Esquirlas

Ismet Prcić · Capítulo 22 de 38

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Esquirlas

(…el hombre llamado carne…)

 

1.

En la guerra, cuando su país más lo necesitaba —su dedo en el gatillo para

defender, su cuerpo como escudo, su cordura y humanidad como sacrificio por las

generaciones futuras, su sangre para fertilizar la tierra—, en esos tiempos de tanto

apremio, la instrucción recibida por Mustafá para combatir en las fuerzas

especiales duró doce días. Recorrió la pista americana exactamente veinticuatro

veces; lanzó granadas de fogueo con el objetivo de hacerlas pasar por el

neumático de un camión desde diversas distancias exactamente seis veces;

practicó tiro al blanco con una escopeta de aire comprimido para no gastar balas;

cubierto de mantas, sufrió los baquetazos de sus compañeros por hablar en sueños

al menos una vez. Realizó innumerables fondos de pecho y abdominales,

dominadas y sentadillas, zancadas y flexiones de brazos, repeticiones mecánicas

concebidas no para ponerlo en forma sino para quebrantarlo, para que cuando por

fin estuviera quebrantado, el sargento de instrucción pudiera aleccionarlo en las

pautas de la jerarquía militar y convertirlo en un combatiente eficaz, que, por puro

miedo, obedeciera órdenes y aceptara la puta muerte cuando se le dijera que

aceptara la puta muerte.

En algún momento lo iniciaron en el manejo de las armas reales. «Esto es un

uzi, funciona así, nosotros no tenemos uzis, o sea que olvida lo que acabas de

aprender. Esto es un lanzamisiles antitanque, se usa así, solo tenemos unos

cuantos y están en manos de personas que ya saben utilizarlos, o sea que nunca

tendrás ninguno cerca, o sea que olvídate de lo que has aprendido.» Etcétera.

El de los machetes le enseñó dónde clavar el machete en función del efecto

deseado, y él apuñaló sacos suspendidos en el aire con siluetas humanas

dibujadas. El de las minas le explicó cómo colocar minas antipersona y anticarro

y señaló sus encantos letales. El médico castrense bebió un trago de aguardiente

de ciruela y le dijo que la guerra era una gran mierda y que él, Mustafá, era un

grano de maíz en esa mierda; luego le advirtió que no volviera a su consulta hasta

que tuviera una herida en la tripa lo bastante grande para atravesarla en canoa. A

eso, poco más o menos, se redujo todo.

Al final le entregaron un kalashnikov como a todo el mundo, un cargador, una

granada y un machete, y lo mandaron a las trincheras con el ejército regular

durante una semana, solo para que catara lo que ofrecía la guerra, para que leyera

el manual, por así decirlo, antes de decidir a qué unidad incorporarlo en función

de sus aptitudes.

2.

Hacía una mañana de mierda, opaca, saturada de una coloración gris y una

humedad fría. Un vestigio de lluvia indolente los golpeteaba en los hombros

mientras esperaban a que los camiones llegaran para trasladarlos al frente.

Quienes recibieron gorras se las pusieron. Los demás se limitaron a encorvarse,

encogieron el cuello y siguieron padeciendo la tortura del agua.

A Mustafá todo aquello le parecía, hasta cierto punto, como el primer día de

colegio o como un funeral. Todos vestían igual y, allí de pie, se miraban

estúpidamente, sin saber qué era lo apropiado. Tenían los rostros contraídos de

desdicha, haciendo un esfuerzo atroz para no venirse abajo, no fundirse y

desprenderse de los huesos del cráneo.

En torno a ellos, la base empezaba a despertar al sonido de los sargentos de

instrucción que irrumpían como un vendaval en los barracones. Una nube de

humo ondeaba a un lado de la cocina. En el puesto de guardia de la entrada los

centinelas tonteaban, lanzándose un vaso de papel, riendo, como si nadie los viera

a través del cristal. Unas palomas se posaron en el campo de fútbol y se

pavonearon arriba y abajo, emulando burlonamente la disciplina militar.

Mustafá encogió y estiró los dedos de los pies, ya helados en sus botas

enormes. De hecho, todo su uniforme le quedaba enorme y los estampados del

pantalón y la chaqueta de camuflaje no hacían juego. Había pedido una talla

mediana y le habían dado una extragrande. Cuando se quejó, lo obligaron a

limpiar la despensa con su cepillo de dientes. Ahora los bolsillos laterales del

pantalón, que en teoría deberían haberle caído a la altura de los muslos, rozaban

el borde superior de las botas. Al bajar la mirada, advirtió que los cordones se le

habían desatado otra vez. Aquella mierda era rígida y resbaladiza, y no había

nudo que aguantara mucho tiempo. Al agacharse para atárselos, la chaqueta se

hinchó ante él como si tuviera una barriga de atrezzo.

—Tu ración —dijo alguien a sus espaldas, y Mustafá se volvió. Aquel

espantapájaros de soldado le ofrecía dos paquetes de Ronhill, mirando fijamente

hacia algún sitio con unos ojos semejantes a heridas. Se advertía algo en él, un

halo de hombre divorciado en un motel barato una tarde lluviosa, con la mirada

fija en las volutas del papel pintado y en sus sueños asfixiados.

