El gran mundo

David Malouf · Capítulo 8 de 52

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El gran mundo

Capítulo 2

Segunda parte

 

2

 

L A vida cambió de repente, y empezó a hacer realidad sus deseos secretos a tal punto que llegó a preguntarse si, por algún poder insondable, no habría ocasionado los cambios él mismo, y todo desuello era culpa suya.

Pese a que no tenía nada que dejarle, su padre había hecho testamento. Vic era el único beneficiario. Pero lo principal era que había nombrado un albacea, un cierto capitán Warrender, de Strathfield, Sídney. Dan Curran había sido su ordenanza tres años durante la guerra, y el oficial se había comprometido a que, en caso de que Curran muriese, ejercería la custodia de sus posibles hijos. Veinte años más tarde, había reaparecido para cumplir su palabra.

Era un hombre tímido y corpulento, vestido con un traje de tres piezas. Dio una palmadita en el hombro a Vic, le estrechó la mano, y Vic percibió al instante que Warrender se sentía aún más incómodo que él.

Había venido en el tren de Sídney. El pequeño pueblo mugriento desperdigado al lado del mar, con los tablones sin pintar y los hierros oxidados, los jardincitos polvorientos llenos de basura, el aire marino cargado de hollín a causa del viento que traía la carbonilla desde el sudeste, todo le resultaba sumamente ajeno. También aquel niño descalzo con el pelo cortado a tijeretazos. El capitán sólo había tenido hijas.

Pero, a pesar de su enorme timidez, miró a Vic de frente, con ojos amables, pero perfectamente francos, que declaraban sus intenciones y, con la misma franqueza, proclamaban sus impresiones.

Vic se había puesto una camisa limpia y se había echado agua en el pelo. Le devolvió la mirada. Conocía sus propios puntos fuertes, y confiaba en que salieran a relucir. Estaba seguro de que aquel hombre podría advertirlos.

El señor Warrender se quedó mirándolo un buen rato. Luego le dio otra palmadita en el hombro y asintió.

Vic no bajó todavía la guardia, pero vio que el señor Warrender sí la había bajado, y pensó que era una buena señal.

Por instinto, había comprendido que Warrender no sabía nada y que era mejor así, pese a los atisbos de la verdad que la escuálida casucha pudiera ofrecerle. No podía siquiera imaginar cuánto sabía Vic, y él tendría que ser muy cuidadoso con eso: esconderlo todo, enterrarlo en su interior, volver a ser un niño. Volvería a aprender qué era la vida (o fingiría hacerlo) desde el comienzo, según los parámetros del señor Warrender. Bastaba con verlo para entender que eso era lo que Warrender tenía previsto.

Cuando le explicó que tendría que llevárselo a Sídney, Vic no abrió la boca. Y lo dejó proseguir.

La señora Warrender y las niñas (eran dos) ya estaban enteradas y esperaban su llegada, encantadas de tener otro hombre en la casa. Vic siguió mudo, pero sonrió en su fuero interno cuando Warrender, para tranquilizarlo (en realidad no era necesario, Vic ya estaba tranquilo y era Warrender quien seguía nervioso), puso de manifiesto su compartida masculinidad.

Por supuesto, tendría su propio cuarto e iría a la escuela secundaria. Tal vez, sin embargo, tendrían que parar de camino en el centro, para comprarle unos zapatos.

Por miedo a inquietarlo, o por lo embarazosas que le resultaban las «condolencias», Warrender no dijo ni una palabra sobre su padre, lo cual le pareció un poco extraño a Vic. Se preguntó también qué era lo que Warrender había buscado en su rostro, cuando se había quedado observándolo. No qué había encontrado (de eso no tenía dudas), sino, dado que había conocido a su padre, qué esperaba encontrar.

 

Se sentó a su lado en el tren, extrañamente reconfortado por el olor a lana húmeda que emanaba de Warrender, y vio pasar el paisaje a través de su propia cara fantasmal en el cristal, vestido con los pantalones nuevos, el jersey, las botas nuevas que le quedaban algo grandes. Su cuerpo se replegó sobre sí mismo, compacto y recio, tan sólido como el del señor Warrender sobre el asiento de terciopelo, y comprendió por fin las consecuencias del asunto.

