El gran mundo
Capítulo 10
Sexta parte
10
D URANTE más de veinte años, las visitas de Digger a la ciudad habían seguido un patrón idéntico. Iba allí los jueves, porque al comienzo era el día libre de Iris. Más tarde, cuando la tienda de pasteles cerró e Iris se jubiló, mantuvieron el jueves apenas por costumbre. Digger subía en el primer tren de la mañana, se quedaba a dormir y regresaba en el tren que transportaba leche de los viernes por la mañana.
Si tenía cita con Ellie, no llegaba a Bondi Junction hasta después del almuerzo. Los demás días hacía un par de compras y se dirigía allí enseguida. Iban de picnic al parque Cooper, o comían tranquilos en casa, y por la tarde Digger leía un rato o hacía los arreglos que estaban pendientes. Siempre había algo que arreglar, ahora que se habían marchado los chicos. Por la noche iban a un espectáculo o a cenar a casa de Ewen o de Jack, que estaban casados ambos y tenían sus propias familias.
Digger se entendía bien con sus esposas. Nadie se había mostrado nunca incómodo con su presencia. Los niños llamaban «abuelita» a Iris y Digger era «el amigo de la abuelita», porque así le llamaban sus padres; él se había resistido a que le llamaran «tío Digger».
Sin embargo, se tomaban más libertades con él que con ningún «tío». Cuando entraba por la puerta, las madres tenían que intervenir e impedir que se le subieran encima como si fuera un fenómeno de la naturaleza, una especie de roca o árbol especialmente colaborador. A Digger le gustaban los niños. Les enseñaba trucos de otra época que ni siquiera sus padres conocían: a hacer pelotitas con el papel de plata de los paquetes de cigarrillos y ponerles un peso para que bailaran como peonzas y a tejer cinturones de pijama con un ovillo de algodón. Les traía juguetes de madera hechos por él mismo y les contaba historias, e historias serias, que los dejaban aterrados pero que siempre querían volver a oír. Los jueves, Digger era un hombre de familia. Empleaba buena parte del tiempo de la semana inventándose trucos para entretener a «los chicos».
El tenor de su vida cambiaba por completo en ese día de la semana, y había sido así durante tanto tiempo, por los escasos cambios que habían tenido lugar en ella, que ese lunes en que bajó del tren en la Estación Central a la hora de siempre pero en un día distinto, se sintió desorientado.
No era sólo que había roto con su propia rutina. Todo el ambiente del lugar era diferente. Las aglomeraciones del lunes por mañana tenían caras distintas. Las calles se movían a otro ritmo. En realidad, no parecía que fuera otro día, sino que estuviera en otra ciudad.
Estaba allí para asistir al funeral del poeta Hugo Warrender. Lo hacía por el afecto que le tenía a Ellie, pero también por respeto a ese hombre con el que había hablado en una sola ocasión (por cierto, no demasiado satisfactoria), pero al que sentía que había ido conociendo con el paso de los años, hasta llegar a intimar con él. Iris le hizo compañía.
La reunión era extraña. Había corros de gente mayor, que debían de ser amigos de la familia u hombres de negocios relacionados con Vic; pero también había otros cuya presencia parecía tan improbable que, en un comienzo, pensó que se habían equivocado de hora y asistían a la ceremonia errónea. Los hombres iban vestidos con vaqueros y camisas indias de cuello alto, y algunos con chaquetas de combate descoloridas y gorras del presidente Mao. La mayoría de las chicas también llevaban vaqueros, pero algunas se habían envuelto de pies a cabeza en telas de algodón, como las hindúes, y traían con ellas niños ataviados con el mismo atuendo peregrino. Había también un rebaño de colegialas, con uniforme a cuadros y sombrero de paja.
La presencia de tantos hippies le pareció desafortunada. Sólo más tarde, cuando observó lo serios y atentos que estaban, se le ocurrió que algunos tal vez habían cultivado también una relación distante pero íntima con Hugo Warrender y habían acudido con la misma intención que él. Entonces, los vio con otros ojos.
Era febrero, y hacía calor. Fuera, en la rosaleda semienterrada donde habían entretenido la espera, los pájaros cantaban con un trino regular y predecible, pero también por momentos con extraños intervalos que interrumpían la música del órgano. Eran toda una distracción. Sonaban atrevidos, provocadores, y seguían adelante con sus ruidosas vidas aunque la gente estuviera aplacada y tranquila.
La ceremonia fue impresionante. Ellie leyó un poema de su padre, bastante corto, que Digger no reconoció pese a que había leído todos sus libros. Si hablaba de la muerte, y de eso Digger no estaba nada seguro, lo hacía con tal alegría que evocaba antes el gorjeo de los pájaros que la música solemne. Había una imagen de un fragante jazmín nocturno (la flor misma estaba escondida, su presencia invisible colmaba una habitación) y de una casa, también escondida, poblada de voces y ajetreo. La repetición de una palabra conmovió a Digger. Era la palabra «regreso».
Los ecos musicales perduraron en su mente después del poema, y le pareció que perduraban también en los demás. Años más tarde, lo recordaría con la satisfacción de que él e Iris lo habían oído juntos. Le serviría de consuelo en medio de la pérdida. En ese momento, sin embargo, pensó en su madre. La evocó con cierto pánico, sentada en la silla rota en el patio, dándole la espalda a la casa y a sus contenidos, porque, probablemente, en su cabeza todo lo que había atesorado era ya cenizas.