—No fumo.

—Sí fumas. Solo que todavía no lo sabes —dijo el espantapájaros, tirando el

tabaco a la acera, harto de sostenerlo en el aire. Se acercó a otro soldado, este de

mayor edad, encapuchado. Mustafá acabó de atarse un nuevo nudo provisional y

recogió lo que le habían dado.

—Estos pitillos de mierda son la única razón por la que lucho en esta guerra,

lo juro por Dios —afirmó con una sonrisa el hombre encapuchado. Hurgó en la

cajetilla fanáticamente, sosteniéndola ante la cara como un hámster. Detrás de él,

la verja se abrió y dio paso a cuatro camiones sucios y una camioneta,

provocando un revuelo.

—¡Vaya mierda! Precisamente ahora tenían que llegar. —Escupió, guardó la

cajetilla con dedos trémulos y ojos moribundos. Se puso en fila junto a Mustafá,

suspirando y haciendo pucheros como un bebé.

Un hombre grueso con un uniforme impecable y una elegante arma al cinto, el

capitán, se apeó de la parte trasera de la camioneta y todos lo saludaron. Se tocó

la visera de la gorra con naturalidad, como si comprobara que esa mañana se la

había puesto, y pidió a uno de los suboficiales que pasara lista, que hiciera su

trabajo. Entretanto él encendió un cigarrillo, se apoyó en la camioneta y fumó. En

comparación con todos los demás, parecía un soldado de otro ejército superior.

Un cabo de dientes amarillentos e irregulares pronunció en voz alta los

últimos nombres al aire de la mañana, y los soldados correspondientes subieron a

los camiones. Cuando terminó, Mustafá seguía en posición de firmes.

—¿Qué problema hay, soldado? —preguntó el capitán, y se acercó a él,

expulsando el humo por la nariz como un dragón furioso.

—No he oído mi nombre, señor.

—¿Estabas atento?

—Sí, señor.

—¡Tráigame esa lista! —Hizo una seña al cabo como si pretendiera darle una

patada en el culo—. Y tú identifícate.

Mustafá le entregó su carnet militar. El capitán empezó a examinar el

sujetapapeles y enseguida encontró el nombre correlativo. Azotó a Mustafá con la

mirada y le plantó el documento en la cara.

—¡Mueve el culo y sube a ese camión! ¡«No he oído mi nombre, señor»! ¡La

próxima vez abre bien las putas orejas!

Mustafá corrió hasta el camión más cercano y vio que estaba lleno. —¡Y no pienses que me voy a olvidar de esto! ¡Soy como un puto elefante! No quedaba espacio en ninguno de los camiones. Mustafá, confuso, se volvió. —¿Y ahora qué?

—No hay sitio, señor.

—Pues supongo que tendrás que viajar conmigo.

 

3.

En la parte de atrás de la camioneta no había ventanillas, aparte de una muy

pequeña en la mampara frontal, por la que se veía la cabeza redonda del

conductor, y otras dos en las puertas traseras. Era un espacio caluroso y oscuro y

húmedo y ruidoso. El capitán dormía, despatarrado sobre dos asientos como

César, y su barriga, al hincharse, ponía a prueba el límite de los botones de la

camisa. El cabo permanecía sentado como un robot, padeciendo su vida con una

inconsciencia y un fatalismo condicionados que resultaban intolerables. Apenas

había nada detrás de su mirada, o al menos nada vivo. Mustafá mantuvo la calma

en medio de todo esto.

La radio era un galimatías, sus voces extraterrestres, distantes, enfermas. Los

neumáticos se besaban con el asfalto, produciendo ese incesante sonido de

chupeteo. Las gotas de lluvia golpeteaban ávidamente el fino techo de metal. El

capitán se obligó a despertarse, miró alrededor, se lamió los labios aparentemente

salados y volvió a cerrar los ojos. Fue entonces cuando Mustafá advirtió que de

nuevo tenía el cordón desatado. Esta vez era solo el de la bota izquierda. Al

principio se planteó dejarlo correr, ya que no tenía que andar durante un rato y

estaba hasta la coronilla de atárselos continuamente, pero esos pequeños insectos

de la compulsión le royeron el pensamiento, recordándole que unos cordones,

desatados, no se hallaban en su estado natural, que el universo padecía a causa de

ello, que debía hacer algo al respecto.

