Esquirlas
(… la noche que vuelves a Bosnia…)
Despiertas en medio de la noche. Es uno de esos despertares que te embarullan la cabeza. La pesadilla es aún tan vívida que casi parece real, pero el estado de vigilia es demasiado brumoso para ofrecer el consuelo de la seguridad. Tensas los hombros como si esperaras un golpe. No existe razón fundada para ello, y sin embargo, por alguna razón, eso da igual. La sensación de apremio atroz es abrumadora y esperas a que se imponga la realidad. Esperas a que las cosas empiecen a tener sentido. El tiempo se hace el remolón.
El aire es caliente. Se te pega el pijama a la piel. Tus ojos se adaptan lentamente a la oscuridad y el entorno empieza a sonarte: las sábanas del Pato Donald, tu hermano dormido en el otro sofá, la alfombra moderna, el continuo chirrido de la rueda del hámster… Estás de vuelta en casa. ¿De vuelta en casa?
Te devanas los sesos para no descubrir más que los restos de una pesadilla ya lejana. No recuerdas tu edad. El apremio injustificado que sientes en el pecho raya en el pánico y no sabes de dónde procede. La rueda del hámster deja de chirriar y te tensas aún más. El silencio es agobiante. Esperas algo, cualquier cosa. «¿Qué coño está pasando?», piensas.
¡BUM!
Ni siquiera te mueves. Se oye ruido de cristales rotos, luego pisadas y portazos en el apartamento de arriba. El corazón te tiembla como un gorrión atrapado. Te quedas ahí inmóvil, todavía esperando.
Tu padre aparece en la puerta en calzoncillos, con su slip blanco.
—No tengáis miedo, chicos —dice—. Este es su tratamiento nocturno habitual.
Miras a tu hermano, pero sigue medio dormido. Podrías disparar un cañón justo desde debajo de su manta y él apenas reaccionaría. Tu padre lo ayuda a levantarse. Sigue hablando pero tú no lo oyes. El origen de tus latidos parece hallarse en tu oído interno, acallando todo lo demás. Entre el ruido distingues ciertas palabras como «refugio antiaéreo» y «deprisa». Él sale. Tú sigues ahí inmóvil. La sirena empieza a ulular en la noche. Muy sonora.
De pronto lo recuerdas todo. Tu cuerpo pone el piloto automático y te vistes apresuradamente. Durante todo ese tiempo tu cabeza repite una y otra vez: «Esto es real. Esto es real. Esto es…». En su jaula, Rambo, el hámster, corre enloquecido sin moverse del sitio. Los chirridos de la rueda se aceleran. Sales corriendo al pasillo detrás de tu hermano. Tu madre, pálida, mete puñados de ciruelas en una bolsa de plástico. Lleva la sudadera del revés. Las costuras están sucias de pelusa. Te insta a dirigirte hacia la puerta del apartamento.
Al otro lado de la puerta, la escalera está a oscuras pero viva. Un vecino con una linterna desciende del piso de arriba con una niña en brazos. Solo lleva una zapatilla. Debido a las ojeras, su rostro parece una especie de máscara. Parece un ave carroñera.
—Hacía tiempo que no bombardeaban, Mirsad —le dice tu padre en tono sarcástico.
—¡Que les den por el saco! —dice el hombre.
¡BUM!
Todo el mundo baja precipitadamente. Te zambulles en la corriente, detrás de tus padres y tu hermano. Bajas diecisiete peldaños y luego giras. Lo haces cuatro veces más a la par que otra gente se une a la corriente en las plantas inferiores. Sientes la cabeza ligera por la subida de adrenalina. El último tramo de escalera es más largo y te lleva a las entrañas del edificio.