—No voy a volver a ver este lugar —se dijo, mientras pasaban los trechos planos de playa.

Era una promesa. Lo único que le dolía era no volver a ver la tumba de su madre.

Siguió sin decir palabra, hasta no saber qué terreno pisaba. Notó que Warrender, que era observador, estaba impresionado, por su silencio y por el orgullo que manifestaba al no sentirse obligado a dar las gracias, sin dejar de ser educado. Cuando Warrender le hablaba, Vic cuadraba los hombros y le sostenía la mirada, todo candor y firmeza, de modo que Warrender viera en él el reflejo de su propia falta de astucia. Agradecía la oportunidad de mostrarse bajo la mejor luz posible, el hecho de que lo miraran dando por descontada su firmeza y su honestidad. Sintió una oleada de afecto hacia aquel hombre timorato.

—Será mejor que me llames Pa, Vic —dijo Warrender—, si no te importa. Así me llaman las niñas.

Vic se relajó y sonrió. Para entonces, ya había hecho sus propias observaciones.

Cuando fumaba, el señor Warrender sostenía el pitillo entre el pulgar y el índice como un lápiz y chupaba el humo como un chiquillo da su primera calada, lo cual era extraño en un hombre mayor. Pero no fumaba con voluptuosidad. Eso le parecía aún más extraño a Vic y, al cabo de un rato, concluyó que, a pesar de la apariencia de seguridad y solidez, Warrender era raro. La incomodidad que había detectado en un comienzo no sólo tenía que ver con lo incómodo de la ocasión. Era una de sus características. Sin embargo, decidió Vic, Warrender no lo intimidaba, en absoluto. No había nada de qué preocuparse.

Se le ocurrió entonces que su padre debía de haber engatusado fácilmente a Warrender más de una vez, y eso lo hizo espabilarse. Razón de más para mostrarme abierto y franco con él, decidió Vic.

Entraban ya en Sídney, y al paso de las calles, los jardincitos, los gallineros y los huertos de verduras, bajo el humo distante que se escapaba de las enormes chimeneas, Vic sintió que los ojos se le ensanchaban y tuvo un barrunto de lo grande que era aquel mundo al que se dirigía, de los horizontes y los espacios que podía ofrecer.

Strathfield, adonde llegaron, era un viejo barrio residencial, no demasiado alejado del centro, con avenidas flanqueadas por grandes casonas que habían estado de moda en una época y ahora conservaban cierto elegante deterioro. Junto a la vía del tren había calles menos buenas, con casas de obreros roídas y descascarilladas y callejones donde se apilaba la basura. Con todo, estaban en Sídney, en el corazón de la gran ciudad, y Vic nunca había visto nada semejante.

La señora Warrender, Ma, lo acogió con los brazos abiertos.

Las chicas, Lucille y Ellie, tuvieron dudas al comienzo, y Vic se dio cuenta; sin embargo, sabía exactamente cómo lidiar con ellas.

Había también una señora mayor, que era tía de la señora Warrender. No estaba en sus cabales y lo confundió con un pariente.

 

La señora Warrender le enseñó su habitación y los dos permanecieron allí un momento frente a frente, sin saber qué decirse. Era evidente que ella se sentía abochornada.

—Pues bien, Vic —dijo por fin—, te dejo para que estés un poco a tu aire.

Pensaba que, tal vez, el niño querría estar solo con su pena.

—Si quieres ir al baño —dijo, y pensó que, tal vez, ella misma no estaba acostumbrada a los chicos—, es la primera puerta del pasillo.

Permaneció en el umbral un momento más, y Vic se quedo también allí, plantado en la alfombra con sus botas nuevas. No se vaya, le decían sus ojos, no quiero estar solo. Sin embargo, la señora Warrender se estrujó las manos y se marchó.