Al agacharse, no notó más que una sensación de ingravidez dentro de la

camioneta, y un tirón en la pechera de la chaqueta y la camisa, el tirón de una

amante cuando está caliente y te quiere más cerca de ella. Las yemas de sus dedos

alcanzaron los cordones a la vez que llegaba el sonido, un sonido tan grande que

modificó la densidad de las cosas, y el aire pasó a ser tan sólido como el

plexiglás, atrapándolo, inmovilizándolo. Era como si Dios hubiese decidido

mostrarse y el tejido de la realidad, no apto para soportarlo, cediese y se

acomodase. Solo los pensamientos de Mustafá, esos pequeños monos del libre

albedrío, siguieron de aquí para allá como exhalaciones, y recordó un dolor

abdominal incapacitante que tuvo cuando era niño, y que le daba miedo decírselo

a nadie porque pensaba que si lo hacía se moriría, y que su madre le cantaba su

nana preferida, la de la casa del abuelo, y que aquella única vez que su padre lo

llevó a un partido de fútbol no pudo ver nada porque todo el mundo se ponía de

pie, expectante, cada vez que un equipo tenía opción de marcar, y la terrible

parálisis de la que fue víctima cuando una chica, en el pasillo oscuro de un

edificio con olor a desechos humanos y cerillas encendidas, le propuso salir, y lo

mucho que odiaba a otro chico, un tal Vlado, y sus dedos flacos, monstruosos, de

bruja…

 

4.

No, Mustafá no murió.

 

5.

Era un obús de mortero de 120 mm, lanzado a bulto en dirección a la ciudad para

mantener a la población al día y atemorizada. Cayó junto a la carretera justo

cuando pasaba la camioneta. Cuanto más densa es la superficie en la que cae un

obús, mayor es la devastación, ya que el obús estalla por encima del nivel del

suelo y en consecuencia el alcance de la metralla es más amplio. Resultó que

llovía desde hacía días, con lo que el terreno era un lodazal. El obús dio a un par

de palmos del hito kilométrico de cemento, se hundió en el barro e hizo lo que

tenía que hacer. Casi todos los trozos fueron canalizados hacia arriba, practicando

una lobotomía frontal a la copa del árbol cercano, pero unos cuantos alcanzaron la

camioneta. Uno destrozó el neumático delantero derecho; otro hizo añicos la

ventanilla del lado del acompañante y se incrustó en el revestimiento del techo de

la cabina por encima de la cabeza del conductor; otro arrancó el silenciador del

escape definitivamente, y otro abrió una raja del tamaño de un lápiz en el flanco

de la camioneta, traspasó la chaqueta de Mustafá, desgarró la pechera de la

camisa sin tocarlo, volvió a traspasar la chaqueta y salió a través de un orificio del

tamaño de una moneda.

Cuando Mustafá vio los agujeros en toda su dimensión, no pudo seguir

pensando. Flotaba en el aire una vertiginosa euforia, como si se hubiera quedado

paralizado en medio de un estornudo. Se tocó la piel caliente del abdomen y se

echó a reír.

 

6.

—¿Y este es tu primer día?

—Sí, señor —respondió Mustafá con una sonrisa forzada, un poco demasiado

amplia. Imitó un repique de tambor con las manos, que culminó en el crescendo

insonoro de un platillo imaginario. Apoyó las manos en las rodillas durante una

milésima de segundo y a continuación volvió a levantarlas, hacia algún lugar por

encima de él, como si intentara coger algo.

—No sé si tienes suerte o estás condenado —dijo el capitán mientras barajaba

un mazo de naipes con imágenes de mujeres desnudas, intentando hipnotizarlo,

tranquilizarlo con su voz y el lento y repetitivo movimiento de las cartas.

Sentados a una mesa de madera bajo un techo de plástico nervado en el jardín

delantero de la casa de alguien, esperaban a que el conductor y el cabo cambiaran

el neumático. A Mustafá le saltaban las rodillas por efecto de la adrenalina.

Inconscientemente, cambiaba de expresión. De vez en cuando se reía como un

demente.

—¿Acaso parezco un hombre condenado? —preguntó Mustafá en un tono que

forzaba los límites de la relación entre un soldado y un oficial. El capitán lo pasó

por alto, aunque obviamente se molestó.

—Estás en estado de shock —dictaminó el capitán—. Jugaremos al póquer y

así te centrarás.

—A mí no me pasa nada —dijo Mustafá. Soltó una carcajada, abriendo y

cerrando los puños descontroladamente.

—Pon un arma en esas manos y serás un peligro. Mustafá intentó dejar de moverse pero le fue imposible. Riéndose, se miró las

manos: entidades animadas con voluntad propia.

—Yo doy primero —dijo el capitán con voz intencionadamente monótona. —¿Qué nos jugamos? No se puede jugar al póquer porque sí, como quien se

la menea. —Saltaba a la vista que Mustafá no podía evitar hablar así. Emanaba de

él demasiada energía. El capitán tragó saliva.

—Podemos jugar por pitillos.

—¡Eso! ¡Oiga, yo ni siquiera fumo, pero tampoco usted fumará cuando lo

desplume! No le quedará ni un cigarrillo. —Soltó una carcajada un poco

demasiado histérica y un poco demasiado larga.

El capitán hizo lo posible por disimular su enojo; aun así, lo que salió de sus

labios a continuación sonó áspero.

—¡Tú, presta atención!

Dio una sonora palmada en la superficie de madera, atrayendo hacia esta la

mirada de Mustafá, y repartió.

 

7.

Al cabo de una hora, la rueda estaba cambiada, se hallaban de nuevo en la

carretera y el capitán había perdido todos los cigarrillos y la baraja. Con el

silenciador no había nada que hacer, e ir sentado en la parte de atrás de la

camioneta era como estar dentro de un martillo neumático. El capitán tenía surcos

de irritación en la frente, y Mustafá lo miraba y se encogía de hombros como si se

disculpara por su buena suerte. El capitán volvió la cabeza y se llevó la mano al

bolsillo en busca de un paquete inexistente.