Pronto estás en una amplia sala de hormigón con dos filas de literas que recorren una distancia equivalente a un campo de fútbol. Cañerías metálicas se entrecruzan en el techo. Están envueltas con cinta aislante negra. En algunos sitios aún tienen escapes. Desde las paredes los apliques en forma de bollo proyectan una luz irregular. Su iluminación es grisácea. Confiere a todo un aspecto grasiento y húmedo. La gente se va a las literas como esqueletos que vuelven a encaramarse a sus nichos en un mausoleo. Te quedas ahí sin habla, con el corazón en los talones.
Tu padre señala dos literas en el rincón. Se lo ve orgulloso y centrado, resuelto. Te dice que no tengas miedo. Te sientas en el colchón inferior de la que está a la derecha. Tu madre acaba en la de la izquierda. Le pregunta a tu hermano si quiere una ciruela a la vez que revuelve en su bolsa. Él rehúsa el ofrecimiento. Ella parte una ciruela apretando con el pulgar y el índice y acerca las dos mitades de la fruta a la luz, inspeccionándola en busca de gusanos. Te preguntas cómo es posible que esté tan tranquila. Para ella, este es también el primer contacto con la guerra. Al bajar la mirada, se da cuenta de que lleva la sudadera del revés y rompe a llorar, dejándolo caer todo al suelo. Tu padre le da una pastilla. Ella se la toma y se tumba. La parte superior de su cuerpo se sacude a causa de los sollozos. Te mira a los ojos. Dice:
—Tú no eres un traidor.
No sabes de qué te está hablando. Sonríe por un momento.
Pero no puedes sostenerle por más tiempo la mirada de terror y apartas la vista.
Ves a una familia de cuatro llegar e instalarse en sus dos literas, enfrente. Son personas de aspecto corriente, anodino, con movimientos mecánicos. Pero el hijo es un poco raro. Tiene el pelo de color claro, lleno de remolinos, y una camiseta que
reza DON’T FUCK WITH CHUCK [3] , en inglés. El padre saca una caja de cartón aplanada de debajo de una de las camas y la monta. Los observas con asombro mientras sacan unos cuantos naipes de los bolsillos y reanudan una partida a todas luces empezada. «Se lo toman bien», piensas, y miras a tu propia familia. Ahora tu madre permanece inmóvil, como si fuese de cera. Sus ojos son de cristal. Tu padre hace la ronda por el «barrio», de palique con los «vecinos». Tal vez esté
¡BUM!
El tercero. Caes en la cuenta de que muy posiblemente solo han pasado tres o cuatro minutos desde que te has despertado, cinco a lo sumo.
Tu hermano duerme. «¡Anda que…!», piensas.
¡BUM!
Este, muy cerca. Bajo tierra su sonido es más siniestro. Te desplazas hacia los pies de la cama y echas un vistazo. Algunos vecinos del bloque de apartamentos sueltan maldiciones. Otros rezan. La mayoría tiene el rostro medio contraído. Parecen personas que no quieren morir. Solo la familia de enfrente, jugando al gin rummy, destaca por su buen ánimo. Ves al padre ganar la mano y sonreír. Su mujer, levantando la voz, dice que es un cabrón con suerte. Él responde: «Desafortunado en el juego, afortunado en amores». Ella le da un empujón en broma. Él saca un cigarrillo y lo lame de arriba abajo. Así arde más despacio. Lo enciende, da una larga calada y lo apaga al instante contra la pared. Te das cuenta de que juegan por caladas de tabaco en lugar de dinero. En la pared, detrás de ellos, alguien ha pintado con espray un enorme falo verde. La familia no parece v
¡BUM!
Recuerdas el viaje de veinticuatro horas en autobús que hiciste ayer desde Croacia. Recuerdas los controles de carretera, cuyos centinelas vestían al menos tres uniformes distintos. Y las minas en la calle. Te acuerdas de que tu padre dijo que no se necesitaba documentación al llegar. Solo hay que identificarse para marcharse de Bosnia. Recuerdas el rostro sin afeitar de un hombre jo
¡BUM!
