Esquirlas
(… gérmenes…)
Mustafá iba a rastras de aquí para allá por el apartamento haciendo ver que era
submarinista, como uno que vio en Supervivientes. Llevaba unas gafas de
soldador y un termo rojo pegado a la espalda de la camiseta con cinta adhesiva a
modo de bombona de oxígeno improvisada. En la mano blandía una regla, su
lanzaarpones, que disparaba contra objetos del apartamento a la vez que emitía
los lentos sonidos guturales de batallas subacuáticas con monstruos marinos.
Persiguiendo un pez martillo especialmente malévolo y escurridizo, Mustafá
rodó hasta el pasillo cuando los oyó hablar de gérmenes en la sala de estar. Su
madre tenía un invitado y le dijo que no los molestara. El amigo del trabajo de su
madre, el médico que hablaba raro, había ido a tomar un café. Antes había dado a
Mustafá una tableta de chocolate, que Mustafá había devorado de tres enormes
bocados. Ahora lo veía sentado en el sofá, sosteniendo las gafas por la montura y
chupeteando una de las varillas de plástico elocuentemente.
—Los hijos de los médicos a menudo padecen de verminofobia —dijo el
médico.
—¿Se llama así? —preguntó su madre.
Mustafá, desde donde estaba, solo veía el pie descalzo de ella balancearse
ligeramente bajo la mesa de centro. En su balanceo, de vez en cuando tocaba la
espinilla del médico, hasta que este acercó la pierna y su madre dejó el pie
apoyado en ella, y el balanceo se detuvo por completo.
—La verminofobia es un temor injustificado a los gérmenes, sí. Mustafá no creía en los gérmenes. Lo más pequeño que había visto en la vida
era un grano de arena en una servilleta, y no detectó en él nada parecido a las
criaturas de múltiples extremidades cuyas fotografías le había enseñado su madre
en uno de sus libros. Pensaba que si existían, existían en otro lugar, en la suciedad
o en el agua enlodada, en la inmundicia de un estanque, pero no allí en el
apartamento, o de lo contrario a esas alturas ya habría visto alguno, y más yendo
él a rastras de aquí para allá boca abajo.
La olla a presión silbó como un tren, y su madre se levantó de un salto y
corrió a la cocina, disculpándose una y otra vez. El médico sacó un pañuelo del
bolsillo y, mientras se limpiaba las lentes de las gafas, reparó en la presencia de
Mustafá en el suelo del pasillo. Sonrió y, con una seña, le pidió que se acercara.
—Los caballeros no escuchan a escondidas las conversaciones ajenas. —Yo no soy un caballero. Soy un submarinista. —Mustafá se levantó. El hombre se echó a reír.
—Eso sí tiene gracia, señor Submarinista —comentó, y se puso otra vez las
gafas. Mustafá, por su parte, se quitó las suyas porque empezaban a empañarse,
las volvió del revés y se las dejó a la altura de la frente, sujetas aún a la cabeza
por la goma elástica. Miró al doctor con los ojos entornados.
—¿Puedo hacerle una pregunta?
—Puedo hacerle una pregunta, por favor.
—¿Puedo hacerle una pregunta, por favor?
—Por supuesto, hijo.
—¿Es posible morir de germanofobia?
—¿Verminofobia, querrás decir?
—Cuando la gente tiene miedo a los gérmenes. —Mustafá pronunció la
palabra «gérmenes» con escepticismo y desdén.
—Te contaré una historia si me prometes no decirle a tu madre que te la he
contado.
—Prometido.
—Cierto médico de Tuzla se ponía guantes quirúrgicos en la mesa para comer.
Si se le caía un bolígrafo al suelo en su propia casa, se ponía guantes, lo recogía,
lo tiraba a la basura, se quitaba los guantes, se lavaba las manos y abría un
paquete nuevo de bolígrafos. Una vez, en invierno, no le arrancó el coche, así que
fue al trabajo en transporte público. El autobús iba lleno y tuvo que ir de pie. El
conductor pisó el acelerador con cierta impaciencia, el vehículo dio una sacudida
al frente, y el médico de Tuzla perdió el equilibrio, cayó de cabeza contra el borde
de un asiento, se partió gravemente el cráneo y después murió en el hospital a
causa del traumatismo. Se había negado a sujetarse a la barra por miedo a que la
hubiera contaminado a saber qué clase de gérmenes. Ese médico… era mi
hermano.
—Eso quiere decir que sí es posible, ¿no?