—Necesito un pitillo, soldado —dijo.

—Lástima que los haya perdido todos —respondió Mustafá, indiferente a la

mano extendida del capitán, que ya empezaba a temblar.

—¿Cómo dices?

—Digo que es una lástima que los haya perdido. El capitán entornó los ojos, comprimidos por su frente hiperactiva, expresión

tras la cual se adivinaban oleadas de dolor procedentes de algún lugar en el

interior de su cráneo. Durante un largo momento se quedó mudo. Lo abandonó su

porte militar y de pronto pareció un vendedor o un profesor de instituto. Daba la

impresión de que Mustafá, con su actitud fría y distante, era en realidad el

superior.

—Pero si tú ni siquiera fumas —fue lo que dijo el capitán—, y mira mis

manos.

Mustafá se remangó y le enseñó el brazo.

—Mire. Se me pone la carne de gallina de lo mucho que me preocupa —dijo,

y observó al atónito capitán abrir y cerrar la boca sin emitir sonido alguno.

 

8.

Cuando el estrépito del silenciador reventado dio paso al fragor mucho más

peligroso del frente y los truenos, cuando la vertiginosa energía se convirtió en

puro y simple horror al desbordarlo el estado de shock, cuando marchó en fila y

se adentró en una agrupación de casas sin rostro, casas con los ojos arrancados y

los cerebros desparramados, los escombros de sus cráneos aplastados esparcidos

por la hierba, Mustafá supo que en realidad sí fumaba pero aún no lo sabía. La

lluvia caía en forma de cuerdas autoperpetuantes por las que parecía posible

trepar hasta el sótano inundado de Dios; los soldados tenían el rostro mustio,

igual que sus uniformes disparejos. El capitán, recuperado ya el poder, se hacía

oír por encima de las explosiones, sin inmutarse ante las balas perdidas que

reverberaban en los tubos de desagüe y se incrustaban con ruido sordo en el

ladrillo. Eligió la casa que sería el puesto de mando provisional y empezó a

enumerar los nombres del primer destacamento de soldados que sustituirían a

aquellos apostados en las trincheras. Mustafá, después de todo lo ocurrido,

esperaba oír su nombre en esa lista, pero se equivocaba.

El capitán tenía otros planes. Ordenó al segundo y tercer destacamento que se

pusieran a cubierto dentro de las casas hasta que les tocara ocupar sus puestos en

las trincheras, asignando casas concretas a grupos concretos. Cuando le llegó el

turno a Mustafá, lo llevó personalmente a una cocina de verano sin techo, en

ruinas a causa de los obuses, situada a medio camino entre las casas, abajo, y las

trincheras, más arriba, con las paredes en plena erosión por efecto de la lluvia y

los proyectiles.

—¡Tú te quedarás aquí! —ordenó el capitán a grito limpio por encima de las

explosiones—. ¡Solo!

Mustafá echó un vistazo al interior por la cuenca vacía de una ventana y vio

un charco de agua que abarcaba todo el suelo y tenía una profundidad de medio

metro. Allí dentro el ruido era ensordecedor a causa del golpeteo del agua contra

el agua. Se volvió hacia el capitán.

—El equipo que se me suministró no incluía capelina, señor. El capitán sonrió con sorna y se remangó para enseñar su inexistente carne de

gallina; le demostró así lo mucho que le preocupaba.

 

9.

Al caer la noche Mustafá, recostado en una pared húmeda con el uniforme

embebido y pesado, tenía una tos profunda y blanda. También le fallaba algo en la

mente, y no paraba de musitar canciones que se negaban a abandonar su cabeza,

ni de tener sueños alucinatorios cuando se adormecía. Veía escenas de la vida de

otra persona mezcladas con las de la suya propia, y eso lo confundía: dos madres,

dos padres, un hermano, la acuarela de un día encapotado sobre un río ruso muy

crecido en la pared del comedor, el ángulo del marco desportillado. Tenía los

labios resecos por la fiebre y se los lamía una y otra vez. En medio de toda esa

agua, y compuesto principalmente de agua él mismo, Mustafá se sentía seco.

—¡Tercer destacamento! —gritó alguien en la noche. Volvió en sí y se

despegó de la pared, tembloroso.

 

10.

Durmió en la trinchera, sentado en un tronco de abedul, el fusil atravesado sobre

las rodillas, soñando con una obra de teatro en la que él actuaba, y algo fallaba en

las tramoyas y los focos se caían continuamente. A cada rato lo despertaban los

otros tres soldados que estaban en la trinchera con él cuando disparaban alguna

que otra ráfaga ladera arriba y lanzaban juramentos al enemigo. En general lo

dejaban en paz, viendo el estado en que se hallaba, y seguían jugando a las cartas

bajo una lona impermeable. Refa, el que estaba al mando, le dio una aspirina y un

sorbo de su petaca, que contenía una bebida alcohólica mortífera, algo casero y

espantoso.

