El gran mundo
Capítulo 13
Tercera parte
13
D IGGER, metódico como de costumbre, llevaba la cuenta de cada día que pasaba. Podía recitar qué día de la semana era y de qué mes, si alguien estaba interesado en esas naderías; cuánto faltaba para Navidad (cuántas semanas, cuántos días), cuánto hacía que habían salido de Changi, cuántos días y noches habían tardado por el camino y cuántos llevaban trabajando en la vía del tren. Le gustaba que ese mínimo orden se mantuviera dentro de su vida. Ahora que les habían arrebatado casi todo, y tal vez para siempre, llevar la cuenta del tiempo, que era algo que los japoneses no podían controlar (un asunto entre uno y el sol, nada más), le ofrecía un último espacio de libertad, un recordatorio de lo que había sido esencial en su antigua vida.
No era poca cosa, poder situarse con precisión en el tiempo, esa ciencia modesta que había llevado tantos siglos perfeccionar. Valía la pena aferrarse a ella, pues daba forma a un tiempo que, de otro modo, podía escurrirse entre los dedos.
Ante cualquier duda sobre fechas o sobre tiempos, todos podían confiar en que Digger, a su manera monacal, como solía decirle en broma Doug, proporcionaría enseguida la respuesta.
¿La rendición? Había sido un domingo, el 15 de febrero de 1942. Poco después, la tercera semana de abril, habían salido de Changi con rumbo a El Gran Mundo; Mac había muerto el 7 de junio. (La última fecha correspondía al calendario personal de Digger; no solía mencionarla, pero ya había contado tres aniversarios). En octubre, más exactamente el día 4, habían regresado a Changi, y el 22 de abril del año siguiente, 1943, habían emprendido la larga marcha hacia Tailandia: cinco días con sus noches a bordo del tren, embutidos en los vagones de ganado, y luego una serie de marchas nocturnas a través de los campamentos donde había cólera, por un total de veinte noches. Desde entonces hasta el día que habían empezado a bajar a lo largo de la línea y habían cruzado de vuelta la frontera hacia Malaya, ciento ochenta y nueve días. Dieciocho meses, desde entonces, recién cumplidos.
Entre tanto, otras cosas, grandes y pequeñas, habían ocurrido en el mundo. De la mayoría no tenía ni idea. Las fechas y los períodos que Digger recordaba (Changi, El Gran Mundo, Tailandia, otra vez Changi) pertenecían a su guerra. Habían pasado tres años y seis meses desde que habían caído prisioneros.
Digger sabía bien lo poco que revelaban sus mediciones. Ningún día era igual a otro. Tampoco las horas lo eran. Ni siquiera los minutos.
Por ejemplo, el minuto y medio en el que a Mac lo habían matado en el depósito del puerto: no había manera de encajarlo dentro de aquel sistema en el que sesenta minutos sumaban una hora y veinticuatro horas correspondían a una rotación de la Tierra. Y, para sus cuerpos, algunos de los días que habían trabajado allí en la jungla, a toda máquina, eran como siglos, enganchados unos a otros en una agonía que no podía medirse con parámetro alguno. Digger lo sabía.
Su historia tenía un lugar en el tiempo. Pero había que acoplarla al resto del tiempo en el que se movía el mundo, o ya no sabrían dónde estaba cada uno, como no fuera dentro del propio saco de nervios. Los dos sistemas no encajaban. Y nunca encajarían. Y Digger lo entendía tan bien como cualquiera. Por eso, uno llevaba los dos sistemas y trataba de sacarles partido.
Así que habían pasado tres años y medio, recién cumplidos, tal como indicaba el calendario. Y estaban en agosto de 1945.