Te preguntas si la guerra se reduce a esto para un chico de quince años: a estar sentado en la enervante seguridad de un refugio antiaéreo, escuchando las explosiones de los obuses en la superficie. No puedes imaginar nada más terrorífico. Por la televisión al menos las guerras son emocionantes, recuerdas. En la realidad, en el mausoleo de hormigón seguro, miras fijamente la ciruela partida en el suelo polvoriento. Nada. Aun así, tu corazón se acelera como si estuvieras corriendo una maratón.
Ahora tu madre duerme. La pastilla le ha hecho efecto. Tu padre sigue hablando con una gente a cinco o seis camas de las vuestras. Cuando estabas en Croacia, imaginabas que las detonaciones te lanzaban de punta a punta de una habitación. Imaginabas que las paredes se desmoronaban y que esquivabas las balas, todo ese rollo de la televisión. Al menos así sabrías por qué te late el corazón con tanta fuerza. La ciruela partida te mira fijamente desde el suelo como un par de ojos húmedos. Te tumbas e intentas dormir.
¡BUM!
¡BUM!
¡BUM!
Vuelves a sentarte. Miras fijamente a la familia que juega al gin rummy. La madre tiene unas cartas de mierda. El niño de la camiseta con el rótulo DON’T FUCK WITH CHUCK se adormila. Su hermana aprovecha para mirarle las cartas. En algún sitio un bebé despierta y hace lo que los bebés mejor hacen, a pleno pulmón. Al cabo de un rato ruegas que se produzca otra explosión para romper la monotonía de los berridos.
¡BUM!
«Gracias», dices para ti. El padre gana otra mano y lo escrutas mientras inhala el humo y apaga el menguante cigarrillo una vez más, tan contento.
Capta tu atención un movimiento en el otro lado de la sala. Una mujer. Está sentada en una tabla de madera y se mece hacia delante y hacia atrás como en una especie de trance. Lleva falda pero no le importa enseñarlo todo. No puedes por menos de fijar la mirada en la blancura de sus bragas. El maquillaje se le corre a churretes por la cara. El bebé todavía llora. Mantienes la mirada fija en las bragas. Tu cabeza quiere dormir pero no puede.
¡BUM!
La cabeza te gasta malas pasadas. Te representas a la mujer levantándose y señalándote. A causa del rímel corrido, su cara parece el test de las manchas de tinta. Parece un miembro de Kiss. En tu cabeza, ella grita: ¡TRAIDOR! Entonces todo el mundo te mira. Todo el mundo te condena. Todos saben que no has estado allí desde el principio. Algunos de ellos lloran la muerte de familiares.
Cierras los ojos apretando los párpados. Sacudes la cabeza para ahuyentar pensamientos agobiantes. ¡TRAIDOR!, vuelve a gritar la mujer. Esta vez no sabes si lo imaginas o si es real. Te levantas de un salto. La gente te mira. La mujer sigue meciéndose y limpiándose la nariz de vez en cuando. Transcurren los segundos y la gente vuelve a ocuparse de sus asuntos. No sabes si te han mirado porque te has levantado de un salto o si la mujer ha gritado realmente.
«No es posible», piensas. Deduces que no puedes haber imaginado su voz. Sonaba demasiado real. No es posi…
¡BUM!
ble… Ble?… No es posible… ¿Qué? Ya no recuerdas en qué estabas pensando. No estás seguro. El bebé sigue llorando. Te sientes como si acabaras de despertar pero sabes que no es así. Alguien te toca el hombro. Te vuelves. Es tu padre. Te pregunta algo. Contestas: «Sí».
¡BUM!
Intentas recordar la pregunta. «¿Qué pregunta era?», susurras para ti. No te acuerdas. Te apoyas en la pared que hay detrás de ti. De pronto la perspectiva de pasar tus días en esa sala te resulta
¡BUM!
No te acuerdas de nada. Te arrimas a la pared…
¡BUM!
… la pared es áspera…
¡BUM!
… nada…
¡BUMS!