A eso de las tres de la madrugada Mustafá tuvo una alucinación: un hombre

barbudo saltaba a la trinchera. Solo que cuando cerró los ojos y volvió a abrirlos,

el hombre seguía allí, pálido como una lápida de piedra caliza, tembloroso. Tenía

los ojos enrojecidos, empuñaba el fusil por el cañón y olfateaba el aire frío.

Mustafá no supo qué pensar de él, así que se limitó a mirarlo, anonadado.

—He venido a entregarme —anunció el hombre. La frase quedó suspendida

en el aire. Lentamente, el cerebro de Mustafá se activó.

—¿Eres un chetnik? —preguntó sin moverse.

—Sí —respondió el hombre.

Mustafá se levantó de un salto y, torpemente, intentó retirar el seguro. Un

atroz mareo lo cegó por un segundo y casi perdió el conocimiento. Cuando el

mundo volvió a cobrar forma poco a poco, aquel hombre lo sostenía, lo ayudaba.

—He venido para entregarme.

Mustafá le apartó las manos y recuperó el equilibrio por sí mismo. Volvió el

fusil hacia el hombre y se quedó allí inmóvil, sin saber qué hacer. El corazón le

latía deprisa, le martilleaba en todas las partes del cuerpo, o esa impresión tenía.

—¿Dónde quieres que me ponga? —preguntó el hombre, todavía tembloroso. Mustafá no lo sabía, así que lo llevó a punta de fusil hacia Refa y los otros

dos. Refa estaba como una cuba. A los otros poco les faltaba. Ni siquiera

advirtieron que el chetnik y él se acercaban.

—Refa —llamó Mustafá, y tragó saliva. Apenas le salió la voz. —¿Qué pasa, novato?

—Mira esto.

Refa se dio media vuelta y vio al hombre. Se produjo un silencio absurdo. —¿Quién es? —preguntó, llevándose la mano al pecho para ocultar sus cartas. —Un chetnik —contestó Mustafá.

—¿De dónde lo has sacado?

—Ha saltado a la trinchera.

—He venido a entregarme —dijo el hombre. Refa lo miró como si lo tomara

por loco.

—¿Cómo te llamas?

—Nebojša.

—Nebojša ¿qué más?

—Nebojša Banjac.

—¿Cómo has llegado hasta aquí, Nebojša?

—A rastras.

—¿Por el campo de minas?

Nebojša los miró con los ojos desorbitados y vidriosos. No tenía ni idea. Refa

se echó a reír y se volvió hacia los otros dos soldados y su partida. Cabeceando,

se rieron y siguieron jugando como si nada hubiera pasado, como si no hubiera un

combatiente enemigo en la trinchera, empuñando su arma por el cañón y

temblando. Mustafá permaneció inmóvil intentando reprimir el deseo de vomitar.

Su corazón, a cada sonoro latido, emitía círculos en torno a sí mismo.

—¿Y ahora qué? —consiguió preguntar.

—Entrégalo al puesto de mando —dijo Refa sin volverse. Ante la perspectiva

de llevar a cabo esa acción realmente, Mustafá no pudo aguantarse más y empezó

a arrojar un líquido claro y ácido.

—Este hombre está enfermo —dijo Nebojša—. No está en condiciones de

hacer nada.

—¿Tú qué eres? ¿Médico? —preguntó uno de los jugadores con una mueca

burlona.

—Pues sí, en realidad soy médico.

Refa puso las cartas boca abajo en el tronco ante él y se levantó. Tambaleante,

se acercó a Mustafá, como un hombre a quien acabaran de ordenarle que tiene

que sacar la basura durante la retransmisión de un partido por la televisión.

—Oye, novato, ¿quieres otra aspirina?

Mustafá soltó otra descarga de vómito en el barro. Refa exhaló un suspiro y,

sujetando entre dos dedos la tela del uniforme de Nebojša por el hombro, lo llevó

hasta la trinchera que descendía cuesta abajo y señaló hacia la noche.

—Muy bien, doctor Banjac. Vas a hacer lo siguiente. ¿Ves esa casa grande

que se parece un poco a un cráneo? ¿La blanca? Eso es el puesto de mando.

Tienes que ir hasta allí, tienes que buscar al oficial al mando y tienes que decirle

que te envía Refa y que quieres entregarte. ¿Entendido?

Nebojša tragó saliva con dificultad. El poco color que aún le quedaba en la

cara desapareció.

—¿Yo… solo?

—No tengas miedo. Todo irá bien.

—Me dispararán.

—No te dispararán. Tú diles que te envía Refa. Le dio un ligero empujón en la espalda. Nebojša, tras un tímido paso, se

detuvo de nuevo.

—¿Qué hago con el arma?

—Llévatela. ¿Qué voy a hacer yo con ella?

—Pero me matarán si me ven con un arma.

Ahora las lágrimas corrían por el rostro de Nebojša. Intentó contenerlas pero

no pudo. Un moco resbaló del orificio derecho de su nariz y se lo sorbió.