Vic se sentó en el borde de la alta cama y se miró las botas. Eran bastante pesadas. Se le hundieron los hombros y soltó un suspiro. Una sombra pasó sobre él. No era la pena, sino la desolación, un sentimiento de absoluta soledad, que lo sorprendió después de la seguridad que había sentido en el piso de abajo. Tal vez fuera la blancura y el tamaño de la habitación: tenía miedo de ensuciarla con la mugre de sus manos; tal vez, el hecho de que estuviera vacía: ni siquiera se le ocurría que él mismo se hallaba ahora en ella, era demasiado desmesurada.

Contempló la maleta que había traído consigo. Era una maletita de cartón con una correa de cuero. Su madre solía guardar allí botones y cintas, en la época en que se había dedicado a la costura, y también los retazos para los parches. Ahora, contenía las dos camisas que le había comprado el señor Warrender, los calzoncillos, e incluso le había comprado calcetines. Vic no había traído consigo nada de su vida anterior, pero, por ser invisible, esa misma vida era un lastre aún más pesado, y habría estado encantado de dejarla también atrás, de arrojarla al inodoro borrascoso del tren, salvo que no había modo de ponerle las manos encima. La traía metida dentro, en las raíces del pelo, en las huellas que sus dedos dejaban en todo lo que tocaban.

Otro niño, amargado y miserable, lleno de resentimientos ocultos y profundos, lo había acompañado en el viaje y se pondría cada mañana sus zapatos nuevos, ensuciaría el cuello de las camisas y las sábanas limpias, sudando entre sueños.

La pesadumbre del otro inundó su corazón y le dio náuseas. Se levantó a toda prisa, fue hasta el largo espejo de la cómoda y se cuadró muy firme con su ropa nueva, tal como debía haberlo visto el señor Warrender, en un intento por desterrar al intruso.

Se volvió de perfil, hasta donde pudo, torciendo los ojos, para observarse también desde ese ángulo. Luego acercó la cara al espejo, soltó el aliento y sus rasgos se desvanecieron en la niebla.

Al cabo de un momento, su rostro volvió a aparecer, y Vic se dirigió a la primera puerta del pasillo. Los azulejos del baño eran verdes. Se desabotonó los calzoncillos, levantó la tapa del inodoro, hizo pis y se quedó un buen rato tocándose la polla, hasta que se le puso dura. Luego tiró de la cadena y vio cómo el agua se arremolinaba en el fondo.

En una concha de porcelana junto al lavamanos había una barrita de jabón, muy suave y muy blanco. Lo olfateó y se lavó minuciosamente las manos. Olía a pimienta de Jamaica.

Se miró las uñas, sacó un cepillito y se las cepilló. No quedaron del todo limpias, pero con un jabón así, con el tiempo, lo conseguiría, de eso estaba seguro.

El olor del jabón permaneció en sus manos después de que se las secara. Siguieron oliéndole a jabón una vez hubo bajado la escalera. Lo comprobó, con renovada seguridad, justo antes de entrar en la habitación donde Pa, el señor Warrender, lo esperaba para enseñárselo todo.

 

Los Warrender vivían en una casa grande, de otra época, con algunas partes en ruinas y otras bastante modernas, con una baranda de hierro forjado en el porche y otra de madera en la parte de atrás que quedaba cerrada con unos cristales verdes y rosados, y a cada lado una torre achaparrada, rematada con un pináculo. Alrededor, había un jardín de abetos y pinos nativos, y a la izquierda, sin cerca alguna de por medio, una fábrica, cuadrada y hecha de ladrillo, con barrotes en las ventanas y un patio de asfalto surcado de huellas, lleno de barriles y cajones. Los barriles venían a bordo de unos camiones en los que ponía «Needham» en floridas letras doradas. Cuando el señor Warrender y Vic se acercaron, había un camión aparcado en la zona de descarga. Dos hombres con delantales de cuero empujaban un barril cuesta abajo por la rampa.

—Hola Alf —le dijo el señor Warrender al de más edad—. ¿Cómo va eso?

Alf detuvo el barril con una bota.

—Todo en orden, señor Warrender. Hoy nos ha entrado una carga grande.

