El gran mundo
Capítulo 6
Tercera parte
6
E N los furores de la fiebre, Digger se descubría entrando y saliendo de sus vidas anteriores.
Para empezar, estaban las conversaciones con su madre. Tenían lugar fuera del tiempo, hasta donde medían el tiempo los relojes y los calendarios, no había en ellas ni un antes ni un después.
Se sentía flotando. Tenía boca y oídos. Tenía sexo. Sin embargo, estaban muy lejos; no alcanzaba a tocarlos con sus puños, pero en caso de que pudiera abrirlos, lo conseguiría. Su madre le hablaba sin palabras, como en otra época.
¿Digger?, le decía. ¿Digger? Venga, despierta. No pienso dejar que te me mueras así. ¿Me escuchas? Ahora vuelve a respirar, y a comer. Ya sabes cómo me pongo cuando se me mete algo en la cabeza. Hay estrellas aquí, y hay margaritas, yo misma las planté. Hay muchas cosas más que no tengo tiempo de contarte. Así que levántate y ven.
¿Ves esto? Es tierra, hijo, es barro. Tendrás que tragarte todo un barrizal antes de cruzar al otro lado, o sea, antes de morirte; no has probado más que unos terrones, y tienes que comértelo todo entero. Ponte de una vez a comer, ¿me escuchas, Digger?
Te lo está diciendo tu madre. Sí, me reconoces, chiquillo, no finjas que no. No finjas que no estás despierto. No te saldrás con la tuya tan fácilmente, a mí no me engañas. Tengo bastante más que decir, Digger, y no pienso permitirte que te hagas el sordo. Puedo ponerme que doy miedo, ¿lo sabes, no? Nunca has hecho más que huir de mí, o tratar de huir, ¡igual que tu padre! Pero, créeme, Digger, esta vez te tengo pillado, no hay manera de huir del destino. Y lo sabes. Ya tengo encima demasiados fantasmas, como para tratar de volverme un fantasma. Eso no pienso tolerarlo, ¿me escuchas? Ponte a respirar, hijo, ¡respira! Vuelve al mundo real y deja estos sueños. Mira, toma.
Su madre le daba algo. Era un ovillo, y Digger la veía entonces destejiendo la manga agujereada de un viejo jersey gris. Desde el hombro, una aguja invisible iba deshaciendo las puntadas y el hilo iba retrocediendo hasta el puño y la manga entera atravesaba una pared invisible donde dejaba de existir. Digger tenía que enrollarse la lana en el puño cada vez más rápido.
Era otra versión de la charla de su madre, y no podía resistirse. El hilo corría entre ellos, oscuro y veloz, hasta que todo el jersey, ese mismo que se había puesto cuatro inviernos seguidos, incluso para dormir, que conservaba su olor (todo, las mangas, el frente, la espalda), desaparecía, y no quedaban más que los nueve ovillos de lana limpia en su regazo.
Aún más que el tormento físico de la fiebre, empezó a temer aquellos encuentros con su madre.
Nunca se daba por vencida. Él podía estar arrastrándose, empapado en sudor, y ella no lo dejaba en paz.
Digger se convertía en una anguila, en una anguila resbalosa. Se encogía hasta no ser más que boca y ojos: ya no tenía oídos, ni sexo, ni dedos; pero su madre se ponía furiosa, lo sacaba de un tirón y volvía a darle forma.
Lo intentó poniéndose a cuatro patas. ¡Digger!, gritaba su madre, ¿estás ahí, chiquitín? Esa es la comida de Ralphie. Venga, entra en la casa.
Él se quedaba afuera. Había estrellas, y margaritas. Se oían truenos y Ralphie le pasaba la lengua por el cuello, y él sentía la lengua de Ralphie, gruesa y rasposa.
Sabía que estaba fuera de su cuerpo. Vale, bien, pensaba, ¡es una salida! La ligereza que sentía en la cabeza y en el sexo se lo decía.
Se acurrucaba en medio del barro. Empezaba a tragárselo, a comerse todo el barrizal. Encontraba el plato de agua de Ralphie, y el agua que lamía era el agua de la vida: fresca, dulce, le aliviaba aquel tormento de la sed, que no era la sed de su cuerpo, sino de lo que su cuerpo había abandonado al sacudírselo de encima.
Lamía y lamía el plato. A Ralphie no le importaba, no le guardaba rencor por esa agua que él bebía del plato reseco; ni por el hueso, que estaba infestado de gusanos. Digger hundía los dientes, desafiando a las moscas. Le calmaba el hambre, alimentaba un cuerpo anterior al que había abandonado, y le sentaba bien. Había un animal en su interior, al que él amaba como había amado a Ralphie, y que era Ralphie, que engullía el hueso de un bocado, con gusanos y todo, y extraía de él otra vez fuerza, también luz. Sentía las fuerzas volviendo a su cuerpo; y con ligereza, a cuatro patas, empezaba a corretear por el terreno. Bajo la luna, por entre arbustos que se agachaban delante de él para que pudiera saltar por encima, a través de praderas que ardían pero no le quemaban. Corría y corría, y aún tenía aliento, y llegaba temprano por la mañana al camino que llevaba a Keen’s Crossing.
Despertaba sintiéndose lleno y fresco. El cuerpo del sueño había alimentado su otro cuerpo delgado y atormentado, había saciado su sed, lo había lamido hasta devolverlo a la vida.
«Viviré», pensaba Digger. «Esta vez viviré».