—No te matarán. Confía en mí. Tú diles que te envía Refa. Esta vez tuvo que empujarlo con un poco más de fuerza para obligarlo a

ponerse en marcha. Nebojša se encaminó hacia abajo, concentrándose en el

cráneo y sollozando. Sostenía el fusil solo con dos dedos, lo más lejos posible del

cuerpo, y seguía sollozando.

Refa volvió a su partida y Mustafá vomitó de nuevo.

 

11.

Al día siguiente Refa, Nebojša y Mustafá volvieron a reunirse. En el camión que

llevaba las provisiones a las trincheras llegaron también dos policías militares,

que procedieron a detener a Refa por estar ebrio en acto de servicio y poner en

peligro innecesariamente las vidas de sus compañeros al enviar a un enemigo

armado al puesto de mando sin previo aviso.

—Le dije que les dijera que lo enviaba yo —adujo Refa, defendiéndose con

voz áspera mientras lo conducían, esposado, al camión—. Habría podido

matarnos a todos en la trinchera si hubiese querido. Pero no lo hizo. Quería

entregarse, hombre. ¡Tú, díselo!

Pero para entonces Nebojša, que ya estaba en el camión con sus propias

esposas, sentado como un hombre temeroso de Dios ante un altar, con las manos

entrelazadas, aplastadas por el torno de sus rodillas, no tenía muchas ganas de

hablar. Desplazó un poco a la izquierda su cara pálida, como planteándose si

mirar a Refa y si responder o no; luego se sorbió la nariz y mantuvo la mirada

clavada en las botas. Daba la impresión de que estuviera ya muerto y esperara la

otra vida.

Los policías militares subieron al camión a Mustafá, inconsciente, en camilla,

con el fusil entre las piernas, la cara encendida a causa de la fiebre; podía

prenderse un cigarrillo en su mejilla. Lo depositaron como si fuera una cómoda

incautada y dieron luz verde al conductor para ponerse en marcha. Refa seguía

exigiendo justicia, exigiendo que se lo oyera, explicándose. Tenía la cara

abotargada por la resaca, las arrugas, gruesas y profundas, el instinto de

conservación, implacable. Los policías militares le dijeron que se reservara para

el juez, que si de ellos dependiera, llevaría ya puesto el kimono de madera.

Así siguieron, con el nivel de decibelios cada vez más alto: quién haría qué a

quién si no estuviera esposado, quién lo haría a la madre de quién, cómo y en qué

lugar. Probablemente la sangre habría llegado al río a no ser porque Nebojša los

obligó a callar de un grito. Se volvieron hacia él, boquiabiertos e inexpresivos.

—Este hombre se está muriendo —dijo Nebojša—. Si no le bajamos la fiebre,

sufrirá daños cerebrales.

Los policías militares tardaron unos segundos en volver a su actitud anterior. —¿Y tú qué sabes, caraculo? —gruñó uno de ellos. —No, no —terció Refa—. Sí lo sabe. Es médico. Todos contemplaron la cara ardiente de Mustafá y sus labios agrietados,

balbuceantes, que les contaban, a su manera alucinatoria, historias

desconcertantes de lo que había de nuevo en las tierras limítrofes.

 

12.

Lo que debería haber sido su semana de introducción al combate resultó ser una

semana tendido en un camastro plegable chirriante, sin electricidad, sin nada que

leer y con una insípida sopa de lentejas. Durmió allí entre los amputados, a

quienes les picaban los miembros fantasma, y entre los chiflados, que gritaban y

gritaban y gritaban. Fue allí, en el ajetreado hospital militar, donde Mustafá

empezó a fumar, y ningún médico ni enfermera lo disuadió ni le impidió hacerlo;

a nadie le importaba un carajo.

 

13.

Un sábado por la tarde llegó por mensajero una carta en un sobre militar oficial, y

Mustafá no cayó en la cuenta de que era para él a pesar de encontrarlo encima de

su almohada. Nadie le escribía nunca y él, naturalmente, dio por supuesto que se

trataba de un error. La lanzó a la caja de embalaje rota que hacía las veces de

mesilla de noche, con la intención de decirle a la enfermera que la entregara a su

legítimo dueño. Luego salió al pasillo a fumar. No era necesario —todo el mundo

fumaba en la sala—, pero el hombre que estaba junto a la ventana había

empezado a gritar otra vez, pidiendo a voz en cuello a alguien llamado Barco de

Vapor que no lo abandonara allí, que por Dios no lo abandonara. Mustafá se

sentía mucho mejor con el grosor de la puerta entre él y ese sonido.

Cuando volvió, el soldado de la cama contigua a la suya, con un agujero de

metralla en la mejilla y sin mano izquierda, cabeceó despacio, temerosamente, y

dijo:

—Estás jodido, tío. Lo siento.

La voz salió de él un tanto húmeda y apagada, ya que la metralla le había roto

casi todos los dientes. Las arrugas de su rostro, profundas y descendentes, lo

desfiguraban. Realizó un movimiento, una especie de encogimiento de hombros,

y quedó tan grotescamente saturado de lástima que Mustafá se paró en seco en la

puerta. El hombre tenía un vendaje tan aparatoso en el codo y lo que le quedaba

de brazo que daba la impresión de sostener una marioneta en la mano, una

marioneta con un turbante en lo alto a través del cual asomaba un fez de color

sangre.