Se pasó la mano por la nariz, porque estaba moqueando, y se fijó en Vic.

—Este es Vic —dijo el señor Warrender—. Vic, este es Alf Lees. Y este es Félix.

Félix era un chico moreno y musculoso, que sonreía con cierta suficiencia. No dijo nada. Se quedó allí con las manos en los bolsillos, haciendo aletear el delantal. Al comienzo Vic pensó que era un insulto. Se puso colorado y miró al señor Warrender para ver si se había dado cuenta. Félix volteó los ojos aburrido, con sus manazas bajo el delantal, aleteando y aleteando.

—Vic ha venido a vivir con nosotros —explicó el señor Warrender, como si aquellos hombres tuvieran que estar enterados. Alf asintió, con la bota todavía apoyada contra el barril—. Estamos dando una vuelta para conocer los alrededores — hubo una pausa larga—. No os daremos mucho la lata.

La timidez se apoderó de repente del señor Warrender. Alf no cambió de postura, pero parecía también incómodo.

Entonces, Vic reparó por primera vez en otra peculiaridad de Warrender. Le costaba ponerle punto final a las cosas. Por lo general empezaba con buen pie, pero después no sabía cómo seguir. Se quedó mirando el asfalto, balanceando su enorme cuerpo sobre los dedos de los pies. Al cabo de un momento, para gran sorpresa de Vic, empezó a tararear entre dientes.

Los condenados no descansan —dijo abruptamente Alf—. Venga, Félix, no te quedes ahí parado.

Se olvidó del señor Warrender, apartó el pie y dejó que el barril resbalara hasta la base de la rampa.

—Hasta la vista, chicos —dijo con alivio el señor Warrender.

Vic echo una mirada a su espalda y vio a Félix con su sonrisita y el pelo negro al viento. Alf le ordenó con un gesto que volviera a trabajar.

En cuanto entraron en la penumbra, bajo las altas vigas de la fábrica, Vic advirtió que dentro había gran actividad: no actividad visible, que era poca; más bien, el borboteo de algo que estaba cociéndose, que estremecía el aire y producía bastante calor. Era como entrar en un clima diferente. La atmósfera era más densa. Enseguida empezaba uno a sudar.

El origen de todo aquello era una enorme cuba. El señor Warrender lo llevó hacia allí y, para sorpresa de Vic, se quedó contemplándola con reverencia: parecía que el ronroneo de la cuba lo había hechizado. Acercó la cabeza a la superficie de metal, como tratando de escuchar un mensaje que había de resolver un enigma que llevaba años rondándolo. El mensaje, sin embargo, parecía estar en un lenguaje que Warrender desconocía.

El tamaño de aquella enorme cosa, y el respetuoso silencio de su guía, hizo pensar a Vic en un altar. Pese a que sabía muy poco de iglesias, sólo un altar podía explicar la actitud que tenía el señor Warrender de estar delante de algo majestuoso e invisible.

Dos hombres con bata blanca aparecieron del otro lado de la cuba. Uno saludó con la cabeza y volvió a marcharse. El otro se acercó con cara de pocos amigos.

—¿Qué hay dentro? —preguntó Vic—. ¿Qué están preparando?

El hombre de bata blanca se detuvo a su lado y el señor Warrender hizo un gesto en su dirección, como si sólo él tuviera derecho a contestar. Pero el hombre no dijo nada y Warrender se vio obligado a seguir adelante.

—Es jabón, Vic. Jabón. Dentro de esta cuba tenemos las grasas, casi todo sebo, que es lo que Alf y Félix nos traen en los barriles, y también sosa cáustica. Voy bien, ¿verdad, Flicks?

—Cómo no —dijo el hombre del delantal.

—Este es Vic —le dijo el señor Warrender—. Vic, este es el señor Hicks, nuestro director. Luego —prosiguió—, cuando ya hemos hervido todo esto con el vapor, ¿sientes el vapor, verdad?, el jabón se separa de las glicerinas —Warrender parecía un niño repitiendo una lección— y volvemos a hervirlo, pero con salmuera, y así obtenemos el jabón.