Había meditado largas horas al respecto, porque su madre había vivido según su propia ley y esa ley era muy semejante a la suya. Se preguntaba de qué modo, llegado el momento, podría desprenderse de las cosas sin llegar a creer, como ella, no que estaba perdiéndolas, sino que nunca las había poseído.
Los nietos del señor Warrender, Greg y un chico algo mayor llamado Alexander, que había viajado con su madre desde Estados Unidos, estaban a cargo de las lecturas. Curiosamente, Greg habló justamente de lo que rondaba la mente de Digger.
Habían pasado años desde la última vez que había visto a Greg. Entonces era apenas un chiquillo, un señor en pequeño, con abrigo de gabardina y botas nuevas. Ahora era más bien desgarbado (Ellie le había hablado de él, y también Vic, una o dos veces) y se parecía tanto al Vic que él mismo había conocido que decidió que las diferencias debían de ser fruto de la miopía. Se sacó las gafas del bolsillo derecho del pecho mientras Greg leía, pero en cuanto se las apoyó en la nariz, descubrió que la falta de foco procedía del propio chico.
Era menos compacto que el Vic de otra época. Pero no se trataba de eso. Lo que Digger echaba de menos, y la diferencia era enorme, era la arrogancia de Vic. Digger sintió otra vez, y con toda nitidez, considerando los años transcurridos, lo que había sentido por Vic en aquellos días primeros, la intensa antipatía… ¿adónde habría ido a parar eso?
—Se echarán a temblar los guardianes de la casa —leyó el chico— y los fuertes se doblegarán, y los molineros dejarán de moler, y los que se asomen a las ventanas verán tinieblas… Tendrán miedo de lo que hay en lo alto, y los temores asaltarán los caminos, y el almendro florecerá y los saltamontes serán una carga, y se agotará el deseo: porque el hombre se dirige a su antigua casa y los deudos recorren las calles…
En la primera fila, Vic alzó la vista. El chico no leía con seguridad. Tropezaba en algunos pasajes y parecía no entender cómo se conectaban las palabras. De perfil, el rostro de Vic delataba un gesto de turbación, bien porque estaba ansioso por la aparición pública del chico, como Ellie (Digger alcanzaba a darse cuenta), o bien por el significado de las palabras mismas.
Un rato antes, a la llegada, Iris había reparado en lo poco que había cambiado Vic. Hacía veinte años que no lo veía. El comentario sorprendió a Digger. Cuando Vic aparecía por el Crossing, Digger se fijaba ante todo en su estado de ánimo: había aprendido a reconocer los pequeños signos que anunciaban que sería una tarde fácil o que, por mucho que Vic tratara de disimular, no lo sería. Nunca se había preguntado si Vic estaba cambiado, hasta que se lo mencionó Iris.
«Pero cuando les llega la hora se mueren de repente», pensó Iris. «Es ese tipo de hombre». Digger era un hombre de otro tipo. Delgado, áspero, y con la cabeza ya casi calva debajo del sombrero. A Iris ya no le daba vergüenza salir a la calle con él. Podría tener sesenta años, como ella. (De hecho, eran sesenta y siete).
Digger pensó que, en cambio, el otro chico, el que hablaba con acento americano, parecía demasiado seguro de sí mismo. Leía como un actor. Chirriaba.
Apareció un tercer orador, un hombre de la universidad que había escrito algo sobre Hugo Warrender y que, al igual que muchos otros asistentes al funeral, había compartido su vida pública, aunque, como señaló él mismo, «pública» era una palabra equivocada puesto que para todos los presentes, y sin duda para el propio poeta, connotaba algo tan profundo que, para ser fiel a su espíritu, sólo podía describirse en términos tentativos e indirectos.
Habló de la poesía misma, de su papel secreto en la vida, sobre todo allí en Australia, pese a que era tan común (esa era precisamente la cuestión principal) y de los sonrojos que provocaba cuando, como en ese día, salía a la luz. De cómo daba voz, no siempre en los términos más sencillos, porque no siempre era posible, pero siempre con los más precisos, a cosas sentidas en lo más profundo que de otro modo podían pasar desapercibidas: a todos esos sucesos únicos y repetibles, a los pequeños sacramentos de la vida diaria, los movimientos del corazón y los indicios de esa cercana e inefable grandeza de las cosas y de su terror, que conforman nuestra otra historia; esa que, calladamente, por debajo del ruido y el barullo de los acontecimientos externos, es lo que ocurre verdaderamente cada día en la vida del planeta desde el principio de los tiempos. De cómo el poeta encontraba palabras para eso y sacaba a la luz el significado de lo que no solemos ver, y tampoco nombrar; para eso que, cuando sucede, nos une a todos, porque nos habla de inmediato desde el centro de nuestro ser; de cómo daba forma a lo que todos hemos experimentado pero para lo que aún no tenemos esas palabras que, una vez dichas, reconocemos como nuestras.
El discurso impresionó a Digger. Esa «otra historia» tenía un significado para él. Cuando salieron a la luz del sol, bajo el revoloteo de las abejas, unas cuantas personas se acercaron al joven que había hablado tan bien, le estrecharon las manos y lo felicitaron; parecía avergonzado, pero satisfecho de sí mismo.
Esta vez, Digger no cometió el error de acercarse. Prefirió quedarse con las palabras. Habían tocado una cuerda en su ser y, en su opinión, hablaban justamente de lo que había estado pensando hacía un rato: de lo que nunca puede retenerse pero, aun así, jamás se pierde.