—A los apaches los mandan a los peores frentes. Su esperanza de vida es de

unas dos semanas. Fíjate en ese que grita. Era un apache —prosiguió el

amputado, blandiendo el muñón como si intentara ayudar a las palabras a salir.

—¿De qué hablas? —preguntó Mustafá, todavía en la puerta. De pronto el

tipo situado junto a la ventana dejó de gritar y alguien dio gracias a Dios.

—La carta. Te trasladan a la unidad apache.

—Esa carta no es para mí.

 

14.

Los apaches eran jóvenes y estaban locos. Llevaban pañuelos en la cabeza y

camisetas de rock and roll y sus rostros eran como máscaras de guerrero, pintados

con volutas verdes, negras y marrones. Tenían la mirada inexpresiva por todo lo

que veían, por la experiencia, y había suciedad bajo sus uñas, y sangre, y guerra.

Algunos de ellos no eran más que hueso y cartílago; otros aún tenían grasa

infantil en las mejillas y en la nuca. Uno a quien llamaban Ninja llevaba una

espada de samurái a la espalda y nunca pronunciaba una palabra. Otro llamado

Garra tenía un pequeño arco y hablaba por los codos. Hollín siempre tenía la

mano metida en el pantalón. Barco de Vapor era como un viejo todoterreno

norteamericano comprimido en un sedán dos puertas europeo. Todos se parecían

a algo.

Los apaches no dirigían saludo militar y el capitán no podía obligarlos. No

tenían que ponerse firmes ni ir aseados ni afeitarse ni abotonarse: ninguna de esas

gilipolleces propias de la disciplina. Lo único que tenían que hacer era cumplir

misiones demenciales o morir en el intento.

—¿Esto qué es? —preguntó Garra al capitán, de pie ante Mustafá, mirándolo

fijamente. Los iris se le dispararon hacia arriba, y parpadeó varias veces a fin de

obligarlos a bajar: era un tic. Mustafá mantenía la vista en el suelo del establo

salpicado de bomboncitos de oveja. A Garra el aliento le olía a rancio.

—Es mi regalo para ti —contestó el capitán sin molestarse en señalar a

Mustafá siquiera con una ligera inclinación de cabeza, como si no mereciese ni

eso. Estaba encorvado sobre lo que parecía una vieja nevera ladeada y revestida

de una destartalada caja de madera. Había un mapa encima.

Garra movió la cabeza en un gesto de disgusto, y el tic volvió a adueñarse de

su cara. Semejaba un androide que necesitara un segundo para procesar

información nueva. Mustafá se sintió en la obligación de decir algo, dado que

Garra se hallaba dentro de su espacio, demasiado cerca, exhalando nubes de

putrefacción.

—Soy Mustafá —dijo, procurando sincronizar su respiración con la de Garra

para no tener que olerlo.

—No, no lo eres —le susurró Garra al oído con tanta naturalidad que Mustafá

se preguntó seriamente si de verdad era quien afirmaba ser. Deseó retroceder,

pero algo sólido ocupaba el espacio a sus espaldas, una pared del establo. Garra

se acercó tanto que llegó a rozarle con el labio el pabellón de la oreja, lo que le

produjo un peculiar estremecimiento en la pierna.

—Mustafá es el nombre de un muerto o de un vivo. Mi abuelo se llamaba

Mustafá. Está muerto. Ahora mismo tú no eres ni lo uno ni lo otro. Tu nombre es

Carne. Todos los novatos se llaman Carne hasta nuevo aviso. Mi nombre fue

Carne. Cuando sobrevivas a las dos primeras semanas, si es que sobrevives,

recibirás un nombre apache como es debido. No queremos coger apego a un

futuro cadáver, hazte cargo. Si te preguntas por qué yo, cómo he acabado con

estos dementes, qué he hecho para merecer esto… todas son preguntas legítimas

que tendrás que hacerle al alto mando o a Dios o a ti mismo. Yo lo único que

puedo decirte es que lo siento, así es como han caído tus judías.

En bosnio esta última frase rimaba: Meni je žao, al’ tako ti je grah pao, un

pequeño pareado fatalista que ilustraba la nula influencia que uno tenía en los

designios del universo. Garra sonrió, pero no con los ojos, y se reunió con el resto

de la unidad en torno al mapa. El capitán habló de la misión: dónde creía que

estaban sus posiciones, cuántos eran, dónde se hallaban los campos de minas y

cuál era la mejor táctica para reconquistar el pueblo situado en la planicie, monte

arriba. No les daba instrucciones. Deliberaba. Los apaches se congregaban en

torno a él como iguales, pese a que en rigor solo eran soldados rasos. Hollín se

tocaba las bolas descaradamente, y Mustafá se limitó a quedarse pegado a la

pared, con la cabeza en otra parte, intentando asimilarlo, mientras la última frase

de Garra se repetía una y otra vez en su mente al son de una simple melodía

alegre pero espeluznante:

Meni je žao, al’ tako ti je grah pao!