—En fin —añadió después de una pausa—, esto es sólo una versión muy superficial de lo que pasa, ¿no es así, Hicks?

Vic constató que el señor Hicks, con su bata blanca y sus gafas doradas y redondas, pensaba que, en efecto, era muy superficial, y que el señor Warrender no se había explicado nada bien. Sin embargo, Vic estaba del lado del señor Warrender.

El señor Hicks dio un par de pasos y se interpuso entre ellos y la cuba, como para proteger el misterio que tenía lugar en su interior, para salvaguardarlo de aquel interés superficial que, quizá, hasta podía arruinar el resultado. Vic percibió la hostilidad. También cierta impaciencia. Sin duda, quería recuperar su papel dentro del proceso. El señor Warrender podía ser el dueño, pero estaban en su territorio.

Vic tenía aguda conciencia de cosas como el territorio y se descubrió tratando de proteger al señor Warrender, incluso algo ofendido por solidaridad con él. El pobre Warrender parecía estar de más, y sin embargo se hallaban en su propia fábrica.

—Después, hay que embrear y asentar la mezcla —prosiguió Warrender. Vic notó que Hicks entornaba los labios—. Un día de estos el señor Hicks te lo enseñará todo, ¿verdad, Hicks? Y podrás verlo de principio a fin.

Se le estaba acabando la gasolina. Dentro de un momento, llegaría otro silencio embarazoso. Pero todavía no se daba por vencido.

—Todos estos procesos —dijo, y por primera vez pareció realmente interesado— son lo que llamamos «los cambios» —se puso un poco colorado. La palabra, por lo visto, estaba cargada de significado. Suena bastante poético, ¿no?, ¿para hablar de un jabón?

Hicks había fruncido el ceño, apenas podía disimular. Aquello era una afrenta. Tal vez se sentía el propietario de su mundo, donde todo tenía un preciso significado científico, y no le agradaba que el señor Warrender lo utilizara para sus propios fines; tal vez ni siquiera le gustaba que Warrender diera explicación alguna. Hasta donde Vic podía ver, Warrender, en opinión de Hicks, no mostraba e respeto suficiente, o el respeto que mostraba era el equivocado. Hicks lo miraba por encima del hombro.

—Gracias por recibirnos en su santuario, Hicks. El señor Hicks es muy estricto con las visitas. Hoy hemos tenido suerte.

Warrender hablaba de Hicks como si hablara de un niño, tratando de darle gusto, pero estaba claro que a Hicks no le hacía gracia. Estrechó la mano de Vic, hizo un gesto a Warrender y volvió a situarse detrás de la cuba. El señor Warrender se relajó visiblemente.

—Estamos pasando por una época difícil —le explicó a Vic, después de dar media vuelta y salir a la luz cegadora del patio—. Las grandes empresas nos tienen cogidos por los huevos, y disculpa la expresión, los dos somos hombres. Ya sabes, los fabricantes de la voz de Warrender adquirió los tonos frutales de un anuncio de la radio —jabón de baño Lux—. No tenemos con qué competir. También esto último lo dijo como si recitara una lección. Así pues, ¿qué te ha parecido, mi joven amigo?

—Me ha gustado.

—Muy bien —dijo el señor Warrender—. A mí también me gusta. Pero yo no crecí con esta fábrica. La señora Warrender sí. Era de su padre. Y me temo, viejo amigo, que no basta con que a uno le guste.

Hizo una pausa y miró a Vic, pero después de una pausa decidió no seguir adelante.

—Venga, ahora tenemos que ir a visitar a las chicas. Si no, van a decir que no les hacemos caso. Te caerán muy bien.

Resultó que algunas de las chicas tenían más de sesenta años. Eran las empaquetadoras y trabajaban sumergidas en el olor a pimienta de Jamaica que había cautivado a Vic en el cuarto de baño. El señor Warrender estuvo de lo más galante y las chicas lo colmaron de atenciones, al igual que a Vic.

—Ya has visto todo el espectáculo —dijo el señor Warrender. Venga, vamos a la cocina a ver si Meggsie nos prepara una buena taza de té.