para darle gusto a él. Jugaron apenas a jugar, y para compensar por la falta de compromiso, se estrellaron más que de costumbre.
Arriba, Alexander dormía bajo el mosquitero. Lucille temía que se despertara con el alboroto y aguzaba el oído aguardando el llanto. Estaba descalza, y tenía el pelo húmedo de sudor. También Vic jugaba sin involucrarse del todo.
A Pa le tocó buscar primero y encontró a Ma; luego Ma encontró a Vic. Mientras los otros se atropellaban para esconderse, Vic permaneció de cara a la pared, como el burro de la clase, y contó hasta cien antes de salir a buscarlos en calcetines. Un par de veces, antes, mientras corrían sin saber dónde meterse, había chocado con Lucille. Pero ahora no quería acercársele. Se dirigió a las madrigueras donde cada uno solía agazaparse conteniendo el aliento. Conocía de memoria todos los escondites.
Las habitaciones abarrotadas de objetos familiares habían salido de su vida. Sin embargo, mientras las recorría a oscuras, descubrió que sus pies recordaban cada tablón suelto y sabía calcular sin fallo la distancia exacta entre el borde de la mesa y el aparador. No se estrelló con nada, ni una vez. En cuanto estiraba la mano, cada cosa estaba allí.
Recorrió el vestíbulo y las habitaciones de un lado, incluido el comedor, donde la tía James estaba sentada riéndose. Cruzó al otro lado. Empezaba a soplar viento del sur. Cada vez que abría una puerta, las cortinas se arremolinaban y, más allá, los árboles se remecían tras las ventanas. La luna brillaba en el cielo, pero todo aquel lado de la casa estaba en tinieblas.
Tras la cortina del cuarto del piano, como lo llamaban, Ellie vio entreabrirse la puerta y reconoció una figura en el umbral. «¡Diablos!», pensó.
En otra época, años atrás, habría aguantado el aliento confiando en engañar a Vic y hacerle creer que allí no había nadie. Ahora, sólo pensaba que si la encontraban le tocaría buscar a ella y tendrían que volver a empezar.
El golpe de luz se hizo más grande. Sí, era Vic. Podía verlo recortado contra el umbral, tan alerta que ella podía sentir la energía de su cuerpo, el calor nuevo que invadía la habitación. Se pegó contra la pared. En realidad, Vic no la buscaba todavía: se había apostado como un animal para olfatear su rastro. El cuerpo cortado a cuchillo contra la luz, con las piernas separadas, al acecho.
Ellie había identificado ese rasgo de Vic, o creía haberlo hecho, desde el día que Pa se lo había presentado y el propio Vic, macizo y solemne, había dado el paso al frente para estrecharle la mano; tenía el pelo tan corto como ahora y le agrandaba las orejas, parecía endurecido, un hombre en miniatura, pero también estaba alerta, como si a pesar de su complexión y solidez fuera vulnerable. Ya entonces era un chico áspero, y tenía claro dónde acababa exactamente él y empezaba un mundo que podía estar en su contra, y del que por ese motivo había que desconfiar.
Se deslizó ahora dentro del cuarto, compacto, firme, tieso por el esfuerzo de olfatear otra presencia en la habitación, escudriñando la oscuridad en busca de algún destello aceitoso, de la más mínima luz.
«Parece un gato», pensó Ellie.
Acorralada, con el corazón en un puño, también ella se sentía una especie de animal, un conejo, por ejemplo, pero no estaba dispuesta a dejarse capturar.
Entonces ocurrió algo. Vic dejó de jugar, de un momento a otro; había decidido que allí no había nadie, y se quedó quieto, relajado, creyendo que estaba a solas y nadie lo miraba.
Estaba justo debajo de la luz. No había mucha luz, pero a esas alturas Ellie ya se había habituado a la oscuridad. Vic miró justo en su dirección, pero no la vio. La cortina se levantó y volvió a caer como un velo, acariciándole la cara. Y algo en la brisa, en el murmullo de las hojas y los árboles, la hizo sentir que ya no estaban en la casa, no dentro, sino fuera, en algún camino oscuro, donde ella lo había encontrado por azar, sonámbula. Ya no veía la cara de Vic, sino otra que no había visto nunca. La otra cara que él escondía cuando se ensimismaba por completo y dejaba de preocuparse por lo que tenía que ocultar; una cara que no le enseñaba a nadie y ni siquiera él mismo había visto.
Lo oyó suspirar. Estaba apenas a un paso. Entonces, Vic se metió las manos en los bolsillos, giró sobre el talón y quedó de perfil. Parecía que se exhibiera ante sus ojos: primero de frente, y ahora de perfil. Ellie seguía tensa, pero el ligero pánico de ese primer momento se había disipado. Se había entregado a la contemplación.
Debió de hacer algún ruidito, quizá apenas soltó el aliento. Vic volvió la cabeza al momento y su cara volvió a ensombrecerse. Se inclinó hacia ella en la oscuridad.
—¿Quién está ahí? —dijo, con voz muy grave—. ¿Ellie? ¿Eres tú? Tenía el ceño fruncido, pero no lo inquietaba que ella lo hubiera visto, o al menos no lo parecía. Estiró la mano. Ellie aguardó inmóvil.
Estaban de vuelta en el juego. Había ciertas reglas, y otra vez estaban en vigor.
Los dedos de Vic se aproximaron a su cara. No llegó a tocarla, pero ella sintió que la había rozado con las yemas. Sintió un cosquilleo en la piel.
Había una sonrisa en su rostro. La poca luz que había, que en realidad no era más que una transparencia de la oscuridad, le daba de lleno. Sin embargo, detrás de la sonrisa y la redondez nítida de sus pupilas, Ellie aún veía la expresión de hacía un momento, una especie de halo, como cuando una luz brillante se imprime en el ojo y perdura allí largos segundos después que uno ha apartado la vista.
—¿Ellie?
Ahora su voz sonaba divertida.
El juego dictaba que, al cabo de un momento, él debía tomarla por la muñeca y lanzar un grito («¡He encontrado a Ellie!») y los demás acudirían a la habitación. Pero él no quería eso, todavía no.
Acercó los dedos a su mejilla, a través de la gasa liviana de la cortina, y Ellie se estremeció.
—No —dijo Vic—, no te asustes.
Se quedaron allí un momento más, ni dentro ni fuera del juego, muy quietos, mientras la brisa soplaba y la cortina se levantaba y volvía a caer con su aliento. Ella lo había visto, y él lo sabía, pero por algún motivo no estaba molesto. Como mucho, se sentía aliviado, como si le hubieran quitado un peso de encima. Solamente otra persona lo había visto así, pero eso era muy distinto. Se trataba de un hombre. Suponía un riesgo, por supuesto, pero Digger nunca lo traicionaría.
Tomó a Ellie por la muñeca, con gran delicadeza, y permanecieron allí sin moverse un momento más. Luego apretó los dedos y llamó a los otros.