Meni je žao, al’ tako ti je grah pao!

Meni je žao, al’ tako ti je grah pao!

Meni je žao, al’ tako ti je grah pao!

Meni je žao, al’ tako ti je grah pao!

 

15.

Mustafá pasó el resto del día y la noche siguiente en estado de catatonia,

olvidándose incluso de fumar. Deambuló por allí, comunicándose

esporádicamente con los miembros de su nueva unidad, pero todo le resultaba

remoto y familiar a la vez, como si soñara con algo que ya había ocurrido, como

si se viera a sí mismo hacer cosas en una cinta de vídeo. Cuando la sensación se

disipó y el mundo cobró nitidez, ya amanecía y el cielo turbulento se disponía a

soltar una gigantesca cagada húmeda y los apaches se disponían a ascender por la

ladera con un enorme bulldozer amarillo, y eso significaba que Mustafá debía

hacerlo con ellos.

El ejército no tenía tanques, y aquella situación en particular exigía un

vehículo relativamente imparable, capaz de soportar unos cuantos impactos y tras

el cual pudiera avanzar la infantería a cubierto. A alguien se le ocurrió la idea del

bulldozer. Garra, que conduciría el monstruo, había levantado la pala o cuchilla o

comoquiera que se llamara ante la cabina a modo de escudo. Hollín se colocó en

el techo, donde antes había instalado una ametralladora pesada. Los demás

empezaron a agruparse detrás, revisando sus armas en silencio.

Por un segundo Mustafá pensó que todo aquello no era más que una broma,

una broma rebuscada para que el novato llamado Carne se llevara un buen susto y

se cagara en los pantalones. Esperaba que todos se echaran a reír y le dijeran que

aquello solo era una broma de iniciación, un ritual apache por el que tenían que

pasar todos los miembros. Sin embargo, el viejo mastodonte amarillo despertó

con un rugido de diésel, expulsó una bocanada de humo negro, rodeó el establo y

enfiló cuesta arriba. Mustafá no se movió. No tenía energía dentro de sí, como si

le hubieran quitado las pilas. Se habría quedado allí detrás del establo a no ser

porque Barco de Vapor lo vio, corrió hasta él, lo agarró por la nuca y lo llevó con

el grupo a empujones. Mustafá avanzó a trompicones, rebotó entre los apaches

hasta toparse con la parte de atrás del vehículo en lento movimiento, y le dijeron

que se quedara allí y siguiera la marcha.

Hollín, a cubierto, abrió fuego, y eso mismo hizo el ejército regular desde las

trincheras. El enemigo se sacudió el sopor de primera hora de la mañana y

empezó a responder. Garra pisó el acelerador. Los apaches profirieron sus

estrafalarios gritos de guerra. El bulldozer pasó sobre las primeras minas

antipersona, que estallaron bajo su chasis, sin causar daños. Las balas alcanzaron

su mole metálica, sonando como una caja de ritmos rápidos poseída por el

espíritu de un virtuoso batería del jazz. El cielo se abrió, descargando lluvia sobre

todas aquellas estúpidas criaturas, y Mustafá se limitó a seguir subiendo detrás de

la mole, sin hacer otra cosa que correr, con la mente en blanco.

 

16.

Él no estaba allí.

Sus piernas sí corrían detrás del bulldozer, y su mano sí lanzó una granada a la

trinchera enemiga, y su dedo índice derecho sí disparó unas cuantas ráfagas para

cubrir el avance de Ninja, y cuando todo quedó en silencio, sus ojos sí vieron

chetniks muertos con orificios en el cuerpo, sus pulmones sí expulsaron el aire a

través de la tráquea, y su laringe sí adoptó la forma necesaria para convertir su

exhalación en un grito de guerra comparable a los gritos que sus oídos sí captaban

alrededor, procedentes de sus compañeros de armas. Sus compañeros apaches.

Y ya en el pueblo, el alma sí se le cayó a los pies cuando sus pupilas vieron

cabezas de niños clavadas en lo alto de las cercas, cruces grabadas en las cabezas

de mujeres a quienes faltaban los dedos anulares, descomponiéndose sus cuerpos

en una pila junto al pozo comunal. Su estómago sí se revolvió al observar a un

cerdo enterrar su hocico en un estanque cercano, teñido de rojo por la sangre

humana y blanquecino por la suciedad. Sus lágrimas sí corrieron, y su lengua sí

maldijo, y su cerebro sí tomó conciencia de que Garra tenía razón, de que lo que

había allí en el infierno, viendo aquello, mirando alrededor con incredulidad,

llorando, muriendo, no era más que carne.

Pero él no estaba allí en esa carne. Imposible.

 

17.

Volvió repentinamente a la carne cuando un lado de la cabeza de Barco de Vapor

estalló por el impacto de la bala de gran calibre de un francotirador, y Garra

vociferó «¡Emboscada! ¡Retirada!» y luego lo llamó a él, por su verdadero

nombre, para que lo ayudara a cargar la carne de Barco de Vapor de vuelta a las

trincheras, ya que nunca debía abandonarse a un hombre.

Lo llamó Mustafá, y ese era él.